LA RADIO

Antes de que existiera el telégrafo, la radio o el teléfono, quienes tenían que comunicarse en la distancia estaban obligados a hacerlo recurriendo a las cartas, es decir, valiéndose del correo ordinario, que, por cierto, no sabemos qué tiene de ordinario tal correo porque la comunicación epistolar nos parece la más hermosa y extraordinaria manera de decirse las cosas y la única en que las palabras no corren el riesgo de que se las lleve el viento.

Hoy, las cartas pertenecientes a la correspondencia de personajes históricos relevantes se guardan en los museos y archivos de todo el mundo como documentos de gran valor.

Como nos parece una falta de educación hurgar en la intimidad de nadie, y mucho más en la de personas ilustres, vamos a imaginar cómo podría haber sido la correspondencia mantenida por Marconi con su supuesta amada.

Mi queridísimo y muy añorado Guglielmo: esta es solo para expresar con torpes pero muy sentidas palabras lo muchísimo que te amo.

Me gustaría decírtelo de viva voz y que estas quedaran grabadas para siempre en tus oídos pero, lamentablemente, no es posible porque miles de kilómetros nos mantienen separados.

¡Oh, cuán cruel es la distancia!... No sabes cuánto ansío que te decidas de una vez a inventar la radio o algo parecido para que podamos comunicarnos como Dios manda.

¿Qué tal por la universidad? ¿Cómo vas con las ondas electromagnéticas? Por favor, ten mucho cuidado con los experimentos, no te vaya a dar un calambre o algo así.

Por aquí se dice que la telegrafía normal está completamente demodé, así que pienso que es el momento propicio para que espabiles y saques lo de la radio o la telegrafía sin hilos, que eso sí que puede ser un acontecimiento excepcional... ¡Y ya te me estás demorando!

No quiero acuciarte, querido Guglielmo, antes bien darte ánimos porque sé que para ti eso del electromagnetismo es pan comido.

¡Imagínate lo que van a disfrutar las generaciones venideras con eso de la radio! ¡Ya lo estoy viendo!... Mejor dicho, ya lo estoy oyendo.

Sin nada más que decirte, salvo reiterarte el inmenso amor que te profeso, se despide de ti tu queridísima y espero que deseada,

Conchita.

Esta bien podría ser una de las cartas que Adelaida, supuesta y no se sabe si inventada novia de Marconi, podría haber dirigido a su idolatrado inventor (Adelaida era su verdadero nombre y su nacionalidad argentina, pero cuando le escribía a Marconi firmaba como «Conchita». Todos sabemos lo que significa Conchita en el país gaucho).

Partiendo del supuesto de que tal dama y tal escrito epistolar hubieran existido, se podría aventurar que la contestación de Guglielmo Marconi fuera más o menos esta:

Mi queridísima Adelaida, «Conchita» de mis entresijos, acabo de recibir tu carta que me ha llenado de alegría. Te doy mi palabra de ingeniero-inventor de que yo también te añoro una burrada y sufro tu ausencia como el que más.

En cuanto a lo de la radio que tanto me urges, te insisto en que ya está inventada hace tiempo por un tal Nikola Tesla, pero yo, si quieres, me hago el loco y la invento por mi cuenta como si no supiera nada. No sé cómo va a reaccionar él porque es austro-húngaro y ya sabes cómo son de imprevisibles todos esos ciudadanos que llevan un guion en medio. De momento yo ando bastante enredado con estos del gobierno francés para hacerles una demostración práctica de mis descubrimientos, y si me sale bien la «movida» que tengo entre manos (a saber: establecer comunicaciones inalámbricas a través del canal de la Mancha entre Dover y Wimereux), seguro que me dan la patente, y luego, si eso, que venga Tesla a protestar, que como habla raro, seguro que nadie le hace caso.

Mientras tanto tendremos que seguir con las cartas, pero sabes que soy y seré siempre «electromagnéticamente» tuyo.

Te quiere e idolatra,

Guglielmo.

