LA ELECTRICIDAD
En la antigua Grecia había grandísimos sabios, tales como Tales (Tales de Mileto), considerado el filósofo, científico, matemático e ingeniero más prestigioso de su época. Pues bien, este individuo, a pesar de ser un trabajador serio e incansable, poseía un alma curiosa que le llevaba a entretenerse con cualquier tontería. Un buen día, 600 años a. C., hallábase jugueteando con unas pajitas, unas hojas y un trozo de ámbar pulido y diose cuenta de que, al frotar este, atraía a las hojas y a las susodichas pajitas. «¡Qué fenómeno tan curioso he descubierto!», se dijo, «a esto lo voy a llamar elektrón». (Elektrón era el nombre del ámbar en griego, y el de Mileto, que era muy sabio, no perdió más tiempo en inventar uno mejor.) Sus colegas le recriminaban y le decían que un hallazgo de esa categoría merecía un nombre más largo, pero él respondía: «Muchas palabras nunca indican mucha sabiduría», y se ponía a descubrir otra cosa con la mayor naturalidad del mundo. Tal que así era Tales de Mileto.
Pero vayamos a lo que vamos; que la electricidad es un conjunto de fenómenos físicos producidos por cargas eléctricas tanto en reposo como en movimiento, lo sabe hasta un simple electricista. Que la electricidad se manifiesta como una fuerza de atracción cuando dos fuerzas con cargas de signos opuestos (positivo y negativo) están juntas o lo bastante próximas, es obvio y está superdemostrado; y que este término de electricidad es con el que se denomina la causa de los fenómenos relacionados con el paso de electrones por un conductor y con la formación de un dipolo en los dieléctricos, a lo mejor no lo sabe la gente en general, pero lo que sí se sabe es que si metes los dedos en un enchufe te da un calambrazo de dos pares de electrones.
Tales de Mileto, como tantos otros sabios, estaba convencido de que no hay mejor inventor que la naturaleza, y el hombre, con su limitada inteligencia, lo único que hacía es ir descubriendo los secretos que ella encierra.
Desde luego, la electricidad no puede decirse que sea un invento sino más bien un conjunto de hallazgos físicos obtenidos por diferentes individuos en distintas épocas y con los medios que cada cual poseía en cada momento.
Los conocimientos sobre la electricidad permanecieron estancados hasta finales del siglo XVI y principios del XVII. Fue sir William Gilbert quien, sintiéndose poderosamente atraído —nunca mejor dicho— por los imanes, se dedicó a estudiar sobre las interacciones magnéticas. Escribió un interesante tratado, De Magnete, en el que exponía una completa descripción de las propiedades de los imanes. Dejó a sus colegas helados cuando les descubrió lo de los polos, ya que, atraído también por el magnetismo terrestre, indicó la posición de los polos magnéticos (cerca de los polos Norte y Sur).
Poco a poco el interés por la electricidad se fue popularizando e incluso se hablaba del tema en los salones de moda.
En el siglo XVII un físico alemán llamado Otto von Guericke (que por lo visto era bastante aficionado a la cosa del frotamiento y frotaba todo lo que había que frotar) descubrió en una ocasión, dándole a un cristal, que también se producía electricidad, demostrando así que había dos tipos de esta: la «resinosa», obtenida como lo había hecho siglos antes Tales de Mileto, frotando ámbar, y la «vítrea», que había conseguido él mismo friccionando cristal.
Animado por su descubrimiento siguió dale que te pego y se dio cuenta también de que la electricidad podía pasar de un cuerpo a otro y de que las cargas del mismo tipo se repelen, así como las de distinto signo se atraen. En 1670 inventó la primera máquina electrostática formada por una esfera de azufre que se manoseaba imprimiendo un movimiento de rotación.
Y el frotar no se va a acabar, porque en 1729 Stephen Gray, basándose en el hecho de que la electricidad se desplaza a lo largo de un cuerpo metálico, introdujo la distinción entre materiales «conductores» y no conductores o «aislantes».
Guillaume Dufay, ahondando en el tema de las electricidades «vítreas» y «resinosas», se percató también de que ambas poseían una característica peculiar: cada una de ellas se repele a sí misma y atrae a la otra, es decir, que a las «vítreas» sus «colegas» les resultaban repelentes mientras que las «resinosas» les parecían atractivas y viceversa, ¡cosas de electrones!
Un tiempo después, el bueno de Benjamin Franklin, para aclarar más las cosas, decide que la positiva (correspondiente a la vítrea) y la negativa (correspondiente a la resinosa) debían entenderse como manifestaciones de la condensación o rarefacción de un único fluido eléctrico cuya magnitud cuantitativa total se conserva constante. Pero no para ahí la cosa, Benjamin no se andaba con chiquitas; en el curso de sus experiencias en este campo estableció una analogía entre el rayo y las chispas eléctricas, y partiendo de este supuesto, ni corto ni perezoso, va e inventa el pararrayos. Y a ese periodo (1706-1790) pertenecen también sus estudios sobre la electricidad atmosférica que descubrió casi jugando, ya que usaba como conductor de la misma la cuerda de una cometa en vuelo previamente humedecida.
Y es que Benjamin era como un niño.
Pero hubo otros muchos grandes investigadores preocupados por la cuestión. En 1746 Musschenbroek, profesor de la Universidad de Leiden, realizó un experimento que permitió, pocos años después, la fabricación de la famosa botella de Leiden (que no es una marca de cervezas sino el primer condensador o medidor de cargas eléctricas).
A mediados del siglo XVIII unos biólogos descubrieron y estudiaron un raro ejemplar de pez tropical que emitía descargas eléctricas. Lo llamaron Sirius electronicus, y no investigaron si era comestible por miedo a resultar electrocutados.
En esa misma época, el señor Ampère estudió los efectos magnéticos asociados a las corrientes eléctricas y, aunque no era ni juez ni legislador ni nada parecido, promulgó sus leyes de la interacción entre corrientes. Charles Augustin de Coulomb, físico e ingeniero francés que tampoco tenía nada que ver con la cosa legislativa, fue el primero en enunciar las leyes cuantitativas de la electrostática, y como le cogió gusto a la cosa estableció poco después la popular ley de Coulomb.
Miguel Faraday, otro que estaba puesto en la cuestión, culminó en 1811 sus estudios sobre electricidad. Con solo veinte años descubrió la descomposición química por medio de una corriente eléctrica (electrólisis).
Volta, que no quería ser menos, inventó la pila, y con su posterior perfeccionamiento se avanzó una barbaridad en el conocimiento de la corriente eléctrica y sus efectos físicos y químicos. Maxwell probó que el campo electromagnético oscilante se propaga a través del espacio en forma de ondas transportadoras de energía. Y por si había alguna duda al respecto, la confirmación de la existencia de estas ondas la experimentó Hertz (1857-1894).
Podríamos seguir hablando de Galvani, Gauss, Ohm, Joule, Edison y Tesla entre otros; de la dinamo, de los generadores de corriente y de las cuatro ecuaciones de Maxwell, pero no nos gustaría provocar un cortocircuito por sobrecarga en la atención del lector, así que concluiremos diciendo que el fenómeno de la electricidad, que empezó siendo una simple curiosidad científica, en menos de un siglo pasó a ser un hecho de una inconmensurable utilidad práctica cuyas aplicaciones se multiplicaron a una velocidad vertiginosa. Y todo comenzó hace siglos con un sabio frotando un trozo de ámbar, ¿verdad que parece mentira, querido lector? ¿Usted cree que esto es «corriente»?...


