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RESCATE

L

legó a un largo valle parecido a una quebrada. Era verde y húmedo, una depresión entre relucientes macizos de piedra de tiempo.

Le costaba recordar cuándo había empezado a huir de los mecs. Se había ensuciado los pantalones varias veces más y ya no se avergonzaba. Killeen. Quath. Los nombres evocaban las mismas emociones, pero hacía mucho que no lloraba por ellos.

Esta nueva Vía era agradable y Toby no detectaba ningún mec. Se había habituado a la luz tenue y difusa que brotaba de las protuberancias y las plantas, a veces arrojando sombras ascendentes. La piedra enviaba cintas de luz que se proyectaban en las raíces de los árboles. Parecían vasos sanguíneos enterrados en el suelo carnoso. Avanzó sin pausa y llegó al valle. A ambos lados, nudos amarillos de niebla de tiempo se aferraban a los picos.

El cielo no presentaba amenazas. Aun así, los mecs podían pillarlo con rapidez excesiva para su estropeado sistema sensorial, así que se mantuvo a la sombra mientras pudo.

Una vez había pasado un día llevándole la delantera a un rastreador mec, una nave plateada que sobrevolaba los árboles y que le disparó tres veces. Lo había eludido saltando a un río y nadando hasta que agotó la reserva de aire. Los mecs no entendían muy bien el agua. O al menos no veían a través de ella. Había permanecido bajo la superficie hasta que oscureció y salió jadeando a la total negrura.

¡Oh, Besen, Killeen! El viejo Cermo el Lento. ¡Hacía tanto tiempo!

Notó olor a quemado, y por debajo una pálida dulzura. En el valle crecían densos maizales. No había visto maíz desde que era niño, cuando apenas tenía edad para caminar, y entonces sólo crecía en un campo raquítico al borde de la Ciudadela. Avanzó por un sendero lleno de baches, aspirando el aire suave y lechoso.

Maíz. Recordó el maíz en el lodo primaveral, plantado en una ladera arada; mujeres de ojos rasgados ahuyentando las aves que se comían las semillas; finas espigas que despedían un aroma penetrante en los días lluviosos; el trabajo de desbrozar la maleza; la azada de hoja reluciente revolviendo el polvo seco; la hoz para segar el maíz; las espigas verdosas que buscaban la luz del sol durante el día; las espigas maduras amontonadas en una carretilla; insectos diminutos preparados para defender el maíz de las plagas, leales a sus plantas; tallos desnudos bajo una muda nevada; una hermana que perdió un dedo en una trilladora; granos crujientes brotando de un alimentador a manivela con dientes de acero; mazorcas desnudas cayendo en una pila; un silo abarrotado de vainas secas; el whisky llenando un vaso de madera; un grifo tiznado de carbón; el dulce aroma de la mantequilla donde se cocía una mazorca nadando en su propio jugo…

Toby tambaleó, sabiendo que aquellos recuerdos no eran suyos. Parecían reales sin embargo, sobre todo las fragancias.

Trabajé mucho en los campos de niña.

La voz de Shibo parecía bajar del cielo amarillo. Toby tragó saliva, se le humedecieron los ojos. Siguió caminando y dejó que el seco olor de los campos lo calmara.

No había logrado expulsarla del todo. Y ahora nada podía hacer. Ni siquiera un cuchillo podía ayudarlo.

El olor a quemado era más fuerte y miró cautelosamente los campos mientras andaba. El grano estaba listo para la cosecha. Arrancó algunas mazorcas y se las comió mientras seguía, disfrutando del sabor azucarado de los granos. El maíz estaba tan maduro que ya comenzaba a salirse de las vainas.

Los escasos árboles estaban calcinados, astillados como si algo los hubiera reventado por dentro. Había claros círculos de maíz aplastado en los espesos campos.

Siguió caminando y un olor lo golpeó. Recordó que una vez, estando descompuesto, se había quedado en un retrete de la Ciudadela, aguantando el olor y temiendo salir a respirar una bocanada de aire fresco, por miedo a la diarrea, que no le daba tregua. Toda la Familia se había contagiado. Al cabo de un tiempo había ayudado a su padre a derribar el cobertizo y a llenar el agujero con tierra de otro pozo. Luego un equipo de hombres y mujeres lo había reconstruido.

Entonces encontró los primeros cuerpos. Unas zarzas dividían los largos campos y canales de irrigación. Colgaban a trozos de las ramas. Los cuerpos habían estallado en pedazos que no respetaban líneas anatómicas.

No era nuevo para Toby. Aquello tenía que ser reciente, porque no habían empezado a descomponerse, aunque la sangre ya formaba una costra seca y parda.

