Epílogo

Auteuil,

jueves, 20 de junio de 1918

El joven oficial se paró delante del portal de la calle Boileau, 67, y alzó la vista hacia la placa de la fachada que lucía las palabras grabadas: «Laboratoire Aérodynamique Eiffel». Dio su nombre al guarda y fue recibido por un colaborador del jefe.

—Soy Antonin Lapresle —dijo este—. Siento todas estas precauciones, pero usted mejor que yo sabrá que el conflicto no ha terminado, capitán.

El laboratorio había sido puesto a disposición del Ministerio de la Guerra y la Marina por parte de Eiffel. Lapresle llevó al militar a visitar la nave en la que habían instalado el inmenso túnel aerodinámico.

—Estamos a la cabeza de las investigaciones sobre la resistencia del aire y gracias a eso hemos podido crear nuestro propio avión rápido —explicó.

—De ahí mi presencia —dijo el oficial antes de dar la visita por concluida.

—De ahí su cita con el señor Eiffel —convino el asistente—. Mire, está en el puesto de mando —indicó, señalando una ventana de la planta superior en la que se recortaba una silueta—. Es hora de subir a verle.

A sus ochenta y cinco años, Gustave Eiffel conservaba aún la misma mirada resuelta y solo su cuerpo le había impuesto nuevas limitaciones. El capitán lo saludó respetuosamente. Él no había nacido cuando emergió de la tierra la torre de trescientos metros y estaba impresionado de conocer a un hombre que era la admiración de sus padres. El industrial, sin embargo, no había disfrutado mucho tiempo de la aureola del éxito que coronaba el monumento que llevaba su nombre. En 1893 estallaba el escándalo de Panamá, que iba a llevarlo junto a Ferdinand de Lesseps ante los tribunales y cuya herida no se borraría jamás. Desde entonces, se había refugiado en la investigación con una humildad nueva que despertaba admiración en todos y había retomado uno de sus primeros amores: el viento.

—Estimado señor, siendo a mi edad el tiempo mi posesión más preciada, iré directo al grano —dijo Eiffel después de haberlo calado enseguida con la mirada—. Mi colaborador le ha presentado el L.E., nuestro proyecto de avión de gran velocidad, una concepción innovadora.

—Me ha mostrado los planos. Es audaz haber instalado las alas bajo el fuselaje.

—Bien sabe usted que las primeras pruebas acabaron con un accidente, que achacaré a la inexperiencia de nuestro malogrado piloto.

Eiffel se acercó a la ventana que daba a la sala de experimentación, con las manos cogidas detrás de la espalda, mientras los técnicos instalaban una maqueta de dirigible delante de la inmensa rejilla del túnel.

—Todas mis realizaciones son resultado de investigaciones y cálculos —explicó—. Nada es fruto del azar. Habrá siempre una parte de riesgo, pero hacemos todo lo posible por controlarla. —Se volvió hacia el militar—. Estoy negociando la construcción de un nuevo prototipo. Usted, capitán, es un as de la aviación de caza. ¿Aceptaría ser el piloto de nuestras pruebas futuras?

—Será un honor, señor Eiffel.

La conversación derivó hacia los detalles técnicos de los vuelos previstos y concertaron una reunión de trabajo. Lapresle acompañó al militar a la salida después de un apretón de manos con el que sellaron la nueva colaboración.

Eiffel estaba aún sumido en meditaciones, mirando la nave del túnel aerodinámico en la que los motores del ventilador giraban a pleno rendimiento, cuando volvió su colaborador.

—Creo que hemos encontrado a nuestro hombre —dijo, frotándose las manos.

—Lo más difícil va a ser convencer a Bréguet —apuntó Eiffel, atemperando sus ánimos.

—Acaba de llegar el correo, señor —añadió el colaborador, tendiéndole un fajo de cartas—. Estaré en el hangar, por si me necesita.

El anciano ingeniero bajó a su despacho, se calzó las gafas y revisó la correspondencia. De pronto, se detuvo en una carta enviada desde España.

—Granada… —murmuró al ver el matasellos, y los recuerdos empezaron a afluir a su mente.

Rasgó el sobre y sacó un papel milimetrado, fechado el 10 de septiembre de 1889.

—El registro de la altitud…

Comprobó varias veces el gráfico para estar seguro de no haberse equivocado y luego se dejó invadir por el júbilo.

—¡Lo hizo! ¡Lo consiguió!

Eiffel se había puesto en pie, iba de un lado para otro por la pequeña sala, transportado veintinueve años atrás.

—¡Lo hizo! —repetía.

—¿Va todo bien, señor? —preguntó Lapresle, que había entrado sin llamar, alertado por sus voces.

—Sí, Antonin, estoy bien, ¡estoy muy bien! —respondió, dándole un abrazo que dejó atónito a su colaborador—. Vaya inmediatamente a Juvisy-sur-Orge. Un mensaje urgente para el señor Flammarion.

Redactó una nota y se la entregó con la orden terminante de esperar la respuesta. La mañana pasó sin que se diera cuenta, llena de recuerdos de Clément.

Lapresle regresó tres horas después con la misiva del astrónomo.

«Estaba seguro de ello —había escrito Camille—, siempre lo supe. ¡Lo había predicho Eusapia!».

Ese día Eiffel volvió pronto a su hotel particular de la calle Rabelais y se encerró mucho rato en la biblioteca, con el récord en las manos, imaginando lo que Clément habría vivido a dieciséis mil doscientos metros por encima de ellos.

El anciano, al que la vida había dado alegrías y sinsabores, que había conocido los más grandes honores antes de perderlos, estaba feliz, simplemente feliz por haber formado parte del trío de aquella hazaña única, que nunca nadie conocería jamás.

Eiffel escondió cuidadosamente el registro.

—Lo conseguimos —murmuró—. Hablamos de tú a tú con ese Dios que no podía esconderse eternamente allá arriba, ¿verdad, Clément?

A partir de ese momento supo que el espíritu de los pioneros seguiría vivo. Para siempre.