5
—Por favor, no me hagas sentarme en el pasillo —dijo Levi.
Cath pasó por encima de sus piernas para llegar a la puerta.
—Tengo que estudiar.
—Reagan llega tarde, y ya he estado aquí sentado media hora. —Su voz descendió hasta un susurro—: Tu vecina con las botas rosas Ugg sigue saliendo para hablar conmigo. Ten piedad.
Cath le frunció el ceño.
—No te molestaré —dijo él—. Solo esperaré tranquilamente por Reagan.
Rodó los ojos y entró, dejando la puerta abierta detrás de ella.
—Puedo ver porqué Reagan y tú se han hecho amigas. —Se levantó y la siguió—. Ambas pueden ser extremadamente bruscas a veces.
—No nos hemos hecho amigas.
—Eso no es lo que oí… Oye, ahora que estás comiendo en el comedor, ¿puedo comerme tus barritas de proteínas?
—Ya estabas comiéndote mis barritas de proteínas —dijo Cath con indignación, sentándose ante su escritorio y abriendo su ordenador portátil.
—Me sentía mal por hacerlo a tus espaldas.
—Me alegro.
—¿Pero no eres más feliz ahora? —Se sentó al final de su cama y se apoyó contra la pared, cruzando sus largas piernas por los tobillos—. Ya luces mejor alimentada.
—Um, ¿gracias?
—¿Entonces?
—¿Qué?
Él sonrió.
—¿Puedo tomar un barrita de proteínas?
—Eres increíble.
Levi se inclinó y metió la mano debajo de la cama.
—Las de «Felicidad de Arándano» son mis favoritas…
Cath en realidad estaba más feliz ahora. (No es que fuera a admitirle eso a Levi). Hasta el momento, ser la obra de caridad de Reagan no requería mucho, solo bajar al comedor juntas y ayudar a Reagan a ridiculizar a todo el mundo que pasaba por su mesa.
A Reagan le gustaba sentarse junto a la puerta de la cocina, justo donde la línea del buffet daba paso al comedor. Ella lo llamaba asientos de desfile, y nadie estaba a salvo.
—Mira —había dicho anoche—, es Gimpy. ¿Cómo crees que se rompió la pierna?
Cath alzó la vista hacia el tipo, un personaje de aspecto peligrosamente moderno con pelo desgreñado y gafas de gran tamaño.
—Probablemente se tropezó con su barba.
—¡Ah! —dijo Reagan—. Su novia está llevando su bandeja. Solo mírala, ése es un brillante unicornio. ¿Crees que en realidad se conocieron en un anuncio de American Apparel?
—Estoy bastante segura de que se conocieron en la ciudad de Nueva York, pero les tomó cinco años llegar hasta aquí.
—Oh, Chica Lobo a las tres en punto —dijo Reagan emocionada.
—¿Lleva puesta una cola de clip?
—No lo sé, espero que. No. Maldita sea.
—Como que me gusta un poco la cola. —Cath sonrió con cariño ante la chica gordita con el pelo teñido de negro.
—Si Dios me puso en tu vida para evitar que lleves una jodida cola —dijo Reagan—, acepto la tarea.
En lo que se refería a Reagan, Cath ya era problemáticamente extraña.
—Ya es lo suficientemente malo que tengas posters hechos a mano de Simon Snow —había dicho Reagan mientras se preparaba para la cama—. ¿Tienes que tener posters gays de Simon Snow hechos a mano?
Cath había levantado la vista del dibujo de Simon y Baz tomados de la mano que estaba sobre su escritorio.
—Déjalos en paz —dijo—. Están enamorados.
—Estoy bastante segura de que no recuerdo eso de los libros.
—Cuando yo escribo sobre ellos —dijo Cath—, están enamorados.
—¿Qué quiere decir cuando tú escribes sobre ellos? —Reagan se detuvo, tirando de su camiseta por encima de su cabeza—. No, ¿sabes qué? No importa. No quiero saberlo. Ya es bastante difícil hacer contacto visual contigo.
