CENTRO VERDADERO

E

l padre de Toby recorría el casco.

Killeen, una figura plateada, había sintonizado el traje para que reflejara la mayor cantidad posible de radiación. Un hombre espejo. Lo bañaba una luz que titilaba con la fosforescencia de las estrellas y el gas. Una distorsión ondeante seguía el andar aplomado y lento de Killeen contra el ardiente fondo.

«Papá», llamó Toby por el comunicador del dermotraje.

«¿Qué? —Killeen no pudo ocultar su sorpresa—. ¿Por qué estás aquí fuera?».

«La gente se pregunta por qué pasas tanto tiempo aquí».

Como capitán del Argo, Killeen podía hacer lo que quisiera. Pero Toby notaba una creciente incertidumbre entre los oficiales. Alguien debía actuar, decirle algo, así que Toby se había puesto el dermotraje y había salido. Últimamente, el capitán Killeen se mantenía aislado. Salía a pasear sobre las curvas del casco de la nave, y a veces ni siquiera dejaba abierta su línea de comunicación.

«Estoy navegando, observando», dijo Killeen con aire distante.

La acuosa imagen del hombre fluía como luz líquida cuando se acercó a Toby por la proa roma de la nave. Su traje reflejó momentáneamente las negras profundidades de una nube molecular cercana y Toby lo vio como una inquietante sombra contra el lejano resplandor anaranjado del gas constelado de estrellas.

«Puedes hacerlo desde el puente», dijo Toby.

«Desde aquí lo aprecias mejor». Killeen se acercó y Toby distinguió la expresión severa de su padre a través del pequeño visor del traje.

Toby reparó en el rostro contraído de Killeen, en su humor hosco, y decidió ser directo.

«Hay varios tripulantes más con parte de enfermedad».

Killeen apretó los labios pero no dijo nada. Toby titubeó, se armó de coraje.

«¡Papá, nos morimos de hambre! Los jardines que perdimos no crecerán de nuevo, reconócelo».

Killeen giró, moviendo diestramente sus botas magnéticas en gravedad cero.

«Lo estoy reconociendo. Pero ya no nos quedan trucos tecnológicos. Ni siquiera los especialistas en plantas pueden lograr que esos jardines de a bordo florezcan de nuevo. No cuento con ninguna ayuda, así que estoy pensando, ¿entiendes?».

Toby retrocedió involuntariamente. El enfado de Killeen era vivo y daba miedo. Tomó aliento y preguntó:

«¿No deberíamos…, no podemos hacer otra cosa?».

Killeen frunció el ceño.

«¿Cómo qué?».

«Aproximarnos a alguna de aquellas cosas».

Toby señaló.

Delante del Argo flotaban débiles puntos metálicos de luz, sin nubes ni polvo luminoso. Eran artificiales.

«No sabemos qué son. Podrían ser mecs. Tal vez lo sean. Los mecs han construido mucho cerca del Centro Verdadero».

Killeen se encogió de hombros.

«Tal vez sean humanos, papá».

«Lo dudo. Ha transcurrido mucho tiempo desde que los humanos vivían en el espacio».

«Eso dice la historia, pero no lo sabremos si no echamos un vistazo. Somos exploradores por tradición, papá. La Familia está impaciente por salir de la nave, por estirar las piernas».

Killeen escudriñó pensativamente el resplandor del Centro Galáctico.

«Siendo capitán, aprendes a no meter la nariz en una colmena para oler la miel. Es probable que esas cosas sean hostiles, aunque no sean mecs. Aquí todo parece ser mec».

Toby pasó por alto aquel comentario. Había pasado más de un año, pero Killeen aún no había superado la muerte de su mujer, Shibo. Cumplía con sus deberes de capitán, pero a menudo estaba ensimismado, pensativo, melancólico. Esa actitud habría sido aceptable en un tripulante, pero no en un capitán. Afectaba la moral de la gente.

Aun así, pensó Toby, tal vez Killeen tuviera razón. Se dirigían hacia el centro de la galaxia, donde operaban energías de vasto alcance e indiferentes. Soles enormes y resplandecientes. Nubes incandescentes de polvo y gas. Poderes que trascendían todo cuanto los humanos pudieran manejar. Inteligencias acordes con el loco remolino de los astros.

