VII

Todo lo que en Taganrog había de brillante y próspero era griego. Según decían, la fortuna de un Vagliano alcanzaba los cincuenta millones de rublos. Los Scaramangni, los Alféraki y otros más eran los reyes de la ciudad. El comercio del trigo se hallaba en sus manos. Perseguidos en Turquía, se instalaron en Odesa, en Taganrog, en todos los puertos del mar Negro, del mar de Azov, del Caspio, y allí donde los perezosos eslavos se arruinaban, ellos ganaban dinero. Ese éxito, Pablo Egorovich lo atribuía a algún secreto solamente conocido por los griegos y que no se podía lograr sino hablando el idioma de ese pueblo, respirando el aire de Atenas. Tan pronto como Antón estuvo en edad de aprender, lo mandaron a la escuela griega. Más adelante lo harían viajar por los países donde nacían esos hombres juiciosos y prudentes que tan bien traficaban en vino, aceitunas y trigo. De este modo, se haría rico y sería el consuelo de sus padres, el apoyo de su vejez.

En Taganrog, la escuela griega constaba de un solo cuarto, donde cada banco representaba un grado. Mediante un presente de vino, aceite o tabaco, los dos maestros, de los cuales uno, Spiro, era comisionista en trigo, hacían adelantar o retroceder a los alumnos de grado en grado, es decir, de banco en banco. Los dos eran brutales e ignorantes; azotaban a los alumnos con varillas de mimbre. Los granujas del puerto, los hijos de los marineros, de los zapateros, de los sastres, sucios, maltratados, groseros, ésos eran los camaradas de Antón. Por último, la enseñanza se impartía en griego, idioma que los jóvenes Chejov apenas comprendían.

Pablo Egorovich terminó por, sacar a sus hijos de entre las manos de Spiro y su colega, y Antón entró en el gimnasio[3] de la ciudad. Se sintió feliz. Por fin iba a usar aquel uniforme que hacía soñar a las muchachas. Antón era hermoso; tenía un semblante fresco, mirada aplomada, penetrante, rasgos puros y un pecho bien formado dentro del dormán con botones brillantes.

El gimnasio de Taganrog se parecía a todos los de aquel tiempo en ese país. Era la época de los complotes políticos, de los atentados terroristas. En cada escolar que crecía, en cada futuro estudiante, el Estado creía ver a un revolucionario peligroso. Nada más torpe que ese exceso de disciplina, ese miedo pánico de toda novedad, de toda libertad, y esa frialdad recelosa… La revolución se trocaba en un juego apasionante y trataban de calmar la excitación que se adueñaba de los muchachos por medio de una severidad absurda y un complicado sistema de espionaje e intriga. Los maestros vigilaban «desde el punto de vista político» no sólo a los alumnos, sino a los demás maestros. Uno de ellos se quejaba a las autoridades:

«Mis colegas fuman durante las sesiones del consejo pedagógico; no advierten que en el mismo cuarto en que ellos están un icono y el retrato de su majestad el emperador adornan las paredes».

Ante todo, era necesario formar para el emperador sujetos sumisos. Se procedía de acuerdo con tal idea. Pero tan grande celo por el bien público estaba mal recompensado; en el gimnasio de Taganrog, como en la casi totalidad de los gimnasios rusos, todos los chiquillos se ocupaban de política, y en el sentido más revolucionario. Sólo Antón Chejov, de catorce años de edad, se apartaba de las reuniones clandestinas, no se mezclaba en las discusiones donde filósofos de trece a dieciséis años deshacían el mundo y lo volvían a construir. No leía con afectación las obras prohibidas. Había nacido incrédulo, independiente y burlón. Le indicaban el camino a seguir —ya fueran su padre, sus profesores o sus camaradas—, pero él prefería encontrar su propio camino. Por instinto, sentía aversión hacia la grandilocuencia y las verdades predicadas por un clan. Eludía a los demás sin enojo, sin insolencia, pero suave y firmemente, y «lo que pasaba en las profundidades de su alma nadie lo conocía del todo».

Igual que sus camaradas, Antón Chejov aprendió mucho latín y griego durante sus años de adolescencia; como ellos pasó largas horas en el Jardín público; allí muchachas y muchachos, abandonando la clase, se encontraban en los caminos sombríos, tras el matorral de lilas, sobre los peldaños de esa gran escalera que descendía hasta el mar de Azov.

Los maestros escudriñaban el Jardín en busca de los enamorados; las más tiernas promesas se veían cortadas por voces de hielo:

—¡Alumno Chejov, vaya a la clase!

¿Qué recuerdos conservó Antón Chejov de los once años pasados en el gimnasio (por dos veces sus notas insuficientes no le permitieron pasar de un curso al otro: las vigilias en la iglesia y en la tienda perturbaban sus estudios) y de los profesores? Ya grande, soñaba a veces con un lugar extraordinariamente triste y abandonado, «grandes piedras resbaladizas, un agua fría de otoño… Cuando yo corro lejos del río, veo en mi camino el portón caído de un cementerio, un entierro, mis antiguos profesores…»