La cultura del amor en el tiempo y el espacio

Las actitudes hacia el amor han cambiado a lo largo de la historia, incluida la más reciente. A la admiración de los griegos clásicos por el amor homosexual le sucedió el repudio cristiano de esa forma de amar que en el siglo xxi ha encontrado, no obstante, un paraguas legal que lo protege en la legislación de los países más avanzados.

Entre los siglos xvi y xviii el amor lesbiano -la canalización de las emociones más profundas de una mujer hacia otra con o sin contacto sexual- no suscitaba reacciones adversas. En su libro Vies des dames galantes, el escritor francés Pierre de Bourdeille, Seigneur de Brantôme (¿1540?-1614), lo describe con todo lujo de detalles. La actitud frente al amor entre mujeres -relaciones emocionales parecidas al amor romántico- cambia radicalmente en el siglo xx. Según Lillian Faderman, profesora de lengua inglesa de la California State University y autora de libros sobre el lesbianismo a lo largo de la historia, las raíces del cambio de actitud hay que buscarlas en la incorporación de la mujer a las relaciones de poder, circunstancia que obligaba, por parte de los varones, a tomar en serio sus comportamientos.

Tal vez el caso de España merezca una mención breve pero especial. Los españoles han descrito mucho mejor el amor divino que el amor humano. Hasta fechas muy recientes, las actitudes hacia el amor sexual han estado dominadas por el pensamiento de escritores árabes del siglo x como Ibn Hazm, que inspiraron gran parte de la literatura provenzal sobre el amor siglos después. A título de ejemplo de la concepción un tanto restringida del amor romántico en la tradición española, vale la pena recordar la opinión de Ibn Hazm sobre el flechazo amoroso al que nos referimos antes. El filósofo árabe lo tiene muy claro: «No puedo sino sentirme atónito cuando alguien me asegura que se ha enamorado a primera vista. Me cuesta creerlo, y creo que su amor es fruto de la concupiscencia».

En una incursión olvidada e interesantísima por el alma amorosa de los españoles, efectuada siglos después por la escritora británica Nina Epton -concretamente en 1961-, se puede constatar el siguiente retrato que no creo que sorprenda a muchos de mis lectores contemporáneos: «El español medio es demasiado orgulloso, demasiado egocéntrico y demasiado intolerante como para poder fundir su personalidad con la de otro ser humano. Un sentido exagerado del honor es un rasgo narcisista característico de los españoles, que son individualistas y amantes del monólogo. No comprenden o admiten el diálogo, y esto complica extraordinariamente la convivencia».

La escritora británica se dirigía a un profesor universitario, español, generoso y bienintencionado, que se prestó a contrastar y valorar los hallazgos de la exploradora de culturas. «¡Mi única esperanza es que nuestro acercamiento a Europa se detenga antes de llegar al estadio en el que se encuentran ustedes, frente a los vastos porcentajes de divorcios, hogares rotos y delincuentes juveniles!», exclamó el profesor.

He querido hacer referencia a los cambios constantes en las actitudes sociales frente al amor para dejar bien claro que el amor en sí mismo no ha variado a lo largo de la evolución. Sigue siendo lo que era hace millones de años. Los que creen en el amor están de acuerdo en que, como dice la escritora Sheila Sullivan, «el sexo está involucrado, la ilusión predomina, la obsesión es inevitable, el grado de control consciente es muy modesto y el tiempo de gloria muy breve».

Es preciso recalcar el carácter ilusorio del amor o, si se quiere, el papel desempeñado también por la imaginación y no sólo por el nivel de fluctuaciones asimétricas y las feromonas. En la historia del arte se encuentran no una, sino varias imágenes bellísimas, incluidas estatuas griegas, que sirvieron de pretexto a más de un admirador para activar los mismos mecanismos que las feromonas regulan en los demás mamíferos. El pintor florentino del Renacimiento Fra Bartolomeo (1475-1517) creó un lienzo de san Sebastián tan sensual y evocador que la reacción del público femenino, perturbado por la imagen, llevó al clero a retirarla. Se diría que el ojo de la mente, en definitiva, puede conectar con los circuitos cerebrales del placer y la recompensa sin necesidad de feromonas.