EL SÁNDWICH

Sándwich es una palabra inglesa que da nombre a una especie de bocata consistente en dos rebanadas de pan de molde entre las cuales se pone un trozo de jamón, de queso, de carne o de cualquier alimento susceptible de emparedarse.

¿El sándwich nace o se hace?... ¡Pues las dos cosas!

Aquí vamos a explicar cómo nace y, si el lector desea saber cómo se hace, le aconsejamos consulte cualquier publicación de las muchas que existen en los establecimientos del ramo, donde encontrará mil variedades y formas de elaborarlos.

¿Cómo nace el sándwich? Pues puede decirse con total propiedad que fue producto del azar, ya que sus orígenes están en el juego de los naipes, y se remontan nada menos que al siglo XVIII.

La paternidad se le atribuye a John Montagu, cuarto conde de Sandwich, aristócrata él y aficionado empedernido al juego de las cartas.

Cuenta la historia que la pasión de este personaje por el juego era tal que solía pasar de las comidas, descuidando así su salud e incluso la propia higiene, ya que al parecer era capaz de soportar días y noches enteras sin levantarse de la mesa de juego.

Fueron sus criados, y más especialmente su mayordomo, quienes empezaron a preocuparse muy seriamente por la falta de alimentación de su señor y quienes hubieron de tomar cartas en el asunto, mientras él seguía con el asunto de las cartas. Y hablando de cartas, como se negaba a comer a la carta y a sentarse en otra mesa que no fuera la de la timba, propuso a su mayordomo que le preparara cualquier cosa que pudiera comer sin dejar la partida, sin ensuciarse los dedos y a ser posible con una sola mano.

El criado, que sabía cómo se las gastaba su señor conde (sobre todo cuando perdía), tuvo la ocurrencia de cortar dos rebanadas de pan, entre las que metió un trozo de carne. Así que, ni corto ni perezoso, le ofreció al conde esta especie de emparedado para que pudiera comerlo sin abandonar la partida. El invento tuvo una increíble aceptación, pero no tenía nombre... ¿Tentempié?... No, porque en realidad lo que permitía era no levantarse... ¿Tentesentado?... ¡Tampoco, porque sonaba fatal! ¿El nombre del mayordomo? Menos, porque además de ser largo y enrevesado, al servicio no se le solían conceder ese tipo de prerrogativas. Total, que como todos los demás jugadores que compartían partida con el conde, al ser preguntados si deseaban algo de comer, decían: «Same as Sandwich!» (¡Lo mismo que Sandwich!), pues el propio conde decidió bautizarlo con su nombre: Sandwich, que sonaba muy británico y elegante.

Estudiosos especializados en la historia del sándwich aseguran que su invención tuvo lugar cuando el conde participaba en las negociaciones de la Paz de Aquisgrán. Ya se sabe que cuando se organizan negociaciones de paz, entre reunión y reunión queda mucho tiempo libre que se suele aprovechar, entre otras cosas para «poner las cartas sobre la mesa». Y así, entre timba y timba, es como tuvo lugar la invención de este británico refrigerio. Algo debe de haber de cierto en esta versión, porque en el ayuntamiento de la ciudad alemana de Aquisgrán hay un retrato colgado que representa al conde de Sandwich.

Pasaron los siglos, y el undécimo conde John Montagu, descendiente de aquel ludópata, recogió el testigo y, listo y avispado como él solo, supo capitalizar el legado de su antepasado. En el año 2000 tuvo la ocurrencia de abrir una empresa en pleno centro de Londres con el nombre de The Earl of Sandwich que espera alcanzar poco a poco el nivel de cadena internacional.

Pero ¿qué tiene una cosa tan sencilla como el sándwich para haber conseguido el éxito y la aceptación que posee?, ¿qué puede haber entre dos rebanadas de pan que se nos antoje tan apetitoso?... Pues muy sencillo, todo un universo de posibilidades gastronómicas para ser emparedadas entre ellas. En realidad el sándwich es polivalente, se puede comer de pie, sentado, tumbado, mientras se ve la tele, encaramado a un taburete y de mil maneras distintas. Es más, hay sándwiches hechos para tomar de «rodilla» (si entras en un establecimiento que lleve ese nombre).

Pero lo verdaderamente importante es la variedad de sus ingredientes y el exotismo y sofisticación de los mismos. Hay quien los ofrece de carne de canguro o de caimán, y otros los proponen con fresa, crema y chocolate (una guarrada, vamos). En Gran Bretaña, dejando a un lado los que se preparan en plan doméstico familiar, se consumen al año nada menos que unos mil trescientos millones de sándwiches preparados en tiendas especializadas.

En España está también bastante extendido el consumo del sándwich como comida rápida y económica. Pero así, en plan castizo, donde se ponga un buen bocata de chorizo, de jamón, de anchoas o de calamares, que se quite el invento del señor conde de Sandwich, que en paz descanse junto a su mayordomo. Además aquí tenemos un nombre mucho más popular para bautizar a nuestros bocadillos; no es aristocrático ni noble, pero mola mucho más. Ese nombre es: «Pepito».