Levi tenía razón, ellas debían de haberse hecho amigas, porque ahora cuando Reagan decía cosas así, hacía que Cath quisiera reír. Si Reagan se perdía la cena, Cath bajaría al comedor de todos modos y se sentaría en su mesa. Luego, cuando Reagan volvía a la habitación más tarde —si Reagan volvía a la habitación más tarde—. Cath le contaría todo lo que se había perdido.
—Sandalias de Fútbol finalmente habló con la Lindsay Lohan venezolana —diría Cath.
—Gracias a Dios —respondería Reagan, dejándose caer en la cama—. La tensión sexual estaba matándome.
Cath no estaba segura de a dónde iba Reagan por las noches cuando no volvía a los dormitorios. Tal vez a donde Levi. Cath miró a Levi ahora…
Todavía sentado en la cama de Cath, comiéndose la que debía ser su segunda barrita de «Felicidad de Arándano». Llevaba unos vaqueros negros y una camiseta negra. Tal vez Levi también trabajaba en el Olive Garden.
—¿Eres un camarero? —preguntó ella.
—¿En la actualidad? No.
—¿Trabajas en el mostrador de Lancome?
Él se rió.
—¿Qué?
—Estoy tratando de averiguar por qué vistes todo de negro a veces.
—Tal vez en realidad soy gótico y oscuro —sonrió—, pero solo en determinados días. —Cath no podía imaginar a Levi siendo gótico y oscuro; tenía la cara más sonriente que había visto jamás. Él sonreía desde la barbilla hasta la línea de su pelo. Su frente se arrugaba, sus ojos brillaban. Incluso sus orejas se involucraban en la acción, se crispaban, como las de un perro.
—O tal vez trabajo en Starbucks —dijo.
Ella soltó un bufido.
—¿De verdad?
—De verdad —dijo, todavía sonriendo—. Algún día necesitarás un seguro de salud, y no pensarás que trabajar en Starbucks es divertido.
Levi y Reagan estaban siempre haciéndole eso a Cath: recordándole lo joven e ingenua que era. Reagan era solo dos años mayor que ella. Ni siquiera era lo suficientemente mayor para beber todavía. No legalmente. (No es que eso importara en el campus; había alcohol en todas partes. Wren ya tenía su identificación falsa. «Puedes tomarla prestada» le había dicho a Cath. «Di que tienes extensiones de pelo»).
Cath se preguntaba cuántos años tenía Levi. Parecía lo suficientemente mayor como para beber, pero tal vez era solo su pelo…
No es que Levi fuera calvo. O cualquier cosa cerca de calvo (todavía).
Pero la línea de su cabello llegaba a un pico en su frente, luego se retiraba, dramáticamente, por encima de sus sienes. Y en lugar de dejar que su pelo colgara suelto hacia delante, para minimizarlo —o en vez de darse por vencido y llevarlo muy corto, como harían la mayoría de los tipos—. Levi se lo peinaba hacia arriba y hacia atrás en una descuidada onda rubia. Y siempre estaba desordenándolo, atrayendo aún más la atención hacia su amplia y delineada frente. Estaba haciéndolo ahora.
—¿En qué estás trabajando? —preguntó, pasándose los dedos a través del pelo y rascándose la parte posterior de la cabeza.
—Estudiando en silencio —dijo ella.
Cath solo había publicado un capítulo de Carry On, Simon esta semana, y era la mitad de largo de lo normal.
Normalmente publicaba algo en su página de FanFixx cada noche, si no era un capítulo completo, al menos una entrada de blog.
Los comentarios en su página toda la semana habían sido amistosos. «¿Cómo estás?», «Solo revisando». «¡No puedo esperar el próximo post!», «¡Gah! Necesito mi Baz diario». Pero para Cath se sentían como demandas.
