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Hanna y Andris no se atrevían a separarse ni a abrir los ojos. Como siameses que hubiesen sobrevivido a la muerte de la madre, habitaban de pronto un vientre helado, negro, húmedo y oliente a descomposición. La única fuente de calor era la de sus propios cuerpos, cuya tibieza se multiplicaba en virtud del contacto del uno con el otro. El verano jamás había llegado a las profundidades de la casa. El silencio era tal, que podían oír el latido de ambos corazones retumbando como los cascos de un caballo contra el empedrado; la respiración, todavía agitada, era una sibilancia semejante a la del viento antes del temporal. Estaban fundidos en un abrazo primitivo, arcaico; los cuerpos se atraían obedeciendo al mismo instinto que mantiene unidos a los animales de sangre caliente cuando experimentan frío, miedo o perciben el peligro. Hanna necesitaba dejar de llorar: las lágrimas que le bañaban las mejillas eran una fuente de frío insoportable que mojaba también la cara del marido. «Basta», se dijo. Ya era suficiente.

Andris tomó a Hanna por los hombros, la apartó con suavidad y le secó las lágrimas de la mejillas con el pulpejo del pulgar. Permanecían en la más cerrada de las penumbras. Cuando se aseguró de que la mujer había dejado de llorar, buscó el encendedor que guardaba en un bolsillo del abrigo. Mantuvo el fuego durante el tiempo suficiente para hacerse una composición del lugar y de los víveres. Era un espacio algo mayor al que imaginaban; la tenue llama apenas alcanzaba a iluminar los no muy lejanos confines. El fuego vacilaba a merced de una corriente de aire cuyo origen permanecía invisible. Cerca de ellos había un farol y unas cuantas cajas apiladas. Andris apagó el encendedor para ahorrar combustible. Se sentó en el piso, tomó la lámpara a tientas, la recorrió con los dedos hasta encontrar la mecha y, solo entonces, volvió a hacer fuego para encender la bujía. El olor del querosén quemado y el calor que brotó del farol les devolvió algo de calma al poder mirarse otra vez a los ojos.

Las cajas contenían conservas de ave en aceite, carne en salmuera, frascos con bacalao y sardinas en salazón, un jamón entero con hueso, quesos duros, frutas secas, nueces, almendras, pistachos, semillas de girasol y de zapallo saladas, frascos con aceitunas, aceite y varias botellas de vino. El primer sentimiento que experimentaron fue una inmensa gratitud frente a la generosa hospitalidad de Bora; eran muy pocos quienes podían llevar a la mesa semejantes exquisiteces, aun gozando de la libertad. Pero de inmediato cayeron en la cuenta de que eran todos alimentos que podían almacenarse durante una larga temporada sin descomponerse. La cantidad de conservas les ofreció la dimensión del tiempo que podrían pasar dentro de ese sótano sin ver a nadie más. Estaba claro que los dueños de casa no tenían previsto visitarlos, al menos mientras duraran los víveres. Era una idea desoladora pero comprensible; los Persay, igual que el personal de la casa, debían actuar como si realmente ellos no existieran. De pronto, todos aquellos manjares tuvieron el sabor amargo de la última voluntad que se ofrece a un condenado.

Andris tomó la lámpara y se dispuso a examinar el sótano. Bordeó una de las paredes de ladrillo sin revoque hasta que se topó con una cañería desnuda que descendía desde las alturas y concluía en un pequeño grifo. Lo accionó y vio que salía un delgado chorro de agua clara; con la punta de la lengua comprobó que fuese potable y, cuando estuvo seguro, bebió con una sed animal. Hanna lo miraba sin moverse. Próxima al ángulo formado entre la pared de ladrillo y otra, mucho más antigua, de bloques de piedra dispares, había una rejilla alargada. Andris pidió a Hanna que no lo mirara y orinó; primero dejó salir un delgado hilo para cerciorarse de que el desagüe no estuviese obstruido. Solo cuando el líquido se perdió a través de las hendijas de metal, vació el contenido de la vejiga inflamada y doliente luego del largo e incómodo viaje en el baúl del auto.

Hanna era sumamente pudorosa y su marido lo sabía. Luego de prometerle que no la miraría, le rogó que también ella orinara. Hacía largo rato que Hanna padecía en silencio mientras tensaba los músculos del bajo vientre doblada sobre sí misma. Pero aun así, se mostró avergonzada; le pidió a Andris que no solo cerrara los ojos sino que además se tapara los oídos. Su marido asintió con una sonrisa comprensiva y resignada. Caminó hacia el rincón opuesto y como un niño castigado se puso contra la pared de espaldas al recinto, mientras se tapaba los oídos con ambos índices. Hanna, en cuclillas, sintió que el vapor del orín caliente le devolvía el alma al cuerpo.

