EL PARAGUAS
El paraguas es ese maldito adminículo que solemos dejarnos en casa cuando llueve y con el que cargamos todo el rato cuando la previsión meteorológica anticipa chubascos (es bastante habitual que luego no caiga una sola gota de agua en todo el día, pero ese sería otro cantar...).
¿Hay algo más molesto que pasear de un lado a otro a ese ridículo bastón con traje impermeable cuando no llueve, para al final dejarlo olvidado en cualquier sitio? A todos nos ha pasado alguna vez: «¡Ya me he olvidado otra vez el paraguas!, ¿dónde lo habré dejado?, ¡qué memoria la mía!». (Porque todos reconocemos sin complejos y sin el menor pudor que tenemos poca memoria, pero no nos lamentamos de tener poca inteligencia.) Lo inteligente sería prescindir de él y llevar siempre encima un impermeable de bolsillo, que es mucho más práctico, más barato, más inolvidable y más seguro (ya que con él no se corre el riesgo de saltarle un ojo a alguien con las dichosas varillas). Habría que hablar de la invención de este modesto rival del paraguas que es el chubasquero, pero hoy no toca, así que vayamos al asunto «paragüil».
Si se trata de describirlo más o menos técnicamente, podríamos decir que el paraguas es un trasto que tiene la finalidad de preservarnos de la lluvia. Consta de un bastón con mango y un varillaje recubierto de tela, susceptible de plegarse y extenderse y que tiene su origen en la sombrilla (a diferencia de esta, el paraguas tiene muy «mala sombra», sobre todo si se abre dentro de casa, que dicen que da un mal fario tremendo).
Es posible que de esta introducción previa se desprenda que sentimos cierta antipatía por este invento. Y nada más cerca de la realidad: la sentimos y no nos pregunten por qué, hay cosas que la razón no entiende y fobias para todos los gustos, así que vamos con algunos apuntes históricos.
Los orígenes parecen estar en la antigua China, en Egipto y en la India. En realidad se usaba simplemente como sombrilla o quitasol y hasta mucho más tarde no «degeneraría» en paraguas. La diferencia entre el uno y la otra es que el paraguas, pensado para un clima como la lluviosa Europa, ha de estar confeccionado con un tejido impermeable y no debe tener agujeros. Por el contrario, la sombrilla nació como un invento para protegerse del sol y, sobre todo, para evitar a la nobleza el bronceado y distinguir así a su clase de los menospreciados campesinos. Una tez pálida y una piel blanca eran sinónimo de pedigrí y la sombrilla era un complemento muy utilizado (sobre todo por las damas), convirtiéndose con el tiempo en atributo de la burguesía.
En Francia el paraguas era utilizado por los cortesanos de Enrique III que se creían muy fashion. Lo cierto es que los ciudadanos de a pie se mofaban de ellos al verlos protegerse bajo aquel artilugio endemoniado. Más tarde, al correr de los años... (porque sí, los años resulta que corren), se empezó a extender su uso de tal manera que en el siglo XVIII el rey Luis XV instituyó oficialmente el gremio de los paragüeros. ¡Ha llovido mucho desde entonces!
Un dato curioso es que este utensilio, asociado tradicionalmente al topicazo del lord inglés que camina tocado con su sombrero hongo y su paraguas como compañero inseparable, no empezó con muy buen pie en la pérfida Albión. La historia nos cuenta que paradójicamente en la lluviosa Inglaterra el paraguas tardó bastante tiempo en gozar de aceptación popular, a pesar de que por entonces era indudable su utilidad. Pero ya se sabe cómo son los ingleses, muy suyos para sus cosas.
Atendiendo a su evolución, diremos que en 1730 aparecieron los tejidos impermeables y ello fue un gran avance para el paraguas, ya que al principio las telas usadas se calaban y dejaban pasar el agua. Por aquellas fechas aún no se habían incorporado las varillas plegables, que se crearían en Europa durante el siglo siguiente.
Otro aspecto importante en los primeros paraguas era el peso. En el año 1800 los paraguas pesaban diez libras (unos cuatro kilos y medio), dado que su estructura era de madera y hueso de ballena. Tuvo que ser un inglés, el señor Samuel Fox, de Sheffield, quien inventara en 1852 una estructura más fina de acero que aligeraba y hacía más manejable a este utensilio.
Durante el siglo XIX el paraguas se extendió por toda Europa y a principios del XX empezaron a florecer como setas por todas partes cada vez que al cielo le daba por llover. El planeta poco a poco se veía invadido por estos artilugios, que se abrían como flores en cuanto caían cuatro gotas.
Al principio eran siempre negros y tenían un aspecto de respetable seriedad, pero en la actualidad existen todo tipo de modelos de diferentes colores y dibujos dirigidos a públicos variados. Los hay sencillos, dobles para parejas, para niños, para perros, para gente que no puede utilizar las manos, para porteros de hoteles y discotecas, para anuncios publicitarios, con mensajes meteorológicos que aconsejan si hay que cogerlos antes de salir de casa..., incluso los hay luminosos, provistos de unas resistencias variables con la humedad. Y no para ahí la cosa, la sofisticación ha llegado casi a lo inimaginable, ya que existen fabricantes que los hacen con altavoz, inflables, aerodinámicos y hasta con timbre avisador para que su dueño no lo olvide en alguna parte.
A todo esto, el lector se preguntará: «Bueno, ¿pero se sabe el nombre del que inventó el primer paraguas?». Nadie lo sabe con seguridad. Nosotros sospechamos quién fue su inventor, pero no lo vamos a decir porque no queremos mojarnos.


