11
Al final me quedé dormida y me desperté poco después de mediodía, justo a tiempo para ducharme, vestirme y esperar a que papá pasara a recogerme por el apartamento y me acompañara a casa de Elodie y Clark para la comida del domingo.
Sin embargo, durante las horas transcurridas antes de dormirme, había tenido tiempo para pensar, como había sugerido Nate.
Llegué a una conclusión: quería superarlo. Incluso sentía que tenía que hacerlo. Sin embargo… lo que no había considerado cuando solté mi petición a Nate fueron nuestros amigos. Éramos un grupo muy unido, y aunque estaba segura de que Nate y yo podríamos contenerlo, estaba un poco preocupada por el impacto que eso pudiera tener en la dinámica de nuestro grupo. También estaba más que un poco preocupada por la seguridad excesiva en mi creencia de que Nate y yo deberíamos seguir adelante con ese trato y todo iría bien.
Pero realmente quería superar mi problema. A decir verdad, no creía que yo fuera una persona insegura, y eso era porque en gran parte no lo era. Creía en mi inteligencia; creía en mi sentido común; creía que mi personalidad, aunque rara, era buena; creía que era capaz; creía que podía hacer aquello que me propusiera. Quería creer que, si a alguien no le gustaba, entonces ese alguien no merecía mi tiempo.
Creía en mí.
Creía en todas las cosas escritas dentro de mí, simplemente de alguna manera tenía que dejar de creer en lo que decía la solapa de mi libro. No sé por qué. Pero no pensaba que eso pudiera ocurrir. No creía que acabara siendo la clase de persona que se pregunta por su propia adecuación; que permite que cualquiera le haga pensar que algo le falta en cierto modo.
Pero ahí estaba. Así es como me sentía.
Y estaba cansada de gemir y lloriquear y quejarme de mí misma. Había observado a mi madre joven y hermosa luchar contra el cáncer y perder esa batalla. La vida era corta. Demasiado corta para gastarla odiando una parte de ti misma y sin hacer nada para recuperar la seguridad. Demasiado corta para no vivirla.
El sexo era una parte enorme de la vida y el vivir. Me sentía fracasada en ese aspecto y había alguien que podía darme un poco de experiencia práctica para construir mi seguridad y llevarme más cerca de la mujer que siempre había deseado ser.
Así pues, después de comer, tenía toda la intención de llamar a Nate y preguntarle otra vez lo mismo. No tenía el fuego del whisky para encender mi valor. Solo estaba yo y mi determinación para convertirme en una mujer que se gusta a sí misma… en todos los sentidos.
Resulta que no tuve que esperar hasta después de comer para plantear mi pregunta.
* * *
No solo Elodie tenía que poner un plato más a la mesa por Dee, sino que Nate se había pasado antes por casa de Cam y también terminó con una invitación al asado del domingo. No es que a Elodie le importara. En la familia Nichols siempre se aplicaba el «cuantos más, mejor».
Significó, no obstante, que yo me encontrara en la pequeña terraza de Elodie y Clark, en la parte de atrás de la casa, disfrutando de un día primaveral y caluroso con Jo, mientras los demás estaban dentro.
Estaba esperando a Nate y tenía los nervios a flor de piel. Mientras pensaba en el momento en que debería repetir mi petición, me tragué con ansiedad un vaso de agua entero.
—¿Estás bien, Liv?
Jo que me estaba observando con cara de preocupación.
—Pareces intranquila.
Noté su expresión expectante, y de repente me entraron ganas de contárselo todo. Las palabras subieron por mi garganta, pero se quedaron encalladas.
—¿Liv?
Pese a toda mi determinación, me sentí muy insegura al mirar a mi amiga. ¿Y si empezar este experimento con Nate era realmente una mala idea para todos nosotros?
—Tengo un amigo —solté—. Del trabajo. Me ha planteado un dilema y, ya sabes como soy, quiero tener la respuesta correcta.
Jo se puso pensativa.
—Vale. ¿Cuál es el dilema?
—Él tiene su grupo de amigos. Se llevan bien, pero hay una chica en ese grupo que le gusta. Los dos se gustan, pero con sus historias no saben adónde podría llevarlos algo entre ellos. También están preocupados por cómo afectará eso al grupo.
Me tensé al terminar de hablar, y fingí no enterarme de que Jo no daba la impresión de creer ni por un segundo que el dilema fuera el de un compañero de trabajo. Esperé a que me sacara los colores.
—Bueno —dijo al tiempo que soltaba un hondo suspiro—, creo que si a tu amigo le gusta esa chica debería ir a por ella.
Me relajé. Jo no iba a sacarme los colores.
Genial.
—¿Tú crees?
Una sonrisita tranquilizadora apareció en sus labios.
—Si de verdad es lo que él quiere y le parece bien, debería intentarlo. Nadie sabe adónde va a llevar una relación. Nos metemos en estas cosas a ciegas y, mientras progresa, cuando el uno se acostumbra al otro, la luz empieza a entrar. En cuanto al grupo de amigos…, bueno, si se llevan tan bien como dices, lo comprenderán. Lo aceptarán y lo afrontarán, pase lo que pase.
