15

Los Lumineers estaban cantándome. Eso solía ser bueno, pero la noche anterior había sido muy intensa físicamente y quería quedarme durmiendo el sábado.

El cuerpo caliente de Nate estaba presionado contra mi costado mientras yo yacía boca abajo con la cara sepultada en la almohada. Sentí que se movía contra mí cuando el tono de mi alarma lo despertó.

—Nena —dijo mientras me frotaba la espalda con suavidad—, tu teléfono.

Murmuré de manera incoherente en mi almohada.

El calor delicioso de Nate en mi costado izquierdo desapareció y yo refunfuñé un poco más. Él volvió a rodar hacia mí, me besó el hombro y depositó el teléfono en la almohada, al lado de mi oreja. Estremeciéndome por lo ruidoso que era, levanté la cabeza y lo busqué a tientas.

—Hola —respondí con voz dormida, sin siquiera mirar quién llamaba.

—Hola, ¿cómo va? —repuso la voz ronca de Joss.

Más alerta ya, me incorporé sobre mi codo, mientras disfrutaba de la sensación de los dedos de Nate rozando mi espalda.

—Joss, me alegro de oírte. ¿Cómo estás? ¿Cómo fue la luna de miel?

—Fue genial. Ya conoces a Braden. —Soltó una risa grave, íntima—. Fue divertido.

Lancé una mirada a Nate, que estaba tumbado observándome, muy sexi y sin afeitar. Finalmente comprendía lo que significaba esa risa grave e íntima.

—¿Fue hermoso?

—Asombroso. Recomiendo Hawái a todos. Si no fuera por los bichos raros, igual no me habría importado no volver a casa. Hablando de eso, Ellie y Adam están buscando casa y han estado mirando una propiedad en mi calle. Els dijo que quería volver a verla, así que la acompañaré esta tarde. Supongo que después iremos a mi casa a tomar unas copas. Sé que Jo no puede arreglárselas porque está trabajando, pero esperaba que tú pudieras venir con nosotras.

—Allí estaré. ¿A qué hora?

—A mediodía.

Fruncí el ceño.

—Eh, ¿qué hora es ahora?

—Menos cuar… —empezó a responder Nate, pero lo hice callar de inmediato poniéndole la mano encima de la boca. Lo miré mientras sentía sus labios curvándose bajo la palma de mi mano. Sus ojos danzaban con alegría.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Joss con curiosidad.

Lo último que necesitaba era que mis amigos descubrieran mi situación con Nate, porque lo último que necesitaba era un sermón preocupado.

—La radio. Mi alarma.

—Bueno, pues supongo que no hace falta que te diga que son las nueve y cuarenta y cinco. Es una hora extraña para poner tu alarma.

—Es sábado —respondí con rapidez, ruborizada—. Me quedo durmiendo un poco el sábado, y, eh, no sé, las nueve y media me parece demasiado pronto, pero las diez parece demasiado tarde, así que… —Mi mano se tensó sobre la boca de Nate, que se reía cada vez más fuerte ante mi pobre divagación.

—Así que eres rara —terminó Joss por mí—. Eso ya lo sabía. Te veo enseguida. —Colgó y yo aparté la mano de la boca de Nate, cerré el puño y le di un puñetazo en el brazo.

—Tío, ¿quieres que nos pillen?

Su risa se acalló en un jadeo mientras se frotaba el brazo.

—Me importa una mierda.

—Mentiroso. —Le di un empujón juguetón—. Si yo no quiero que me sometan al rollo preocupado de «Oh, ¿crees que es una buena idea?», estoy segura de que tú tampoco.

En respuesta, Nate se sentó, me cogió las manos y me obligó a darme la vuelta, con una expresión de seducción chulesca mientras separaba mis piernas con las suyas.

—¿Qué estás…?

Me interrumpió con su boca sobre la mía y enseguida me encontré fundiéndome en la cama mientras él me obligaba a someterme con sus besos. Cuando bajó sus labios por mi barbilla, salpicándome el cuello con pequeñas caricias, logré finalmente encontrar la voz:

—¿Qué estás haciendo? Tengo poco menos de dos horas para ducharme, vestirme e ir a casa de Joss.

—Hum. —Viajó más abajo y liberó una de mis muñecas para llevarse mi pecho a su boca.

Yo suspiré, arqueando la espalda de manera involuntaria mientras él me lamía un pezón.

—Yo también tengo judo dentro de unas horas. Lo haré deprisa. —Me sonrió desde debajo de sus pestañas, perverso y seductor cuando su mano se deslizó entre mis piernas—. Lo prometo.

Me invadieron sensaciones deliciosas.

—Ah…

Y entonces se levantó de repente y me dejó tumbada allí con la espalda arqueada sobre la cama.

—¿Adónde demonios vas? —solté.

Su risa cálida me impactó en el vientre cuando empezó a buscar en mi tocador.

—No te preocupes, voy a volver. Solo estoy buscando un par de mallas.

—No tengo —repuse, confundida—. Tengo un par de medias en el fondo del cajón de mi ropa interior.

—Mejor todavía.

—Quiero al menos saber por qué estás buscando medias.