Ella solía leer y responder cada comentario sobre sus historias, los comentarios eran como estrellas doradas, como ramos del Primero de Mayo, pero desde que Carry On, Simon despegó el año pasado, todo se había vuelto demasiado grande para que Cath lo manejara. Pasó de conseguir alrededor de quinientas visitas por capítulo a cinco mil. Regularmente.
Entonces uno de los pesos pesados del mayor sitio de fans, Fic-station, nombró a Carry On, Simon «el fic del octavo año» y la página de Cath en FanFixx consiguió treinta y cinco mil visitas en un día.
Ella todavía intentaba mantenerse al día con los comentarios y las preguntas tanto como podía. Pero ya no era lo mismo.
No estaba escribiendo solo para Wren y los amigos que habían hecho en los viejos foros de Snowflakes. No era solo un puñado de chicas dedicándose a hacer fics de cumpleaños, de ánimo y de locuras, historias «que escribí para hacer reír…».
Cath tenía un público ahora, unos seguidores. Toda esa gente a la que no conocía, quienes esperaban cosas de ella y cuestionaban sus decisiones. A veces incluso se volvían contra ella. La habían hecho polvo en otros fansites, diciendo que Cath solía ser buena, pero que había perdido la magia, que su Baz era demasiado como el personaje oficial o no lo suficiente, que su Simon era un mojigato, que exageró a Penelope.
—No les debes nada —diría Wren, arrastrándose en la cama de Cath a las tres de la mañana y alejando el ordenador de Cath—. Ve a dormir.
—Lo haré. Yo solo. Quiero terminar esta escena. Creo que Baz va a decirle finalmente a Simon que lo ama.
—Él todavía lo amará mañana.
—Es un gran capítulo.
—Siempre es un gran capítulo.
—Esta vez es diferente. —Cath había estado diciendo esto durante el último año—. Es el fin.
Wren tenía razón: Cath había escrito esta historia, «Baz y Simon enamorados», docenas de veces antes. Había escrito esta escena, esta línea:
«Snow, Simon, te amo», de quince formas diferentes.
Pero Carry On era diferente.
Era el fic más largo que había escrito hasta el momento, ya era más largo que cualquiera de los libros de Gemma T. Leslie, y Cath estaba a solo dos tercios del camino.
Carry On estaba escrito como si fuera el octavo libro de Simon Snow, como si fuera el trabajo de Cath enlazar todos los cabos sueltos, para asegurarse de que Simon ascendiera a Mago, para redimir a Baz (algo que GTL nunca haría), para hacer que ambos chicos se olvidaran de Agatha. Para escribir todas las escenas de despedidas, de graduaciones y de revelaciones de último minuto. Y para poner en escena la batalla final entre Simon e Insidious Humdrum.
Todo el mundo en el fandom estaba escribiendo fics sobre el octavo año en estos momentos. Todo el mundo quería probar con el gran final antes de que el último libro de Simon Snow fuera publicado en mayo.
Pero para miles de personas, Carry On ya lo era.
La gente estaba siempre diciéndole a Cath que no podían mirar al personaje oficial de la misma manera después de leer sus cosas. («¿Por qué Gemma odia a Baz?»).
Alguien incluso había empezado a vender camisetas en Etsy que decían KEEP CALM AND CARRY ON, con una foto de Baz y Simon mirándose fijamente el uno al otro. Wren le compró una a Cath por su decimoctavo cumpleaños.
Cath trató de no permitir que todo se le fuera a la cabeza. Estos personajes pertenecen a Gemma T. Leslie, ella lo escribía al comienzo de cada nuevo capítulo.
—Perteneces a Gemma —le había dicho al Baz del poster que había sobre su cama en su casa—. Solo estoy tomándote prestado.
—No tomaste prestado a Baz —diría Wren—. Lo secuestraste y lo criaste como su fuera tuyo.
Si Cath se quedaba levantada hasta tarde escribiendo demasiadas noches seguidas —si estaba obsesionada por los comentarios o las críticas—, Wren se subiría a la cama de Cath y le robaría su ordenador portátil, abrazándolo como a un oso de peluche mientras dormía.
