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Había un chico en su habitación.

Cath miró el número pintado en la puerta y luego hacia abajo, a la asignación de espacio en su mano.

Pound Hall, 913.

Ésa era sin duda la habitación 913, pero tal vez no era Pound Hall, todas esas residencias se parecían, como torres de viviendas públicas para ancianos. Tal vez Cath debía tratar de interceptar a su padre antes de que le llevara el resto de sus cajas.

—Tú debes ser Cather —dijo el muchacho, sonriendo y tendiéndole la mano.

—Cath —dijo, sintiendo un salto de pánico en el estómago. Hizo caso omiso a su mano. (Ella estaba sosteniendo una caja de todos modos, ¿qué esperaba?).

Aquello era un error, tenía que ser un error. Sabía que Pound era un edificio de dormitorios mixtos… ¿Existía tal cosa como los dormitorios mixtos?

El chico tomó la caja de sus manos y la puso en una cama vacía. La cama en el otro lado de la habitación ya estaba cubierta con ropa y cajas.

—¿Tienes más cosas abajo? —preguntó—. Acabamos de terminar. Creo que ahora iremos a por una hamburguesa; ¿quieres una? ¿Ya has estado en Pear’s? Hamburguesas del tamaño de tu puño. —Él tomó su brazo. Ella tragó saliva—. Haz un puño —dijo.

Cath lo hizo.

—Más grande que tú puño —dijo, dejando caer la mano y tomando la mochila que ella había dejado en la puerta—. ¿Tienes más cajas? Debes tenerlas. ¿Tienes hambre?

Era alto, delgado y bronceado, y parecía como si acabara de quitarse un gorro de lana, tirando del cabello rubio oscuro en todas direcciones. Cath miró la asignación de la habitación. ¿Éste era Reagan?

—¡Reagan! —dijo el chico felizmente—. Mira, tú compañera de cuarto está aquí.

Una chica rodeó a Cath en la puerta y la miró con frialdad. Tenía cabello liso, castaño, y un cigarrillo sin encender en la boca. El chico lo tomó y se lo puso en su boca.

—Reagan, Cather. Cather, Reagan —dijo.

—Cath —corrigió ella.

Reagan asintió y buscó en su bolso otro cigarrillo.

—Tomé esté lado —dijo, señalando a la pila de cajas en el lado derecho de la habitación—. Pero eso no importa. Si tienes problemas de feng shui, no dudes en mover mi mierda. —Se volvió hacia el muchacho—. ¿Listo?

Él se giró hacia Cath.

—¿Vienes?

Cath negó con la cabeza.

Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, se sentó en el colchón desnudo que aparentemente era suyo —el feng shui era el menor de sus problemas—, y apoyó la cabeza contra la pared de bloques de hormigón.

Solo tenía que tranquilizar sus nervios.

Tomar la ansiedad que sentía como estática negra tras sus párpados y un corazón extra en su garganta, y empujarlo todo hacia su estómago a donde pertenecía, donde pudiera, al menos, atarlo en un buen nudo y trabajar en torno a ello.

Su padre y Wren estarían allí de un momento a otro, y Cath no quería que supieran que estaba a punto de deshacerse. Si Cath se deshacía, su padre se desharía. Y sí ambos lo hacían, Wren actuaría como si lo estuvieran haciendo a propósito, solo para arruinar su perfecto primer día en el campus. Su nueva y hermosa aventura.

Vas a darme las gracias por esto, seguía diciendo Wren.

La primera vez que lo dijo fue en junio.

Cath ya había enviado sus solicitudes de vivienda a la universidad, y por supuesto que había puesto a Wren como su compañera de cuarto, no lo había pensado dos veces. Las dos habían compartido una habitación durante dieciocho años, ¿por qué detenerse ahora?

—Hemos compartido una habitación por dieciocho años —argumentó Wren. Estaba sentada a la cabecera de la cama de Cath, portando su exasperante rostro de «Soy la Madura Aquí».

—Y ha funcionado muy bien —dijo Cath, agitando su brazo alrededor del dormitorio hacia las pilas de libros y posters de Simon en el armario, donde metían toda su ropa sin preocuparse la mayoría de las veces de qué le pertenecía a cada una.