Nate no respondió, encontró las medias y volvió a subir a la cama. Con una eficiencia y destreza que me pilló del todo desprevenida, ató un extremo de las medias en torno a mis muñecas y el otro a los barrotes del cabezal.

Esposas improvisadas.

Tiré de ellas y sentí que la seda se estiraba, pero sin soltarse.

—¿Qué demonios…?

Nate ya no estaba sonriendo cuando se colocó encima de mí.

—Cuando te sujeté la otra noche, te mojaste tanto, nena, que me cuesta hasta pensarlo. —Su voz se hizo más profunda cuando sus ojos se oscurecieron—. Te encantó.

Me ruboricé, recordando lo mucho que había disfrutado de la idea de que Nate pudiera hacer todo lo que quisiera conmigo y que mis manos no estuvieran libres para impedirlo. Era en general una sensación sorprendente, pero una sensación que no creía que pudiera tener con cualquier hombre. Me permití intrigarme con la noción de ser cautiva de Nate, toleré la fantasía, porque… confiaba en él. Detrás de la fantasía estaba el conocimiento de que él solo haría cosas que me gustaran, que me encantaran, y la seguridad de que nunca me haría daño.

Aun así, no sabía que lo había dejado tan claro.

Tiré de las medias. Mis jadeos iban en aumento.

—¿Y ahora qué?

Nate acarició las partes posteriores de mis muslos y luego curvó sus manos alrededor de ellos. Levantó mis piernas en torno a sus caderas antes de apretar su erección dura y caliente en mi puerta.

—Ahora estás completamente a mi merced mientras te follo hasta dejarte sin sentido.

* * *

Mientras miraba la cocina desnuda, me pregunté si Ellie y Adam estaban chalados.

—Chicos, estamos hablando de mucho trabajo aquí —murmuré, mientras cogía el cable suelto y tocaba una mancha de humedad en la esquina inferior izquierda de la estancia.

Ellie nos miró a mí y a Joss con pesar.

—Adam dice lo mismo, pero quería echar otro vistazo. —Tocó la pared—. Me encantan estos edificios.

—Ellie, sabes que si quieres recuperar el piso, Braden y yo estaremos encantados de mirar en otra parte —propuso Joss.

Pero lo mismo podría haber ofrecido ahogar el gato de alguien.

—¡Joss, no! El piso es especial para vosotros.

—También es especial para ti.

—No tanto. Vamos. Quedarse aquí es deprimente.

Salimos del piso a Dublin Street. Ellie miraba atrás con nostalgia cuando subimos la colina hacia la casa de Joss.

—Necesita un trabajo de renovación enorme. No tenemos tiempo suficiente.

—Es poner dinero en un pozo sin fondo —añadió Joss—. Había humedad y problemas con los cables, Els, sería un dolor de cabeza constante.

—Tienes razón, tienes razón, sé que tienes razón —refunfuñó Ellie, e hizo pucheros cuando Joss nos abrió la puerta de su piso.

Froté el brazo de Ellie para tranquilizarla.

—Encontrarás algo.

Braden estaba trabajando en su club nocturno, Fire, de modo que teníamos el piso para nosotras. En previsión de nuestra llegada, Joss ya había preparado unos aperitivos y comprado un mix de cóctel. Reímos y bromeamos en la cocina mientras tomábamos mojitos y comíamos pequeños sándwiches.

—Entonces, ¿nos vas a contar los detalles de la luna de miel? —pregunté, sonriendo con descaro a Joss.

Joss se rio.

—¿Con la hermanita de Braden en la habitación? No. Lo único que diré es que todo el mundo lo pasó en grande. Y Braden solo gruñó a un tipo.

Reí.

—¿Gruñó?

—Estaba mirándome las tetas, y quiero decir mirándomelas, mientras Braden estaba allí mismo. Pensaba que a Braden iba a estallarle una vena.

Reímos, pero mi diversión se congeló por la ansiedad cuando Joss, de repente, me lanzó una sonrisa malévola.

—Bueno, Ellie me ha dicho que te pusiste rompecorazones en el Club 39 cuando yo no estaba. ¿Conseguiste el número de un tío?

Resoplé, tratando de disimular el hecho de que mi corazón estaba latiendo con fuerza y yo estaba empezando a sudar. Mentir era horrible, patético, y excusarlo diciéndome a mí misma que no estaba mintiendo, que simplemente estaba guardándome cosas, era una soberana estupidez. Estaba mintiendo a mis amigas y no me gustaba.

—¿Rompecorazones? Era solo un número.

—Nunca te había visto tan interesada antes. —Ellie clavó sus ojos grandes en Joss—. Deberías haberla visto perdiendo el culo coqueteando. Hablando de… —Me miró de forma inquisitiva— ¿qué te parecería salir con un tío que conoce Adam?

Los latidos de mi corazón se aceleraron.

—¿Habéis estado hablando de mí?

—Solo desde esa noche en el bar. Pensábamos que quizá te estabas tomando tiempo para prepararte antes de empezar a salir con alguien, así que nunca dijimos nada antes. Pero el sábado pareciste mostrar interés. Y Dougie es encantador.

