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Rodano se precipitó hacia el centro de la capilla. Y entre los estampidos de su corazón trató de hacer un Primer balance. Pero aquel escenario no era su tranquilo despacho en la Secretaría de estado. Ahora todo dependía de la Providencia, de su audacia y de la suerte. Por ese orden.

Inspiró con fuerza, tensando los pliegues de la sotana. Revisó los rostros de los presentes y aguardó a que el renqueante camarlengo terminara de ponerse en pie. Estaba decidido. Una vez concluido el ritual del martillo, tomaría a Bangio por el brazo y, sosegada y amistosamente, le anunciaría la situación. Solicitaría su ayuda y comprensión. Ése era el sendero correcto.

Y el ceremonioso Bangio, despreciando las miradas, hizo parpadear sus ojos de caballo. Y absorto en su papel, clamó al vacío:

—El Papa está verdaderamente muerto.

Había llegado el turno de Rodano. Y, extendiendo el brazo fue a posar su mano en el hombro del camarlengo.

—Atienda su eminencia...

El cordial arranque fue bruscamente abortado. Inhóspito, se desembarazó del amistoso gesto. Y, como si hubiera adivinado las pretensiones de Angelo, le espetó avinagrando la voz:

—Aún no he terminado. Pero su eminencia sí.

Y, corrigiendo la mirada hacia la salida, añadió pavoneándose:

—Márchese. Hable con los otros. Que el maestro de ceremonias y el prefecto de la Casa Pontificia lo dispongan todo para el traslado. Ya sabe: funeraria, embalsamamiento, familiares...

Y, golpeando su muslo derecho con el maletín, le dio a entender que debía replegarse a su autoridad. Rodeó el sillón curvado y se dispuso a ultimar el ceremonial.

Itenozzu, incómodo, tragó saliva. Los hombres de azul se removieron inquietos, sin apartar la vista del aparentemente desguazado monseñor Rodano.

Y prepotente, el camarlengo fue a arrodillarse de nuevo. Esta vez, al otro extremo del reclinatorio, junto a la mano derecha del cadáver. Abandonó el maletín sobre los abigarrados dibujos orientales de la alfombra y, sin miramiento alguno, separó los crispados y ensangrentados dedos del Pontífice, buscando el Anillo del Pescador. Tal y como marcaban los cánones, anillo y sellos papales debían ser destruidos en presencia de los cardenales.

Bangio tomó el grueso aro dorado. E intentó arrastrarlo. Pero los pliegues del nudillo se lo impidieron. No hubo segunda oportunidad.

Obedeciendo un escueto y rotundo movimiento de cabeza de Rodano, los agentes le apartaron educada pero contundentemente. Y, tirando de sus cien kilos, le forzaron a incorporarse.

Angelo se aproximó impasible.

La piel de hule del camarlengo, demudada por la sorpresa, se tiñó en décimas de segundo. Y con las venas del cuello congestionadas, el granate de la ira se derramó como un aviso. Los labios vibraron inseguros. Y sus ojos, borradas las fronteras, devoraron la faz que acababa de desafiarle.

—¿Sabe usted lo que está haciendo?

Bangio tronó amenazador. Pero el prelado esquivó el venablo con un amago de sonrisa.

Y el camarlengo, incontenible, arremetió con el ariete de la insolencia, buscando una derrota fácil.

—¡Soy el cardenal Sebastiano Bangio!... ¡Yo ocupo la sede vacante! ¡Yo doy ahora las órdenes!...

La templada voz de su contrincante, evitando la pelea abierta, aceleró el nerviosismo de Bangio.

—No se excite, eminencia... Conozco sus atribuciones. Y sé también que es usted un hombre de Dios.

El desconcierto —minuciosamente dosificado por el diplomático— hizo efecto. Y terminó aupándose sobre la cólera del cardenal. Y el rojo fue remitiendo.

—Su eminencia ha cumplido con el ritual. —Rodano prosiguió la maniobra envolvente—: Cuando llegue el momento reanudará sus competencias. Quebrará el Anillo, sellará los apartamentos papales, presidirá el Colegio Cardenalicio, pedirá cuentas a todas las administraciones pontificias y dispondrá lo necesario para el nuevo cónclave. Pero sólo cuando llegue el momento...

—No le entiendo.

Bangio señaló el cadáver y, pregonando su antipatía por el polaco, redondeó mordaz.

—¿Y qué se supone que es esto?

Angelo, cansado de contemplaciones, le fulminó:

—Una muerte..., poco clara.

Los ojos del camarlengo, hinchados como velas, hicieron dudar al prelado. Pero, al punto, una significativa lluvia de sudor coronó su calva. Y una sospechosa palidez, como una nevada no deseada, cubrió la cabeza de paquidermo. Y ante la recelosa mirada del secretario de estado, su endémica insolencia se vio atropellada por unas palabras inseguras y tiznadas de temor.

