Si tuviera por un momento el tiempo en mis manos, no diría nada. Si tuviera por un momento el tiempo en mis manos, sólo te miraría. Lo haría todo más fácil sin palabras.
(De la canción Sin palabras de Bebe)
Es banal desparramar los conocimientos adquiridos en el tramo final de una vida sobre una experiencia vivida treinta años atrás. Con idéntico escepticismo pueden contemplarse los resultados de verter aquella experiencia sobre los apuros de los demás aquí y ahora. Y, sin embargo, de no profundizar en la experiencia de entonces con las sugerencias de ahora, mis lectores podrían reprocharme no haber aportado -ni haberlo intentado, por lo menos- las evidencias de la experimentación y la prueba.
Aunque me revuelva las entrañas sonsacar al pasado el recuerdo ahora frío e inerte del desamparo que me causó un profundo desamor. Aunque sea consciente de la imposibilidad de aprender en cabeza ajena, por culpa de una condición genética que ha perdurado durante más de dos millones de años; estoy aludiendo, por supuesto, al descubrimiento de la neurociencia más cargado de implicaciones para la vida cotidiana y, no obstante, más subestimado.
¿Lo ha adivinado el lector? Me refiero, claro está, a la incapacidad absoluta de los humanos para ponerse -no en el lugar de otro, que es relativo; unos pueden hacerlo y otros no; las mujeres más que los hombres- en el interior de sí mismo pero en un estado de ánimo distinto. Cuando acabamos de comer, nadie puede imaginar el apetito que tendremos a la hora de cenar. Cuando se está locamente enamorado, nadie puede vislumbrar otro tipo de realidad. Las víctimas o protagonistas del desamparo y el desamor no pueden concebir sus conductas o sentimientos fuera del trance de la angustia y el terror. Somos capaces de imaginar la existencia de Dios pero no a nosotros mismos en otro momento y condición. Es posible que, a pesar de todas esas salvedades y cargas de escepticismo, el lector decida curiosear en la historia del desamor que sigue.