XXX

84

París,

viernes, 6 de marzo de 1885

El conservador del Louvre rodeó la mesa de su despacho para acercarse a saludar a Alicia con un besamanos.

—La vamos a echar de menos, señora Delhorme —dijo, invitándola a tomar asiento—. Ha sido una colaboración breve, pero sepa que, aquí, todos nosotros hemos sabido valorar su talento.

Alicia había llevado a cabo la restauración de tres cuadros, tras lo cual había anunciado su intención de regresar a la Alhambra. El hombre trató de retenerla, para que no se dijera, ofreciéndole un sueldo regular, que ella declinó amablemente. Entonces se lanzó a un discurso encendido sobre el amor de los artistas franceses por el arte español, en particular el de origen árabe, y sobre los palacios de la Alhambra, que citó uno por uno en una retahíla bien aprendida. Ella lo escuchó con paciencia y reparó en que el cuadro de la pared había sido cambiado por otro: una inmensa pintura naturalista había sustituido el retrato de Diderot. Fuera, la lluvia azotaba los cristales al ritmo de los aguaceros. Alicia disimuló su tristeza con una sonrisa amable.

—Permítame pedirle un favor —concluyó el conservador—. ¿Querría acoger cada año a un aprendiz de restaurador del Louvre para completar su formación?

Alicia, sorprendida, empezó a farfullar una respuesta formal. Pero entonces cambió de idea.

—Será bienvenido, o bienvenida. Por mi parte, también tengo una petición que hacerle.

—Si está en mi mano, dela por concedida —se pavoneó él.

A pesar de la diligencia con que sus hijos se lo habían ocultado, Alicia se había fijado enseguida en la pintura al fresco procedente de la Alhambra. Y había imaginado, sucesivamente, que la desmontaba para reenviársela a Contreras, que interponía una demanda contra el museo, que alertaba a la prensa española y que, en última instancia, apelaba a Jules Ferry, después de todo lo cual se había dejado convencer por Clément para no hacer absolutamente nada. Pero las tornas habían cambiado.

Alicia hizo gala de grandes dosis de diplomacia para explicarle al representante del museo más grande del mundo que la obra expuesta provenía de un saqueo de la Alhambra, antes de convertirse en una donación de un generoso mecenas. El hombre se puso colorado como la grana.

—Le confesaré que su intervención me tranquiliza, señora Delhorme —dijo, contra todo pronóstico—. Hace veinticinco años que somos conscientes de ello: el señor Théophile Gautier ya nos lo hizo ver, al igual que el señor Mérimée.

—Me temo que, si ellos no tuvieron éxito, mi intervención no sea otra cosa que ilusoria. El único remedio que me queda es robarla —concluyó con gesto serio.

—¡Dios mío, madame, se lo ruego! —exclamó el conservador levantándose como si quisiera impedírselo.

—Y, como acabo de confesárselo, usted será considerado mi cómplice —continuó ella, levantándose a su vez—. A menos que encuentre usted otra solución.

—Dios mío —repitió él—. Quizá haya una…

—¿Cuál?

—Un trueque. Es algo que se practica con asiduidad entre los grandes museos cuyos países se han llevado botines de guerra. Podemos restituir esa pintura al fresco a la Alhambra, a cambio de un lienzo galo expuesto en el Prado. Llevará su tiempo, claro, pero con su ayuda deberíamos poder llegar a buen puerto.

—¡Esta sí que es la única noticia agradable de estos últimos días! —afirmó ella, marchándose ya—. Cuenta usted con toda mi gratitud, señor.

Él la acompañó a la entrada del Patio Cuadrado y se quedó mirándola mientras ella se alejaba con la cabeza bien alta a pesar del mal tiempo, orgulloso de poder mantener un vínculo con aquella mujer que lo tenía fascinado. En cuanto a Alicia, no terminaba de regocijarse con esa posible solución, que resultaba satisfactoria, respecto a la pintura. Desde que habían recibido el telegrama, vivía presa de una gran tribulación y todos sus seres queridos daban vueltas a su alrededor sin que ella lograse fijar la mente en nada. Debía partir, debía apoyar a Kalia en sus horas difíciles: una semana antes, poco después de volver del hospital al Palacio del Mexuar, Mateo había fallecido; el tejido renal se había necrosado por culpa de una infección.