Respiré profundamente cuando Jo se acercó a tocarme la mano. Sus ojos me dijeron que veía a través de mi subterfugio, y el apretón tranquilizador que me dio me confirmó que me apoyaba.
La quise con locura en ese momento.
—Aquí están —dijo Cam, que abrió las puertas correderas y salió al patio, seguido por Nate.
Sonreí a modo de saludo, tensándome otra vez al ver a Nate. Dejé que él, Jo y Cam llevaran la conversación mientras bebían sus Coca-Colas heladas.
—Peetie y yo estábamos hablando de pasar un fin de semana largo en casa dentro de unas semanas —dijo Cam a Nate—. Pensábamos que podríamos ir todos. —Hizo un gesto que englobó a todo el grupo—. Podemos alquilar una casa y dividirlo entre seis.
—¿Seis? —Nate frunció el ceño.
—Bueno, Jo y yo, tú, Liv, Peetie y Lyn. Por supuesto, Cole también vendrá con nosotros.
Nate se volvió hacia mí.
—¿Qué opinas? ¿Te apetece conocer a mi gente?
Dentro de mi cabeza había una pequeña versión de mí saltando arriba y abajo con júbilo y excitación ante la perspectiva de conocer a los padres de Nate, ver de dónde venía, y hurgar más en la historia que había creado al hombre que había llegado a conocer. Por fuera me limité a hacer un gesto de asentimiento y una sonrisa.
—Tiene buena pinta.
—Genial. —Jo alcanzó las puertas correderas—. Empezaré a buscar alguna casa para alquilar.
Ella y Cam se trasladaron al interior del comedor vacío, y Cam sostuvo la puerta abierta para nosotros. Nate negó con la cabeza.
—Enseguida entramos.
Eso significaba que quería hablar a solas conmigo.
Contuve el aliento cuando Jo y Cam desaparecieron.
Nate no dijo nada.
Pasó un minuto.
Dos.
Finalmente resoplé.
—¿Vas a hacer que lo diga?
—Depende. —Me lanzó una sonrisa de complicidad, pero me fijé en que había algo atento en sus ojos, algo como un poco de aprensión—. ¿Qué es lo que vas a decir?
Miré a la puerta para asegurarme de que estábamos solos del todo antes de hablar.
—No estaba borracha anoche.
No había ni un ápice de humor en el rostro de Nate cuando respondió.
—Confías en mí para hacer esto conmigo, pero yo he de confiar en que no tratarás de convertir esto en nada más que un amigo ayudando a una amiga.
Vale, así que había una pequeña cosa llamada celos que había sacado su fea cabeza cuando Nate cogió el número de esa chica la noche anterior. Pero eso era solo un problemilla pasajero y podía controlarlo. Me atraía Nate, sí, y sí, me importaba, pero estaba colgada de Benjamin y no de Nate, y Benjamin era el objetivo aquí.
—Estoy segura de que de alguna manera conseguiré no caer rendida a tus pies —dije, tratando de aportar un poco de levedad a la conversación.
Su hoyuelo izquierdo apareció y desapareció.
—Estoy segura de que será fácil para ti, y me gustaría puntualizar algo.
—Puntualiza.
—Sé que estás acostumbrado a echar polvos. Pero estoy ofreciendo una posibilidad de sexo por completo libre de acoso. No creo que sea una tortura tan grande.
—No. —Sonrió de manera sugerente—. Ninguna tortura.
Por un momento se quedó en silencio mientras sopesaba mi propuesta. Miró a la puerta a fin de cerciorarse de que seguíamos solos.
—Bueno, si vamos a hacer esto, me haré unas analíticas y te prometo que no follaré con nadie más durante… nuestras lecciones. —Supe que no había evitado que la sorpresa se reflejara en mi rostro ante su oferta, porque Nate torció el gesto de inmediato—. Nena, si vas a empezar una vida sexual, sé lista con ella. Yo me hago pruebas cada tres meses y, cuando llegue el momento de lo tuyo con ese Benjamin, asegúrate de que está sano antes de empezar nada. No tenía pruebas hasta dentro de unas semanas, pero cambiaré la fecha por ti. Quizá deberías pensar en tomar la píldora.
Ahora que habíamos empezado a discutir los detalles, mi corazón se había unido a la conversación, y con ruido. Golpeaba y golpeaba, decidido a hacerme saber que estaba desbocándose un poquito. Deseé que se congelara.
—Ya la tomo. Regula mi… ya sabes. —No pude controlar mi rubor.
Nate cerró el hueco que nos separaba, de manera que su pecho rozó el mío.
—¿No estarás replanteándote ya tu proposición?
«Eh…»
—No. —Forcé a mi valor a dar un paso al frente—. Solo quiero aclarar que entiendes en que te estás metiendo. Quiero decir, sé que estaba siendo muy chula con eso de que tendrías sexo regular sin que eso suponga una tortura, pero la verdad es que no es un acuerdo sexual normal. Se trata de que… me enseñes… cosas.
