EL SELLO

Hay inventos cuyo tamaño, coste y valor económico es pequeño, y sin embargo han sido y son importantísimos para la humanidad. Como por ejemplo, el sello, ese papelillo minúsculo que ha jugado un papel mayúsculo en el mundo de la comunicación postal.

El sello es como un pequeño pasaporte que permite hacer viajar una misiva de una punta a otra del planeta. Podríamos decir que da carta de naturaleza al correo postal y que en la actualidad sigue tan vigente y tan necesario como lo fuera en sus orígenes.

Un popular acertijo hablaba de este invento de la siguiente manera:

Sobre el sobre se adhiere

si ese sobre viajar quiere.

Y sobre que no lo lleve,

ese sobre ni se mueve.

¿Qué es ello?... ¡¡El sello!!

Hasta un niño de dos años sabe lo que es un sello, porque está chupado (el sello, no el niño), pero lo que ya no resulta tan del dominio público es cómo nació (el sello, no el niño). Una vez más nos encontramos con el eterno problema de la paternidad, porque así como se puede asegurar que madre no hay más que una, cuando se trata del tema de los inventos, a algunos de ellos les salen padres a barullo...

En el caso del sello hay versiones para todos los gustos, pero lo que nadie discute (al margen de que al parecer la idea viene de lejos) es que la adopción del sello fue consecuencia de aceptarse la propuesta hecha por Rowland Hill para la reforma postal en el opúsculo Post Office Reform, publicado a principios de 1837. (Nota: Opúsculo: nada que ver ni con el Opus ni con el culo. Un opúsculo es una obra científica o literaria de pequeña extensión.)

En dicha reforma, una de las proposiciones fundamentales de Rowland Hill era que fuera el remitente quien pagara los portes de la correspondencia en lugar de que corriera a cargo del destinatario, como sucedía hasta entonces.

Así, con el fin de certificar y garantizar el pago de dichos portes, el remitente tenía la obligación de endosar en cada carta o paquete que quisiera expedir un sello del valor correspondiente según donde deseara hacer el envío. Ello supuso, lógicamente, una gran alegría para los destinatarios y un mal rollito en el gremio de los remitentes, que, un tanto remisos al cambio, empezaron a llamar a Rowland Hill «Gilirrowland» a modo de insulto.

La puesta en circulación de los primeros sellos tuvo lugar en Inglaterra el 6 de mayo de 1840. En ellos figuraba la efigie de la reina Victoria, su valor era de un penique (el del sello, no el de la reina) y con él se podía enviar una carta a cualquier localidad de Inglaterra.

El sello pegó tanto que en 1843 fue adoptado por Brasil y los cantones de Zúrich y Ginebra en Suiza. Más tarde, en 1847, empezaron a hacer uso de él en los Estados Unidos, y tres años después, el 1 de enero de 1850, se inicia su emisión en España.

A partir de su aparición, los servicios postales experimentaron un cambio sustancial en muchos países, pero sobre todo en Inglaterra, donde hay constancia de que las cartas expedidas en 1839 fueron unos 50 millones, mientras que un año más tarde, en 1840 (cuando tiene lugar la reforma postal), llegaron a los 170 millones.

El sello, esa pequeña estampita que se adhería a los envíos, fue el verdadero responsable de la indiscutible expansión de los servicios postales, propiciando la estipulación de acuerdos en los que diferentes Estados se comprometían a conducir hasta sus destinos la correspondencia debidamente franqueada.

En 1847 se crea la UPU, Unión Postal Universal, que extendió gradualmente este novedoso sistema a todos los países. Fue tal su aceptación que no solo se reconoció su utilidad como servicio postal, además empezaron a ser reunidos por aficionados a los que les molaban estas estampillas, y al cabo de poco tiempo acabaron convirtiéndose en objeto de una de las formas de coleccionismo más populares: la filatelia.

Aparentemente el sello no es otra cosa que un cachito de papel sin mayor valor, en el que no reparamos hasta que no tenemos necesidad de franquear una carta. Sin embargo, las apariencias engañan, ya que el sello está sometido a rígidos controles de fabricación que hacen muy difícil su falsificación. ¡Por algo será! Y es que, si las apariencias engañan, mucho más engañan los maestros de la «falsificatelia», es decir, los chorizos que hacen sellos falsos.

Actualmente los adelantos técnicos y el sofisticado proceso de elaboración de los colores, la impresión, el estampado y el uso de papeles afiligranados hacen prácticamente imposible (o antieconómica) la falsificación. No obstante, siempre hay listillos capaces de fabricar estampillas con la efigie del Dioni y hacerlos pasar como sellos de curso legal. O por lo menos como ejemplares rarísimos que puedan llegar a tener un valor apreciable para los coleccionistas. Y es que los sellos son así, como el metro: todos tienen «salida y correspondencia».