9
LAS AZULINAS
T
oby rodeó a Besen con el brazo y la estrechó con fuerza. El Argo gruñía y palpitaba. Las cubiertas y paredes crujían. Toby sentía unas tremendas sacudidas en las botas. Su Aspecto Isaac comentó:
¡Qué maravillosas marcas!
—Te refieres a lo que mueve el agua en lagos y lugares parecidos, ¿verdad?
Sí, pero la fuerza proviene de otro cuerpo gravitatorio. Como sucedía con la estrella condenada que se desgarraba en el borde del gran disco. Ahora el agujero negro tironea del Argo, con mayor fuerza desde el lado más próximo al agujero que desde el lado externo. Nosotros lo sentimos como una tensión que intenta despedazar la nave.
—¡Maldición! —Toby le contó esto a Besen, luego preguntó—: ¿El Argo podrá resistir?
Creo que sí. Admito que la tensión es molesta…
—¿Cómo lo sabes?
Puedo generalizar a partir de mi vida pasada. Naturalmente no siento vuestra incomodidad corporal, pero…
—Ni los placeres, ¿verdad?
Así es. Sólo observo tus datos visuales.
A Toby no le gustaba que Isaac viera ciertas partes de su vida privada, y la cercana calidez de Besen agudizó esa sensación. Era embarazoso pensar que sus Aspectos habían estado presentes, en un sentido limitado, en la tibia y aromática intimidad de las sábanas.
No te preocupes por eso. Nuestras opiniones no significan nada.
Esta era Shibo. Una voz más profunda vibrante y matizada que sin advertencia lo arrastró hacia el mundo interior de ella, hacia la riqueza de su pasado.
Su amada Ciudadela asediada por fuerzas imponderables, sombrías y deformes que acechaban más allá del descompuesto horizonte. ¿Vendrían por el aire hirviente o cruzarían la estropeada llanura? ¿Y cuándo? ¿O sus embajadores ya estaban dentro? Enemigos grises del tamaño de la pupila de un ojo, siempre atentos, transmitiendo microondas, informes a sus camaradas, versiones maquinales de los acontecimientos que observaban…
Toby se recobró.
—¿En qué sentido?
Los Aspectos son estáticos. Los Aspectos no pueden crecer. Así que sus opiniones no se alteran. No puedes cambiar su opinión sobre nada.
Toby no sabía si esto era un consuelo. Notó que Shibo no decía que ella no pudiera cambiar. ¿Las Personalidades eran diferentes? Toby tenía la impresión, por cambios sutiles en Isaac, Joe y quizá hasta en Zeno, de que Shibo los estaba sometiendo a una especie de terapia, resolviendo las tempestades psíquicas que arrasaban sus mentes truncadas.
Sus distraídos pensamientos llegaron de pronto a su fin cuando una onda repentina barrió la cubierta. Él y Besen se estrellaron contra un tabique y rodaron por la cubierta del Puente.
Al levantarse, Toby vio que Killeen se había mantenido en pie estirando las piernas para resistir las sacudidas. Pero el capitán fruncía el ceño y escrutaba las pantallas. Mostraban una cegadora granizada de gas caliente y trozos de materia desconocida que los rociaba a vertiginosa velocidad. Brisas cálidas recorrían el Puente, agitando el cabello de Toby mientras los ventiladores procuraban detener el recalentamiento externo.
Killeen llamó de nuevo a la Mente Magnética. No recibió respuesta. Los había abandonado.
Los oficiales de la nave estaban anclados en sus literas amortiguadoras, mirando a Killeen, preguntándose por qué él no se sujetaba. Toby sabía por qué: si admitía la menor debilidad, perdería su ascendiente sobre aquellos a quienes debía guiar. Así que se paseaba de forma ostentosa con las manos a la espalda, y cuando otra onda sacudió el Puente no se tambaleó, ni siquiera aminoró el paso.
Toby buscó a su alrededor literas libres para él y Besen, pero no las había. Si querían ver lo que sucedía, tendrían que permanecer de pie. Nadie reparaba en ellos, pues de lo contrario se los habrían llevado. Todos los ojos estaban clavados en las pantallas y en el capitán.
Killeen se volvió lentamente, estudiando a los tripulantes con su mirada impasible. Entonces vio la cabeza de Quath, un balancín sobre un caparazón, asomando por la entrada del Puente. El capitán preguntó con angustia.
—¿Qué saben tus hermanos sobre este lugar?
‹Sólo los textos antiguos pueden guiarnos. Las miriapodia se aventuraron aquí una vez, tratando de averiguar qué había atraído a los mecs›.
—¿Nunca regresaron?
‹También nosotros sufrimos una caída cuando los mecs nos descubrieron. Primero nos detectaron aquí, perturbando sus operaciones. Nos retiramos pronto, a diferencia de los humanos. Vosotros insististeis más de lo razonable›.