Los ojos de Nate brillaron al instante con regocijo y repitió en voz baja.
—¿Cosas?
Mis mejillas ardieron.
—Cosas.
—¿Cosas?
Miré a nuestro alrededor, por si había orejas que escucharan. Al no encontrar ninguna, volví a mirarlo a los ojos, sin hacer caso de la conciencia que cosquilleaba en mi cuerpo cuando nuestros pechos se rozaron.
—Cómo… Cómo darte placer —murmuré entre dientes.
Un destello de calor asomó en sus pupilas al mirar mi boca. El ambiente entre nosotros cambió. Sentí crecer la excitación entre mis piernas, algo que se estaba tornando familiar.
Mi respiración se entrecortó.
Y también la de Nate.
Noté su mano caliente en mi cintura y me dio un apretón fuerte antes de retroceder, lo que permitió que el oxígeno fluyera con libertad en mis pulmones otra vez.
—Este no es el mejor sitio para provocarte.
Su voz era grave, pastosa, cargada de… ¿sexo?
Estaba igual de excitado que yo.
Sorprendida, asentí con la cabeza y me aparté el pelo de la cara.
—Sí. Deberíamos… deberíamos entrar.
—Ve tú. —Hizo un gesto hacia la puerta—. Entraré en un segundo.
Tenía la mano en el pomo y estaba a punto de entrar cuando oí que su voz pronunciaba mi nombre. Me paré en seco.
—¿Sí? —Giré la cabeza para mirarlo por encima del hombro.
—Empezaremos esta noche. —La expresión de Nate, llena de una promesa sexual, me provocó un estremecimiento que bajó por mi columna como si hubiera acariciado con un dedo mi espalda desnuda—. Pasaré por tu casa a eso de las nueve.
* * *
Apenas pude comer.
Y ahora ya eran las nueve menos diez. Nate tenía que llegar a mi apartamento en diez minutos. Esperaba que, en cuanto entrara por la puerta, parte de los nervios al menos dieran paso a la anticipación, porque lo único que estaba sintiendo en ese momento era angustia. Por suerte, estaba muy lejos del miedo que sabía que estaría experimentando en el caso de que esperara ver a Benjamin entrando por esa puerta. Con Nate había un elemento de seguridad, porque lo conocía muy bien. Sabía que nunca me haría daño ni me haría sentir estúpida o mal, que no me haría percibir nada negativo. Era el tutor perfecto para superar mi problema, porque confiaba por completo en él.
Me había duchado al llegar a casa y luego me había puesto una capa de maquillaje. Bajo mis pantalones de deporte y mi blusa llevaba mi conjunto favorito de ropa interior. Era de satén blanco con encaje y parecía bonito en contraste con mi piel morena. Esperaba que lo distrajera de mi barriga y mis muslos flácidos.
«No uses la palabra flácido», me reprendí recordando la advertencia de Nate.
Sin saber realmente cómo actuar o qué hacer, me ocupé a toda prisa del apartamento tratando de ordenar las pilas de libros y ejemplares de la revista en la que Nate escribía reseñas que tenía por todas partes. Me pregunté si quizá necesitábamos algo de música de ambiente y encendí la radio. Enseguida decidí que era mala idea, porque no era propio de mí, y Nate sabría que no era propio de mí y adivinaría hasta qué punto me estaba desquiciando la situación. Así que puse la tele. Cinco minutos después decidí que eso sugería indiferencia y tampoco quería que pensara que sentía indiferencia.
Estaba tan ocupada dando vueltas como una idiota que cuando Nate llamó al timbre terminé tropezando con una pila de libros. Me incorporé solo para resbalar sobre las planchas de madera del suelo a causa de los calcetines que llevaba, y choqué contra el timbre. Al menos, pulsé el botón de entrada. Abrí la puerta y respiré profundamente.
Me sentía sudorosa y pegajosa y en absoluto atractiva. Torcí el gesto al ver mis calcetines y me pregunté por qué demonios me los había puesto. No eran sexis. Me agaché para quitármelos, pero el derecho se me encalló. Tiré y tiré, maldiciendo al malnacido mientras daba saltos a la pata coja. Apenas logré quitarme el condenado calcetín, me golpeé un tobillo donde más duele en la mesita de café. Me caí y me di con la cabeza en el sofá.
—Joder, ¿estás bien?
Me eché el pelo hacia atrás y miré con decisión a Nate, que ya estaba de pie en el umbral.
—Estoy bien —dije sin aliento.
Él cerró la puerta tras de sí y examinó mi cuerpo; es probable que en busca de lesiones.
—¿Estás segura?
—Por supuesto —le dije alegremente, y entonces me di cuenta de que llevaba un par de calcetines sudados en las manos. Nada sexi. Los guardé a toda velocidad bajo el sofá y me levanté, balanceándome un poco por el ímpetu del movimiento.
Su boca se curvó en una sonrisa cuando se quitó la chaqueta de cuero.