Su Aspecto Isaac estaba inquieto, pues hacía tiempo que no le dejaban salir.

Cenizas a las cenizas, polvo al polvo, como rezaba el antiguo dicho.

Toby sabía que los cuerpos hacían precisamente lo contrario. Se corrompían hasta producir una viscosidad muy atractiva para los escarabajos y los enjambres de moscas. ¿Cómo era posible que los antiguos estuvieran equivocados en algo tan elemental?

Tocó algunos cuerpos con prudencia. En Nieveclara los mecs solían instalar trampas cazabobos en los cadáveres; al parecer aquí no se habían tomado esa molestia.

Parecía mal dejar tendones, músculos y huesos desgarrados colgados de los arbustos, pero apartó la mirada y continuó la marcha. El olor a retrete se debía a que también las vísceras estaban desparramadas por los campos.

Más adelante cadáveres enteros tachonaban los campos. Yacían en pequeños claros donde aparentemente habían tratado de combatir contra algo que venía de arriba. Estaban intactos y su piel era tersa y vidriosa. Conocía el modo en que los cuerpos cambiaban con el tiempo. La piel pronto cobraba un tinte amarillo que acababa siendo un verde amarillento. Si permanecían a la intemperie varios días, la carne se volvía oscura, de un marrón más profundo que el bello color de la tez de Cermo.

… Y si permanecían así demasiado tiempo, recordó de pronto, la carne adquiría la consistencia del carbón, formando duras costras donde estaba lacerada, y los cuerpos se hinchaban, reventando las mangas y las cremalleras de la ropa. Las personas se convertían en globos, y en el calor seco del mediodía su olor era tan penetrante que se alojaba en la garganta…

Se contuvo. Aquellos recuerdos no eran suyos.

Cuando murió mi Familia vi muchas cosas que más te valdría no conocer.

—¡Entonces no las dejes aflorar!

Buscó a Shibo, pero ella era escurridiza y se le escapaba.

No puedo impedirlo. Tus recuerdos se cruzan con los míos y hacen que me manifieste.

—¡No lo necesito!

Soy quien soy. O quien era.

Siguió caminando, apartando los ojos de los cuerpos. Había sólo uno o dos por sembrado.

Los cuerpos que no presentaban daños tal vez hubiesen muerto por pérdida del yo. Habían sufrido la muerte definitiva. Sin yo, el cerebro seguía con las rutinas básicas de inflar los pulmones, bombear sangre y digerir los alimentos, pero pronto algo le faltaba a todo el sistema. El cuerpo se detenía.

Nadie había estudiado bien por qué sucedía aquello. Parecía innecesario hacerlo. La persona desaparecía en el sentido más profundo. Una vieja nave como el Argo se valía de trucos tecnológicos para mantener el cuerpo con vida o congelado para su uso futuro, algo que no tenía sentido tratándose de muertos definitivos.

Vio tierra removida y maíz aplastado allí donde algunos de ellos, en sus últimos instantes, habían pateado el suelo con las botas, agitando los brazos y los pies a pesar de haber caído ya. A medida que perdían el control, los cuerpos luchaban de la única manera que conocían. Todavía tenían los puños apretados y las muñecas ennegrecidas. Algunos se habían arrancado la ropa en su afán por desembarazarse de la cosa que los devoraba por dentro, donde las manos no podían alcanzarla.

Toby pensó en sepultarlos, pero eran demasiados y el hedor aumentaba bajo el cielo amarillo. Detectó movimiento a su izquierda y rodeó un espeso maizal maduro. El movimiento aparecía identificado como humano en el sistema sensorial. Sería conveniente alejarse de aquel lugar, pero sentía la necesidad de ver a alguien vivo, así que regresó.

Había una persona, una mujer delgada arrodillada junto a un hombre tendido de bruces.

Por un momento, Toby pensó que estaba rezando y dio media vuelta para irse. Entonces ella alzó la mano hacia la luz. Su dedo meñique cobró forma de herramienta roma que clavó en la nuca del cadáver. Allí la piel estaba roja y contraída. Ella movió la mano y arrancó algo de la columna vertebral. Toby reconoció el disco gris de un Aspecto. La mujer no reparó en Toby, aunque a esa distancia él debía haber aparecido en su sistema sensorial. Se guardó el disco en una bolsa.

Había otro cadáver a pocos pasos. Ella convirtió dos de sus dedos en herramientas de exploración y los introdujo diestramente en los puertos espinales del cuerpo. Esta vez obtuvo dos discos y un cartucho cuadrado que en el caso de la Familia Bishop podía albergar tres Rostros. Cuando se los hubo guardado en la bolsa, la mujer se incorporó y miró a Toby.