En noches como ésa, Cath siempre podría ir al piso de abajo y seguir escribiendo en el ordenador de su padre si realmente quería hacerlo, pero no le gustaba enfadar a Wren. Se escuchaban la una a la otra cuando no escucharían a nadie más.
Hola, chicos, empezó a escribir Cath ahora en su diario de FanFixx. Deseó que Wren estuviera allí para leer esto antes de que lo publicara.
Así que supongo que es momento de que admita que la universidad es dura —¡La universidad es dura! ¡O al menos consume mucho tiempo!— y probablemente no voy a actualizar Carry On tanto como solía hacerlo, tanto como me gustaría…
Pero no voy a desaparecer, lo prometo. No voy a renunciar a ella. Ya sé cómo termina esto, y no voy a descansar hasta llegar allí.
Nick se giró en su escritorio tan pronto como la clase concluyó.
—Serás mi compañera, ¿verdad?
—Claro —dijo Cath, notando a una chica en el siguiente pasillo mirándolos decepcionada. Probablemente porque quería trabajar con Nick.
Se suponía que debían encontrar un compañero y escribir una historia juntos fuera de clase, haciendo párrafos alternativamente. El punto del ejercicio, dijo la profesora Piper, era hacerles extra conscientes del argumento y la voz, y guiar sus cerebros por caminos que nunca habrían encontrado por su cuenta.
Nick quería encontrarse en la biblioteca Love del campus. (Ése era en verdad su nombre; gracias por su donación, alcalde Don Lathrop Love). Nick trabajaba allí unas cuantas noches a la semana, colocando libros en las estanterías.
Reagan pareció perspicaz cuando Cath empezó a guardar su ordenador después de cenar.
—¿Vas a marcharte del dormitorio después de que oscurezca? ¿Tienes una cita? —Lo dijo como si fuera una broma. La idea de Cath en una cita.
—He quedado con alguien para estudiar.
—No camines a casa por tu cuenta si es tarde —dijo Levi. Él y Reagan tenían notas de clase esparcidas por todo el lado de Reagan de la habitación.
—Yo camino a casa por mi cuenta todo el tiempo —le espetó Reagan.
—Eso es diferente. —Levi le sonrió cálidamente—. Tú no desprendes esa sensación de Caperucita Roja. Tú das miedo.
Reagan le sonrió como el Gran Lobo Feroz.
—No creo que los violadores realmente se preocupen por la confianza —dijo Cath.
—¿No crees? —Levi la miró seriamente—. Creo que van por la presa fácil. Las jóvenes y débiles.
Reagan resopló. Cath se colgó la bufanda del cuello.
—No soy débil… —murmuró.
Levi se levantó de la cama de Reagan y se puso una pesada y gruesa chaqueta de lona verde.
—Vamos —dijo.
—¿Por qué?
—Voy a acompañarte a la biblioteca.
—No tienes que hacerlo —discutió Cath.
—No me he movido en dos horas. No me importa.
—No, de verdad.
—Solo ve, Cath —dijo Reagan—. Tomará cinco minutos, y si te violaran ahora sería culpa nuestra. No tengo tiempo para el dolor.
—¿Vienes? —le preguntó Levi a Reagan.
—Mierda, no. Hace frío afuera.
Hacía frío afuera. Cath caminaba tan rápido como podía, pero Levi, con lo largas que eran sus piernas, no caminó deprisa en ningún momento.
Estaba tratando de hablar con Cath sobre búfalos. Por lo que ella sabía, Levi tenía toda una clase que era solo sobre búfalos. Él parecía como si fuera un especialista en búfalos si eso fuera una opción. Tal vez era una opción…
Esta escuela recordaba constantemente a Cath lo rural que era Nebraska, algo en lo que nunca había pensado antes, al crecer en Omaha, la única ciudad real del estado. Cath había conducido a través de Nebraska un par de veces en el camino a Colorado, había visto el césped y los campos de maíz, pero nunca pensó mucho más allá de la vista. Nunca había pensado en la gente que vivía allí.