Cath estaba sentada a los pies de la cama, tratando de no parecer la «Patética que Siempre Lloriquea».

—Esto es la universidad —insistió Wren—. El punto de la universidad es conocer gente nueva.

—El punto de tener una hermana gemela —dijo Cath—, es no tener que preocuparse por este tipo de cosas. Raros extraños que roban tus tampones, huelen como a aderezo para ensaladas y te toman fotos con sus teléfonos celulares mientras duermes…

Wren suspiró.

—¿De qué estás hablando? ¿Por qué alguien va a oler como aderezo para ensalada?

—Como a vinagre —dijo Cath—. ¿Recuerdas cuando nos fuimos de viaje en primer año, y que la habitación de una niña olía a aderezo italiano?

—No.

—Bueno, era horrible.

—Es la universidad —repitió Wren, exasperada, cubriéndose la cara con las manos—. Se supone que debe ser una aventura.

—Ya es toda una aventura. —Cath se arrastró junto a su hermana y le sacó las manos de la cara—. Toda la perspectiva ya es aterradora.

—Se supone que debemos conocer gente nueva —insistió Wren.

—Yo no necesito gente nueva.

—Eso demuestra lo mucho que necesitas gente nueva… —Wren le apretó las manos—. Cath, piensa en ello. Si lo hacemos juntas, la gente nos tratará como si fuéramos la misma persona. Pasarán cuatro años antes de que alguien pueda incluso diferenciarnos.

—Todo lo que tienen que hacer es prestar atención. —Cath tocó la cicatriz en la barbilla de Wren, justo debajo de su labio. (Accidente de trineo. Tenían nueve, y Wren estaba en la parte delantera del trineo cuando golpeó el árbol. Cath había caído a la nieve de la parte posterior).

—Sabes que tengo razón —dijo Wren.

Cath negó con la cabeza.

—No lo creo.

—Cath…

—Por favor no me hagas hacer esto sola.

—Nunca estás sola —dijo Wren, suspirando de nuevo—. Ése es el maldito punto de tener una hermana gemela.

—Esto es muy bonito —dijo su padre, echando un vistazo alrededor de Pound 913, y poniendo un cesto de la ropa lleno de zapatos y libros sobre el colchón de Cath.

—No es lindo, papá —dijo Cath con rigidez, de pie en la puerta—. Es como una habitación de hospital, pero más pequeña. Y sin televisión.

—Tienes una gran vista del campus —dijo.

Wren se acercó a la ventana.

—Mi habitación da a un estacionamiento.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Cath.

—Google Earth.

Wren no podía esperar a que toda esa cosa de la universidad comenzara. Ella y su compañera de cuarto, Courtney, habían estado hablando durante semanas. Courtney era de Omaha también. Las dos se habían reunido y fueron juntas a comprar cosas para el dormitorio. Cath se les unió de mala gana y trató de no hacer pucheros mientras ellas escogían posters y lámparas de escritorio a juego.

El padre de Cath volvió de la ventana y le pasó un brazo alrededor de sus hombros.

—Todo va a estar bien —dijo.

Ella asintió.

—Lo sé.

—Está bien —dijo, aplaudiendo—. Próxima parada, Schramm Hall. Segunda parada, Pizza Buffet. Tercera parada, mi triste y vacío nido.

—No pizza —dijo Wren—. Lo siento, papá. Courtney y yo vamos a la barbacoa de primer año esta noche. —Dirigió su mirada hacia Cath—. Cath debe ir, también.

Sí, pizza —dijo Cath desafiante.

Su padre sonrió.

—Tú hermana tiene razón, Cath. Tienes que ir. Conocer gente nueva.

—Todo lo que voy a hacer durante los próximos nueve meses es conocer gente nueva. Hoy elijo Pizza Buffet.

Wren puso los ojos en blanco.

—Está bien —dijo su padre, dándole a Cath palmaditas en el hombro—. Próxima parada, Schramm Hall. ¿Señoritas? —Abrió la puerta.

Cath no se movió.