Victoria respondió con unas líneas de su puño y letra una carta de una clienta castellana que solicitaba unas muestras de tela y dejó el sobre en la canastilla del correo de salida. Se estiró levantando los brazos y se dio cuenta en ese instante de que acababa de pasar sus últimos minutos en Le Bon Marché. Hizo una seña a sus compañeras, sentadas a la enorme mesa de trabajo que durante tantos meses habían compartido sin realmente llegar a conocerse, subió a la oficina de la dirección en la que fue recibida durante unos minutos por la señora Boucicaut en persona, bajó al vestuario a cambiarse y se encontró con Irving, que la esperaba en el anexo, con la chaqueta sobre los hombros. Cogieron el ómnibus que cruzaba París de sur a norte, hicieron transbordo en la línea D y caminaron diez minutos hasta Prony. El coche de Eiffel se hallaba estacionado delante de la puerta, donde el cochero trataba de encajar un tercer baúl encima del techo. Clément, dirigiendo las maniobras desde la ventana, intentaba explicarle, sin éxito, las leyes de distribución de masas.

—¿Y Javier? —le preguntó Victoria, quien recibió como una bofetada la respuesta negativa de su padre.

Entró en el piso con gesto adusto y se puso a comprobar que lo tenía todo, con tal de no llorar. Se le cayó una pila de ropa, trató de doblarla pero, al estar demasiado nerviosa, solo consiguió arrugarla más. Al final lo metió todo de mala manera en el baúl, lo cerró de un golpe seco y se cogió la cara con las dos manos sin poder contener más el llanto. Su madre la abrazó y la meció dulcemente sin decir nada.

La muerte de Mateo había sido una onda expansiva para toda la familia. Al día siguiente de producirse, Alicia había anunciado su intención de regresar. Clément se lo había tomado con resignación, casi con un sentimiento de alivio, mientras que Irving no quiso ni oír hablar de dejar de trabajar con Marey. Victoria se había sentido desgarrada por una elección que nadie le pedía que hiciera pero que ella se había impuesto. No quería dejar sola a su madre, estaba deseando volver a casa, su refugio que tan dichosa la había hecho, pero amaba a Javier y se sentía dispuesta a seguirlo hasta el fin del mundo. Él había intentado convencerla, su viaje juntos solo duraría unos meses, al cabo de los cuales retornarían a Granada. Alicia la animaba a ello. Cada uno de sus hijos debía seguir su propio camino. El lunes anterior, Victoria había tenido una pesadilla en la que su madre moría asfixiada por una crisis de asma, ante sus ojos. La decisión estaba tomada. Javier, que no se esperaba aquella decisión, no había vuelto a dejarse ver desde ese momento.

—Pues menudo imbécil —dijo Irving cuando se puso en movimiento el coche, con el habitáculo bamboleando bajo el peso del equipaje—. Así se lo diré en cuanto lo vea.

—También él está muy disgustado —terció Alicia—. Mateo no era su padre, pero lo quería mucho. No sabe cómo expresarlo. Ya se le pasará.

—Pues entonces ¿por qué no viene? —replicó Irving—. Aunque solo sean unos días, como yo. Por Kalia.

—El desmontaje de la estatua lo tiene muy ocupado —apuntó Clément.

Victoria se volvió una última vez para ver la Libertad iluminando el mundo, cuyo busto sin cabeza ni brazo derecho descollaba entre los tejados. Pronto no quedaría nada de ella. Hicieron el trayecto en silencio. El coche paró en la plaza de Rennes, cerca del quiosco de flores. Dos mozos de cuerda se ocuparon de los baúles después de que Clément les hubiera indicado la vía del tren de Burdeos.

Juliette se había reunido con ellos y los abrazó a todos, largamente; también a Irving, quien sonrió por primera vez en todo el día.

—¡Oye, que yo vuelvo dentro de dos semanas! No me va a dar tiempo a olvidarme de ti —bromeó.

—Y además tienes que pasar forzosamente por delante del quiosco cuando regreses y salgas de la estación, no tienes elección —dijo ella—. Bueno, tengo que irme, que hay clientes esperando. Sobre todo, cuídense —concluyó, y volvió corriendo al quiosco.

Montparnasse, que respiraba al ritmo de las grandes líneas ferroviarias, se preparaba para las salidas de mediodía. Los viajeros, a punto de compartir su vida durante el tiempo de un trayecto, iban confluyendo hacia los andenes. «En los momentos importantes, lo que uno más retiene son los detalles», pensó Victoria, fijándose en la familia de herrerillos que habían montado su nido en el ángulo de una de las viguetas del andén. Los padres revoloteaban en busca de comida y luego volvían para depositar los gusanos o las migas de pan en los picos de las crías que eran lo único que asomaba del nido. Victoria envidió la felicidad primitiva de los pajarillos. Su padre lo echaría de menos.