Había estudiado historia y sabía que los humanos habían evolucionado cerca de una estrella que se hallaba en un brazo externo de la espiral galáctica. La galaxia era un disco giratorio, como un juguete de dimensiones inconcebibles para la mente humana. En la Vieja Tierra, lejos de los cataclismos del Centro Verdadero, la vida había sido fácil y apacible.

En uno de sus ejercicios de instrucción había visualizado una caja de un año luz de lado, la distancia que la luz podía recorrer en un año. Allá, cerca de la legendaria Tierra, esa caja contendría una sola estrella.

Aquí, en el Centro Galáctico, la caja contenía un millón de estrellas.

Los soles poblaban el cielo como canicas fulgurantes. Los envolvían tormentosas franjas de gas rojo. Las estrellas se apiñaban como abejas furiosas en torno al eje central, al fulgor blanco azulado del centro exacto.

«Podríamos acercarnos, echar un vistazo», murmuró Toby.

Killeen negó con la cabeza.

«Tal vez resolviéramos un problema, pero crearíamos otro peor».

«Nos morimos de hambre, papá, tenemos que hacer algo».

Killeen se alejó encolerizado por el gastado y mellado casco. Sus imanes hicieron que el metal temblara con un estremecimiento que Toby notó a través de sus propias botas. Siguió a su padre. Por aquella superficie había que desplazarse a pasos largos: dejarse llevar por el impulso, permitir que la bota se adhiriera el tiempo suficiente para cobrar más ímpetu, liberar la bota, avanzar otro paso. Toby lo hacía bien, pero no podía seguir el ritmo de su padre.

El Argo los había llevado allí a velocidades cuasilumínicas, devorando plasma con sus palas magnéticas. Había combustible de sobra, más espeso a medida que se aproximaban al centro. Pero algunos trozos de roca habían mellado y abollado el lustroso casco. Ahora avanzaban más despacio, y Killeen aprovechaba la ocasión para caminar por el casco con cierta seguridad. El Argo se había sumado al movimiento de la materia, que giraba en torno al Centro Verdadero a una milésima de la velocidad de la luz.

Killeen alcanzó un saliente liso en las complejas protuberancias del Argo y se detuvo, como si estuviera en la cima de una colina en su planeta natal. La nave, del tamaño de una montaña, era una grandiosa construcción de sus antepasados. Más allá se extendía una inmensa nube oscura, como una mancha de tinta contra las llameantes estrellas.

Killeen se volvió hacia su hijo. Su expresión se tiño de nostalgia.

«Si al menos hubiera planetas».

«No puede haberlos», dijo Toby, tratando de volver la conversación a la realidad.

«¿Por qué?», preguntó Killeen con aspereza.

«¡Mira esas estrellas! Están tan cerca que arrebatarían un planeta a su sol madre».

«Bien, entonces los planetas irían a la deriva. ¿Y?», dijo Killeen tercamente.

«A la deriva. Y congelados. Demasiado alejados de cualquier sol. No habría vida vegetal en ellos. No habría alimentos».

Killeen escudriñó el espacio.

«¿Entonces, en medio de tanta magnificencia, no hay lugar para la vida?».

«En efecto. Y tampoco lugar para nosotros».

Toby aventuró esta opinión para arrancar a su padre de sus fantasías, tal vez para obligarle a replantearse su temeraria incursión en el Centro Verdadero.

Killeen lo miró serio, casi suplicante.

«Debemos continuar», insistió.

«¿Por qué? Los niveles de radiación son tan altos que el Argo apenas puede resistirlos. Sólo por el hecho de estar aquí fuera, te arriesgas a una exposición grave».

«Es nuestro deber».

«Papá, te debes primero al Argo, a tu tripulación».

«Hay algo cerca del Centro Galáctico. Tenemos que averiguar qué».

Toby resopló de frustración. Killeen entornó los ojos, pero Toby recordó que hablaba en nombre de la mayoría de los tripulantes. También él tenía un deber.

«Algunos documentos viejos y mohosos sugieren algo. Sugieren que hay algo, eso es todo —dijo—. ¿Y por eso debemos…?».