—Puedes venir a buscarme después de dejarla —sugirió, mirando a su hermana—. Quiero empezar a desempacar.

Wren no discutió, solo salió al pasillo.

—Voy a hablar contigo mañana —dijo, sin voltearse a mirar a Cath.

—Seguro.

Se sentía bien desempacar. Poner sábanas a la cama y ordenar sus nuevos libros de texto, ridículamente caros, en las estanterías de su nuevo escritorio.

Cuando su padre regresó, caminaron juntos hasta Valentino’s. Todas las personas que vieron en el camino eran de la edad de Cath. Era espeluznante.

—¿Por qué todo el mundo es rubio? —preguntó Cath—. ¿Y por qué son todos blancos?

Su padre se echó a reír.

—No estás más que acostumbrada a vivir en el barrio menos blanco de Nebraska.

Su casa, en el sur de Omaha, estaba en un barrio mexicano. La familia de Cath era la única blanca de la manzana.

—Oh, Dios —dijo—. ¿Crees qué en esta ciudad tengan un camión de tacos?

—Creo que he visto un Chipotle…

Ella gimió.

—¡Vamos! —dijo él—, te gusta el Chipotle.

—No es el punto.

Cuando llegaron a Valentino’s, estaba lleno de estudiantes. Unos pocos, como Cath, habían venido con sus padres, pero no muchos.

—Es como una historia de ciencia ficción —dijo ella—. No hay niños pequeños… Nadie mayor de treinta… ¿Dónde están todas las personas mayores?

Su padre levantó una rebanada de pizza.

—Soylent Green[1].

Cath se echó a reír.

—Yo no soy viejo, ¿sabes? —Estaba golpeando la mesa con los dos dedos del medio de la mano izquierda—. Cuarenta y uno. Los otros tipos de mi edad en el trabajo están empezando a tener hijos.

—Ésa fue una buena idea —dijo Cath—, sacarnos del camino antes de tiempo. Podrías comenzar a traer chicas a casa ahora… No hay moros en la costa.

—Todas mis chicas. —Dijo, mirando a su plato—. Ustedes son las únicas chicas por las que me preocupó.

—Ugh. Papá. Raro.

—Sabes lo que quiero decir. ¿Qué pasa contigo y tu hermana? Ustedes nunca han peleado así antes…

—No estamos peleando ahora —dijo Cath, tomando un bocado de tocino de la pizza—. Oh, cielos. —Lo escupió.

—¿Qué pasa, has encontrado una pestaña?

—No. Un pepinillo. Está bien. Es que no me lo esperaba.

—Parece como si estuvieran peleando —insistió.

Cath se encogió de hombros. Ella y Wren ni siquiera hablaban mucho, por no decir pelear.

—Wren solo quiere más… independencia.

—Suena razonable.

Por supuesto que sí, pensó Cath, es la especialidad de Wren. Pero ella no la dejó caer. No quería que su padre se preocupara por eso ahora. Podía decir, por la forma en que se mantuvo golpeando la mesa, que ya se estaba agotando. Demasiadas horas de normalidad seguidas.

—¿Cansado? —preguntó.

Él le sonrió, disculpándose, y puso su mano en su regazo.

—Ha sido un gran día. Un gran y duro día. Es decir, sabía que lo sería.

Levantó una ceja.

—Ambas, el mismo día. Guau. Todavía no puedo creer que no van a venir conmigo a casa…

—No te pongas demasiado cómodo. No estoy segura de que pueda seguir con esto todo un semestre. —Era solo una broma, y él lo sabía.

—Vas a estar bien, Cath. —Puso su mano, menos nerviosa, sobre la de ella y se la apretó—. Y yo también. ¿Sabes?

Cath dejó de mirarlo a los ojos por un momento. Parecía cansado… y, sí, nervioso, pero él estaba intentándolo.

—Todavía me gustaría que consiguieras un perro —dijo.

—Nunca recordaría alimentarlo.

—Tal vez podríamos entrenarlo para que te alimente a ti.

