EL CONDÓN

Según la Biblia, cuando Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso, además de estar condenados a ganarse el pan con el sudor de su frente, recibieron el mandato de crecer y multiplicarse. Crecer, crecieron poco, porque al parecer ninguno de los dos sobrepasaba el 1,70 de altura, una medida discretita si se tiene en cuenta que estaban hechos a imagen y semejanza del Altísimo. Al parecer, les aburría lo de crecer porque prácticamente no notaban nada; en cambio lo de multiplicarse sí que les ponía, porque al no existir todavía el condón, les daba mucho gustirrinín y se la pasaban todo el rato dale que te pego cohabitando a pelo.

Lo cierto es que desde muy antiguo se dio cuenta el hombre de que además de los efectos «peneficiosos» que tenía el hecho del apareamiento, había también consecuencias problemáticas, porque la descendencia se disparaba si se pasaba uno el día entero copulando sin tomar ningún tipo de precaución.

Además estaban las enfermedades de transmisión sexual, que son tan antiguas y molestas como la vida misma, de las cuales tanto los hombres como las mujeres empezaron a estar de ellas hasta los genitales, literalmente.

Pronto nació el uso de fundas para el pene, que al parecer era el culpable de todo. De hecho, las enfermedades deberían haberse llamado «penéreas» en vez de venéreas.

Al principio las protecciones que se fabricaban eran de materiales de lo más diverso; se usaba el lienzo, el cuero, el lino y la seda; el papel engrasado, la calabaza y hasta las vejigas de los peces. Cualquier cosa era buena para envainarse y protegerse el aparato del regocijo. El miedo al contagio de las enfermedades venéreas y la prevención de la fecundación estimuló la imaginación de las mentes creadoras para buscar la manera de evitar ambos peligros.

Pero ¿de dónde viene la palabra condón? La cosa no está muy clara, ya que hay quien opina que todo parte de un encargo real basándose en la teoría de que el rey Carlos I, que al parecer era un poquito «putero» (porque tenía la puta manía de montárselo con prostitutas), por miedo a contagiarse de enfermedades encargó a un doctor llamado Condom la fabricación de unas fundas elaboradas con tripa de oveja, y este, según dicen, acabó con todo un rebaño debido a la demanda del putañero monarca.

Pero el uso del condón data de hace más de 3000 años. Los egipcios, que eran muy suyos para la cosa del sexo, solían proteger su miembro con una funda de lienzo. Los espartanos, que eran un poco más bestias, usaban fundas de esparto y medias moradas (medias moradas sus partes por el roce con el esparto).

En Europa la evidencia más antigua del uso del condón se encontró en unas pinturas rupestres descubiertas en una cueva de Combarelles, en Francia, y se remontan a los años 100 o 200 a. C.

En el siglo XVI el cirujano italiano Gabrielle Fallopio decía haber ideado un preservativo de lienzo y aseguraba haber realizado un experimento con el siguiente resultado: de 1100 hombres que lo habían usado, ninguno había contraído la sífilis. El problema que tenía es que era pequeño y solo cubría el glande. Años más tarde, un tal Hércules de Sajonia describió una funda de lienzo más larga e impregnada en una preparación que servía de espermicida.

Se sabe que en el siglo XVII los soldados del rey Carlos I y de Cromwell lo usaron durante la guerra civil (1642-1646) para prevenir las enfermedades de transmisión sexual. A estos preservativos se les llamaba «gorras inglesas».

En mil seiscientos y pico, madame de Sevigné escribió que estos utensilios servían solo como anticonceptivos, pero que la seguridad frente a las enfermedades contagiosas era la misma que podía dar «una tela de araña» (tampoco es que las arañas fabricaran su tela para hacer preservativos).

Ya más tarde, a mediados del siglo XIX, empezaron a producirse en masa los condones de caucho. Al principio eran reusables (no de rehusar, sino de reutilizar), y como eran caros, el personal después de usarlos los lavaba, los lubricaba con petróleo y los guardaba en pequeñas cajas de madera que mantenía en la mesilla de noche. Algunos los llamaban «guardapolvos» y otros, «cementerios».