Se interrumpió cuando Killeen le volvió bruscamente la espalda. El capitán del Argo mantuvo los hombros erguidos, aunque agachó la cabeza. Toby vio que su padre luchaba consigo mismo, combatiendo contra oscuros demonios que el hijo nunca conocería del todo.

Toby apenas lograba entreverlos en las precipitadas frases de sus conversaciones, en los movimientos a medias, en el velado lenguaje de gestos y miradas que dejaba momentáneamente al desnudo una mención. El capitán nunca se desahogaba, ni siquiera con su hijo. Ni siquiera con Shibo, tal vez, cuando ella vivía.

Killeen sobrellevaba una pesada carga: la pérdida de Shibo; la relación distante con su hijo; la proximidad del turbulento Centro Verdadero. Todo esto hervía en la mente de su padre como en una olla, y Toby lo sabía.

Killeen miró la masa negruzca que se erguía como una muralla junto al Argo. Era una espesa y arremolinada nube de polvo y moléculas simples, según indicaban los instrumentos. Pero Killeen siempre desconfiaba de los diagnósticos del Puente del Argo. Hacía años que había adquirido el hábito de otear desde el casco, libre del tranquilizador, sedante y artificial entorno de la nave. O al menos eso decía. Toby sospechaba que, simplemente, le gustaba escapar del encierro. De tal palo, tal astilla.

Nubes sombrías como aquella tachonaban el deslumbrante resplandor del Centro Galáctico: negros signos de puntuación en una turbulencia de fuego estelar. Killeen había trazado el curso del Argo para aprovechar esa nube como escudo contra niveles letales de radiación. Mientras el Argo se deslizaba junto a filamentos velados y oscuros, Toby notó que su padre contraía el rostro en una mueca de asombro.

«¡Allí! —Killeen señaló—. Algo se mueve».

Toby se tocó un control del cuello. El ordenador del casco amplió la imagen y pasó a modo infrarrojo. Su campo de visión se internó en los recovecos de la nube.

Algo serpenteaba en el borde de la bruma moteada.

«Pasa a gran alcance», dijo Killeen con aplomo. Había superado el asombro y era pura actividad.

Toby pasó a amplitud máxima. ALCANCE 23 KM, indicaba el visor.

La cosa serpenteante se deslizaba despacio. Su reluciente piel de jade reflejaba el fulgor de las estrellas. Perezosas láminas transparentes ondulaban a lo largo de su cuerpo.

«¡Está viva!», exclamó Toby.

La serpiente verde usaba velas. Velas naturales, nacidas del cuerpo en mástiles fibrosos, atrapaban la ambarina luz de las estrellas. En gravedad cero, la tenue presión de la luz bastaba para darle impulso. Sin nada que la detuviera, la sinuosa criatura cobraba velocidad.

«Mira —susurró Killeen—. Hay algo más en esa nube».

La bestia ondulante no tenía cabeza, sólo una ranura larga y negra en el extremo delantero. Toby dedujo que debía ser una boca. La criatura perseguía una esfera azul.

Miraron en silencio cómo se acercaba, y la boca se ensanchó. Una cosa anaranjada brotó de ella y se adhirió a la esfera azul arrastrándola hacia la boca, que se abrió en un bostezo. La esfera desapareció.

«Depredadores —dijo Killeen—. Y presas».

«¿Depredadores? ¿Cómo puede algo vivir en una nube? ¿En el vacío del espacio?».

Killeen sonrió.

«¿Vacío? Nada está vacío, hijo. Las nubes moleculares contienen moléculas orgánicas, ¿verdad? Eso dicen los especialistas».

«Ah, esas cosas… sí». Toby recordó la voz de su Aspecto instructor, Isaac, que le daba complejas lecciones. «Oxígeno. Carbono. Nitrógeno».

Killeen gesticuló expansivamente.

«Súmale esta luz estelar, cocínalo varios miles de millones de años y… ¡listo!».

Toby pestañeó.

«¿Vida escondida en esta nube?».

«Apuesto a que hay buena cacería en el borde de la nube. Algunas criaturas deben vivir en lo más profundo, donde pueden esconderse. De cuando en cuando saldrán para disfrutar de la luz y calentarse».

