La fusión metabólica para sobrevivir
Ese recorrido se hizo a regañadientes, dada la imposibilidad con que se enfrentaba cualquier célula para dividirse en dos y moverse al mismo tiempo; ante la alternativa de ser presa de otras, mientras se sumía en el laborioso proceso de división clónica prefirió, lógicamente, optar por unirse a otro núcleo celular con el que repartir las cargas de su oficio.
Es asombrosa esta transparencia de cualquier proceso, por complejo que sea, que permite remontarse a las fuerzas más elementales, como la necesidad de energía o de supervivencia. En el ovillo, al final de la madeja, siempre aparece lo más sencillo y básico para andar por casa, como el miedo, la escasez energética o el impulso emocional.
El personaje capital en esa prehistoria de la humanidad, digno de ser representado en una feroz película de aventuras, son las mitocondrias. Su mejor portavoz científico ha sido, sin duda, el joven, impetuoso y solitario investigador Douglas Wallace, catedrático de la Universidad de California en Irvine y experto conocedor de la genética y el papel evolutivo de esos orgánulos celulares. Hace ya muchos años, cuando le conocí, era, prácticamente, el único en alertar al resto de los mortales de que constituía una temeridad subestimar el papel de las mitocondrias en el origen del amor y la vida primero, y en su prolongación después. Las mitocondrias fueron -si se me permite la comparación- las antecesoras de los primeros emigrantes en pateras que lograron abordar la orilla de una célula o de un continente en beneficio mutuo.
Esquema de una mitocondria
Sorprende que el pasado de seres susceptibles de amar -la emoción más significativa y singular de los organismos complejos- esté plagado de cruentas batallas genéticas. Para las primeras células eucariotas, la posesión de mitocondrias elevó el techo de sus posibilidades de vida. El gran salto adelante de las células eucariotas -con núcleo propio y los orgánulos de las mitocondrias- fue la generación de energía en el interior de la célula mediante un proceso simbiótico que Lynn Margulis explicó en los años sesenta, seguido de otro proceso, la eliminación de radicales libres, que debemos a Douglas Wallace.
«Yo me encargo de la energía y tú del resto».
Aprender a respirar el oxígeno que corroía y la búsqueda de ayuda han constituido el pulso de la vida compleja. Las mitocondrias permitieron superar el mundo restringido de las bacterias y alcanzar tamaños más adecuados para sobrevivir. Con el mayor tamaño se accedió a una mayor sofisticación. El impulso hacia una mayor complejidad vino desde dentro y no desde las alturas.
Lo explica de manera muy gráfica Nick Lane, autor del libro Power, Sex, Suicide. Si se observan con el microscopio un gramo de carne de hígado de ratón y otro gramo de carne de hígado humano, es muy difícil apreciar las diferencias. Tienen el mismo número de células. Pero si se mide su actividad – su coeficiente metabólico, es decir, el oxígeno y los nutrientes consumidos por minuto-, resulta que en el caso del ratón es siete veces superior. Los animales grandes tienen un coeficiente metabólico más lento de lo que en teoría les correspondería. Cuanto más grande es el animal, menos necesita consumir por gramo de peso. Un montón de ratas apiladas del tamaño de un elefante consumirían veinte veces más oxígeno y nutrientes que este último.
Una célula vista al por menor. Nótense las mitocondrias
La mayoría de la gente asimila el amor a un resplandor fugaz que ilumina un ansia de entrega y desprendimiento. El amor sería para ellos una conquista reciente del conocimiento, perfumada de un hálito literario. Los homínidos habrían inventado, literalmente, el amor en la época de los trovadores. La segunda paradoja del pensamiento moderno consiste en idealizar el acto de amar como la antítesis del interés individual para sobrevivir o afianzar el poder. El amor constituiría, de acuerdo con el sentir mayoritario, el ejemplo emblemático del desinterés supremo.
La reflexión anterior en torno al viaje al pasado sugiere todo lo contrario. El amor -entendido, pues, como impulso de fusión- es una constante de la existencia, y nunca hubo vida sin amor.
Por otra parte, lejos de ser algo extraterrestre, vinculado a la gracia divina, el impulso de fusión es una condición inexcusable para sobrevivir. La vida habría sido distinta para mucha gente si hubieran abordado el amor desde la perspectiva de su permanencia continuada y su naturaleza de resorte para la supervivencia. Obsérvese si no el contraste entre la conversación de una joven pareja que planifica su futuro y la figurada entre una mitocondria y su célula huésped:
–No cuentes conmigo para cuidar de los niños -dice el novio.
–Ni tú conmigo para preparar las comidas -responde la novia.
–Yo me ocupo de que no falte la energía necesaria para hacer todo lo que tengamos que hacer -sugiere la mitocondria.
–De todo el resto me ocupo yo. Trato hecho -contesta la célula.
Dicho de otro modo, el impulso de fusión avasallador, que cobra la forma de amor obsesivo para garantizar que los organismos opten por la replicación de su especie, no puede desterrar tampoco al acuerdo por consenso, que garantiza la supervivencia mediante una contraprestación de servicios. Ambos componentes, el impulso y el acuerdo, son igualmente básicos.