Hanna y Andris se sentaron enfrentados, cada uno sobre una caja de madera, y se dispusieron a comer. La claraboya del techo era tan pequeña que no dejaba pasar ni siquiera una silla. Andris miró el reloj: eran las diez. Sabía que era de noche porque acababan de llegar. Hubiese sido imposible deducirlo de otro modo, ya que en ese sótano no entraba el más mínimo haz de luz natural. Desde que había descendido a la nueva morada, Andris daba cuerda al Omega de bolsillo una y otra vez de manera compulsiva. El reloj se había convertido en el delgado hilo que lo mantenía unido con la realidad exterior. Entre aquellas cuatro paredes húmedas el tiempo respondía a una mecánica diferente sujeta a leyes cambiantes. El reloj pasó a tener para Andris la misma importancia que el calendario de piedra para los antiguos. El círculo del Omega de oro era el breve firmamento que ordenaba los ciclos invisibles de ese universo estático sin sol ni luna.

Sobre las cajas con víveres había un atado hecho con un edredón de plumas que guardaba otras dos mantas con los correspondientes juegos de sábanas y un par de almohadas. La fina factura de las cobijas hacía más evidente no ya la falta de una cama, sino la ausencia de un simple colchón. Ninguna de ambas cosas hubiesen pasado por la claraboya del techo. Como si fuese una gran cebolla de telas, el atado contenía, además, varias prendas de hombre y de mujer. A juzgar por el talle y la hechura, las camisas, los pantalones y los abrigos pertenecían a Bora. Las faldas, vestidos y blusas coincidían con el estilo y las medidas de Marga. Las ropas no se veían viejas, pasadas de moda o en desuso; al contrario, parecían nuevas.

Para Andris, aquel gesto, que en apariencia pretendía evitar en ellos el más mínimo sentimiento de humillación, resultaba doblemente agraviante, como si de ese modo Bora le echara en cara su condición de traidor. De acuerdo con la lógica algo retorcida de Andris, el dueño de casa devolvía con altura cada una de las heridas que él le había provocado. Eran especulaciones propias de quien carga con el peso de la culpa. Andris jamás se hubiese atrevido a confesar sus turbias conjeturas a Hanna. De hecho, no se sentía orgulloso por albergar semejantes pensamientos de los cuales, sin embargo, no podía deshacerse.

Mientras Andris se flagelaba en silencio, Hanna se dispuso a improvisar un jergón que sirviera de cama. Extrajo el papel de diario que había en el fondo de las cajas con alimentos y le pidió al marido que desarmara los endebles cajones de madera. Con las tablas y el papel improvisó una suerte de litera sobre el piso de cemento vivo. Plegó en dos la frazada más gruesa y la tendió a guisa de colchón sobre el petate de diarios y maderas. Aquel lecho que apenas levantaba unos pocos centímetros del suelo no se veía precisamente mullido; sin embargo, conseguía aislar el frío helado que provenía de la superficie toscamente alisada del material crudo. Las frazadas de lana y el edredón de plumas eran una buena protección contra la corriente de aire gélido que soplaba como el aliento de un lagarto gigante e invisible.

Andris se durmió de inmediato. No bien cerró los ojos se apagó igual que la luz del candil al ahogar la llama. El sueño lo preservaba de la pesadilla en que se había convertido la realidad. Hanna, envuelta en la penumbra, helada y tiritando, permanecía despierta. De pronto la invadió una confusión desesperante. En medio de un torbellino de imágenes vívidas, perdió toda noción del tiempo y el espacio. No sabía exactamente dónde estaba ni cuánto tiempo había pasado desde que se acostó. No se trataba de las distorsiones de la conciencia propias de la antesala del sueño. Al contrario, estaba en un estado de vigilia superlativa. Con la respiración agitada y el corazón inquieto, no podía evitar que sus pensamientos tomaran un rumbo y una velocidad incontrolables. Escuchaba los suaves resuellos del hombre que dormía a su lado y de repente la asaltó una duda: ¿era Andris o Bora? Realmente no podía precisarlo.

Durante el insomnio suele producirse un estado de conciencia en el que la vigilia resulta más irreal que el más extravagante de los sueños. No solo el tiempo y el espacio se tornan difusos; los recuerdos se confunden con los viejos anhelos y una sensación de nostalgia se extiende sobre el presente como si la vida se hubiese convertido en algo fallido. «¿Cómo llegué hasta aquí?». Se preguntaba Hanna sin saber claramente dónde y cuándo era «aquí». Entonces se propuso ordenar los recuerdos como quien decide recomponer un álbum de fotografías mezcladas. Cada uno en su universo, Hanna y Bora se trasladaron con la memoria al mismo día. Ella, abajo, tiritando de frío; él, arriba, sentado frente al fuego, ambos recordaban aquel lejano día en que hablaron por primera vez en los jardines del Hotel Gellért.