El soporte biológico del amor
En el lapso de tiempo comprendido entre hace dos millones y medio de años y hace doscientos cincuenta mil, el volumen total del cerebro, según las estimaciones del biólogo de la Universidad de Harvard E. O. Wilson, se fue expandiendo a razón del equivalente al volumen de una cucharada cada cien mil años. De lo que antecede se deduce que el tamaño del cerebro pudo desempeñar un papel de precursor, pero no ser el factor decisivo del cambio en los humanos. Los inexplicables y largos silencios en la historia de la evolución hay que imputarlos a lo que ocurría o no ocurría dentro del cerebro, a la puesta en marcha de determinados mecanismos cerebrales a raíz de variaciones genéticas a lo largo de la evolución. Desde hace cuarenta mil años, todo o casi todo; antes, nada o casi nada.
El cerebro es un órgano que sirve para reconocer estructuras o formas. Como dice Jeff Hawkins, uno de los ingenieros informáticos más brillantes de Sillicon Valley, inventor de la calculadora Palm Pilot y del teléfono inteligente Treo, el cerebro identifica estructuras que luego almacena en la memoria y a partir de ellas formula predicciones sobre el mundo que le rodea. Lo acabamos de ver con los monos rhesus y el amor. Se conoce a alguien o algo cuando se puede predecir sobre ello. Sin reconocimiento de formas es imposible predecir su comportamiento futuro; como decía el neurólogo Richard Gregory, profesor emérito de neuropsicología de la Universidad de Bristol, el cerebro no está para buscar la verdad, sino para hacer predicciones para poder sobrevivir.
Es lógico que el cerebro deteste equivocarse, porque equivale a haber confundido desde el inicio una forma por otra, cometido un error en el proceso de almacenamiento y recuperación del recuerdo, fallado en la predicción consiguiente o las tres cosas a la vez. Estos errores pueden costarle la vida al organismo que sustenta y, por lo tanto, no tiene nada de extraño que el sistema límbico haya previsto reacciones encolerizadas que escapan al control de la razón.
Es difícil sobrestimar la trascendencia de esa capacidad predictiva del cerebro. A través de esta función nos imbricamos con el resto del mundo. El proceso de búsqueda del placer o de evitar el castigo que puede comportar un estímulo exterior constituye un mecanismo para predecir el margen de error; sólo así el cerebro aprende cómo funciona la mente de los demás. Es la herramienta fundamental a la que recurre el cerebro para conocer y sumergirse en el mundo que está fuera de nuestra mente. Lo de menos es la recompensa o el castigo; lo importante es el conocimiento que se deriva de esa predicción.
Como se verá en el capítulo siguiente a través de un ejemplo concreto de predicción fallida -el aplazamiento inesperado del regreso del ser amado a la habitación de un hotel en Nueva York-, el castigo transitorio de su ausencia tuvo mucha menos trascendencia que el aprendizaje derivado de la predicción no cumplida; gracias a ella, la mente profundizó en el conocimiento de la mente de la pareja, corrigió las bases de partida de la predicción en el futuro y sacó conclusiones, como se verá, irreversibles.
Ese descubrimiento reciente del funcionamiento de la mente -que debemos al equipo dirigido por el neurólogo británico Chris Fritz- tiene una importancia decisiva en el amor, raramente aprehendida por el subconsciente de los amantes. Sigamos con el ejemplo que acabamos de enunciar.
La protagonista es una persona, como se verá en los dos capítulos siguientes, harto acostumbrada a manipular el circuito cerebral de la motivación y la recompensa para conseguir sus propósitos. Jugando con la perspectiva de la recompensa sexual o la amenaza medida del rechazo casual, los pretendientes terminan ejecutando fielmente la conducta inducida.
La seducción de la recompensa o el temor al castigo al final del trayecto son tan arrolladores para los mamíferos, incluso para nosotros, los homínidos, que los manipuladores del deseo no suelen percatarse de que, siendo importante, la recompensa y el castigo no son el final de la historia, sino apenas su comienzo. Lo esencial para el cerebro -particularmente el de los homínidos- es el aprendizaje vinculado al análisis del grado de error en la predicción efectuada por la mente.
La protagonista de esa historia de amor no cayó en la cuenta de que, en contra de todas las apariencias, el circuito cerebral para la recompensa se perfila como el pilar fundamental de la mente para aprender a sobrevivir e interactuar con el resto. Y eso no se consigue midiendo la intensidad del placer o del dolor provocado, sino el grado de error en la predicción cerebral y, cuando lo hay, señalando el consiguiente cambio de rumbo.
Helen Fisher, antropóloga de la Universidad de Rutgers, Nueva Jersey, Estados Unidos, colaboró con psicólogos, neurólogos y estadísticos para interpretar los datos resultantes de imágenes por resonancia magnética funcional (IRMF) tomadas en Nueva York a personas locamente enamoradas. Compararon esas imágenes con las de personas «normales». Los resultados coincidían bastante con los obtenidos poco antes por Andreas Bartels y Semir Zeki en el Reino Unido en el estudio mencionado en el capítulo 3. En los dos experimentos se activaban zonas neuronales del llamado núcleo caudado y en las personas que llevaban dos años o más enamoradas -no en las otras- se activaban también la corteza cingulada anterior y la corteza insular. Como admite la propia Helen Fisher, no sabernos qué indica esto exactamente.
El núcleo caudado es una región extensa en forma de «C» adscrita al cerebro reptiliano formado mucho antes, más de sesenta millones de años, de que se originara el cerebro de los mamíferos. Ahora sabemos que el caudado es parte integrante del sistema de recompensa del cerebro: la red neuronal que controla las sensaciones de placer, la excitación sexual y la motivación para conseguir recompensas; que planifica, en definitiva, los movimientos específicos para obtenerlas.
Como ya señaló Whittier en la década pasada, la circunvalación angulada anterior es una región en la que interaccionan las emociones, la atención y la memoria relacionada con el trabajo. En cuanto a la corteza insular, recoge los datos procedentes del tacto y la temperatura externa. Contactos de la piel mediante caricias entre personas han revelado la existencia de un tacto límbico que activa directamente la ínsula, generando sentimientos de placer, al margen de la corteza somatosensorial.
«¿Y qué?», se preguntará, lógicamente, el lector. La verdad es que las imágenes de resonancia magnética de las personas locamente enamoradas todavía no nos dejan descifrar la sustancia cerebral del amor. Con toda probabilidad, habrá que escrutar en los genes del comportamiento, suponiendo que existan, o en los receptores de determinadas hormonas que puedan escapar a las exploraciones por resonancia magnética. Pero no tiene sentido desesperarse, porque estamos rozando el descubrimiento de una clave insospechada.