Los mozos los estaban esperando delante del compartimento del vagón número 5, donde habían colocado sus bártulos. Clément les pagó e invitó a su mujer y sus hijos a subir.

—Esperemos un poco más —propuso Alicia.

—Esperemos hasta el último minuto —aprobó Victoria, que miraba con ojos escrutadores a la multitud esperando ver a Javier.

—Si no aparece, no volveré a dirigirle la palabra —juró Irving para consolar a su hermana.

Clément y Alicia se habían alejado unos pasos.

—Bueno, pues aquí estamos —dijo él, cogiéndole las manos—. El instante tan temido.

—Te pido que confíes en mí, esposo mío. Pienses lo que pienses. Mírame, mírame a los ojos. Te quiero, Clément. No quiero a nadie más. Eso lo sabes, ¿verdad? —añadió, entrelazando sus dedos con los de él.

—Sí —respondió sosteniéndole la mirada—. No dudo de tus sentimientos. Haré todo lo que esté en mi mano para regresar tan pronto como superemos el récord, pero ¿tendrás la fuerza necesaria para esperarme?

—Estos años no son más que unos parpadeos en comparación con la eternidad. Y, además, vendré con regularidad.

—¿Entre dos parpadeos? —dijo él, acercándose para besarla.

Victoria dio un grito de sorpresa que hizo pararse a todo el mundo alrededor de ellos. Había divisado a Javier entre un grupo de sacerdotes. Corrió hacia él y juntos desaparecieron por el vestíbulo central.

—No te preocupes, volverá —le aseguró Clément.

—No me preocupa mucho que no vuelva —respondió Alicia—. Venga, acompáñame al compartimento.

Habían atravesado la estación y Javier se la había llevado a un aparte, lejos de la agitación, a la sección de los trenes de cercanías que se encontraba desierta desde la última salida.

—Sé lo que me vas a decir y estoy de acuerdo contigo —se adelantó él—. No soy más que un burro.

—Más cabezota que Barbacana.

—Peor aún que vuestra mula —concedió él—, y lo siento. En vez de estar enfurruñado, debí haber pasado estos últimos días a tu lado.

—Debiste, sí.

—No tengo perdón, excepto que te quiero. No te lo he demostrado como debía, pero te quiero.

—De poco nos sirve ahora que me voy… ¿Pensarás en mí todos los días?

—¡A cada instante!

—¿Me escribirás todas las semanas?

—¡Varias veces cada semana!

—¿Regresarás de América?

—¡En cuanto quede puesto el último remache! Mi único deseo es volver a tu lado. En Granada seremos felices. He escrito a Jezequel y necesita un ingeniero para su fábrica de gas.

—Entonces ¡bésame!

Él la tomó en sus brazos con una torpeza impropia de él. Su sinceridad y su emoción eran manifiestas.

—Llévame al tren, rápido —dijo ella tras echar un vistazo al gran reloj de la pared.

—Espera —dijo él cuando ella quiso tirar de su mano—. Toma, esto es para ti.

Javier le tendió un pequeño estuche cuya naturaleza no dejaba lugar a dudas.

—No me ha dado tiempo a hacer las cosas como es debido de cara a tus padres, pero acepta este anillo en prenda de mi amor por ti. En fin, creo que es así como uno se declara en Francia —terminó, y abrió la cajita. Él mismo le puso el anillo en el anular izquierdo. Era una sortija de plata con una piedrecita de opalina blanca—. Es demasiado grande —dijo, consternado, al verla puesta—. Pero era la única a mi alcance. El vendedor acababa de recibirla de un deudo de alguien y no tuve elección —se justificó.

Victoria vio entonces las huellas del desgaste en el metal.

—No pasa nada —relativizó ante la cara de chasco de su novio—, el platero del Zacatín la ajustará a mi talla. Me encanta. Y estoy segura de que tiene una historia preciosa con su anterior dueña. Eso es importante en las piedras.

El silbato de vapor emitió el primer pitido.

—¡Deprisa!

Fueron corriendo hasta el andén, donde los primeros vagones estaban envueltos en el penacho blanco producido por la locomotora. Clément les hizo señas a lo lejos. El maquinista tiró una segunda vez de la cuerda, matizando los sonidos.

