Hablando la gente se confunde

Antes de adentrarnos en los recodos de la tela de araña, es ineludible traer a colación que el primer cometido de la pareja es entenderse. La verdad es que las bacterias parecen tenerlo más fácil. Cuando se trata de sistemas de comunicación, no siempre los más complejos funcionan mejor. Las bacterias recurren a un mecanismo llamado «percepción de quorum» -quorum sensing, en inglés- que, a pesar de ser organismos unicelulares, les permite gozar de las ventajas de los organismos complejos. Gracias a la percepción de quorum pueden incidir sobre la expresión genética de un conjunto de bacterias y, por lo tanto, sobre su comportamiento y futuro individual o colectivo. Se ha comprobado que lo hacen para tareas tan diversas como la simbiosis, la virulencia, la competencia o la formación de películas biológicas que pueden dar lugar a infecciones u obturar conducciones de agua.

El secreto radica en la emisión de unas sustancias químicas -a las que se hizo referencia en el segundo capítulo, al mencionar la primera molécula replicante- llamadas autoinductores. Como explican Christopher M. Waters y Bonnie L. Bassler del departamento de Biología Molecular de la Universidad de Princeton en Nueva Jersey, todas las bacterias son capaces de producir, soltar, identificar y responder a esas señales. A partir de un nivel mínimo de respuesta, el suficiente para poder combatir al sistema inmunitario del huésped, por ejemplo, entra en función la comunicación. Si los autoinductores reflejan, al contrario, una densidad de población bacteriana desorbitada, actúan de modo agresivo y destructivo. Lo mismo ocurre con las ratas y menos -hay que confesarlo- en los homínidos.

Entre los patógenos humanos que utilizan la percepción de quorum figuran los causantes de infecciones graves en las víctimas de quemaduras. La muerte de millones de personas en la Edad Media por culpa de la peste bubónica también fue por consenso. Lo que da idea del alcance que puede tener un buen sistema de comunicación.

«Las bacterias se confabularon para desarrollar la peste bubónica». Miniatura veneciana del siglo XIV que representa la peste que asoló Europa. Biblioteca Marciana, Venecia.

Afortunadamente, en el laboratorio de Agricultura del Cornell College, en el estado de Nueva York, se logró, por vez primera, cristalizar y purificar una de las principales proteínas responsables de la percepción de quorum. Ahora se sabe que en el mundo bacteriano hay una gran diversidad de moléculas que tiene como función la comunicación entre células, lo que permite anticipar la manera de interferir con el lenguaje bacteriano o, para decirlo en términos más familiares para los humanos, aplicar un lavado de cerebro a las bacterias en beneficio nuestro.

Resulta intrigante descubrir las ventajas del sistema de comunicación bacteriana comparado con el de organismos llamados superiores. Les permite actuar cuando «saben» que el número de individuos en la proximidad asegura el éxito de la función que van a llevar a cabo; por ejemplo, emitir luz o formar una película para colonizar una superficie. No hablan en balde, como ocurre con los homínidos, y su lenguaje puede ser específico o por grupos de bacterias relacionadas entre sí. Ningún problema de representación directa o indirecta.

Sugería que, a la hora de comparar los dos sistemas de comunicación, el de las bacterias con el de la pareja de homínidos, este último sale peor parado, a pesar de su mayor complejidad. Veámoslo.

Nuestro sistema monógamo, al contrario que los gorilas, se simultanea con comunidades de vecinos, lo que amplía el campo de la incomprensión recíproca a grupos muy numerosos. No hay más que observar el funcionamiento de cualquiera de estas comunidades o la comunicación entre regiones y naciones para darse cuenta de que cualquier modificación de la expresión genética de esos entes es muy problemática. Recordemos que una de las cosas que más preocupaban a Darwin a la hora de casarse era, precisamente, entenderse con los familiares de su futura esposa.