Levi y Reagan eran de un pueblo llamado Arnold, el cual Reagan dijo que olía y parecía «estiércol».
—Tierra de Dios —exclamó Levi—. Todos los dioses. A Brahma y Odin le encantaría este lugar.
Levi seguía hablando de búfalos a pesar de que ya se encontraban en la biblioteca. Cath subió el primer escalón de piedra, saltando arriba y abajo para mantener el calor. De pie en el estribo, ella era casi tan alta como él.
—¿Ves lo que quiero decir? —preguntó.
Ella asintió.
—Las vacas son malas. Los búfalos son buenos.
—Las vacas son buenas —dijo—. Los búfalos son mejor. —Entonces él le dio una perezosa sonrisa de medio lado—. Todo esto es muy importante, ya sabes, es por eso que te estoy diciendo.
—Vital —dijo ella—. Ecosistemas. El nivel acuífero. Las musarañas extinguiéndose.
—Llámame cuando hayas terminado, Caperucita.
No, pensó Cath, ni siquiera sé tu número.
Levi ya se alejaba.
—Voy a estar en la habitación —dijo sobre su hombro—. Llámame allí.
La biblioteca tenía seis niveles sobre el suelo y dos niveles más abajo.
Los subniveles, donde estaban los montones de libros, se encontraban dispuestos de formas extrañas y accesibles solo desde ciertas escaleras; parecía casi como si estuvieran escondidos bajo otros edificios alrededor del campus.
Nick trabajaba en una larga y blanca habitación, que era prácticamente un silo de misiles con los estantes. Había un zumbido constante sin importar dónde estuvieras de pie, y a pesar de que Cath no podía ver las rejillas, partes de la habitación tenían su propio viento. En la mesa donde se encontraban sentados, Nick tuvo que dejar una pluma en el cuaderno abierto para evitar que las páginas se agitaran.
Nick escribía a mano.
Cath trataba de convencerlo de que estarían mejor si tomaban turnos en su portátil.
—Pero entonces no veremos el cambio —dijo—. No vamos a ver las diferentes caligrafías en el trabajo.
—No puedo pensar en el papel —dijo ella.
—Perfecto —dijo Nick—. Este ejercicio se trata de salir de nuestra zona de confort.
—Está bien —suspiró. No tenía sentido seguir discutiendo, él ya había apartado el ordenador.
—Está bien. —Nick cogió su pluma y abrió la tapa con los dientes—. Voy a empezar.
—Espera —dijo Cath—. Tenemos que hablar de qué tipo de historia vamos a escribir.
—Ya lo verás.
—Eso no es justo. —Se inclinó hacia delante, mirando a la hoja de papel en blanco—. No quiero escribir sobre cadáveres o cuerpos desnudos…
—Entonces lo que estoy escuchando es: nada de cuerpos.
Nick escribió garabateando en una semicursiva. Era zurdo, así que manchó con tinta azul el papel mientras escribía. Necesitas un marcador, pensó Cath, tratando de leer su letra al revés desde el otro lado de la mesa. Cuando él le entregó el cuaderno, apenas podía leerlo, incluso al derecho.
—¿Cuál es esa palabra? —preguntó, señalando.
—Retinas.
Ella está de pie en un estacionamiento. Y se encuentra bajo una farola. Y su pelo es tan rubio, que está parpadeando hacia ti. Te está quemando las retinas, un jodido cono a la vez. Se inclina hacia delante y agarra su camiseta. Y ahora se pone de puntillas. Está acercándose a ti. Huele a té negro y cigarrillos American Spirits, y cuando su boca llega a tu oído, te preguntas si ella recuerda tu nombre.
—Así que… —dijo Cath—, ¿estamos haciendo esto en tiempo presente?
—Segunda persona —confirmó Nick.
Cath le frunció el ceño.
—¿Qué pasa? —preguntó él—. ¿No te gustan las historias de amor?