—¿Entonces por qué atacabais a los humanos? —intervino Toby—. Pudimos ser aliados desde un principio.
‹Os confundimos con animales. Habíais decaído mucho, derrotados por los mecs. Sólo tu padre y vuestros Legados nos recordaron que pertenecéis a esa raza antes tan brillante y hoy tan lamentable›.
Toby tragó saliva. Quath no era muy diplomática.
—Esos textos vuestros… —preguntó Killeen—, ¿qué dicen?
‹Aquí se perdieron muchas naves. Es fácil patinar en la resbaladiza superficie del espacio›.
—¿Espacio? ¿Y qué me dices del calor? Y de esa materia que viene contra nosotros, enormes fragmentos…
‹Son masas trituradas y condensadas por la dilatación geométrica. Esquívalas e ignóralas. Van camino de su funeral›.
Vaya consuelo, pensó Toby. Tal vez todos seguían el mismo camino.
—¿Tus hermanas trazaron un mapa de este lugar? —preguntó Killeen con impaciencia.
‹Estoy procesando sus documentos con un cerebro posterior. Aquí está›.
Las pantallas se inundaron de colores que formaban imágenes cambiantes cuyo sentido podía ser comprensible para los miriapodia, pero no para ellos.
El resultado era tridimensional, y estaba moteado de puntos móviles brillantes. Giraba y brincaba alocadamente. Quath redujo la imagen a dos dimensiones, y Toby pudo ver lo que sucedía.
—Esa esfera vacía del centro… es el agujero negro, ¿verdad? —preguntó a su Aspecto Isaac. Oyó una rápida charla cruzada. Las tristes frases de Zeno, cargadas de estática, surgían de un chip de texto que él llevaba pero que no podía leer por su cuenta.
Lo he consultado con Zeno, quien conviene conmigo en que las miriapodia han confeccionado un mapa fiable de las geometrías cercanas. La zona abultada y sombreada que rodea el agujero representa la ergosfera, una zona donde la rotación del agujero negro lo distorsiona todo, obligando al espacio-tiempo a rotar con el agujero mismo.
—Parece peligroso.
Nadie lo sabe. En tiempos de Zeno se creía que la ergosfera era un lugar donde se requería casi toda la energía de una nave sólo para no caer en el agujero negro.
Toby miró la figura de las pantallas, el modo en que la rotación del agujero creaba un remolino en el espacio. Isaac le dijo que lo que giraba a su alrededor no era materia sino el espacio mismo.
—Pero ¿qué es el espacio-tiempo? Es decir, conozco el espacio, y el tiempo es lo que marca el reloj, pero…
Quath irrumpió en su mente, transmitiendo directamente.
‹Los seres inferiores no captan la esencia fundamental del mundo, que combina el espacio y el tiempo. No tejas una urdimbre de preocupación por esto. Ni siquiera las miriapodia ven el espacio-tiempo. También nosotras lo dividimos en las ideas simples como distancia y duración›.
Hasta ese momento Toby no había advertido que Quath podía escuchar sus charlas susurradas con los Aspectos. Sintió embarazo, luego irritación, y por último descartó tales sentimientos. No había tiempo para aquello.
—¿Y cómo vamos a salir de aquí?
‹No vamos a salir›.
—¿Eh? —Toby miró la línea discontinua que marcaba su trayectoria. Se elevaba un poco y luego se zambullía en la media luna de la parte superior.
‹Debemos atravesar las Azulinas. No hay otro modo de cruzar el portal que las miriapodia creen que existe allí›.
—¿Esas medias lunas? Están muy cerca de la ergosfera. —Las brumosas medias lunas flotaban como casquetes sobre los polos del agujero negro, como si lo cubrieran.
‹El Círculo Cósmico nos despejará el camino›.
Toby miró a su alrededor más aturdido por las ideas que iban y venían que por las espasmódicas ondas que atravesaban el Argo; más tensiones de marejada retorciendo la nave con sus manazas.
Luego comprendió que todos en el Puente lo miraban. Parpadeó. Sabiendo que se entendía bien con Quath, Killeen había dejado que Toby le sonsacara información. Bien, daba resultado.
—¿Y qué hacemos ahora? —Killeen estudió a Quath como si pudiera interpretar la expresión de aquella cabezota llena de ojos.
‹Que el Círculo Cósmico haga su trabajo›.
—¿Nos sacará del atolladero?
‹Las miriapodia creen que es el único medio›.
Killeen reflexionó mientras las pantallas fluctuaban alumbrando el Puente con inquietantes y cambiantes destellos. Había llegado al máximo de su capacidad, y estaba cansado y confundido. Toby sintió compasión por su padre, atrapado en esa vasta máquina de destrucción, llevado allí por esperanzas y leyendas, impulsado por el miedo. Soltó a Besen y se acercó a su padre. Killeen, mirando aquel flujo vibrante, cogió a Toby del brazo.