Después de las investigaciones que, de manera independiente, realizaron Noam Chomsky, el lingüista estadounidense creador de la gramática generativa, y el canadiense Steven Pinker, profesor de psicología en la Universidad de Harvard, ya conocemos casi todo el origen y la funcionalidad del lenguaje. Para resumir lo que nos interesa en el contexto que barajamos diremos que, en contra de la opinión mayoritaria, el lenguaje puede servir para entenderse pero, sobre todo, está diseñado para confundirnos.

Es difícil encontrar un atributo más sobrevalorado que el lenguaje hablado. No sólo se atribuye a la aparición del lenguaje el nacimiento de las artes, la religión y la ciencia, sino que la facultad de hablar sería, incuestionablemente, el factor diferenciador del hombre ante el resto de los animales. Se trataría, además, de algo irreversible, puesto que es una facultad innata. Nosotros hablamos y ellos no. Por otra parte, al lenguaje se atribuyen logros portentosos que van desde la aplicación de terapias cognitivas y la selección sexual hasta la instrumentación de la paz mundial mediante el diálogo.

El antropólogo Chris Knight ha sugerido, con razón, un esquema diferente. Al lenguaje le precedió una revolución social de la que éste sería, simplemente, un subproducto. ¿Por qué creo que Chris Knight ha dado en la diana? Para que el lenguaje se desarrollara, tal vez hizo falta un gen. Pero siendo importante, eso no fue lo esencial. Sólo cuando un colectivo ha desarrollado un espíritu de cooperación con los demás, ritos centrados en los vínculos contraídos por el sexo, la política o la vida social, y ha creado un protocolo de conducta que auspicia pasos en un determinado orden y no en otro, sólo entonces aparece el lenguaje indispensable para sellar ese tipo de compromisos y de sociedad.

No obstante, en la vida moderna se utiliza el lenguaje sin miramientos por el caudal social que le vio nacer. Suele ser un lenguaje grosero, lleno de improperios para no colaborar, sin referencia al tacto, al respeto del protocolo, a los vínculos contraídos, a la confianza mutua. Se diría que en las sociedades modernas la sugerencia del antropólogo Chris Knight no tiene sentido. Se puede perder el tacto, la delicadeza, el ánimo de salvar las apariencias, el respeto mutuo, el imperio de la ley basada en el consentimiento colectivo, sin perder la capacidad de hablar. ¿Pero le queda algo al lenguaje de sus orígenes nobles y rituales?

El bipedismo liberó las manos para poder hablar gesticulando y el lenguaje vocalizado, a su vez, liberó a las manos para poder fabricar máquinas y herramientas después. Se trata de un proceso muy largo que no culminó hasta hace unos treinta mil años cuando nuestros antepasados directos irrumpieron en los ámbitos del arte, la religión y el pensamiento técnico.

Muchas otras especies se comunican mediante el lenguaje -principalmente, los pájaros, los mamíferos marinos y los primates-, pero la gran diferencia entre el lenguaje de los pájaros y el nuestro radica en que nosotros no lo utilizamos únicamente para expresar estados emocionales, sino para intuir -con el ánimo de modificarla, manipularla o, si se quiere, mejorarla- la mente de los demás.

El ornitólogo norteamericano David Rothenberg ha comprobado que incluso determinadas especies de pájaros «cantan innecesariamente bien», ya que para la mera demarcación del territorio y la elección de la hembra su canto es exageradamente sofisticado. Cantan por otros motivos; posiblemente, para disfrutar y embelesarse con la belleza de su trino que se parece más de lo que creemos a la música. O bien, simplemente -como sabemos todos los que hemos domesticado pájaros-, porque están tristes tras haberles cambiado de sitio.

¿Para qué había servido el antecesor del lenguaje hasta el periodo que termina hace treinta mil años? Para poca cosa, analizado con la mentalidad de hoy día. Estuvo vinculado a las soflamas o gruñidos que preceden el acto de tirar piedras contra lo que se ama o detesta. Se sabe también que hasta un 30% del tiempo de nuestros antecesores los chimpancés servía para dar curso al cotilleo, que acompañaba la acción social y solidaria de sacarse las pulgas unos a otros, la ocasión pintada para intercambiar información social.