—Pero el doctor Itenozzu ha certificado muerte accidental...

El médico, intuyendo que navegaba en aguas revueltas, se curó en salud.

—No, eminencia. Obedeciendo el requerimiento de Siwiz, me he limitado a personarme en la capilla y efectuar unas primeras exploraciones. Yo no he certificado nada en absoluto.

Rodano, triunfante, asistió al momentáneo derrumbamiento de Bangio. Pero, precavido, siguió empuñando su especialidad: el juego diplomático.

—Confie en mí, eminencia. Los puntos oscuros serán aclarados. No debemos temer a la verdad. Y menos usted... Sebastiano Bangio tampoco es Villot.

El machetazo liberó una segunda jauría de miedos. Y las gotas de sudor resbalaron hasta el alzacuellos.

—Y ahora, por favor, retírese. Cuando concluya la investigación será puntualmente informado.

—¿Una investigación?

Bangio resucitó de entre sus cenizas.

—¿Cómo se atreve? ¿Es que no ha pensado en el escándalo?

Rodano lo atrapó:

—¿Qué escándalo, eminencia?

Y, permitiendo que el tórrido y acusador silencio se prolongara lo suficiente, deslizó el nudo en torno a su garganta.

—¿Sabe usted algo que los demás ignoramos?

El camarlengo se replegó confusa y atropelladamente. Y en un titánico esfuerzo por remediar lo irremediable, rehuyendo las inquisidoras miradas de los presentes, balbuceó:

—Usted conoce a nuestros enemigos... La Prensa se ensañará... La verdad es lenta y desvalida.

Rodano rompió el hielo que le cubría y sonrió compadecido.

—Pero usted es un hombre de Dios y está al servicio de la verdad. Y ahora responda a mi pregunta: ¿qué sabe, eminencia?...

—¡Maldito piamontés! ¿De qué me acusa? Y, sobre todo, ¿con qué autoridad?

Rodano resistió la nueva escalada de prepotencia.

—Nadie le acusa, eminencia. Usted solo se está autoincinerando. En cuanto a mi autoridad —improvisó— le recordaré que, mientras las circunstancias de esta muerte no sean esclarecidas, como vicepontífice suspendo temporalmente la Constitución Romano Pontifici Eligendo. Las normas, disposiciones y ceremonias previstas para estos especiales momentos deberán esperar. La maquinaria seguirá funcionando, sí, pero con el debido respeto a los setecientos millones de fieles que la alimentan y justifican. Al igual que usted, yo también amo a la Iglesia y no deseo que mancillen su nombre.

El secretario de estado sabía que sus palabras eran díscutibles. Muchos canonistas hubieran desestimado tan arriesgada decisión. En la mencionada Constitución apostólica, obra de Pablo Vi y que vino a sustituir las de sus predecesores (Vacantis Apostolicae Sedis, de Pío XII, 1945, y el motu proprio Summi Pontificis electio, de Juan XXIII, 1962), no se contempla un extremo tan específico y delicado. A la hora de regularizar el vacío de la llamada Sede Vacante, Romano Pontifici Eligendo, en su capítulo tercero, es clara Y determinante: Según la mente de la Constitución Apostólica Regimini Eclesiae universae, todos los cardenales encargados de los dicasterios de la Curia romana, y el mismo cardenal secretario de estado, cesan en el ejercicio de sus cargos a la muerte del Pontífice, excepto el camarlengo de la Santa Iglesia Romana, el penitenciario mayor y el vicario general para la diócesis de Roma, los cuales siguen ejerciendo sus tareas ordinarias, sometiendo al Sacro Colegio de los Cardenales todo lo que debiera ser referido al Sumo Pontífice.

Pero Angelo Rodano —amparándose justamente en dicha laguna legal— tomó las riendas, asumiendo la responsabilidad de forma unilateral. Si lograba maniatar al Colegio Cardenalicio —tanto en la congregación general como en la particular—, al menos durante el tiempo requerido por la investigación policial, su conciencia quedaría a salvo. El mar de fondo que le cubriría a continuación sería capeado en su momento.

—Se lo repito por última vez. Retírese.

—¿Y si me niego?

Rodano había previsto esta posibilidad. Y encogiéndose de hombros, apeándose de toda diplomacia, sentenció:

—En ese caso me veré obligado a pedir a estos hombres que cuiden de su eminencia..., hasta que la Policía haya terminado su misión.

Bangio examinó furtivamente a los agentes que le vigilaban. E, invadiendo con descaro la decidida voluntad del prelado, se arriesgó:

—¡Bravatas!

Monseñor correspondió a la burlona sonrisa. Y, dirigiéndose a los expectantes miembros del Servicio Secreto de Su Santidad, zanjó el enojoso pulso con una orden —lo sabía— tan ilícita como ilegal.

—Usted lo ha querido. Acompañen al cardenal a sus aposentos. Y que la Guardia Suiza le custodie hasta nuevo aviso.