Quien sí que los «rehusó» (con hache intercalada) fue la Iglesia, que desde siempre se declaró enemiga de su uso, ya que lo consideraba inmoral por interferir con las leyes de Dios y de la naturaleza. El condón era sinónimo de libertinaje pecaminoso, que solo llevaba al vicio y al fornicio. En la actualidad la Iglesia sigue considerando esta práctica obscena y quien lo usa se condena. ¿Llegará un día en que el Vaticano «condone» el uso del condón? «Quí lo sá...» Los tiempos están cambiando.

En la década de 1960 se produce una revolución sexual que a punto estuvo de mandar al condón al carajo, nunca mejor dicho...

¿Qué pasó? Pues que las mujeres empezaron a tener sus compañeros sexuales, que los hombres dejaban de requerir los servicios de las prostitutas, que las temidas enfermedades de transmisión sexual de entonces se combatían perfectamente con antibióticos, que aparecieron la píldora anticonceptiva y los dispositivos intrauterinos como métodos anticonceptivos y que, al igual que en la famosa canción latinoamericana El cóndor pasa, el condón también pasa a un segundo plano a la hora de hacer sexo (aunque no se sabe cuál es esa hora, porque está claro que cualquier momento es bueno para hacerlo).

Tras veinte años de ostracismo, el condón recupera tristemente el protagonismo con la aparición en 1980 del terrible VIH. Las autoridades sanitarias de los países desarrollados empiezan entonces a recomendar a cascoporro el sexo seguro para evitar la propagación del sida.

Hoy día la oferta de condones no tiene límites. En cantidad de lugares públicos se expenden toda clase de ellos: lubricados, delgados, grandes, con espermicida, sensibles, ultrasensibles, hiperresistentes, de colores, rugosos, con aletas, con sabores a menta, vainilla, piña colada, para el sexo oral, para ellas, en fin, todo un abanico de gomas preservativas y profilácticas que hacen que el sexo no solo sea seguro sino además lúdico, variopinto, aromático y sabroso.

Como a estas alturas el lector/a sabe todo esto y mucho más sobre los condones, nos gustaría terminar con unas curiosas y aleccionadoras aleluyas extraídas de la obra Prosa prosaica y procaz y poesía profiláctica de autor anónimo que seguro que les darán que pensar.

Don Condón fue aquel doctor

que inventaba los condones.

Con don Condón se acabó

el gusto en las relaciones.

Ay, pena, penita, pena,

qué penita de mi pene,

en cuanto se empina apenas

una goma encima tiene.

El corazón late y late

mientras mi cosita tiesa

en una cárcel de látex

se encuentra cautiva y presa.

Y es que tiene mucha guasa

ponerle una funda al pito

con lo bien que él se lo pasa

a su bola y desnudito.

Pero así el sexo es seguro

y se evitan cosas chungas,

por más que resulte duro

es mejor ponerse funda.

Porque ese pene enfundado

es un pene prevenido

y el sitio por el que ha entrado

el látex lo ha protegido.

Ya lo dice el Ministerio

de Salud y Sanidad,

que el tema se ha puesto serio

a la hora de chingar.

Si estáis calientes y os viene

un retortijón sexual

recordad que el sexo tiene

su daño colateral.

No os olvidéis de la goma

y dejad de hacer el chorra,

que así empezaron en broma

cuando Sodoma y Gomorra.

Sodoma rima con goma,

Gomorra rima con gorra,

ponle a tu pene una goma

y te lo harás con la gorra.

Estas son las instrucciones

para hacer sexo seguro,

si a alguno no le conviene

que lo haga «puro y duro».

Allá cada cual con su joya,

la tengas larga o muy corta,

de la forma que te la enrollas

¡a quién condones le importa!

ANÓNIMO VENECIANO

(Del capítulo dedicado al condón, «Me importa un pito»)

Omitimos incluir las ilustraciones de estas burdas pero didácticas aleluyas porque resultan mucho más crudas que el texto y podrían herir la sensibilidad del lector/a, y tampoco es eso.