Ahora hagamos historia.

Efectivamente, la radio ya estaba inventada hacía años. El italiano Guglielmo Marconi, nacido el 25 de abril de 1874, estudió en la Universidad de Bolonia, donde llevó a cabo los primeros ensayos con las ondas electromagnéticas con el fin de avanzar en las comunicaciones telegráficas.

Tal vez inspirado en los trabajos de otros ingenieros, pero investigando a su bola, sus experimentos fueron aplicados en Gran Bretaña en 1896. En 1898 realizó demostraciones en el arsenal naval italiano de La Spezia y en 1899, a requerimiento del gobierno francés, se comunicó inalámbricamente entre Dover y Wimereux a través del canal de la Mancha. Esto le valió la primera patente de la radio y con ello se acreditaba como el inventor de la misma. Posteriormente la paternidad fue reclamada por otras personas y algunos países como Francia y Rusia no reconocían dicha patente y se basaban en documentos publicados por Alexander Popov, que al parecer demostraban que Tesla ya había inventado un dispositivo muy parecido quince años antes que él.

Nos sabe mal acabar con el mito de Guillermito (Marconi), pero lo cierto es que algún tiempo después, ya en 1943, la patente regresó a su verdadero inventor, el austro-húngaro Nikola Tesla, aunque el hecho tuvo tan poca trascendencia mediática que el personal sigue creyendo que Marconi fue el padre de la radio.

En todo caso no cabe quitarle méritos, ya que indiscutiblemente fue Marconi quien la desarrolló comercialmente.

En 1903 estableció la estación WCC en los Estados Unidos para transmitir mensajes de este a oeste. En la ceremonia de inauguración todo un presidente, don Theodore Roosevelt, envió un inalámbrico saludo a todo un rey, don Eduardo VIII de Inglaterra. ¡La radio empezaba a estar en la onda!

Pero había que continuar: en 1904 Marconi llegó a un acuerdo con la Oficina de Correos británica para la emisión comercial de mensajes radiotransmitidos. Ese mismo año fundó el primer periódico oceánico en los barcos de la conocida línea Cunard, que recibía las noticias mediante la radio.

Lo que seguramente no habría imaginado el inventor italiano es que la radio pronto iba a salvar cientos de vidas humanas convirtiéndole a él en un héroe famoso. Fue con ocasión de dos tremendos desastres, el del Republic en 1909 y el del Titanic en 1912.

Pero, es más, el valor de la radio en la guerra se puso de manifiesto en 1911 durante la contienda ítalo-turca, donde jugó un papel importantísimo. Marconi alcanzó una notoriedad increíble con la entrada de Italia en la Primera Guerra Mundial en 1915 cuando le fue otorgada la responsabilidad de las comunicaciones inalámbricas de las fuerzas armadas. Como miembro de la delegación italiana fue recibido con honores en los Estados Unidos en 1917. Su mayor reconocimiento fue la concesión del Premio Nobel de Física (1909) que compartiría con Karl Ferdinand Braun. Pero no quedó ahí la cosa, en 1918 fue nombrado miembro vitalicio del Senado italiano y en 1929 recibió el título de marqués, aunque hacía tiempo que vivía como tal.

En cuanto a lo del Premio Nobel, se dice que Nikola Tesla blasfemaba en austro-húngaro y que rechazó el galardón que al parecer le concedieron, porque se quejaba de que Marconi se había apropiado de patentes suyas para realizar su invento y que hasta que no retirasen el galardón al italiano él iba a pasar del Nobel como de comer madera. ¡Vamos, que no lo quería! Lo cierto y verdad es que si usted, querido lector, pregunta a alguien que quién inventó la radio, poca gente le va a contestar que Nikola Tesla.

Y es que la vida es así: «Unos tienen la fama y otros cardan la lana».

Marconi murió en Roma el 20 de julio de 1937, pero hoy la radio sigue viva. Y si no, que se lo pregunten a Luis del Olmo o a Carlos Herrera.