Toby asintió con la cabeza, convencido.

«Esa criatura serpentina lo sabe. Sale en busca de la cena», dijo.

«La serpiente con velamen se come las esferas azules. Pero ¿qué comen las esferas azules?».

«Algo más pequeño. Algo que no vemos desde aquí».

«Exacto». Killeen entornó los ojos. «Tiene que haber una criatura que se alimente sólo de luz estelar y moléculas a la deriva».

«¿Plantas? —preguntó Toby—. Plantas del espacio. Apuesto a que podremos comernos algunas».

Killeen le palmeó la espalda.

«Sería raro que no pudiéramos. Sabemos que estas nubes tienen la misma química básica que la naturaleza genera en todas partes. Los programas científicos del Argo nos explicaron eso, ¿recuerdas? Así que podremos digerir lo que se oculte por aquí, sin duda».

Toby parpadeó, observando cómo la serpiente desplegaba sus velas. ¿Era verde por la misma razón que las plantas lo eran, para absorber luz solar de todos los colores salvo el verde? La criatura inició un lento giro, mostrando rayas negras y curvas. ¿Había visto la nave? Tal vez deberían cazarla, averiguar lo que sabía. Su estómago reaccionó con un retortijón sonoro de hambre.

Pero la criatura era imponente a su modo, su piel reluciente y sus gráciles movimientos poseían una cierta belleza. Como un inmenso nadador en una piscina negra. Tal vez debieran dejarla en paz.

«Nunca la habríamos visto desde el puente. Esos instrumentos habrían filtrado todo lo que no considerasen importante».

Killeen había recobrado su actitud expeditiva, reprimido su asombro. Era parte del precio de ser capitán.

Toby aún miraba boquiabierto la serpiente. Sabía que su padre tenía razón. Nadie habría podido adivinar lo que verían allí. Pero Killeen había salido una y otra vez para pensar en sus problemas de capitán, mediar, cavilar recorrer el casco mirando sin saber qué buscaba. Y algunos tripulantes pensaban que había perdido el juicio.

Killeen llamó al Puente y ordenó que el Argo se dirigiera hacia la oscura nube. Poco a poco los tripulantes comprendieron la situación. En las líneas de comunicación se oían voces vibrantes, esperanzadas, alegres.

«¿Papá?», preguntó Toby.

Killeen estaba impartiendo órdenes. La tripulación debía prepararse para cazar, para perseguir extrañas presas en las tenebrosas profundidades del vacío. Debían hacer algo que nunca antes habían intentado, que ni siquiera habían imaginado.

Killeen hizo una pausa y preguntó:

«¿Sí?».

«Podemos refugiarnos un tiempo en la nube. Descansar. Recobrarnos».

Killeen sacudió la cabeza.

«No. Nos reaprovisionaremos y continuaremos. Allí está el Centro Verdadero. ¡Míralo! ¡Estamos tan cerca!».

Toby miró hacia adelante por entre los grumos polvorientos que aureolaban el casco del Argo mientras la gran nave se internaba en la nube gigante. Ampliando al máximo pudo distinguir el centro exacto de la galaxia. Deslumbrante. Bello. Peligroso.

Y comprendió que su padre jamás se desviaría de esa meta. Ni el hambre, ni los riesgos ni la tristeza lograrían disuadirlo.

Volarían hacia el centro hirviente de aquel caos traslúcido y arremolinado. En un viaje imposible. Buscando algo sin saber qué.

Killeen sonrió.

«Vamos, hijo, para esto hemos nacido. Seguiremos adelante y hacia dentro. Aquí cerca se encuentra todo el pasado de nuestra Familia. Averiguaremos qué sucedió, quiénes somos».

«A la tripulación no le gusta que hables así, papá».

Killeen frunció el ceño.

«¿Por qué?».

«Es un lugar temible».

«¿Y? No han visto todo el esplendor de su gloria, no han pensado en ello. Cuando llegue el momento, me seguirán».

«Estamos huyendo para salvar el pellejo, papá».

«¿Y? —Killeen sonrió, un vivaz gesto humano en medio de la luz galáctica—. Siempre ha sido así».