—¿Estás segura de que quieres seguir con esto? No estamos obligados a hacerlo.
Me pasé una mano temblorosa por el pelo.
—Estoy bien. En serio.
Nate cruzó los brazos sobre su pecho, separó las piernas y me examinó con atención. Llegó por fin a alguna clase de conclusión y asintió.
—Vale. ¿Sabes cómo quieres que empecemos?
—Bueno… —Me acerqué un poco más a él, y hallé algo tranquilizador en su presencia—. Estaba pensando que podríamos ir base a base. Ya hemos llegado a la primera base y un poco a la segunda…
Sonriéndome, Nate se frotó la mandíbula en actitud pensativa.
—Esto del béisbol es muy norteamericano. Tendrás que aclarármelo.
«¿Lo he dicho en voz alta? Eh…»
Procuré con desesperación no parecer avergonzada —¡era Nate, por el amor de Dios!— y di otro paso hacia él.
—La primera base es besarse. Con lengua. La segunda base es tocarse y la ter…
Señalé su entrepierna.
Estaba esforzándose para no reírse de mí. Aprecié su esfuerzo.
—Liv, vamos a tener sexo. Creo que has de acostumbrarte a hablar de eso.
La terquedad me hizo sacar la barbilla.
—Bien. —«Puedes hacerlo. Solo son palabras».—. La segunda base es tocar mis pechos por encima o por debajo de mi ropa o tocarme… entre las piernas. —«Oh, Dios mío, oh, Dios mío».—. O que yo te toque a ti.
Nate bajó los párpados y dejó caer los brazos a los costados. Dio un paso hacia mí de manera que estábamos a solo unos centímetros.
—Tocarme, ¿dónde?
«Es solo una palabra».
El rubor subió a mis mejillas cuando me humedecí los labios y murmuré:
—La polla.
Sus ojos destellaron fuego y me fijé en sus respiraciones someras cuando preguntó:
—¿Y la tercera base?
—Sexo oral —respondí al instante, y junté las piernas en cuanto imaginé la cabeza de Nate entre mis muslos.
Nunca había recibido ni practicado sexo oral. Estaba intrigada y nerviosa en relación con esos actos en particular. Por lo que sabía por la literatura y las películas, estaba deseosa.
—Y puedo imaginarme qué es un home run. —Nate inclinó la cabeza y se mordió el labio inferior al considerar la información—. Hum, es un plan. Pero creo que ahora lo más importante es que te quites la ropa.
Sentí que empezaba a temblar desde la punta de los dedos ante la idea de quedarme desnuda delante de Nate.
—¿Ahora? —chillé.
Me lanzó una mirada seria.
—Vas a tener que estar desnuda delante de ese tipo. ¿Cómo vas a hacerlo si no puedes hacerlo conmigo?
—¿Completamente desnuda?
Al cabo de un momento de silencio, Nate me ofreció una mirada paciente y amable.
—Vale, lo haremos paso a paso. Quédate en ropa interior.
Me recorrió un escalofrío, pero me encontré contestando:
—Seguro que sabes pedirlo mejor.
Sus labios se retorcieron.
—Olivia, cariño, ¿puedes, por favor, quedarte en ropa interior para mí?
—¿Era tan difícil? —jadeé entre dientes mientras empezaba a desabotonarme la blusa con rapidez.
—¿Es una carrera?
Dejé el dedo quieto en el antepenúltimo botón.
—¿Eh?
Nate rio.
—Te estás desnudando para mí. Darte prisa hace que lo sientas como un inconveniente más que como un estímulo.
Dejé caer los brazos a los costados y eché un hombro hacia atrás para señalar la parte posterior del apartamento.
—A lo mejor deberíamos ir a mi dormitorio.
—Si vas a estar más cómoda…
Suspirando, luché contra los vuelcos de mi estómago y me moví hacia mi habitación. Me quedé en el borde de la cama y esperé hasta que Nate cruzó el umbral y entonces, en lo que consideré un momento valiente para mí, lo miré directamente a los ojos y empecé a desabrocharme la blusa poco a poco. Nate se quedó quieto cuando me la quité de los hombros, la dejé caer en el suelo y me quedé en pantalones y sujetador. Esa parte no me importaba tanto. Era la parte siguiente la que me aterrorizaba, pero mantuve la voz de Nate en mi cabeza y la llené con sus cumplidos. Con suerte todavía pensaría lo mismo cuando me quitara los pantalones.
Estuve un poco torpe con el botón de arriba, pero Nate no comentó nada. El sonido de mi cremallera fue increíblemente ruidoso en la habitación en silencio y sentí que la tensión entre nosotros aumentaba. Con una respiración profunda, puse las manos en las caderas y me bajé los pantalones. Bajé la cabeza con repentina incertidumbre al salir de ellos.
No sabía qué hacer con los brazos.
—Nena.
A través de mis párpados medio caídos observé que Nate daba un paso hacia mí.
—Liv, mírame.
Los brazos me colgaban torpes a los costados cuando alcé el mentón con lentitud.
Su expresión me dejó sin aire.
