EL TELÉFONO
Tal vez a más de uno la palabra inglesa bell le suene, y le suene a campanilla, esquila o cascabel. Y probablemente a más de uno el nombre de Graham Bell le suene a timbre, a timbre de teléfono, ya que durante mucho tiempo Alexander Graham Bell fue considerado el inventor del teléfono. Sin embargo, no fue así, él solo fue el primero en patentarlo. Otros andaban enredados en la misma cuestión pero él fue más rápido y se atribuyó la invención. Como hubo cierto lío acerca de la verdadera autoría, vamos a ver si tirando del hilo (telefónico) desenmarañamos el ovillo de tan enojoso asunto.
Nos situamos en el año 1854. Un inventor francés llamado Charles Bourseul propuso a una revista ilustrada de la época un sistema para utilizar las vibraciones causadas por la voz sobre un diafragma (disco flexible), con el fin de activar y desactivar un circuito eléctrico y producir vibraciones similares en otro diafragma situado en un lugar remoto, que reproduciría las vibraciones originales. La revista considera la propuesta y hace lo mismo que el cóndor: ¡pasa!
Años más tarde, Johann Philipp Reis, que era un prestigioso profesor alemán, inventó un extraño aparato capaz de transmitir notas musicales a distancia empleando la electricidad, pero dicho instrumento no conseguía reproducir la voz humana. Así que el bueno de Reis hubo de marcharse con la música a otra parte.
Ahora entra en escena Antonio Meucci, que en 1857 construye un teléfono o teletrófono, como lo llamó él, para conectar su oficina con su dormitorio, ubicado en el segundo piso, y poder comunicarse con su santa esposa, enferma de reumatismo. Tenía fe en su invento, pero lo que no tenía era dinero para patentarlo, así que, ni corto ni perezoso, lo presentó a una empresa que no le prestó ni el dinero ni la menor atención.
Esto a Meucci le tenía en ascuas, pero por si no estuviera bastante quemado, en 1861 sufre un desgraciado accidente producido por la explosión del vapor Westfield, del que resulta con severas quemaduras. Esto obliga a su reumática esposa a vender los trabajos de Antonio a un prestamista. Una vez repuesto, Meucci decide ir a recuperarlos y el tipo de la casa de empeño le sale con que los había vendido a un individuo joven que nunca se pudo identificar. ¿Quién sería?... ¡Ah, misterio!
No se desanima y se pone a trabajar como un loco en la reconstrucción de su proyecto porque, si le faltaba el dinero, le sobraba fe e ilusión en el mismo.
Entretanto Elisha Gray, que era un inventor que también andaba detrás de lo mismo, va y se asocia con Barton formando una compañía que empieza a proveer nada menos que a la Western Union Telegraph Company. Esto sucedía allá por 1869.
En 1871 Meucci no acababa de levantar cabeza, su esposa seguía reumática perdida y él no lograba reunir los 250 dólares que costaba la patente definitiva, así que hizo un registro provisional.
Dos años más tarde, Meucci realiza una demostración ante el empresario Edward B. Grant, vicepresidente de una filial de la citada Western Union Telegraph, pero nada, ¡que si quieres arroz, Kathleen!
En 1874, el espabilado Elisha Gray va y hace una demostración pública de su teléfono, que funcionó bastante bien. Ello tenía lugar dos años después de que Meucci presentara su invento en la dichosa Western Union Telegraph Company, donde, mire usted por dónde, trabajaba su socio Barton, y donde, ¡oh, casualidades de la vida!, Bell llevaba a cabo sus ensayos y experimentos.
Meucci se agarró un rebote de tres pares de narices y en 1875 pidió que le devolvieran su material, a lo que contestaron que se había extraviado... Sí, se había perdido allí, en el laboratorio de la Western Union Telegraph.
En 1876, más concretamente el 14 de febrero de ese año, Elisha Gray va a presentar la solicitud para el registro de su invento y se encuentra con la desagradable sorpresa de que solo dos horas antes un avispado Alexander Graham Bell había presentado la solicitud de patente para el teléfono.