—Javier te lo explicará —dijo a su padre, antes de plantarle un beso en la mejilla e irse con Irving, que la ayudó a subir al estribo.

Se apostaron en la ventanilla y, en cuanto el convoy se puso en marcha, agitaron mucho los brazos para despedirse. Alicia, sentada, se resistía a cualquier muestra de efusividad. Había cerrado los ojos y Victoria comprendió que estaba rezando.

85

París,

viernes, 22 de mayo de 1885

Día tras día, la Libertad iluminando el mundo había ido deshojándose a medida que avanzaba su desmontaje, hasta que no quedó de ella más que un esqueleto metálico, el cual a su vez, en cuestión de dos semanas, menguó y desapareció del paisaje urbano como si lo hubieran carcomido unos insectos invisibles. La visión de la calle de Chazelles sin su estatua causó una fuerte impresión en los parisinos, que seguían acudiendo en masa al lugar en el que había sido erigida con la inconsciente esperanza de verla reaparecer, como si en el último instante no hubieran podido decidirse a desprenderse de ella. Al otro lado del Atlántico, las obras de erección del pedestal habían quedado paralizadas por falta de financiación. El 15 de marzo Joseph Pulitzer había lanzado en su periódico The New York World un último llamamiento a colaborar. Mientras Estados Unidos estaba a punto de recibirla con cierta indiferencia, los franceses la echaban ya en falta.

Javier había viajado a Ruán con las doscientas diez cajas, en cada una de las cuales iba un pedazo de la Libertad. La víspera, había enviado un telegrama a Irving justo antes de embarcar en el Isère, en el que la habían cargado, para pedirle que mandase una carta a Victoria, a quien no había podido escribir desde hacía dos semanas por haber estado demasiado ocupado con el traslado. Y durante los meses que iba a durar la travesía no podría darle noticias.

Irving entregó la carta para su hermana en la estafeta de la avenida Hoche y se fue a la Station Physiologique del Parque de los Príncipes, donde se reunió con Georges Demenÿ. El ayudante de Étienne-Jules Marey estaba peleando con una cabra recalcitrante.

—Se niega a pasar por delante de la pantalla —renegó él—. Te lo juro, empiezo a estar hasta la coronilla de los animales: los caballos dejan toneladas de cagajones, los gatos me arañan, los perros se paran y se ponen a ladrar como idiotas, los pájaros se las ingenian para no pasar nunca por delante del objetivo y las cabras ¡ni te cuento! Los únicos que resultan ser obedientes son los militares —concluyó, lanzando una mirada al hombre vestido con un traje completamente blanco, excepto la pernera izquierda, pintada de negro, que estaba fumando sentado en un murete al otro lado de la pantalla negra—. La dejo contigo —dijo con un suspiro, señalando al animal, que había arrancado un manojo de hierba y la mascaba despreocupadamente.

Demenÿ se colocó delante del aparato de toma de vistas, introdujo una placa fotográfica e hizo una seña a los dos hombres para indicarles que estaba listo. El recluta, agitando unas hojas, intentó atraer a la cabra al otro lado de la pantalla, mientras Irving la empujaba hacia él. El animal se negaba a dar un solo paso y, sintiendo que se intensificaba la tensión, dio media vuelta de repente y se escapó por el prado de la propiedad, sin hacer el menor caso de los tres comparsas hasta que estos dejaron de interesarse por ella. Viendo que había acabado el juego, la cabra volvió y se acercó a dos metros de ellos y baló para incitarlos.

—No podemos perder más tiempo con ese animal estúpido —dijo Demenÿ agitando las manos para tratar de espantarla.

—¿Y la ropa negra? —preguntó Irving—. Me la voy a poner y cruzaré la pantalla con ella.

—Bueno, podemos probar. Pero es la última oportunidad. ¡Y después nos hacemos unos jamones con ella! Está todo en el vestuario, al lado del despacho del jefe. Mientras te esperamos, vamos a tomar unos clichés andando —indicó Demenÿ al hombre de blanco.

Irving encontró unas prendas de vestir de su talla en el baúl, se tiznó el rostro con un trozo de carbón, se puso unos guantes y observó el resultado en el espejo: tenía las trazas de un caco, uno de esos personajes aventureros de los folletines de los periódicos que tanto le gustaba leer.

Al salir oyó la voz de Marey, conversando animadamente con una visita.

—Siempre un placer y un honor verlo, alteza.

