LA PELUCA

Seguramente no resulta descabellado asegurar que tanto a las mujeres como a los hombres el cabello nos trae de cabeza. Parece una frase cogida por los pelos, pero es la verdad.

El cabello es uno de los atributos más importantes que tenemos y que nos diferencia de otras especies. ¿Se imaginan a los hombres con pluma? Aunque hay algunos que la tienen, tanto el varón como la fémina ven en el pelo uno de sus mayores encantos y a él dedican su atención y sus cuidados conscientes de que en la belleza capilar reside una de las mejores armas de seducción. Quien tiene una hermosa cabellera sabe lo que vale un peine.

En cambio, la calvicie, que es tan antigua como la vida misma, nunca fue bien aceptada y, estéticamente hablando, se ha considerado a veces como un defecto. ¿Es un hombre sin pelo un ser inferior? ¡Por supuesto que no, ni tanto ni tan calvo! (Bueno, tan calvo sí, pero inferior no tiene por qué.) Se han dado casos de hombres completamente alopécicos que han triunfado en la vida y en el amor mientras que individuos de largas melenas se mesaban los cabellos porque no se comían un colín.

Pero de la cabeza, además del cabello, salen las ideas, y no se sabe muy bien quién tuvo la ocurrencia de inventar la peluca. Seguramente fue alguien que no tenía ni un pelo de tonto o que tenía muy serios problemas capilares.

Si quisiéramos engañarles les diríamos que el inventor fue un checoslovaco llamado Pilos Pelukas, pero eso sería tomarles el pelo y, aunque la cosa vaya de eso, no osaríamos faltar a la verdad por el simple hecho de hacer un chiste fácil.

Si de lo que se trata es de hacer un poco de historia, les diremos que se sabe que los egipcios, aparte de hacer unas estupendas pirámides, eran unos verdaderos artistas a la hora de confeccionar pelucas. Las hacían con cabellos naturales y también de gruesa lana, como la que usaba la hija de Amenhotep IV, que al parecer era muy dada a guapearse con este tipo de prótesis capilar ovina.

En la antigua Grecia también se usaban, sobre todo en el teatro, donde un actor sin una buena máscara y una buena peluca no era nadie, ya que ambas jugaban un papel sustancial para definir a los personajes. Las había negras, rubias o blancas según la edad que debieran representar los protagonistas.

También en Roma se utilizaban y no solo en el teatro. En la vida privada hombres y mujeres se servían de este complemento con profusión, especialmente las féminas más fashion, que llevaban unos modelitos especiales espolvoreados con partículas de oro (corymbium). No se sabe a ciencia cierta si existía ya la pasarela Cibeles, pero vaya usted a saber, porque las romanas eran mucho de ir a la última.

La guerra del Peloponeso en Grecia no tuvo nada que ver con el pelo ni nada de eso, pero se sabe que tanto atenienses como espartanos también gustaban de adornarse con ellas entre conflicto y conflicto (menos los espartanos que, como su propio nombre indica, eran más sobrios a la hora de acicalarse).

Esta moda llegó a extenderse incluso entre las mujeres cristianas en los últimos tiempos del Imperio romano, pero en el año 692 el concilio de Constantinopla prohibió su uso por considerarlas frívolas y pecaminosas.

Del siglo XII al XV los cabellos se simulaban de una u otra manera, ya fuera con postizos, con apliques, con trenzas o con bucles artificiales que se adaptaban al propio pelo. Pero la peluca entera, lo que se dice la peluca entera, así a mogollón, toma importancia en el siglo XVI, época en la que los peinados alcanzaban una altura exagerada, tipo Marge Simpson, lo que ocasionaba al personal, sobre todo al femenino, serios quebraderos de cabeza. Y también los hombres se apuntaron entonces a «peluquear», tal vez porque el propio monarca Luis XIII sufría de una precoz alopecia y empezó a hacer uso de ella, poniéndola de moda.

Durante el reinado de Luis XIV es cuando su utilización alcanzó el máximo esplendor. Eran enormes y de espesos bucles y tirabuzones, adornadas además con plumas y otros abalorios, y ello hacía que su dueño/a tuviera que poseer una especial destreza para lucirla. Además, los higienistas de entonces, que eran como una especie de ecologistas del cuero más o menos cabelludo, consideraban que había que abolirlas porque eran portadoras de microbios y fuente de numerosas infecciones... Y por si fuera poco, los arquitectos también se quejaban porque les obligaban a hacer las puertas de las casas exageradamente altas.

Siglos después, las pelucas crecían y decrecían dependiendo de los vaivenes de la moda, y llegaron a ser prendas obligatorias para los hombres de todos los niveles sociales. El gremio de peluqueros se puso las botas.

Actualmente en los países de la Commonwealth los pelucones especiales solo los llevan abogados, jueces y un cierto número de oficiales del Parlamento en algunas ceremonias.

En España una de las pelucas que se hicieron más famosas fue la utilizada por el líder comunista Santiago Carrillo durante la transición para entrar en el país disfrazado a lo Mortadelo. Cuando le propusieron que la donara como recuerdo histórico, él dijo que «ni hablar del peluquín». Rappel, por otra parte, ha vaticinado que, dentro de un siglo, las pelucas van a ser prácticamente obligatorias, por aquello de que «dentro de cien años, todos calvos», aunque, vaya usted a saber...

Hoy se fabrican con todo tipo de pelo, hay incluso algunas confeccionadas con vello púbico femenino que alcanzan precios escandalosos, a pesar de que hay calvos que no se las pondrían «ni de coña».