Soportar a los demás nos hace más inteligentes
La vorágine social del chismorreo mantiene a la gente en un estado de ansiedad y alerta muy superior al que exigiría el simple ánimo de sobrevivir y reproducirse. La ostentación, tanto como su inversa -«que no se note demasiado»-, obligan a ejercicios mentales cada vez más alambicados para intuir lo que piensan los demás.
La vida social en Manhattan, Nueva York, arroja claros ejemplos, en el contexto de la ultramodernidad, de esos procesos mentales tan alambicados. La liturgia en torno al dating, es decir las citas amorosas, sorprende a los recién llegados de otras latitudes menos modernas. El promotor de la cita asume, invariablemente, el coste económico de la primera cena. Hacer el amor es un objetivo que puede anticiparse para la tercera cita. Los dos géneros aceptan que la realización del deseo no tiene por qué estar vinculada al amor. La premura de tiempo, sumada al ritmo acelerado del trabajo y otros compromisos, obligan a la ejecución paralela de varias citas para no retrasar en exceso la necesidad imperiosa de hacer el amor. En todo este proceso, la existencia de un rito con sus procedimientos suaviza las exigencias de lidiar con la búsqueda del placer sexual, pero no libera, por supuesto, de la necesidad de desarrollar la inteligencia social.
La vertiente positiva de este estado de ánimo es un aprendizaje constante de los avatares del dominio social y el desarrollo de la inteligencia. Ningún otro animal sería capaz, por supuesto, de tanto desafío innecesario y continuado para azuzar los mecanismos cerebrales de los demás. En el resto de los animales, la convivencia con humanos sobreexcitados, por grados extremos de sociabilidad, también desembocó en niveles de inteligencia más elevados para ellos.
Nicholas Humphrey da un paso más, aduciendo que la interacción continuada con organismos equipados con habilidades mentales semejantes, cuyas motivaciones pueden ser muy mal intencionadas, genera demandas formidables e imperecederas de profundizar en el conocimiento de las cosas y las personas. El que no se espabila en un entorno así pierde, seguro, la partida. En este sentido, el amor ha sido un estímulo constante para la innovación. Partiendo del puro encontronazo de una mujer y un hombre en un aeropuerto, hace falta cavilar mucho, como acabamos de ver en el contexto de Manhattan, para dar cabida a lo que llamaba antes «una motivación mal intencionada», como la de darse un beso más tarde y hacer el amor.
Algunos primates sociales viven aislados en parejas. Otros, en la más absoluta promiscuidad. Los humanos suelen vivir emparejados, rodeados por infinidad de otras parejas. Es una situación excepcional con relación a otras especies. En un entorno así, resulta imprescindible descifrar lo que está cavilando el cerebro del interlocutor o el vecino. E, invariablemente, las especulaciones giran en torno a conductas discutibles, a las fragilidades o negocios del que está ausente, los sentimientos, la sexualidad, la envidia, la música y el arte.
El lenguaje -que requería un cerebro importante- nunca fue diseñado para entenderse, sino para confundirse. Por lo demás, todavía hoy podemos comprobar que las modalidades del habla, como el tono o el timbre de la voz, equivalen a más del 60% del contenido reflejado en la conversación. Cuando dos rostros pretenden expresarse, la mirada absorbe un 70% del esfuerzo. Y en el amor, es imposible enamorarse sin mirar fijamente a los ojos. El lenguaje corporal y el inconsciente son imprescindibles para barruntar lo que está pasando por la cabeza del otro.
Así llegamos a otra importante contribución evolutiva a los mecanismos del amor. Se la debemos al joven profesor de psicología de la Universidad de Nuevo México Geoffrey Miller, para quien «la neocorteza es, básicamente, un mecanismo para seducir y retener a la pareja sexual: su función específica evolutiva consiste en entretener a los demás y valorar, a su vez, sus intentos de estimularnos». Geoffrey se fija, particularmente, en la música y el arte, construyendo el concepto de entretenimiento como puntal básico de la selección sexual.
Cuando se contempla cómo se desparrama la actual demanda de entretenimiento, no sólo en los periodos de ocio, sino en clase y durante la jornada laboral, resulta difícil cuestionar la tesis de Miller. Que nadie pretenda enseñar sin entretener. De la misma manera que se procura adornar el trabajo puro y duro con una cultura corporativa. Así es más fácil entender por qué somos como somos. Nos cautiva que nos entretengan y nos arranquen de la soledad.
«Eduardo, si pudiéramos tirar una bola del tamaño de la Tierra contra el firmamento -el físico amigo al que me refería en el primer capítulo investigaba en el perímetro de Toronto, Canadá-, las posibilidades de que esa bola chocara con algún otro cuerpo son prácticamente nulas. Las distancias estelares son inconcebibles».
No obstante, el cielo -como ocurre con un barrio urbano- parece repleto de estrellas. La distancia entre los humanos, a juzgar por el peso de la soledad, también es engañosa. Esta soledad es la base de la demanda creciente de entretenimiento que lo inunda todo y la materia prima de la selección sexual. A pesar de la proximidad, la distancia que separa a unas personas de otras se asemeja a las estelares. Tanto la ostentación unas veces, como los comportamientos recatados o las actitudes defensivas otras, han convertido aquellas distancias en insondables. La contrapartida es una demanda de entretenimiento sin fin que induce a los actores a competir y seducir.
Un pavo real con la cola desplegada, su gran instrumento de seducción.
Incordiar al vecino o entretenerle pueden parecer actividades demasiado frívolas en el contexto de la selección natural. El amor, como cualquier otra característica o singularidad de los animales, ha sido modelado por la selección natural. Es cierto que la selección natural está reñida con lo superfluo y, por ello, cualquier característica inútil saldrá, finalmente, del patrimonio genético. Sin embargo, los seres vivos poseen características que parecen frívolas o decorativas, como ocurre con la cola del pavo real: la cola no le ayuda a volar mejor, o más alto, ni puede ser usada como arma. Más bien lo contrario: la cola majestuosa le convierte en presa más fácil de los depredadores.
Darwin fue el primero en sugerir que el macho o la hembra de una especie pueden adquirir características superfluas si éstas son percibidas como atractivas por el sexo opuesto, ofreciendo así una ventaja sobre los rivales sexuales.