—¿Dougie?

—Douglas. Dougie.

Resoplé.

—Suena encantador.

Joss rio.

—Estoy imaginando a Doogie Howser.

—Exacto. —Reí de manera inmadura.

Ellie nos miró ceñuda.

—Eh. ¿Quién?

—Era una serie de Estados Unidos.

—¿Sobre qué?

—Un médico adolescente genial.

Ellie nos lanzó una mirada de resignación.

—Dougie no es ningún adolescente. Es un arquitecto muy bueno y muy atractivo.

—Mejor que Adam no te oiga decir eso.

—Liv, hablo en serio. Por favor, considera salir con él.

—Paso de citas a ciegas.

Ellie me miró con atención.

—¿Llamaste al tipo que te dio el teléfono?

Ajá. ¿Cómo iba a decir que no quería salir con ese Doogie porque estaba ocupada tirándome a Nate? Me devané los sesos para buscar una excusa que sonara plausible, y me puse cada vez más nerviosa cuando el silencio se extendió entre nosotras. Mis ojos miraron a Joss en busca de ayuda, porque ella era la reina de no hacer nada que no quisiera hacer sin que le importara una mierda que te convenciera la explicación o no. En lugar de ayudar, observé que su tez adoptaba un color enfermizo.

—Joss, ¿estás bien? —Me incliné hacia delante y le toqué el brazo.

Ella juntó los labios y se volvió hacia el lavabo. Ellie estaba mirando a su cuñada con preocupación.

Al cabo de un momento, Joss respiró profundamente.

—¿Esos mojitos sabían bien? —preguntó en voz baja.

—Sí.

Joss se estremeció y respiró otra vez.

—Eh… —retrocedí con cautela ahora—. ¿Vas a devolver?

Ella me hizo una mueca.

—No, no voy a devolver.

—Toma. —Ellie le pasó una bandeja de sándwiches—. Casi no has comido nada esta mañana.

—Ellie, si no sacas esa bandeja de delante te comeré a ti.

—Creo que va a devolver —murmuré, retirando a Ellie.

—Deja de decir «devolver» —soltó Joss.

Miré a Ellie levantando una ceja.

—Si alguien refunfuña es que está enfermo.

—Sí —coincidió Els—. Tuvo gripe intestinal el año pasado y mordía a todo el que se le acercaba.

—No voy a morder a nadie —soltó Joss, enfurruñada, mientras nos lanzaba una mirada peligrosa, con sus ojos grises sesgados.

—Y preferiríamos que tampoco lo hicieras si vas a ponerte enferma.

Ellie me lanzó una risita. Joss no.

—Tienes suerte de que me caes bien, Olivia Holloway.

Le sonreí y repuse de manera significativa:

—Eso no lo sé.

Ella levantó la mirada hacia mí.

—No puedo refunfuñar cuando eres amable.

—Y mi plan genial funciona.

Joss resopló y se tapó la boca con la mano.

Esperamos mientras ella respiraba profundamente hasta que al final se volvió hacia nosotras.

—Estoy bien. —Se acercó a la mesa de la esquina y se sentó en una silla—. Esos mojitos está claro que no me convienen.

Sin necesidad de pedírselo, Ellie sirvió a Joss un vaso de agua y nos unimos a ella en la mesa. Para mi disgusto, lo primero que dijo Ellie fue:

—¿Entonces? Dougie, ¿sí?

—No. Estoy… —Me encogí de hombros y decidí contarles un poco de la verdad—. Hay un chico que me gusta en la biblioteca.

Ellie sonrió, con la curiosidad destellando en sus ojos pálidos.

—Muy bien. ¿Trabajas con él?

—Es estudiante de posgrado —dije con desgana y, para mi sorpresa, Ellie lo dejó estar.

En lugar de lanzarme la Inquisición española, preguntó:

—¿Cómo va el trabajo?

—Bien. Será difícil ascender, pero, bueno, hay buen ambiente y me gustan mis compañeros. No creo que vaya a dejarlo pronto. ¿Y tú?

—Casi he terminado el doctorado y en la universidad están pensando en ofrecerme un contrato de un año como adjunta. Están impresionados conmigo y con mi tesis, así que ayer me llamaron para decirme que están considerándome.

Ellie era becaria en Historia del arte. Yo no sabía mucho de eso, pero conocía que había soñado con una carrera académica igual que la de su padrastro Clark, de manera que era un notición.

—No me lo habías contado —dijo Joss, con voz suave, mientras daba un bocado a un sándwich.

Ellie se encogió de hombros con modestia.

—No estaba segura de si debía mencionarlo por si acaso se pincha.

—No se pinchará, Els —repuso Joss con firmeza—. Estoy orgullosa de ti.

—Yo también.

Ella nos sonrió con agradecimiento.

—Gracias.

—Significa que puede que consulte contigo sobre materiales de investigación para la biblioteca.

—Sí. Quizá puedas señalarme al tío de la biblioteca cuando esté allí.

Asentí y luego eché un buen trago a mi mojito. ¿Por qué ya no sentía un cosquilleo en el estómago ni un torrente de posibilidad cuando pensaba en Benjamin?