Causas no metabólicas del amor
¿Qué otros elementos conocemos que nos condicionen a la hora de elegir pareja? ¿Por qué nos enamoramos, más allá de los poderosos condicionantes físicos que a través de la simetría hacen particularmente deseables a ciertos individuos? En otras palabras, nos gustaría elaborar una tabla explicativa de las excepciones que también se dan, por supuesto, en los arrebatos de amor. Lo que es verdad en millones de organismos durante millones de años puede no serlo en un individuo. Hay quien se enamora por Internet sin haber vislumbrado siquiera la imagen impresa por el sistema inmunitario ni las feromonas que la transmitan.
Ahora bien, en el ámbito de las excepciones o causas distintas al impacto del sistema inmunitario o de los mecanismos químicos, nos movemos en un campo mucho menos trillado por las pruebas científicas. Causas excepcionales del enamoramiento que se dan por satisfactorias en un momento dado han sido cuestionadas por las últimas pruebas efectuadas en los laboratorios. Y a la inversa, verdades que lo parecen sólo a medias resultan tener mayores visos de realidad de lo que se anticipaba al comienzo. Algunos ejemplos bastarán para poner de manifiesto la fragilidad de esa búsqueda.
Uno de esos elementos poco cuestionable es la proximidad: tendemos a enamorarnos de personas cercanas, con las que tenemos relación diaria. Y ambos sexos se enamoran, generalmente, de aquellos con valores y orígenes similares. No resulta demasiado sorprendente que la gente se sienta atraída hacia aquellos individuos con los que comparten actitudes y valores. Así lo confirmó la psicóloga Eva Clonen, de la Universidad de Iowa, en 2005, estudiando a parejas de recién casados. Este tipo de rasgos son muy visibles en los demás, y pueden desempeñar un papel destacado en la atracción inicial.
El sentido del humor también puede facilitar una relación de pareja, aunque los hombres y las mujeres otorgan un valor diferente al humor, según Eric Bressler, del Westfield State College, en Massachusetts, y Sigal Balshine, de la Universidad de McMaster en Hamilton, Ontario, Canadá. En una investigación de 2005, Bressler y Balshine detectaron que las mujeres tienden a sentirse atraídas por los hombres que las hacen reír, mientras que a los hombres les gustan las mujeres que les ríen las gracias.
¿Cuál de todas las posibles motivaciones ejerce una influencia real? Stephen Emlen y sus colegas de la Universidad de Cornell, en el estado de Nueva York, pidieron a casi mil personas entre dieciocho y veinticuatro años que estableciesen un rango de prioridades de una serie de atributos, que incluían el atractivo físico, la salud, el estatus social, la ambición y la lealtad, en una escala que reflejase lo deseable que consideraban cada atributo. Las más exigentes eran las personas que se consideraban a sí mismas buenos compañeros estables. Valoraban en primer lugar la fidelidad, a la que seguía el atractivo físico, el compromiso para formar una familia, la riqueza y el estatus social. Emlen recalcaba así que «lo que la gente busca en una relación estable es el compromiso para formar familia, la afectividad y la fidelidad sexual».
Sin abandonar las arenas movedizas de las causas no metabólicas del amor se ha sugerido, también, el papel de nuestras propias experiencias emocionales. Esas experiencias afectarían profundamente y condicionarían lo que se considera atractivo o deseable, lo que se espera del amor. En el capítulo anterior vimos la importancia decisiva de la memoria con la que se confrontaba cada nueva experiencia. Por un lado, la búsqueda en el archivo de la memoria de algo comparable al estímulo amoroso en curso crea una dinámica de excelencia progresiva; la línea de tendencia sólo se rompería en el caso de que experiencias emocionales traumáticas del pasado incidieran negativamente en la elección de pareja aquí y ahora.
Por otro lado, lo que aquí se apunta matiza la teoría de los llamados «mapas del amor» configurados por los recuerdos inconscientes y conscientes y por el entorno. Las investigaciones sobre la elección de parejas en gemelos indica que el desarrollo de los mapas del amor es laborioso y depende, marcadamente, de elementos muy aleatorios. El amor en curso no dependería tanto del diseño que aflora como reflejo promedio de amores experimentados en el pasado, sino de la falta de relación o similitud entre el amor en curso y las experiencias pasadas contrastadas individualmente.
Las investigaciones llevadas a cabo por expertos como el doctor Jim Pfaus, de la Concordia University, Montreal, Canadá, plantean la duda de si el conjunto de características que un individuo considera atractivas en otro podría formarse durante un periodo crítico para el desarrollo de la conducta sexual. Plantea que estas características podrían fijarse por medio de la recompensa sexual, incluso en aquellos animales, como las ratas, que en principio no viven en pareja. Puede condicionarse a las ratas a preferir un tipo determinado de pareja por medio de un estímulo, como por ejemplo, que miembros del sexo opuesto huelan a limón. Este tipo de investigación podría arrojar luz sobre la comprensión de preferencias poco frecuentes, como los fetiches humanos, que se desarrollan pronto y son casi imposibles de cambiar. El fetichista vincula objetos como los pies, los zapatos, juguetes o pelotas, que tienen una relación visual con experiencias sexuales infantiles, con la gratificación sexual. Es difícil, no obstante, otorgar una vigencia generalizada a motivos que explican, únicamente, comportamientos de colectivos muy minoritarios.
Hemos dejado para el capítulo siguiente la capacidad de imaginar, fundamental en el ámbito cultural de los fetiches. La diferencia fundamental entre el antecesor que compartimos con los chimpancés y otros homínidos radica, justamente, en la capacidad de imaginar. Podemos elucubrar sobre la existencia de Dios, decidir que «somos» una nación, estresarnos tremendamente imaginando amenazas que no existen o que nada vale la pena fuera del ser amado. Mi intuición me dice que sólo existen dos fuentes primordiales, explorada una hasta la saciedad en los laboratorios científicos. Me refiero al nivel de fluctuaciones asimétricas como indicador de la belleza y la capacidad metabólica de un organismo. La otra, totalmente virgen, nos lleva a adentrarnos, a duras penas, en el poder fascinante y desconocido todavía de la imaginación. Las dos asentadas en el soporte de la memoria. Todas las demás causas palidecen frente al ímpetu arrollador del primer cerebro de los humanos, su sistema inmunitario y el más evolucionado: su capacidad de imaginar algo tan insondable como el amor.