El sexo está involucrado, la ilusión predomina, la obsesión es inevitable, el grado de control consciente es muy modesto y el tiempo de gloria, breve.
Sheila Sullivan
Nunca supe cómo se llamaba. Había oído hablar de ella un par de veces a los vecinos en la plaza de Sant Sadurní de l'Heura, en el Ampurdán. Cuando avistábamos por la ventana que había terminado la misa del domingo, los hombres salíamos de casa para hablar del tiempo y la caza. Pero ese día las campanas doblaban llamando a su entierro. Era muy joven, padecía ciclotimia y se había suicidado, al parecer por desamor. A unos ocho mil kilómetros de aquel pueblecito, el psiquiatra Hagop Akiskal, de la Universidad de California en San Diego, acababa de descubrir que la versión corta del gen de la ciclotimia podía provocar, también, la depresión suicida en casos de desamor.
Los grandes románticos sufren los efectos de la ciclotimia, un desorden bipolar semejante al de los maníacodepresivos, con periodos alternativos de excitación intensa y desesperanza. En las fases de felicidad, los pacientes se enamoran profundamente, pero a la euforia sigue, inevitablemente, la melancolía premonitoria de la depresión suicida. Hoy día se conoce con un detalle asombroso la química del estrés y la depresión. Veamos lo que ocurre a raíz de un desamor.
El hipotálamo segrega, en dirección de la glándula pituitaria, la hormona liberadora de corticotropina (CRH, del inglés corticotropin-releasing hormona), o corticoliberina, una sustancia considerada por muchos científicos como la molécula del miedo; que, a su vez, produce la hormona de la adrenocorticotrofina (ACTH); esta última llega, por el torrente circulatorio, a las glándulas suprarrenales, y las estimula para que sinteticen y liberen, entre otras sustancias, Cortisol, la hormona del estrés. Más o menos así lo habría descrito también, seguramente, mi padre, que era médico rural. La poetisa Sally Purcell quiso decir lo mismo, pero de forma distinta, refiriéndose al final del amor entre Eloísa y Abelardo: «Una espada nos ha separado definitivamente, y no hay vuelta atrás».