LA PILA ELÉCTRICA
Sabemos nuestro nombre de pila, el de nuestros familiares, el de los amigos, el de los jugadores de nuestro equipo de fútbol y el de un montón de gente, pero ¿sabemos el nombre de pila del inventor de la pila? ¿Lo recuerdan?... Pues pongámonos las susodichas y hagamos memoria, porque gracias a este invento se alimentan de energía multitud de aparatos de uso cotidiano todavía en nuestros días.
Luigi era el nombre de pila del italiano Galvani, médico, científico, profesor de anatomía, cirujano y ginecólogo ilustre al cual se le debe el primer paso, aunque solo fuera un traspié, en el camino del descubrimiento de la pila eléctrica.
Galvani, además de ser un incansable investigador, manifestó un enorme interés hacia las ancas de rana, por las que se sentía verdaderamente atraído. Y no es que fuera su plato preferido a la hora de comer, sino que estaba convencido de que producían electricidad. Tan seguro estaba que lo intentaba demostrar aplicando diversos metales en ancas desolladas y disecadas. Observó que, cuando las ponía en contacto con un arco bimetálico de cobre y zinc, se agitaban ostensiblemente y los músculos se contraían. ¿Por qué hacía estas cosas Galvani? Bien, pues cuentan que tuvo un profesor chiflado que realizaba experimentos con ranas vivas. Mantenía que estos batracios respondían a ciertos estímulos sonoros. Cuando hacía sonar una campanilla, la rana saltaba. Probó a amputar las ancas a la rana y realizar la prueba. Dio un campanillazo, y la rana permaneció quieta. Otro golpe de campanilla y ¡nada! Otro más y el bicho ni se movió. El chiflado profesor concluyó: «Queda científicamente demostrado que las ranas, cuando se le cortan las ancas, se quedan completamente sordas»... Y se quedó tan satisfecho y tan pancho.
Galvani, que además de ser científico, médico, cirujano, profesor de anatomía, ginecólogo y no se sabe cuántas cosas más, era un observador perspicaz, enseguida se dio cuenta de que la rana no solo no se quedaba sorda sino que al profesor se le había ido la olla.
A raíz de aquel cruel episodio tomó la sabia decisión de abandonar sus enseñanzas y de no experimentar con animales vivos nunca jamás.
Pero seguía obsesionado con los batracios e insistía en sus investigaciones convencido de que el citado fenómeno de las ancas que se movían suponía la existencia de electricidad animal.
Fue otro compatriota suyo, el italiano Alessandro Volta, el que se dio cuenta de que si los dos extremos del arco eran de un mismo metal no se producía la contracción muscular, lo que le hizo probar con dos metales diferentes puestos en contacto. Así sí se producía una diferencia de potencial, lo que significaba que el anca de la rana actuaba simplemente como detector del paso de corriente. Por eso se contraía.
Aunque la teoría de Galvani era errónea sirvió para que más tarde Volta estudiara a fondo el fenómeno y desarrollara diversos experimentos sobre esa base que fueron decisivos para llegar a la generación de la corriente eléctrica continua.
Ya se sabe lo que opinan los sabios e investigadores de sus colegas —que están chiflados—, y lo que hacen es seguirles la corriente. Bien, pues eso es lo que hizo Volta con Galvani, seguirle la corriente (eléctricamente hablando), y así es como llegó a la invención de la pila.
En 1799 Alessandro Volta ideó un dispositivo formado por un apilamiento de discos de zinc alternados con otros de plata. Cada dos discos había intercalado una especie de fieltro empapado en agua acidulada.
El invento fue presentado a principios de 1800 y tuvo tanto éxito que hasta el mismísimo Napoleón Bonaparte mostró verdadero interés por él, e invitó a Alessandro Volta a las Tullerías para conocerle y para que le hiciera una demostración privada del invento. Volta se lo pensó dos veces, ya que exponerse a la opinión casi sagrada de la comisión del Instituto de Física no le molaba mucho. Pero decidió aceptar la invitación bonapartina y efectuó la demostración. A pesar del proverbial chovinismo de los franceses y del exigente y desagradable carácter de Napoleón, el experimento satisfizo tanto que Volta fue condecorado con una medalla. El propio emperador le concedió una suculenta pensión y además le otorgó, por si fuera poco, la dignidad de senador y el título de conde. «Esto sí que es una revolución», manifestó Bonaparte, y, ni corto ni perezoso, se quedó con la copla. Al poco tiempo hizo construir, en plan megalómano, una pila de seiscientos elementos, al parecer para impresionar a Josefina.
Años más tarde el inglés Humphry Davy, químico prestigioso y director del laboratorio de química de la Royal Institution, fabricó otra pila gigante e hizo saltar un arco eléctrico entre dos carbones. Aquello fue algo que antes nadie había hecho y él se atrevió a realizar así, con un par de carbones, que es lo que hay que ponerle a este tipo de experimentos, lo que no quita para que el auténtico autor del invento sea Alessandro Volta (1745-1827), genio singular al que debemos agradecer que nuestras linternas, mandos a distancia y demás aparatos por el estilo sigan funcionando (aunque de vez en cuando haya que ponerles las pilas).
Si Volta no hubiera existido, muy probablemente las muñecas de Famosa nunca se hubieran podido dirigir al portal (por poner solo un ejemplo).