Cath notó que se ruborizaba y trató de detenerlo. Mantén la calma, Caperucita. Se inclinó sobre su bolso para buscar un bolígrafo.
Era difícil para ella escribir sin teclear, y era difícil escribir con Nick mirándola como si él acabara de darle una patata caliente.
—Por favor, no le digas a mamá —se ríe ella.
—¿Qué parte debería excluir? —le preguntas—. ¿El cabello? ¿O los estúpidos cigarrillos hipster?
Ella tira vilmente de tu camiseta, y tú la empujas hacia atrás como si tuviera doce. Y prácticamente los tiene; es tan joven. Y estás tan cansado. Y qué va a pensar Dave si no vas a tu primera cita por ocuparte de tu estúpidamente rubia y pequeña hermanita.
—Apestas, Nick —dice ella. Y está tambaleándose. Está balanceándose de nuevo bajo el farol de la calle.
Cath dio vuelta el cuaderno y lo empujó hacia Nick.
Él empujó la lengua en su mejilla y sonrió.
—Así que nuestro narrador es gay… —dijo—. Y se llama así por mí…
—Me encantan las historias de amor —dijo Cath.
Nick asintió un par de veces más.
Y luego ambos se echaron a reír.
Era casi como escribir con Wren, como cuando ella y Wren se sentaban frente a la computadora, tirando del teclado de un sitio al otro y leyendo en voz alta lo que la otra persona escribía.
Cath siempre escribía la mayor parte del diálogo. Wren era mejor en la trama y el modo. A veces Cath escribía todas las conversaciones, y Wren escribía detrás de ella, decidiendo dónde se encontraban Baz y Simon y hacia dónde se dirigían. Una vez Cath había escrito lo que pensaba que era una escena de amor, y Wren la había convertido en una lucha con espadas.
Incluso después de que habían dejado de escribir juntas, Cath aún seguiría a Wren en la casa, pidiendo ayuda, siempre que no podía lograr que Simon y Baz hicieran algo más que hablar.
Nick no era Wren.
Él era mandón y exhibicionista. Y también, por supuesto, un chico. De cerca, sus ojos eran más azules, y sus cejas eran prácticamente sensibles. Se lamía los labios cuando escribía, tocando su lengua en los dientes delanteros.
A su favor, él superó la cosa gay casi inmediatamente. Incluso cuando Cath le dio al ficticio Nick gay cejas negras y gruesas, y zapatos ingleses de cordones azul y violeta.
El Nick real tenía problemas para esperar su turno, empezaría a tomar el cuaderno de las manos de Cath antes de que ella terminara de escribir y la pluma verde manchara la página.
—Espera —había dicho ella.
—No, tengo una idea y estás a punto de arruinarlo.
Ella se esforzó para hacer que sus párrafos se parecieran a los de Nick, pero su propio estilo seguía escapándosele. Había sido genial cuando se dio cuenta de que él la imitaba también.
Después de unas horas, Cath bostezaba, y su historia estaba el doble de larga de lo que tenía que estar.
—Va a tomar una eternidad pasar esto al ordenador —dijo.
—No lo hagas, entonces. Sigamos de esta manera.
Cath miró las páginas manchadas de verde y azul.
—Es nuestra única copia.
—Entonces no dejes que tu perro se la coma. —Subió la cremallera de la sudadera con capucha gris y cogió su chaqueta de mezclilla—. Es más de medianoche. Tengo que irme.
El carrito de libros al lado de su mesa aún seguía colmado de libros.
—¿Qué pasa con ésos? —preguntó Cath.
—La chica de la mañana puede hacerlo. Va a recordarle que está viva.
Cath arrancó cuidadosamente su historia del cuaderno de Nick y la guardó en su mochila, y luego lo siguió hasta la escalera de caracol. No vieron a nadie más en su camino hacia el primer piso.