El antropólogo británico Robin Dunbar descubrió que cuanto más numeroso es el grupo, más tiempo se dedica a la limpieza y al cuidado del otro; con toda probabilidad, no porque haya más pulgas, sino mayor necesidad de intercambiar información social. Para Dunbar, las interminables sesiones de limpieza y chismorreo social constituyen las raíces del lenguaje. Resulta que también se prolongaban las sesiones dedicadas a matar pulgas y otros parásitos en función de la inestabilidad sexual. Lo que lleva de la mano a la otra gran finalidad del lenguaje en nuestros antepasados los primates: la selección sexual. En otras palabras, el lenguaje parecía acantonado -como sigue ocurriendo en un buen porcentaje de las poblaciones modernas- en la vida social y en el chismorreo apuntalado en el fútbol, la vida de los famosos y el sexo.

Para conjurar la estructura de la mente primordial se ha recurrido, a menudo, al concepto de navaja suiza, que sirve tanto para cortarse las uñas como para descorchar una botella de vino. El problema de turno se solventaba recurriendo, según los casos, a la cuchilla u hoja adecuada; por separado y sin la ayuda de un microordenador central que coordinara los distintos instrumentos de la navaja para una misma acción. Pero el modelo de la navaja suiza no es obviamente el modelo de la mente moderna.

Una navaja suiza, un modelo opuesto al de la mente humana.

Sin lugar a dudas, el arqueólogo de la mente Steven Mithen es quien mejor ha esbozado el largo camino que desemboca en la mente moderna. En lugar de la metáfora de la navaja suiza, él utiliza el símil de una catedral en la que las distintas capillas están, en el inicio, totalmente incomunicadas. El antecesor común de todos los chimpancés, homínidos y monos hace más de treinta millones de años habría funcionado con una nave principal donde actuaba la inteligencia general aplicable a todas las situaciones. Si acaso, contaría con la ayuda incipiente de una capilla dedicada a la inteligencia social, que fue la primera en edificarse.

En una segunda fase -seguramente hace dos millones de años- la nave principal contaba ya con la ayuda complementaria de varias capillas especializadas en dominios de conocimiento que ampliaban profundamente la capacidad de solucionar problemas. Pero todavía faltaba mucho tiempo para que se diera curso a la creatividad mediante las interrelaciones entre las diferentes capillas y la nave principal.

Por último, hace tan sólo unos treinta mil años los homínidos empezaron a transferir de un dominio a otro los conocimientos acumulados a raíz de soluciones específicas que eran aplicables a escenarios totalmente distintos. Supuso la irrupción de la metáfora y la analogía en la vida cotidiana. La nave y las distintas capillas funcionan como un todo integrado que explica el salto impresionante en los niveles de creatividad ocurrido hace treinta mil años. A este proceso revolucionario se le ha calificado, con razón, de mente dotada de «fluidez cognitiva». O el big bang de la evolución de la mente.

Es evidente que los africanos que emigraron a Australia hace sesenta mil años, a Próximo Oriente hace cincuenta mil y a Europa hace unos cuarenta mil contaban con la facultad rudimentaria de ir de una capilla a otra conectando transversalmente sistemas o dominios de conocimiento distintos.

La compleja capilla del conocimiento social fue invadida por todo tipo de conocimientos no sociales, particularmente el físico para la utilización de nuevos materiales. Este brain storming o lluvia de ideas ubicada en la plataforma abierta del dominio social dio paso, además, a la conciencia de sí mismo, que fue instrumental para lograr el objetivo diseñado por la evolución muchos millones de años antes: intuir lo que pensaba el vecino. Para detectar cómo piensa el otro es preciso indagar primero en el interior de uno mismo, desarrollar el sentido de introspección que, más tarde, conducirá a la conciencia.