Se quedaron así un buen rato, mientras las naves miriapodia se aproximaban. Contra el cielo y la masa hirvientes, Toby comprendió que aquel no era un buen ni un mal lugar, sino algo mucho peor. Era diferente. Bello y terrorífico, aquel horno hirviente, con su brutal resplandor, se burlaba del trance de los humanos.
Las relucientes naves de las miriapodia sostenían el enorme aro cósmico con un apretón magnético y este fulguraba con un brillo intenso. Isaac le explicó que el aro recogía energía a medida que descendía hacia el agujero negro. Atravesaba los campos magnéticos anclados en el agujero y de ellos extraía fuertes impulsos eléctricos que convertían el aro en una inmensa señal luminosa.
‹Se aproxima el momento cúspide›.
—¿Es lo mismo que dijo la Mente Magnética? —susurró Killeen, los ojos clavados en las pantallas. El Puente callaba en el aire caldeado.
‹No. Aquí termina la maquinaria mec›.
Toby frunció el ceño.
—¿Mec? ¿Qué hay aquí que se deba a los mecs?
‹Las Azulinas. Son vastas regiones retorcidas, de espacio-tiempo, son casquetes de turbulencia. Nos despedazarían›.
—¿Y? Forma parte de las extrañas condiciones de este lugar…
‹Los mecánicos fabricaron las Azulinas›.
Killeen y Toby miraron a Quath con incredulidad. La alienígena continuó.
‹Los mecánicos pueden manipular grandes fuerzas. Habéis visto sus macizas y sombrías construcciones, aquí, alimentándose de materia y energía. Sus conocimientos son múltiples y vastos›.
—Pero… las Azulinas. Cuesta creerlo —dijo Killeen—. Esas cosas son enormes.
‹Mayores que estrellas. Pero eso las miriapodia traen sus naves. Mi gente nos guiará›.
El Círculo Cósmico se había adelantado al Argo. En la pantalla principal se veía una enorme lámina: las Azulinas. Era como un mar encrespado y gris: olas de negrura y valles de blancura cuyos diseños cambiantes llegaban hasta donde alcanzaba la vista.
En el blanco y brillante resplandor de llamaradas amarillas y rojas, la perturbadora opacidad de las Azulinas llenaba a Toby de espanto. Sentía un vacío en el estómago. Sólo Besen lo sostenía, apoyada a un lado suyo mientras Toby rodeaba a su padre con el otro brazo. Allí nada podían hacer los simples humanos.
El aro se zambulló en la extensión gris y ondulante. La cortó como un cuchillo, hendió la superficie cenicienta y se internó en ella.
Los bordes de esa superficie crepuscular se apartaron. Se retrajeron en torno al Círculo Cósmico, retrocediendo.
Pero el aro pagó un precio. Su borde delantero se arrugó. La resistencia del remolino lo mellaba y deformaba.
Toby no podía imaginar las colosales energías que operaban allí. El filo del Círculo Cósmico tenía sólo un átomo de anchura, según su Aspecto Isaac, pero su cerrada curvatura hendía los grises y tormentosos borbotones. Perforó la turbulencia, dejando una estela de luz chispeante.
—¿Qué hacemos? —preguntó Killeen en voz baja.
‹Seguir el Círculo Cósmico›.
Quath envió un coro de sonidos ondulantes por el sistema sensorial que enlazaba a los humanos, como una larga y plañidera nota de complicidad.
Killeen le hizo una seña a Jocelyn, que lo miraba asustada. Ella guio la nave hacia abajo, internándola en la flamígera luminosidad hacia la cambiante lámina gris. Mientras el gris se hinchaba como una impasible muralla de piedra líquida, pasó un buen rato.
Se precipitaron en la oscura brecha abierta por el aro. En los flancos se formaban picos y valles que se disolvían como montañas de ceniza de huesos quemados.
Las orlas de materia rozaban el Argo y provocaban convulsiones de vértigo. Toby se sentía como si lo agarraran por los tobillos y lo sacudieran cabeza abajo, agitándole el cabello en el aire. En el Puente los oficiales vomitaban. Otros aullaban de espanto y náusea. La estructura de la nave protestaba renqueando y crujiendo.
Pero el largo pasaje permanecía abierto. Una vez cortado, se retraía para formar nuevas zonas de espacio-tiempo deformado. El Argo volaba en pos del reluciente y distorsionado aro.
Tardaron mucho en atravesar el grosor del fantasmagórico espacio de la Azulina cortada. Besen vomitó y jadeó. Pero Toby se aferraba a su padre, no para sostenerlo, sino para saber que estaba allí.