El deseo y la sinceridad brillaron en ella cuando me dijo en voz baja y retumbante:
—Eres preciosa.
Mi mano cubrió mi barriga de manera automática, y me puse nerviosa al pensar que mis muslos estaban a la vista. Nate dio tres pasos decididos hacia mí hasta que tuve que inclinar un poco la cabeza para mirarlo a los ojos. Me cogió la mano que me cubría la barriga y me la colocó con suavidad a un costado.
—No te escondas de mí. —Se inclinó para susurrarme en los labios—. Nunca.
Yo bajé la mirada a su camiseta con una sonrisa nerviosa.
—Quizá deberías quitarte algo para que no sienta que estoy sola en esto.
Él me sonrió y dio un paso atrás para desprenderse con naturalidad de la camiseta por encima de su cabeza.
Contuve el aliento.
Era la primera vez que veía a Nate sin camiseta y me maldije por no tomar esas clases de judo con él como me había propuesto. No era el tipo más alto ni el más fornido; de hecho, era bastante compacto, pero cada centímetro de su torso era músculo. Entre clases de judo y visitas semanales al gimnasio, Nate no descuidaba su cuerpo y yo estaba disfrutando de cada segundo de esa atención.
Hasta que mis ojos pasaron sobre la estilizada «A», justo debajo de su pectoral izquierdo.
«Alana».
Un fantasma en la habitación.
Bajé la cabeza, simulando que no me había afectado la visión de ese tatuaje, y entonces levanté la mirada desde debajo de mis pestañas con un sonrisa falsamente picante.
—He visto cosas peores.
Nate rio y lanzó la camiseta a un lado.
—Sabes cómo hacer sentir bien a un hombre.
—Oh, vamos, sabes que estás cañón.
—Pero es bonito oír que tú piensas eso.
Oculté mi sorpresa ante su reconocimiento. Entonces solté una leve risa y repuse:
—Me aseguraré de mencionarlo con frecuencia, pues.
Su boca descendió otra vez hacia la mía.
—Se agradece.
Cuando las cosquillas empezaron a hormiguear en mis pechos hinchados, hice un gesto a la habitación.
—¿Ahora qué?
—¿Quieres empezar conmigo o contigo?
Fruncí el ceño, confusa.
—¿Por qué íbamos a empezar por mí? Yo sé lo que quiero. Se trata de aprender lo que tú quieres, aprender a ser buena haciéndotelo a ti.
Nate negó con la cabeza de inmediato y una arruga estropeó su frente.
—¿Cómo puedes saber lo que quieres cuando solo has tenido sexo una vez, Liv? No solo has de tener confianza en conseguir ponerle, también has de tener seguridad en tu propio placer.
Sus dedos se movieron en los botones del tejano y empezó a desnudarse. La sangre zumbó en mis oídos mientras observaba.
—Has de saber qué te excita y luego hacérselo saber. Si no quiere saber cómo darte placer, entonces quítatelo de encima.
Al oír eso, mis ojos volvieron a su rostro y resoplé.
—Lo tendré en cuenta.
—Asegúrate de que sea así. El sexo es un camino de doble sentido.
—Vale.
—Entonces… ¿tú o yo?
—Eh…
—Empezaremos contigo. —Se quitó los pantalones.
Yo admiré su cuerpo atlético. Era de lejos el chico más guapo que había visto en la vida real y estaba a punto de tener relaciones sexuales con él.
—Esto es un poco surrealista —murmuré sin pensar.
—Va a ser muy auténtico —fue su respuesta profunda y seductora.
—Oh, tío.
Rio otra vez y retrocedió hacia mi espacio, frotando con el dorso de los nudillos la curva de mi cintura y enviando un encantador cosquilleo por mi espalda.
—Voy a quitarte la ropa interior —susurró, con su aliento caliente danzando en mi boca—. ¿Estás preparada para eso?
Ya había estado frente a él con mi escasa lencería y de alguna manera había logrado superarlo sin sentirme como una vaquilla. De hecho, Nate me había hecho sentir bastante… sexi. Asentí, con la lengua un poco trabada, y alcé mi mirada hacia la suya mientras sus dedos me rozaban la espalda para quitarme el sujetador.
—De verdad tienes los ojos más estupendos —dijo suspirando mientras me desabrochaba de forma experta el sujetador, con sus propios ojos oscuros y hermosos atravesando los míos.
Casi maullé, con mi pecho subiendo y bajando tan deprisa que sentí que sus dedos acariciaban mis omóplatos antes de pasar sobre los tirantes de mi sujetador.
Al deslizar los tirantes por mis brazos, Nate trazó pequeños círculos en mi piel.
—Como seda —susurró.
El sujetador cayó de mi cuerpo y la mirada de Nate se posó en mis pechos desnudos. Se hincharon bajo su atención, con mis pezones contrayéndose en el aire frío.
—Joder, eres preciosa.
Una luz se encendió dentro de mí y me iluminó desde lo más profundo de mi ser. Supe que Nate captó esa luz, porque cuando nuestros ojos se encontraron volvió a quedarse muy quieto.