Ahora era diferente estar con él. Diferente incluso desde hace unas horas. Divertido. Cath no se sentía como si su verdadero yo estuviera enterrada bajo ocho capas de miedo y ansiedad diagnosticable. Nick caminó junto a ella en la escalera, y hablaron como si todavía estuvieran pasándose el cuaderno entre ellos.
Al llegar afuera, se detuvieron en la acera.
Cath sintió algo de su nerviosismo desaparecer. Torpemente abrochó los botones de su abrigo.
—De acuerdo —dijo Nick, poniéndose la mochila—. ¿Nos vemos en clase?
—Sí —dijo Cath—. Voy a tratar de no perder nuestra novela.
—Nuestra primera novela —dijo, tomando el sendero que conducía fuera de la escuela—. Buenas noches.
—Buenas noches. —Ella lo miró irse, todo el pelo oscuro y manchas azules en la luz de la luna…
Y luego Cath estaba en el patio. Cath y alrededor de un centenar de árboles que nunca notó durante el día. Las luces de la biblioteca se apagaron detrás de ella, su sombra desapareció.
Cath suspiró y sacó su teléfono —tenía dos textos de Abel, los cuales ignoró— y marcó el número de su habitación, esperando que su compañera no estuviera dormida.
—¿Hola? —respondió Reagan en el tercer tono. Había música en el fondo.
—Es Cath.
—Bueno, hola, Cath, ¿cómo estuvo tu cita?
—No fue… Mira, tengo que caminar a casa. Voy a ser rápida. Ya estoy caminando.
—Levi se fue tan pronto como sonó el teléfono. Muy bien podrías esperar por él.
—Él no tiene…
—Va a estar aún más molesto si no puede encontrarte.
—Está bien —dijo Cath, dándose por vencida—. Gracias, supongo.
Reagan colgó.
Cath se encontraba junto a un poste de luz, así él la vería, y trató de lucir como el cazador y no como la niña con la cesta. Levi apareció mucho antes de lo que ella esperaba, corriendo por la senda. Incluso al trotar parecía relajado.
Ella comenzó a caminar hacia él, pensando que por lo menos le ahorraría unos pocos pasos.
—Catherine —dijo, deteniéndose cuando se encontraron y volviéndose para caminar con ella—. En una sola pieza incluso.
—Ése —dijo—, ni siquiera es mi nombre.
—Solo Cather, ¿eh?
—Solo Cath.
—¿Te perdiste en la biblioteca?
—No.
—Yo siempre me pierdo en la biblioteca —dijo—, no importa cuántas veces voy. De hecho, creo que cuanto más voy, más me pierdo. Como si estuviera llegando a conocerme y revelando nuevos pasajes.
—¿Pasas mucho tiempo en la biblioteca?
—Lo hago, en realidad.
—¿Cómo es eso posible cuando estás siempre en mi habitación?
—¿Dónde crees que duermo? —preguntó. Y cuando ella lo miró, él estaba sonriendo.
* * *
Simon se acurrucó en su cama como un unicornio herido, sosteniendo el trozo de terciopelo verde con la cara llena de lágrimas.
—¿Estás bien? —preguntó Basil. Se notaba que no quería preguntarle. Era evidente que le resultaba muy desagradable hablar con su viejo enemigo.
—Déjame en paz —espetó Simon, ahogándose en lágrimas y odiando a Basil aún más de lo habitual—. Ella era mi madre.
Basil frunció el ceño. Entrecerró los ojos gris ahumado y cruzó los brazos, como si estuviera esforzándose por mantenerse de pie. Como si lo que realmente quisiera hacer era lanzarle otro hechizo de estornudos a Simon.
—Lo sé —dijo Basil casi con rabia—. Sé lo que estás pasando. Yo también perdí a mi madre.
Simon se limpió la nariz mocosa con la manga de su chaqueta y se incorporó lentamente, con los ojos tan amplios y azules como el Octavo Mar. ¿Basil estaba mintiendo? Eso sería justo como él, el imbécil.
De «Amigos de por Vida… y Después», publicado en agosto de 2006 por los autores de FanFixx.net Magicath y Wrenegade.