LOS RAYOS X

Reyes los ha habido a miles a lo largo de la historia. Católicos fueron muchos de ellos, pero católicos, católicos, lo que se dice católicos, los más conocidos fueron Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, artífices de la unión de ambos reinos y conocidos también porque montaban prácticamente lo mismo el uno que la otra.

Rayos también los hay de muchas clases, pero catódicos, lo que se dice catódicos, solo los que provienen del cátodo, que es un electrodo negativo, como todo el mundo sabe (y muy especialmente los electricistas).

Si los Reyes Católicos fueron importantes para nuestra historia, los rayos catódicos no lo son menos para la cosa de la ciencia, y su descubrimiento se lo debemos a un inglés, físico y químico, que hacía experimentos por un tubo. Precisamente inventó un tubo electrónico en 1878 y descubrió que los susodichos rayos catódicos estaban formados por partículas eléctricas y eran desviados por el campo magnético de un imán. ¿Cómo lo descubrió?... Pues como se descubren estas cosas, a base de investigar por un tubo, como ya se ha señalado. Eso es lo que hacía fundamentalmente sir William Crookes, descubridor también del talio e inventor del radiómetro. Por algo fue Premio Nobel de Química en 1907.

Pero ¿qué rayos tienen que ver los rayos catódicos con los rayos X? ¡Pues mucho, y se lo vamos a explicar! (Con quien no tienen nada que ver es con los Reyes Católicos, que no tenían ni puñetera idea de estos asuntos, ni distinguían un ánodo de un cátodo.)

Había por aquella época otro ilustre científico llamado Wilhelm Conrad von Roentgen, alemán como su propio nombre indica, que a pesar de su ya avanzada edad (contaba más de cincuenta años) tuvo la ocurrencia de interesarse por el tema y se dio cuenta de que las placas fotográficas que se colocaban cerca del tubo inventado por Crookes se velaban. ¿Por qué se le ocurrió a Roentgen poner las placas fotográficas al lado del tubo de marras? ¡Vaya usted a saber qué cosas bullen por la cabeza de los sabios! ¡Caprichos de genios!

Pues resulta que el descubrimiento no quedó ahí; ya puestos a hacer cosas raras, Roentgen se fabricó una especie de pantalla fluorescente hecha con un poco de platino y cianuro de bario que tenía por casa y observó que se iluminaba al aproximarla al tubo.

«¡Caray, qué cosa tan insólita!», se dijo.

Este extraño fenómeno, lejos de impresionarle, le hizo perseverar en sus pesquisas investigadoras que le llevaron a un nuevo y todavía más sorprendente descubrimiento allá por el año 1895.

Decidió cubrir perfectamente el tubo de rayos catódicos con un grueso cartón negro que no dejaba pasar la luz y observó que la mencionada pantalla fluorescente, a pesar de la opacidad del cartón, seguía iluminada. Esto solo podía deberse a una cosa: del tubo emanaba una radiación, hasta entonces misteriosa, que ni el cartón negro lograba detener. Aquello no era magia. Allí no había ni trampa ni cartón. Bueno, cartón sí, y precisamente fue determinante para la consecución del descubrimiento.

Tan interesado estaba en el tema que se pasaba las horas muertas en su laboratorio, hasta que después de numerosas pruebas llegó a la conclusión de que los extraños efectos se debían a ciertas radiaciones que se producían al chocar los rayos catódicos contra un obstáculo, o sea, el electrodo negativo.

Y ahora llegaba la parte difícil. Había descubierto los rayos pero no sabía qué nombre ponerles. Pensó en darles su nombre, pero Wilhelm Conrad von Rontgen era largo y enrevesado, así que de momento decidió llamarlos X.

Otro tema peliagudo que se le presentaba era el siguiente:

«Ya están descubiertos, pero ¿ahora qué rayos hago yo con ellos? ¿Para qué pueden servirme? Porque a eso de velar las placas fotográficas no le veo ninguna utilidad. Y a lo de la pantalla fluorescente menos. Tengo que buscarles una aplicación, porque si no este descubrimiento es una chorrada».

Y siguió insistiendo ávido de curiosidad, hasta que cierto día, mientras hacía unas pruebas, se produjo algo que le dejó perplejo y pelín maravillado, porque la cosa no era para menos. Al pasar fortuitamente su brazo entre el tubo y la pantalla, pudo ver reflejados con toda nitidez los huesos de la mano. Entonces se dijo: «¡Tate, ya lo tengo!». Y sustituyó las pantallas por una placa fotográfica, obteniendo así las primeras radiografías.

Roentgen expuso ante el mundo científico las primeras imágenes y el personal quedó asombrado. Muy pronto se pusieron de manifiesto las enormes posibilidades que esos rayos ofrecían para diagnosticar cuerpos extraños en el organismo. A partir de entonces se les empezó a conocer como rayos X.

Pasado el tiempo, ya en 1896, se comprobó la acción perturbadora de estos rayos sobre las células vivas, se experimentó con su utilización terapéutica y así nació la radioterapia. Si hoy día Wilhelm Conrad von Roentgen levantara la cabeza, se quedaría sorprendido al comprobar que muy poca gente sabe que fue él el descubridor de esos rayos y en cambio sabe perfectamente que Teresa Rivero era la presidenta del RayoVallecano. Pero como no va a levantar la cabeza, pues no pasa nada. Ya sabemos que «fútbol es fútbol» y a Roentgen... ¡que le parta un rayo!