—Sepa que el placer es mutuo. No solo he venido en calidad de vecino, también de admirador de su trabajo, estimado amigo —respondió el otro.

Los estudios del médico le habían granjeado fama internacional, y muchos invitados de alcurnia se dejaban caer por la estación del Parque de los Príncipes, impidiéndole consagrarse plenamente a sus experimentos, de lo que Marey se quejaba de vez en cuando.

—¡Te toca! —le voceó Demenÿ, plantado detrás del aparato de toma rápida de vistas.

Irving avanzó por delante de la pantalla negra y la cabra lo siguió dócilmente. Le había dado a probar una hoja de berza y se había guardado la otra mitad, escondiéndosela en el puño cerrado.

—¡Triunfo del hombre sobre el animal! —exclamó, divertido, Demenÿ retirando la placa.

Desapareció en la cámara oscura ambulante y salió a los diez minutos.

—Está perfecta, no hace falta repetir. Ya puedes cambiarte.

—¿Podemos hacer otro experimento? —sugirió Irving.

—¿De qué tipo?

—No tiene nada que ver con los trabajos del señor Marey, pero es que he tenido una idea. Me vas a fotografiar mientras paso por delante de la pantalla con esto —dijo enseñándole una pelotita blanca.

En cuanto Demenÿ estuvo preparado, Irving pasó por delante de la pantalla negra trazando unos signos invisibles con la mano en la que llevaba cogida la pelota.

—¡«Marey»! —exclamó el asistente después de haber revelado la placa.

El nombre de su patrón aparecía inscrito sobre la fotografía con un trazo blanco.

—¿Para qué puede servir esto?

—Para nada. Solo era un juego. ¿Hacemos otra más?

La pelota parecía moverse por sí sola delante de la pantalla, lo que hizo reír al militar, que los observaba desde el murete.

—¡«Demenÿ»! —gritó el asistente saliendo de la cámara oscura con la placa—. Pero ¿cómo has hecho para poner los puntitos de la y?

Irving tapó la pelota con la mano izquierda y volvió a destaparla.

—Las posibilidades son infinitas —concluyó—. La cronofotografía se va a convertir en un arte, hazme caso.

—Pero aquí no estamos para eso —lamentó Demenÿ—. Volvamos con los quintos, vamos a hacerlos correr otra vez —dijo al ver a Marey y a su visitante en la entrada de la villa.

Los dos hombres los observaron de lejos mientras ellos fotografiaban una marcha y después una carrera. Luego se acercaron para admirar el resultado en las placas. Marey interrogó con la mirada a Irving acerca de su atuendo, pero no hizo el menor comentario en presencia de su invitado, a quien pasó a explicar el resultado de sus trabajos:

—Gracias a esta aplicación, he podido estudiar la trayectoria de las diferentes partes del cuerpo, algo que no se había hecho nunca hasta la fecha.

—¿Sabe que me ha hecho ganar un montón de dinero, querido amigo? Había apostado por su teoría de que los caballos nunca tienen las cuatro herraduras a la vez en el aire en fase de extensión.

—Pues se arriesgó lo suyo, alteza; tenía a todos los científicos en mi contra.

—Pero las fotografías lo han demostrado. Siempre me ha gustado el riesgo y he admirado a los pioneros. En cualquier caso, encantado de haberle hecho esta visita —dijo con un ademán de despedida—. Caballeros —añadió dirigiéndose a sus ayudantes, a quienes se dignó mirar por primera vez, tras lo cual se alejó de allí.

Marey lo acompañó unos metros, hablándole en voz baja, le estrechó la mano y dejó que abandonara la propiedad en compañía de su escolta, que se había acercado a su encuentro.

—Es vecino nuestro —dijo el médico, adelantándose a la pregunta—. Miembro de la casa imperial de Rusia. El príncipe Yusúpov. Y ahora, Irving, me va a explicar usted… Pero ¿qué le ha dado? ¿Adónde va? —preguntó mientras el joven salía corriendo—. Pero ¿adónde va este ahora? —preguntó a Demenÿ, igual de sorprendido que él.

El nombre del príncipe le había causado el mismo efecto que un disparo de fusil. Había tenido delante al hombre por el cual se había fugado su hermana, el hombre al que su padre había tratado de encontrar durante tres años, el único que podía aún ayudarlos a localizar a Nyssia. No debía, no podía dejarlo marchar.