—Gracias —logré decir. «Por hacerme sentir hermosa».
No tuve que decir las palabras en voz alta. Nate lo entendió.
En respuesta, aplastó su boca sobre la mía en un beso recio y profundo. Me agarró los dos pechos y deslizó los pulgares sobre mis pezones duros como piedras. Jadeé en su boca cuando el calor bajó a mi vientre y se dirigió a mi sexo. Deseando tocarle pero todavía insegura, pasé mis manos con cautela sobre su pecho, aprendiendo a sentirlo bajo las yemas de mis dedos. Era cálido, con su piel suave, y noté la fuerza en los músculos duros y nudosos de su cuerpo. Palpité al sentirlo bajo mis manos.
Interrumpió el beso y mis labios hinchados quedaron entreabiertos y anhelantes.
Su sonrisa era malvada cuando acercó su cuerpo al mío y continuó hasta que tuve que moverme con él, hasta que el dorso de mis piernas tocó los pies de mi cama.
—Ponte en la cama —ordenó con voz quebrada—. Túmbate.
Hice lo que me pidió, apoyándome en los codos, esperando con excitación su siguiente movimiento. Mis ojos bajaron a sus bóxers negros y mi respiración se entrecortó cuando vi su erección desenfrenada.
«Yo he hecho eso».
Una sonrisa de triunfo curvó mis labios y mi vientre dio un vuelco ante su risita complacida. Dio un vuelco todavía mayor cuando sus manos subieron por la cara exterior de mis muslos y sus pulgares se enlazaron en el borde de encaje de mis bragas.
Me quedé paralizada, con mis ojos desafiando los suyos.
—Liv… —Su tono fue tranquilizador.
Asentí y levanté las caderas para ayudarlo y no pude impedir que la sangre me calentara las mejillas cuando él, poco a poco, me bajó las bragas y las dejó caer al suelo.
Se tomó su tiempo para devorarme con los ojos.
—Me gusta la ropa interior, pero tengo que reconocer que nunca has estado más bonita que ahora.
Oh, vaya. Qué dulce. Pensé que decírselo podría estropear el momento, así que, en lugar de eso, solté:
—¿Y ahora qué?
—Túmbate y confía en mí. Quiero que me digas si no te gusta algo de lo que esté haciendo y dime cuándo de verdad te gusta algo que te esté haciendo.
La respiración salió rugiendo de mi boca al tenderme boca arriba, mientras observaba a Nate subiendo a la cama y poniendo las rodillas a ambos lados de mi cintura. Noté el calor de su cuerpo en el mío, y ni siquiera me estaba tocando. Su colonia me provocó; su aroma embriagador no solo afectaba mi sentido del olfato, sino también mis papilas gustativas. Quería encontrar su origen en el cuerpo de Nate y quería lamer y chupar y besar su piel hasta que estuviera gimiendo debajo de mí.
Al parecer, Nate tenía una idea similar en mente.
Con las manos apoyadas en el colchón a ambos lados de mi cabeza, se inclinó para frotar sus labios sobre los míos. Atrás y adelante, atrás y adelante. Provocando. Haciendo cosquillas. Justo cuando estaba a punto de quejarme con impaciencia, me besó más fuerte. Moví los labios debajo de los suyos, con nuestras lenguas tocándose en un profundo apareamiento que me llevó a comprender la promesa sexual de un beso. Los besos que había tenido antes habían sido mecánicos —un poco como el de Will en el Club 39— y no había sentido nada, sin darme cuenta de que un beso con alguien que te atraía, un beso sensual, era preludio de lo que estaba por llegar.
Agarré la cadera de Nate cuando el beso se hizo más brusco y jadeante; suspiré en su boca con placer cuando su erección rozó mi vientre. Nate gruñó, y sus labios se desplazaron desde mi boca a la barbilla, bajando por la mandíbula. Fue abriéndose camino a besos descendiendo por mi cuerpo, con su boca caliente, hambrienta, y yo aguardaba, acariciando su espalda musculosa, subiendo mis manos hacia sus omóplatos mientras él descendía.
Cuando esa boca caliente suya se cerró en torno a mi pezón izquierdo, mis caderas se levantaron hacia él como reacción.
—Oh, Dios.
Mis muslos lo sujetaron instándolo a acercarse y arqueé la espalda en busca de más cuando él me lamió por primera vez y luego chupó más fuerte, sin dejar de pellizcar mi otro pezón entre su pulgar y su índice.
Sentí un torrente de humedad entre las piernas.
—Nate. —Mis dedos se clavaron en sus hombros—. Oh, Dios…
Nate levantó la cabeza, sus ojos negros mientras él ondulaba contra mi cuerpo, su miembro presionando entre mis piernas, solo con la tela de sus calzoncillos protegiéndome de su calor palpitante.
—¿Te gusta eso, Liv? —preguntó con voz pastosa—. ¿Te gusta que te chupe fuerte los pezones?
Me ruboricé ante la crudeza de su pregunta, pero me descubrí asintiendo con rapidez.
