EL ESTETOSCOPIO

Desde que el Homo sapiens tuvo conciencia o sospecha de que lo era, pudo advertir que su organismo estaba capacitado para emitir todo tipo de ruidos externos no voluntarios, como, por ejemplo, toses, estornudos, ronquidos, eructos y ventosidades anales. Y hablando de anales, hagamos un ejercicio de memoria prehistórica y viajemos millones de años atrás, ¿no creen que más de uno tuvo que hacerse la siguiente pregunta?: ¿qué pasa dentro de nuestro cuerpo?, ¿habrá en su interior otro tipo de sonidos no perceptibles «a simple oído»?

Seguro que la curiosidad fue menor que el temor a adivinarlo debido al olor desagradable que se asociaba a ellos. Es más, se cree que muchos atribuían esas sonoras y fétidas manifestaciones a la existencia de malos espíritus que se alojaban en el interior del cuerpo y, ya fuera por ignorancia, por falta de interés o por temor a lo desconocido, nadie hizo nada por descubrirlo.

En aquellos remotos tiempos había problemas más perentorios que resolver, de manera que la cosa se quedó así porque, evidentemente, aquellos ancestros nuestros «no tenían el cuerpo para ruidos».

Así pues, el misterio quedó oculto por falta de alguien lo suficientemente culto que supiera lo que era auscultar.

Hasta que en 1816 un médico francés de larguísimo nombre (René Théophile Hyacinthe Laënnec), harto de pegar la oreja a los cuerpos de sus sudorosos pacientes y no conseguir oír nada interesante, empezó a darle vueltas a la cabeza (a la suya propia, no a la de los pacientes) con el propósito de adivinar qué demonios se oía allí dentro.

Cierto día se encontraba Laënnec abochornado y muy dolido tras haber recibido un bofetón de una pudibunda paciente que debió de entender que no había justificación para que el doctor mantuviera la oreja pegada a su pecho durante más de diez minutos con la excusa de que percibía ruidos extraños. Al salir a la calle, todavía abatido por el incidente, algo le llamó la atención: unos niños jugaban a comunicarse a través de una vieja plancha de madera pegando sus orejas de un lado a otro del tablón y dando golpecitos. El doctor Laënnec pidió a los chicos que le dejaran probar, y constató con gran sorpresa que se oía perfectamente la transmisión del sonido a través de la madera. ¡Ya tenía la solución!, el juego le había dado la idea...

Aquellos niños alucinaban al ver a un señor tan serio enrollándose y divirtiéndose con un juego tan tonto y no podían imaginarse que se hallaban ante el futuro inventor del estetoscopio.

Inmediatamente efectuó una primera prueba y lo hizo con otra enferma, también tímida y vergonzosa, a cuyo marido no le hacía gracia que nadie le pusiera la oreja encima. Laënnec pidió que el señor estuviera presente en la exploración y procedió a enrollar un pliego de papel haciendo con él una especie de canuto, posó con delicadeza uno de los extremos sobre el pecho de la paciente y aplicó su oreja sobre el otro extremo mientras el esposo controlaba con satisfacción que no existía contacto directo entre médico y paciente.

El resultado fue increíble; podían oírse nítidamente los latidos del corazón y el propio doctor invitó al expectante marido a que lo comprobara. Efectivamente, a través de aquel sencillo e improvisado adminículo se percibían con claridad los latidos del corazón de su amada esposa, que con su arritmia parecía enviarle un mensaje de amor en una especie de código sístole-diástole.

Aquello fue solo el principio de un método fundamental para poder auscultar con claridad el corazón y percibir otro tipo de ruidos de nuestro organismo.

Laënnec fue poco a poco perfeccionando su «invento», al que no sabía qué nombre darle: «laënnescuchador» no le gustaba, «rennexplorer», tampoco..., «amplilatidógrafo», menos... Total, que fue variando su forma hasta darle una apariencia de bocinilla y entonces la llamó «trompetilla médica». Pero este nombre como que no le satisfacía plenamente..., ¡que le sonaba a coña, vamos! Así que decidió decantarse por un nombre más «estético» que infundiera el debido respeto: y así fue como le puso «estetoscopio», que viene del griego stéthos (pecho) y skopé (observar), nombre con el que todavía hoy se conoce al ingenioso artilugio.

Cuando al doctor René Théophile Hyacinthe Laënnec le preguntaban si se consideraba inventor, él siempre contestaba que no tenía la carrera, que solo inventaba «de oído».