EL RADAR

Radar es un vocablo que viene del inglés: Radio Detection and Rangin, pero, por si no lo sabía, radar es también un palíndromo. ¿Y qué demonios es un palíndromo?...

Pues no, no es ningún bicharraco antediluviano. Palíndromo es aquella frase o palabra que, independientemente de la ideología política que uno tenga, puede leerse indistintamente de izquierda a derecha o de derecha a izquierda.

Si prueba el lector a leerla en ambas direcciones, verá que es cierto: radar (haga como si estuviera viendo un partido de tenis).

Seguramente le resultará familiar la tópica frase «palindrómica» que dice: «Dábale arroz a la zorra el abad». Se lea por donde se lea, viene a decir lo mismo (lo que no nos dice es qué diantres hacía el abad dándole arroz a una zorra ni si además de arroz le daba también otra cosa, porque hay abades para todos los gustos y zorras de varias clases).

Bien, pues así como en la presuntamente inocente frase del abad puede detectarse otra intención, con el radar pasa un poco lo mismo, que sirve para detectar otras cosas. Porque, digámoslo ya sin más rodeos, el radar es un aparato electrónico que se utiliza para localizar objetos fijos o móviles situados fuera del alcance visual. ¿Y puede el radar detectar a un abad o a una zorra? Pues llegada la ocasión, y si fuera necesario, por supuesto que sí. De hecho, se ha dado el caso de un abad que fue localizado dándole a una zorra..., pero lo que le daba era la absolución por sus pecados, con lo cual el clérigo, además de cumplir con su santa obligación, se cargaba sin darse cuenta el palíndromo por no darle arroz. Pero dejemos el arroz y vayamos al grano, o mejor dicho al radar, que es el invento que nos ocupa...

El origen de este ingenio, que tuvo una importancia vital en la Segunda Guerra Mundial, puede decirse que fue literario, ya que lo expuso por primera vez un ciudadano norteamericano llamado Hugo Gernsback en una fantasiosa novela de ciencia ficción, muy bonita, por cierto.

Hay quien opina que el origen está en la observación de algunos animales que utilizan los principios del radar, por supuesto irracionalmente. Se sabe que los murciélagos no solo chupan la sangre, sino que además emiten unos ultrasonidos estupendos que les rebotan, y que así pueden moverse con total soltura en la oscuridad (lo de dormir cabeza abajo es solo un capricho). Las ballenas y los delfines también emiten una especie de sónar más o menos parecido, pero en plan acuático.

Otros lo asocian a ese fenómeno que llamamos eco. Es de sobra conocido que cuando lanzamos un grito frente a algún obstáculo situado a cierta distancia (unas rocas, una montaña o un muro), el sonido del grito (que normalmente es: «¡Eco!») vuelve a nuestros oídos al reflejarse la onda sonora sobre la superficie del obstáculo. Y entonces escuchamos: «Eco, eco, eco, eco...», o la gilipollez que hayamos dicho, repetida cansinamente.

Con el radar se consigue algo similar: que las ondas de radio se reflejen sobre objetos. El ingenio en sí no es muy complicado, está constituido esencialmente por un radiotransmisor que emite un haz muy estrecho de ondas electromagnéticas en forma de impulsos de gran potencia y duración muy breve. Las ondas mencionadas (magnéticas ellas) durante su recorrido se pueden topar con objetos tales como aviones, barcos, montañas o rascacielos, pongamos por caso, con características eléctricas distintas a las del espacio a través del cual se propagan. Entonces son reflejadas hacia atrás y luego captadas por un aparato receptor situado generalmente muy cerca del transmisor. Esto, dicho así, sucintamente, para que el lector se haga una idea, ¿estamos?...

Y ahora vayamos a la prueba de paternidad. El invento del radar se atribuye al inglés Robert Alexander Watson-Watt, aunque el fenómeno de la reflexión de las ondas electromagnéticas se conocía ya desde los primeros experimentos de Hertz. Pero las cosas son como son, y fue el susodicho Watson-Watt el que dio sopas con honda a otros investigadores cuando en 1935 construyó el primer radar fetén, el que podría considerarse como tal, o sea, un radar como Dios manda. No caeremos en la tentación de hacer el chiste fácil de decir que el invento tuvo mucho eco, porque ya sabemos que estos tontos juegos de palabras, de los que tanto abusamos, a muchos lectores les joroban bastante. Pero lo cierto es que, como ya adelantábamos, el radar tuvo una vital importancia en la vida militar (vida que, también sabemos, joroba bastante a más de un lector).

Este ingenio lo mantuvo en secreto durante un tiempo el gobierno británico, que instaló una importante red de radares para vigilar las costas. Más tarde se dedicaron al estudio de equipos para detectar aviones y crearon dos tipos, el denominado ASV, localizador de buques de superficie, y el AI, para detectar cazas nocturnos. Ambos fueron experimentados con un éxito del copón.

Ello permitió a Gran Bretaña salir victoriosa de la batalla aérea que la Alemania de Hitler desencadenó contra ella en la Segunda Guerra Mundial. En el Pacífico los norteamericanos, gracias al radar, consiguieron importantes victorias aeronavales (mar del Coral, Midway). Sus buques iban equipados con instalaciones que les permitían detectar, aun sin visibilidad, a los aviones y buques japoneses y dirigir el fuego con precisión contra ellos. El empleo del radar permitió también a los aliados ganar la batalla del Atlántico, ocasionando notables pérdidas a los submarinos alemanes.

En fin, qué le vamos a contar. Las aplicaciones del radar, dejando a un lado las puramente militares, son muy variadas y su futuro y alcance son ilimitados. Como dato curioso diremos que precisamente su alcance es de tal magnitud que se han obtenido ecos en la Luna e incluso en Marte. ¡Rigurosamente cierto!

Pero, sobre todo, lo más importante es que su uso es indispensable en la navegación aérea y marítima, que gracias a él nació la radioastronomía y que su aplicación hoy día va en todas las direcciones, si bien es a la Dirección General de Tráfico a quien resulta más rentable, porque por su culpa nos fríen a multas en la carretera y, en consecuencia lógica, ellos se forran (los de Tráfico). Digamos que el radar es como un «Gran Hermano» de la carretera, aunque muchos conductores lo ven más que como a un gran hermano como a un grandísimo hijo de... la Gran Bretaña (no olvidemos que su inventor fue el inglés Watson-Watt).

Así que, ya lo sabe:

Si a más de 120 vas,

atento con el radar,

que es el ojo de la ruta

que inventó un hijo de...