La cosa se empezó a enredar, ya que comenzaron a surgir rumores de que Bell tenía un confidente en la oficina de patentes que le avisó con antelación de que las dos patentes, la suya y la de Gray, iban a ser comparadas para eliminar a la más costosa de las dos. Esto puso en guardia a Bell, que era un Caín. Se dice que Bell pudo comparar la de Gray con la suya propia y después de esto hizo un anexo al margen, escrito a mano, que alteraba el diseño anterior y proponía otro exactamente igual al de Elisha.
En definitiva, que Alexander Graham Bell registró en 1876 una patente que no describía el teléfono exactamente, pero que lo refería como tal. Más tarde se supo que existía un acuerdo comercial que obligaba a Graham Bell a pagar a la Western Union Telegraph Company un 20 por ciento de los beneficios de su invento durante diecisiete años.
Después de leer todo esto, ¿a qué les suena Bell?
Como al final el tiempo pone a cada uno en su sitio, el 11 de junio de 2002 el Congreso de Estados Unidos, que menudo es para estas cosas, aprobó la resolución 269 por la que se reconocía que el inventor del teléfono había sido Antonio Meucci, que lo llamó teletrófono, y no Alexander Graham Bell, que lo había de alguna forma vampirizado.
Pero con el correr de los años, el progreso, la tecnología y la jodía manía que tiene el hombre por inventar, propició que el hilo se quedase para las costureras, las cometas y las cañas de pescar. El hombre moderno ya estaba en otra dimensión. El planeta se movilizaba y los nuevos genios daban sopas con honda a los antiguos inventores. Vamos, que surge la telefonía móvil.
En realidad, el teléfono móvil nace en los inicios de la Segunda Guerra Mundial. La compañía Motorola, viendo que se hacía necesaria e imprescindible la comunicación a distancia, inventa un artificioso equipo al que da el nombre de Handie-Talkie H12-16, invento que consigue establecer contacto con las tropas mediante ondas de radio cuya banda de frecuencias por entonces no superaba los 60 Mhz. Aquello supuso el principio de una de las tecnologías modernas que más avances ha desarrollado, y que continúa creciendo en una vertiginosa búsqueda de novedades y mejoras.
Durante aquel periodo y hasta mediados de los años ochenta, se abrió un camino de investigación que fue perfeccionando progresivamente este nuevo sistema que permitía comunicarse a distancia inalámbricamente.
En la década de los ochenta se llegó a fabricar un equipo que poseía recursos muy similares a los del Handie-Talkie, pero que ahora estaban destinados a civiles, esencialmente empresarios o políticos, que debían permanecer comunicados. Ahí es donde surge verdaderamente el teléfono móvil, y ese momento marca un hito en la historia de los componentes inalámbricos, ya que con ese tipo de aparato se podía hablar a cualquier hora y en cualquier lugar.
Con el paso del tiempo se ha ido haciendo más accesible al público, hasta el punto de que cualquier persona normal puede adquirir sin la menor dificultad un terminal. En la actualidad el teléfono móvil es uno de los objetos más usados por el personal, y quien no lo posee hoy se siente tan incomunicado como Robinson Crusoe en su isla.
Si a esto se le añaden las facilidades que dan las compañías para captar usuarios, se podría decir, como en el juego de mesa: «Aceptamos “móvil” como animal de compañía y mejor amigo del hombre», con permiso del perro.
Eso sí, lo que ya no resulta tan sencillo y a veces se vuelve imposible es darse de baja en determinadas operadoras. En la actualidad hay inventores que estudian la forma de que esta operación pueda hacerse de una forma automática, pero parece que la cuestión no es tan sencilla como sería deseable. Hay quien dice que ese es el único aspecto en que el móvil resulta «fijo» e «inamovible», ¡qué le vamos a hacer!