Cuando Cath regresó a su habitación, su compañera de cuarto, Reagan, seguía desaparecida. O tal vez se había ido otra vez, sus cajas parecían intactas. Cath terminó de quitarse la ropa, y luego abrió la caja de los objetos personales que había llevado desde su casa.

Sacó una foto de ella y Wren, y la colocó en el tablero de corcho detrás de su escritorio. Era de su graduación. Ambas vestían túnicas rojas y estaban sonrientes. Fue antes de que Wren se cortara el pelo…

Ella ni siquiera le había dicho a Cath que iba a hacer eso. Solo llegó a casa del trabajo, al final del verano, con el cabello corto. Se veía increíble, lo que probablemente significaba que también se vería increíble en Cath. Pero Cath jamás podría conseguir ese corte de pelo ahora, incluso si pudiera reunir el valor para cortarse quince centímetros. No podía copiar a su propia hermana gemela.

Luego, Cath sacó la foto enmarcada de su padre, que siempre había estado en su cómoda. Se veía especialmente guapo en esa foto, tomada el día de su boda. Era joven y sonriente, y tenía un girasol en la solapa. Cath lo puso en el anaquel por encima de su escritorio.

También ubicó una foto de Abel y ella en el baile. Cath llevaba un vestido verde brillante, y Abel tenía una faja coincidente. Era una buena imagen de Cath, a pesar de que su rostro se veía desnudo y plano sin las gafas. Y era una buena imagen de Abel, a pesar de que parecía aburrido.

Él siempre parecía un poco aburrido.

Cath probablemente debería haberle enviado un mensaje de texto a Abel, solo para decirle que había llegado bien, pero quería esperar hasta que se sintiera más relajada y despreocupada. No podía responder sus mensajes. Si contestaba toda de mal humor y melancólica, el mensaje solo se quedaría allí en su teléfono, recordándole lo arrastrada que era.

En la parte inferior de la caja estaban los posters de Simon y Baz de Cath. Los puso en su cama con cuidado, algunos eran originales, dibujados o pintados para ella. Tendría que elegir sus favoritos; no había espacio para todos en el tablero de corcho y Cath ya había decidido no usar ninguna de las paredes, donde Dios y todo el mundo se dieran cuenta de ellos.

Eligió tres…

Simon levantando la Espada de los Magos. Baz descansando en un trono negro con colmillos. Los dos caminando juntos a través de hojas doradas girando, azotando en el viento.

Unas cuantas cosas más que quedaban en la caja: un ramillete[2] seco, una cinta que Wren le había dado y que decía: CLUB DEL PLATO LIMPIO, bustos conmemorativos de Simon y Baz que había pedido en Noble Collection.

Cath encontró un lugar para cada cosa y luego se sentó en la silla del escritorio de madera destartalada. Si se sentaba allí, de espaldas a las paredes y cuadros desnudos de Reagan, se sentía casi como en casa.

* * *

Había un chico en el cuarto de Simon.

Un muchacho de pulcro cabello negro y ojos fríos y grises. Él daba vueltas alrededor, sosteniendo un gato en el aire, mientras que una chica saltaba e intentaba agarrarlo.

—Devuélvemelo —dijo la niña—. Vas a hacerle daño.

El muchacho se echó a reír y mantuvo al gato más alto, luego notó a Simon de pie en la puerta y se detuvo, su rostro afilado.

—Hola —dijo el chico de cabello oscuro, dejando caer el gato al suelo. Aterrizó sobre sus cuatro patas y salió corriendo de la habitación. La niña corrió tras él.

El muchacho no les hizo caso, tirando su chaqueta escolar perfectamente en su lugar, y sonriendo con el lado izquierdo de su boca.

—Yo te conozco. Eres Simon Snow… el Heredero del Mago. —Le tendió la mano con aire de suficiencia—. Soy Tyrannus Basilton Pitch. Pero puedes llamarme Baz. Vamos a ser compañeros de cuarto.

Simon frunció el ceño e hizo caso omiso a la pálida mano del muchacho.

—¿Qué pensabas que estabas haciendo con su gato?

Del capítulo 3 de Simon Snow y el Heredero del Mago, copyright © 2001 por Gemma T. Leslie.