EL SEMÁFORO
Resulta verdaderamente curioso el hecho de que el semáforo sea un artilugio que sirva para detenerse y avanzar y nadie se haya detenido a pensar y a avanzar en el conocimiento de sus orígenes. Porque aunque los veamos florecer por las avenidas de nuestras ciudades, no brotan por generación espontánea.
El semáforo, sépanlo de una vez, no nace, ¡se hace!... Es más, ¡se transforma!
En nuestro idioma, desde hace un montón de años, se llamaban semáforos a unas torres provistas de señales que se extendían por todo el territorio. Con estas señales ópticas, consistentes en luces de noche y banderas de colores de día, se comunicaban las noticias importantes con más velocidad que transmitiéndolas a galope de caballo. Quiere decir esto que los primitivos semáforos tenían una función bien distinta de la que conocemos hoy día.
Este mismo nombre también se le daba a las estaciones desde las que se transmitían las señales del telégrafo óptico instalado en la costa y en los puertos para informar de las llegadas y las maniobras de los buques que venían de altamar. También a los que navegaban a simple vista para darles a conocer avisos urgentes por medio de bolas o de banderas. Consistían en elevados mástiles desde los cuales los vigías hacían señales con sus bolas, con perdón, o sus banderas, y si era de noche, con linternas. Así eran las cosas y así se las estamos contando.
Actualmente entendemos por semáforo a un dispositivo mecánico o eléctrico que sirve para regular el tráfico de vehículos y peatones en las intersecciones de vías, caminos o carreteras. Normalmente consta de tres luces de colores, a saber: roja, que sirve para detenerse y aprovechar para hurgarse la nariz. Verde, que sirve para poner verde al conductor que nos precede cuando se demora en arrancar. Y una tercera que está en medio de ambas y que es ámbar. Sirve para avisar que va a cambiar de verde a rojo o viceversa (viceversa no es un color, quiere decir «al contrario»). En definitiva, el ámbar o amarillo indica que hay que tener lo que hay que tener, que es precaución.
Dicho esto, vamos a hacer un poco de historia semaforil.
Se puede afirmar que el primer semáforo con luces destinado al tránsito fue el artilugio instalado en el exterior del Parlamento británico de Westminster a propuesta de un ingeniero especialista en señales de ferrocarril. Su nombre era J. P. Knight y su invento empezó a funcionar el día 10 de diciembre de 1868. Estaba basado en las luces del ferrocarril y operaba solo por la noche con luces de gas rojas y verdes. Dos zumbidos indicaban que el tráfico que podía avanzar era el de la avenida, y un solo zumbido daba paso al tráfico de la calle 105.
Todo fue bien hasta que un día se produjo una explosión por el gas y mató a un policía, ¡eran los «gases» del oficio! Fue corta su existencia porque se prescindió del artilugio y hasta un tiempo más tarde no se retomó la idea de su desarrollo, coincidiendo con la aparición del automóvil.
El 4 de agosto de 1914 se instaló el primer semáforo moderno, en Cleveland (Estados Unidos). Ordenaba el tráfico con luces verdes y rojas alojadas en unos soportes con forma de brazo. Incorporaba además un aparatejo que emitía zumbidos como su antecesor inglés. Este zumbador se sustituyó más tarde por una tercera luz de color ámbar, con lo cual el invento ya empezaba a tener otro color.
Estos primeros semáforos de tres luces aparecieron en 1920 en las calles de Detroit y en la Quinta Avenida de Nueva York.
En 1953 surgen los primeros semáforos eléctricos y ocho años más tarde se agregó en Berlín un dispositivo que regulaba la circulación de los hasta entonces olvidados peatones.
En las grandes capitales de Europa su uso se fue extendiendo y muchas ciudades empezaron a ver iluminadas sus calles con esas luces tricolores.
En España los semáforos empezaron a mandar a la porra a los guardias de la ídem, que es como se llamaba antaño a los municipales que ordenaban el tránsito.
Estos guardias de la porra la hubieran emprendido a porrazos con aquellos monstruos de tres ojos que les desplazaban, y sin embargo supieron hacer mutis por el foro para dar protagonismo al «sema-foro».
Como sucede con todos los inventos, estos aparatos ordenadores del tráfico han ido evolucionando con el paso del tiempo y el progreso ha dado «luz verde» a la modernización y al perfeccionamiento de los mismos.
Uno de los mayores adelantos ha sido la sustitución de las lámparas incandescentes por las llamadas de LED, mucho más rentables y luminosas, ya que utilizan solo un 10 por ciento de la energía consumida por las de incandescencia. Las lámparas de LED tienen además una vida estimada cincuenta veces superior, y, por tanto, generan importantes ahorros de energía y de mantenimientos consiguiéndose al mismo tiempo mayor fiabilidad y seguridad pública.
Pero además de todo esto, el semáforo tiene un montón de curiosidades. Por ejemplo: ¿sabía usted que el primero que se instaló en España fue entre las madrileñas calles de Barquillo y Alcalá? ¡Bueno, pues ya lo sabe!
Siempre hemos oído hablar de que Valencia es la tierra de las flores, y de la luz y del color..., bien, pues habría que añadir que «y la de los semáforos», ya que es la que tiene más aparatos de estos por habitante. Muchos más que Madrid, Zaragoza y Bilbao: dispone de uno por cada 750 habitantes.
Y hablando de habitantes, ¿sabe cuántos habitantes hay en un semáforo? ¡Dos! Pequeñitos, pero dos. Uno rojo y otro verde. Esos «pobrecillos», conocidos por los alemanes como ampelman, fueron introducidos por Alemania del Este, y desde su pequeñez tienen la potestad de detener o poner en marcha a los peatones y peatonas.
Precisamente pensando en estas últimas, el 5 de abril de 2008 el ayuntamiento de Jaén instaló el primer semáforo feminista en el que el tradicional «muñequito» andante vio convertido su pantalón en falda en una sorprendente muestra de travestismo semaforil.
Por otra parte, Palma de Mallorca fue la primera ciudad de España en montar un semáforo dotado de un mando que permite que se encienda solo cuando lo necesita una persona ciega (ojo, no incluye a los que se han puesto ciegos «de beber»).
Pero dejando a un lado los adelantos técnicos, estamos hablando de un utilísimo aparato de simple funcionamiento. La interpretación de sus señales no presenta ningún problema para nadie, excepto tal vez para los daltónicos, que confunden los colores, o para los gamberros incívicos que confunden el culo con las témporas y pasan mucho de ellos.
Por eso, querido lector, le recordamos que el semáforo es un amigo que vela por su seguridad y por tanto se merece un respeto.