—Sí, me gusta.
Nate gruñó y bajó la cabeza de nuevo, para mi otro pezón esta vez. No tenía ni idea de que mis pechos fueran tan sensibles. Cuando continuó lamiendo y provocando y atormentándome, sentí el nudo de tensión apretándose en mi bajo vientre.
—Nate… —Estaba jadeando con fuerza, sujetándole la cabeza con mis manos mientras él describía círculos con su lengua en mi areola—. No puedo… No…
De repente, se estaba moviendo, resbalando hacia abajo por mi cuerpo, con sus manos trazando la forma de mis pechos al descender y sus labios dejando un rastro de besos húmedos en mi abdomen. Me estremecí ante el contacto de su lengua en mi ombligo y entonces me tensé al darme cuenta de que su destino era el vértice de mis muslos.
Nate me acarició el vientre de manera tranquilizadora y me miró a los ojos.
—Ábrete, cielo.
Me mordí el labio y miré hacia él medio asombrada y medio ansiosa al tiempo que separaba los muslos. Nate se asentó entre mis piernas. Su mano se deslizó por el interior de mi muslo.
—¿Nunca has hecho esto? —preguntó.
Negué con la cabeza, demasiado excitada para hablar.
Una chispa traviesa apareció en su expresión.
—Tengo muchas ganas de ver esta reacción.
Me besó allí.
Me estremecí. Era agradable.
Y entonces sentí sus dedos deslizándose en mi interior y un gemido de sorpresa deliciosa escapó de mis labios, lo que atrajo la mirada de Nate. Tenía una expresión intensa en sus pupilas, con la chispa traviesa desaparecida y sustituida por la intención sexual. Sus dedos salieron resbalando de mi interior y luego volvieron a entrar. Mis caderas empujaron hacia ellos, tratando de captar su ritmo.
—Estás empapada, Liv —gruñó—. ¡Estás tan mojada y lista para mí!
—Sí —espeté levantando mis caderas—. Dios, sí.
Con un gruñido de satisfacción, Nate volvió a hundir la cabeza. Sus dedos salieron de mí, pero antes de que pudiera quejarme por esa pérdida, separó mis labios vaginales y casi salté de la cama al sentir su lengua en mí.
Describió un círculo en torno a mi clítoris, incitando, presionando… y succionando.
Yo grité, sintiendo que mi excitación crecía más deprisa que con nada que hubiera experimentado antes mientras él continuaba lamiéndome, conduciéndome hacia el orgasmo.
Cuando apretó sus dedos dentro de mí, yo estallé, gritando su nombre como una oración mientras cerraba los ojos. Me contorsioné contra su boca habilidosa, con los dedos enrollados en la colcha debajo de mí. El orgasmo me recorrió en oleadas y yo palpité y palpité contra la boca de Nate hasta quedar convertida en una muñeca de trapo.
Sentí que él subía pegado a mi cuerpo y cuando finalmente abrí los ojos tenía otra vez sus manos a ambos lados de mi cabeza, con la parte inferior de su cuerpo apretado contra el mío. Tenía esa sonrisa complacida y chulesca en el rostro. Me acarició el pómulo con los dedos de manera cariñosa, mientras me estudiaba con la mirada.
—Interpreto que ha estado bien.
Eso era quedarse corto.
La primera y única vez que había tenido relaciones sexuales no me había corrido. No obstante, me había estado proporcionando orgasmos desde que tenía dieciocho años y gané un vibrador en una rifa estudiantil. Esos orgasmos habían estado bien. Unos pocos incluso muy bien.
Ninguno de ellos había sido sensacional.
Hasta ese momento.
Levanté las manos con languidez y las uní en torno al cuello de Nate. Le acaricié tiernamente la mandíbula con mis pulgares.
—Voy a hacer que mantengas esa expresión petulante en la cara. Te la has ganado.
Nate rio entre dientes y me besó. Dejando que su risa temblara contra mis labios de un modo que era increíblemente sexi. Sonreí con esa risa, pero al hacerse más caliente, al saborear mi propio gusto en su lengua, las sonrisas y risas desaparecieron y curvé mis dedos con tensión en su pelo.
Interrumpí el beso antes que él y dije jadeando.
—Tu turno.
Algo destelló en sus pupilas, algo que no comprendí del todo, pero lo que sí sabía era que estaba ansioso. Se desplazó, separándose de mí para tumbarse boca arriba, con los brazos cruzados con naturalidad detrás de la cabeza.
—Soy todo tuyo.
Las mariposas regresaron a mi estómago, no tantas como antes, pero allí estaban, alentándome mientras me preparaba para hacer una felación a un hombre por primera vez.
—Nunca he…
El semblante de Nate se suavizó y se estiró para colocarme el pelo detrás de la oreja mientras contestaba:
—Lo sé, Liv. Y no tienes que hacerlo. Nunca. Solo haz aquello con lo que te sientas cómoda.
Mi mirada pasó a su regazo y su miembro duro.
—Al menos quiero probarlo.