—¿Tienes derechos aquí?

Él salió de detrás del maíz susurrante.

—No. ¿Y tú?

—Claro. Derechos de rescate.

—¿Eran de tu Familia?

—¿Quién lo pregunta?

—Soy un Bishop.

—Yo soy una Banshee.

Toby la miró.

—Nunca he oído hablar de los Banshee.

—Yo nunca he oído hablar de los Bishop. El esti es grande.

—¿Tiene sentido llevarse esos Aspectos?

—Tal vez.

—Habitualmente los Aspectos de los muertos definitivos son absorbidos.

—Depende de la rapidez con que se extraigan.

—Aunque queden algunos, ¿no estarán locos?

—Tengo que correr ese riesgo.

—He oído decir que quedan fritos.

—Todavía valen algo.

—¿A qué te refieres? —Toby se movió un poco a la derecha.

—Se puede obtener un Rostro de un Aspecto.

—Tal vez sea mejor dejarlos ir.

—Eso es cosa de los Banshee.

—¿Cómo sé que estos son Banshee?

Ella lo miró de hito en hito.

—Métete en tus propios asuntos.

Toby retrocedió.

—Vale.

—¿Vale? ¿Y eso qué significa?

—Significa que estoy de acuerdo.

Ella frunció los labios en una sonrisa despectiva.

—Pues tienes un modo raro de hablar.

—En efecto, vale.

La saludó, dio media vuelta y se alejó. El sistema sensorial de la mujer le cosquilleó en la espalda y activó sus micros, que barrieron el campo y la arboleda.

Toby se detuvo, hasta que ella lo olvidó y siguió moviéndose entre los cadáveres, haciendo su trabajo. Mientras esperaba, Toby pensó qué hacer. Ella se alejó y luego regresó por la izquierda mientras buscaba.

Mantuvo el sistema sensorial en la sintonía más baja, para seguirla sin delatarse. La mujer estaba ocupada y parecía nerviosa. Toby se ocultó detrás de un árbol torcido y oscuro. Cuando volvió a verla, estaba registrando deprisa el último cadáver.

Toby la golpeó por detrás con un paralizador. Ella fue rápida y rodó sobre sí en cuanto recibió el impacto al tiempo que disparaba. Él le disparó otra descarga de baja potencia y falló.

El otro lado del gran árbol estalló en llamas. La mujer se puso de pie y disparó de nuevo, pero a demasiada altura. Toby disparó una vez más mientras la refracción térmica contraía el aire.

Ella se sentó, se echó hacia atrás y se esforzó para levantar los brazos. Su mano izquierda era un arma; parpadeó una vez. El rayo pasó junto a Toby, y no era paralizante. Su sistema sensorial emitió señales rojas de advertencia. No podía defenderlo de un impacto directo.

Sin pensar, pero con pulso firme, Toby disparó otros dos descargas paralizantes. Esta vez ella cayó y ya no se levantó.

Se acercó cautelosamente. La mujer estaba despatarrada, con los ojos vidriosos. Toby se agachó y cogió la bolsa. Era pesada.

Ella lo siguió con la mirada mientras él revisaba su contenido. Una ceja le tembló furiosamente.

—Conque Banshee, ¿eh?

Sus índices le decían que era algo llamado Bahai. Sacó un Aspecto de la bolsa y lo presionó contra su lector de muñeca. El diminuto cristal hexagonal estaba rajado por culpa de un antiguo accidente, pero el tubo óptico del hueso le seguía funcionando. Le indicó que el Aspecto estaba dañado y que había sido una mujer de la Reunión de Buda, lo que supuso que sería una especie de Familia.

—Eres una cazadora de cabelleras.

Ella movía los ojos colérica. Toby pensó en estimularla para que le dijera algunas mentiras más, pero, aun en condiciones, la mujer parecía demasiado rápida. Y llevaba un buen equipo. Toby ni siquiera sabía para qué servían algunos de sus componentes. Sólo con que tuviera un par de dedos libres, podía ser peligrosa.

—Me llevaré esto. —Levantó la bolsa—. Pensabas venderlos, ¿verdad?

Ella empezaba a mover la boca, y torció los labios. Era interesante observarlo. Luego Toby pensó en lo que había estado haciendo la mujer y ya no le pareció tan divertido.

—Se los entregaré a la Familia Buda, si encuentro a alguno de sus miembros.

Se alejó deprisa. Era mejor así, antes de que cediera a la tentación de hacérselo pagar un poco más.