Y de pronto quedaron libres. El aro cayó, roto. Las naves de las miriapodia lo siguieron, intentando asir el destrozado Círculo Cósmico, regresando hacia los polos del sistema rotativo. Killeen recuperó la voz.
—Jocelyn, trata… de seguirlas.
‹No›. Las piernas de acero de Quath chasquearon con un fuente sonido metálico. ‹Debemos ir hacia el centro›.
—¿Qué? —preguntó Killeen, desconcertado.
‹Como indicó la Mente Magnética›.
—Mira… la Familia Bishop siempre ha dicho que el Centro Verdadero era nuestro objetivo, sin que nadie supiera por qué. Se trata de una tradición. Creemos en ella. Pero esto…
Toby notó que su padre llegaba al límite de su aguante, se sentía abrumado por la enormidad de aquel lugar. Pero de pronto recuperó la firmeza en el semblante y el brillo en los ojos.
—¿Hacia el agujero negro? Mira, hemos seguido tus directrices. Y también las de esa Mente Magnética. Y hemos llegado hasta donde era posible llegar. Si algo nos aguardaba aquí, ya se ha ido. Ha sido devorado, incinerado.
‹Me baso en los antiguos descubrimientos de las miriapodia. Aquí hay algo más, hacia adentro›.
—No lo creo —replicó Killeen.
Toby miró hacia adelante. La ergosfera era una gorda cintura que rotaba en el diagrama, pero más adelante surgía algo que escupía luz como un colérico sol poniente. Sin embargo, se extendía en una gran lámina curva. Se arqueaba perdiéndose en la distancia; y Toby se hizo cargo por fin del tamaño del demoníaco agujero negro que era la causa última y oculta de toda la violencia cósmica que acababa de presenciar. Una mandíbula perversa. La razón por la cual el Centro Galáctico era un encrespado y ardiente pozo de muerte y perdición.
A través del brillo cegador vio la pátina extensa donde el agujero regía incluso la urdimbre del universo, aferrando el espacio-tiempo hasta someterlo a la voluntad inflexible de la gravedad.
Durante diez millones de años se había alimentado de la galaxia. Millones de estrellas habían caído en sus fauces. Y las civilizaciones que dependían de esos soles habían tenido que huir o perecer.
Se preguntó qué planetas habría albergado aquel sol y si habían dado origen a moléculas orgánicas capaces de enlazarse y copiarse; si en sus perdidas costas había alentado la inteligencia, habían vivido criaturas capaces de entrever su destino, una presencia hirviente y creciente en el cielo. Tal vez sabían que en el centro de esa inmensa tragedia reinaba un vacío absoluto que no pestañeaba.
‹Debemos continuar. Hacia abajo, hacia la parte más gruesa del bulto giratorio›.
—¿La ergosfera? —susurró Toby.
‹Está escrito. Mi especie ha sacrificado su herramienta más valiosa para abrir un camino para la vuestra. Podéis continuar la búsqueda. Las condiciones físicas son momentáneamente apropiadas para nuestra entrada›.
—¿Por qué? —preguntó Killeen con voz trémula.
‹El borbotón de materia que surgió de la estrella agonizante ha llegado al borde interior del disco. Ahora cae en la ergosfera, creando nuevas distorsiones. Sólo ahora, dicen las miriapodia, se puede atravesar el portal de la ergosfera›.
—¿Por qué?
‹Es como una criatura viviente que se mueve inquieta. Los poros de su gran piel se abren en respuesta al contacto de la masa. Pensad en la ergosfera como en una piel tensada de espacio-tiempo, bañada por las ondas. La caída de materia obliga a la bestia a readaptarse, a urdir marañas de causalidad. Cuando el peso de una estrella llueve sobre la bestia, las salpicaduras resultantes abren oportunidades en el espacio-tiempo›.
—¿Para qué?
‹Para entrar sin peligro… o tan sin peligro como lo permite [intraducible]. Sólo un agujero negro que ha devorado un millón de soles nos permite pasar ilesos. Un agujero menor nos haría trizas. El Comilón es tan grande que sus bordes externos están lejos de la singularidad central. Esto vuelve más tolerable sus mareas. Una nave que se deslice en forma tangencial por la ergosfera puede encontrar nuevos caminos, trayectos y pasajes›.
—¿Hacia dónde?
‹No lo sé, no puedo saberlo. Las Iluminadas describen un lugar de caos fundamental, donde la física gobierna aleatoriamente. Nada en el universo puede predecir dónde terminaremos una vez que atravesemos el portal›.
—Es una apuesta. Si esperamos…
‹El promedio de estrellas que caen en el abrazo final del agujero es de una por milenio. Este es el momento de la apertura›.
Toby estudió a Killeen. El resplandor que rodeaba el Argo marcaba profundos surcos en el rostro que tan bien conocía. Cuando vio que aquella ancha boca se endurecía, Toby supo qué harían.