16. Un hogar desolado
El comisario Glockner se resignó con un suspiro.
En efecto, Gaby acababa de anunciar en su nombre y en el de sus amigos que la banda PAKTO quería ver el final de los manejos criminales. Y que, además, tenía cierto derecho a ello y por eso iba a acompañarlo a casa de Jesper.
Gertrud Rawitzky podía quedarse en su domicilio, pero al día siguiente debería acudir a comisaría.
La dejarían libre hasta la vista del juicio, pues, sin duda, no había peligro de que huyera. Además, tampoco era una delincuente habitual, pero debía contar con una condena. Era evidente que había intentado un chantaje y engañado a la policía ocultando pruebas.
Los Jesper habitaban en una villa de tres plantas. El jardín de piedras, un tanto austero, era el único del entorno, caracterizado por la presencia de edificios comerciales y administrativos. Cada metro cuadrado de suelo estaba hormigonado o asfaltado. Hacía décadas que el último árbol de la zona había sido talado. El verde de los Jesper aparecía como un oasis en el desierto.
Oscar hubo de quedarse en el coche, en una de cuyas ventanillas se dejó, como es natural, una ranura abierta.
—Esta vez los testigos somos nosotros; es decir, Gaby, Karl y yo —comentó Albóndiga, mientras caminaban hacia la casa—. Podemos jurar que Erich ha estado deambulando por la calle Profesor Rutzl. Aún me duele la espinilla.
—¿Por qué? —preguntó Glockner.
—Porque me he tropezado contra su motocicleta en medio de la oscuridad.
Tarzán miró hacia las ventanas.
Había luz en algunas de la planta baja y del segundo piso. Nadie dormía todavía en aquella casa. Glockner llamó al timbre.
La pesada puerta de entrada era semicircular en su parte superior y tenía en el centro un ventanuco como del tamaño de una cabeza. Una reja de fundición protegía el cristal emplomado.
Se abrió el ventanuco.
—¿Sí? —preguntó una voz de hombre.
Sonaba irritada y seguramente resultaba brusca incluso cuando se esforzaba por ser amable.
Tarzán sólo pudo reconocer el perímetro de la cabeza pues el hombre estaba a contraluz.
—¿Señor Jesper? Soy el comisario Glockner. Tengo que hablar con usted y con su hijo.
Glockner mostró su chapa por la reja.
—¿No puede esperar a mañana? —preguntó el banquero.
—Por desgracia no.
El ventanuco se cerró. En cambio, se abrió la puerta.
Robert Jesper era grande y huesudo, un hombre de unos cincuenta y cinco años, de piel desvaída. Se había quitado la chaqueta, pero, por lo demás, iba vestido como para una reunión del consejo de administración: pantalones oscuros, zapatos oscuros y camisa blanca, además de una corbata atrevida, es decir, de color gris oscuro. Seguramente, el hecho de que —muy en la punta— estuviera moteada de puntitos azules le habría sumido en un grave problema anímico.
—No debe de ser difícil llevar la cuenta de las veces que se ríe —imaginó Tarzán—. Este administrador de los dineros es, sin duda, un hombre serio.
Jesper contempló extrañado la banda PAKTO.
—¿Viene con sus hijos? —preguntó Glockner.
—Son compañeros de colegio de su hijo. Y testigos importantes en el asunto que me trae por aquí.
—¿Qué asunto?
De todos modos, les había permitido entrar y cerrado la puerta tras ellos.
Se encontraban ahora en un imponente vestíbulo, con paredes revestidas de madera y una chimenea. Había allí sillones de orejeras formando grupos. El color más llamativo era una verde botella oscuro.
—Al menos no se ven féretros por aquí —bromeó Tarzán—. Es una agradable sorpresa.
—Se trata de algo muy serio —contestó Glockner—. Por lo que hasta ahora sabemos, su hijo Erich ha realizado un atentado contra la compañía nacional de ferrocarriles. Ha hecho descarrilar una locomotora. Algunos viajeros han resultado heridos. Se han producido elevados daños materiales. Y la compañía ha sido objeto de una extorsión. En concreto, las cosas han sucedido de la siguiente manera:
Mientras Glockner le informaba, Jesper mostraba una expresión fría como el hielo.
Pero el hielo era sólo exterior. Por dentro le hervía la sangre.
Tarzán vio cómo le palpitaba la vena yugular.
Cuando el comisario acabó su relato, Jesper respiró hondo.
—Creo que ha perdido el juicio —dijo.
—¡Por favor, sea objetivo! ¡Y educado!
—Mi hijo… ¡nunca! Erich no es capaz de hacer algo así.
—La declaración de Gertrud Rawitzky le inculpa.
—¡Esa… esa individua! ¿No comprende que es una pura calumnia contra mi hijo? Lo que ella diga no cuenta en absoluto. Probablemente quiso obtener un crédito y no se le concedió. Sí, así ha debido de ocurrir. Y ahora se venga de esta manera infame. Puede darse cuenta de que miente: ella afirma que ha hablado conmigo por teléfono esta tarde. Yo ni siquiera me encontraba aquí. Hace sólo diez minutos que he vuelto. He pasado toda la tarde en casa de unos conocidos. Hemos cenado juntos y luego hemos escuchado música. Juan Sebastián Bach. Mi esposa estuvo presente. No he hablado por teléfono con nadie. Y menos que nadie con esa fotógrafa.
—¿Estaba su hijo aquí, en casa?
—Supongo que sí.
—¿Dónde está ahora? —Me imagino que en su habitación. No lo he visto desde hoy… no, desde ayer por la mañana. Estoy muy ocupado. Pesan sobre mí grandes responsabilidades. No puedo preocuparme de fruslerías. Él tiene ya 17 años y sabe lo que se hace.
—Su hijo sólo tiene 16 años —dijo Tarzán.
—Bien, ¿y qué? Va a cumplir 17.
—El año que viene, en mayo —dijo Gaby—. Cuando hace poco celebró su 16 cumpleaños me quiso invitar. Una persona tan ocupada como usted puede equivocarse a veces con estas fruslerías.
—¡Ahora este superpadre reventará! —se lamentó Tarzán—. No es de extrañar que su retoño haga barbaridades. Probablemente odia el hogar paterno con todos sus habitantes. ¡Muy bonito! Son cosas que pasan. Pero no es razón para arremeter sin más contra la compañía nacional de ferrocarriles.
—Lo repito —dijo Jesper, y su voz sonó como una caja registradora—. Mi hijo no es un delincuente. Esa mujer miente. Y, por lo visto, no tiene más pruebas, señor comisario.
—Las fotografías son las pruebas.
—No hay tales fotografías.
—Las tiene su hijo.
—No.
—Todos los indicios señalan que ha penetrado causando destrozos en la casa de la señora Rawitzky y ha robado las fotografías.
—Protesto contra…
—No sé con exactitud —le interrumpió Glockner— por qué razón ha prendido fuego a la casa. Probablemente para vengarse. ¿Sería posible que la señora Rawitzky hubiese hablado con él por teléfono y que él simulara ser usted?