—Entonces, yo te guiaré —respondió.
En un abrir y cerrar de ojos se había quitado los bóxers y los había lanzado de una patada.
Lo miré boquiabierta.
Cuando perdí mi virginidad no tuve tiempo de estudiar el pene del chico con el que me acosté. Simplemente se había bajado la cremallera y había entrado en mí.
El de Nate presionaba hacia su abdomen. Era largo y grueso y estaba palpitando. Me pareció impresionante. La idea de imaginarlo dentro de mí me provocó otra oleada de excitación, pero cuando pensé en rodearlo con mi boca sentí aprensión.
—¿Cómo…? —Lo miré con desazón—. Yo…
—¿Liv? —Sus cejas se alzaron—. Solo dilo.
Salió en un arrebato de torpeza:
—Su tamaño es un poco problemático, porque a pesar de mi tendencia a divagar, tengo la boca pequeña y no me cabrá toda y tengo un reflejo faríngeo que podría ser un problema, así que no sé cómo…
—Liv… —Nate se estaba atragantando de risa—. Respira profundamente.
Cerró los ojos y negó con la cabeza, guardándose sus pensamientos. A mí me preocupó por un momento que mi inexperiencia de repente redujera su excitación. Sin embargo, cuando sus párpados se levantaron sonreía, así que tomé eso y su erección todavía evidente como buenas señales.
—Tómame en tu boca y, mientras chupas, menea la base con la mano. La clave es menearla fuerte pero no demasiado. Chupa con ganas, escondiendo los dientes.
Asentí, con la esperanza de poder hacerlo.
—Liv, en serio que no tenemos que hacer est… ah —susurró cuando lo rodeé con mi boca.
Al principio estaba paralizada por la extrañeza de tenerlo en mi boca, saboreándolo, sintiéndolo como si estuviera rodeándome por todas partes, como si no hubiera en el mundo nada más que él. Era extraño. Era ajeno. Y yo temía no estar hecha para esa clase de intimidad sexual.
Hasta que lo miré a la cara desde debajo de mis pestañas.
Ese era Nate.
Reuní el valor.
Empecé a hacer todo lo que pedía, y al hacerlo lo observaba, observaba el color que afloraba en sus mejillas; observaba la forma en que su pecho subía y bajaba en respiraciones rápidas; observaba sus puños cerrándose en las sábanas; observaba su boca abierta en jadeos; observaba la película de sudor en su piel; observaba la tensión en sus abdominales. Y me dejé llevar. No esperaba que me gustara hacer una mamada, pero me encantó el poder sensual que me recorrió al saber que podía calentar tanto a Nate que susurrara mi nombre con tonos de placer.
—Me corro —dijo entre jadeos, deslizando su mano en mi pelo, y yo me aparté justo a tiempo de verlo estremecerse en un orgasmo.
Cuando su cuerpo se relajó, se pasó las manos por la cara y el pelo. Sus ojos se cerraron, ocultándome su reacción.
Esperé, insegura.
Poco a poco, Nate abrió los ojos y me miró.
«¿Bueno?»
—¿Te ha gustado? —preguntó con brusquedad.
—Sí —susurré.
—Bueno, porque desde luego me gustaría que repitieras la actuación alguna vez. —Soltó el aire entre sus labios y negó con la cabeza, sonriendo, antes de volver hacia mí sus ojos brillantes—. Joder, nena.
Aliviada, me tumbé en la cama y miré al techo.
—Supongo que he sacado buena nota en mi primera lección en seducción.
—Como dije antes… eres una alumna prodigio.
La cama se movió y levanté la cabeza. Vi que Nate se enderezaba y sacaba las piernas.
—¿Adónde vas?
Me dirigió una mirada por encima del hombro.
—Creo que ya hemos hecho bastante por esta noche. No quiero abrumarte.
Fruncí el ceño, disgustada por ese giro de los acontecimientos.
—¿Eso no depende de mí?
Nate estaba buscando su ropa interior, pero vi que reía por lo bajo. En lugar de responder, salió de la habitación, con su trasero musculado tan digno de morderse que necesité de toda mi contención para no correr tras él.
Oí que el agua corría en mi cuarto de baño y al cabo de unos minutos Nate había vuelto, limpio y con los bóxers puestos. Buscó sus tejanos y empezó a ponérselos. Una vez vestido del todo, me contempló en toda mi ruborizada desnudez.
Curiosamente, no me moría de vergüenza.
Esperé, preguntándome qué estaría pensando. De hecho, me moría por saberlo. Antes se lo habría preguntado, pero de alguna manera la intimidad que habíamos compartido había modificado eso. Si le preguntaba en qué estaba pensando, podría convertirme en una aspirante a novia pegajosa. En ese momento, lamenté mi decisión de haberle pedido ayuda.
Como si hubiese percibido mis oscuros pensamientos, Nate cruzó la habitación y se inclinó para plantarme un beso dulce en la boca. Sentí sus dedos en mi cabello cuando se echó atrás para pronunciar su promesa carnal:
—Mañana follamos.