Irving corrió como nunca había corrido, como si le fuera en ello la vida. Saltó la barrera de la entrada, llegó al vestíbulo dando traspiés y cayó de bruces golpeándose la mandíbula en el impacto. Luego se levantó gritando en dirección al príncipe. Su escolta, viendo al improbable Otelo abalanzarse hacia ellos dando gritos, desenvainó el sable, determinado a impedirle el paso, mientras el edecán del príncipe lo protegía con el cuerpo.

—Esperen —dijo Yusúpov—, es uno del equipo de Marey. Déjenlo que se acerque.

Irving, que se había parado en seco delante del filo del sable, se dejó acompañar hasta el príncipe. El joven estaba jadeando y de la boca le colgaban unos hilillos de baba ensangrentada. Escupió y recuperó el aliento antes de dirigirse al príncipe.

—Señor… Alteza, he de hablarle, es muy importante.

—Más le vale. De lo contrario, informaré a Marey —respondió fríamente el hospodar.

Irving le miró a la cara con interés, cosa que no se había atrevido a hacer en la Station Physiologique. Le pareció un hombre como otro cualquiera, con la cara alargada y enmarcada en unas espesas patillas anchas que iban estirándose hasta convertirse en un bigote recortado, y sus ojos transmitían esa lasitud ociosa propia de la nobleza.

—Usted conoce a mi hermana, Nyssia Delhorme.

—Se equivoca, joven, yo no conozco a nadie con ese nombre —afirmó Yusúpov.

—Alteza —intervino el edecán—, hace tres o cuatro años un desconocido nos hizo la misma pregunta. Era tan insistente que nos vimos obligados a hacer intervenir a la policía. No me pareció oportuno hablarle del incidente.

—Pero ¿qué quería? ¿Y qué quiere usted?

—Era mi padre. Somos de Granada, de la Alhambra. ¿No se acuerda de la fiesta que dio allí en 1877?

La mirada del príncipe era interrogante. Irving se limpió rabiosamente con el pañuelo la película negra de carbón que le cubría el rostro para mostrárselo. Yusúpov se acercó a él y lo miró atentamente antes de retroceder. Los rasgos de su cara se habían suavizado: acababa de comprender.

—Tiene sus ojos… Sepa que su hermana reside muy cerca de aquí y que se hace llamar Verónica Franco —anunció con frialdad.

La situación parecía haberlo pillado tan por sorpresa como a Irving.

—¿Puedo verla, alteza? ¿Puedo verla?

«Por favor», gritó en su fuero interno.

—Venga a verme el martes próximo. Doy una fiesta. Allí verá a su hermana, pero es probable que se lleve una sorpresa. Mi edecán se pondrá en contacto con usted.

Le ardía la boca, le dolía la lengua, que se había mordido al caer; los oídos aún le pitaban de la caída. Pero se sentía ligero y feliz. Nyssia estaba allí, a menos de cien metros de él. Siempre había estado allí. Habría podido incluso cruzársela a lo largo de esos últimos seis meses. La vida era a veces tan fácil como en la Alhambra. Estaba impaciente por que le contara cómo era su nueva existencia. Entendió entonces cuánto había echado de menos a Nyssia. Pero decidió no decirle nada a su padre antes de reencontrarse con ella.

Marey estaba todavía al lado de la pantalla en compañía del resto del equipo. Tenían todos cara de abatimiento. El soldado fumaba nerviosamente, Demenÿ estaba de pie, agotado, con las manos apoyadas en la nuca, y el médico clavaba la vista en el suelo.

—Pero qué caras son esas. Que hoy es un día dichoso: ¡he encontrado a mi hermana! —anunció alegremente Irving.

—Hoy es un día muy triste, muchacho —dijo Marey—. Victor Hugo acaba de morir.

86

París,

martes, 26 de mayo de 1885

Un único titular ocupaba todos los periódicos desde el 23 de mayo. Francia se sentía huérfana. «Nos ha dejado Victor Hugo. Me tiembla la mano al anunciar esta catástrofe irreparable», había escrito Auguste Vitu en Le Figaro. «¡Qué catástrofe estrepitosa como un trueno ensordecedor, qué mazazo, qué vertiginoso abismo se ha abierto súbitamente ante nuestros ojos anegados por las lágrimas!», había dicho Théodore de Banville en Gil Blas, resumiendo el estupor generalizado de todo un pueblo.

Por su parte, Irving llevaba sumido desde hacía cuatro días en una gran confusión, oscilando entre una alegría que debía disimular y una tristeza que no lograba expresar. Cuando toda la nación se preparaba para acompañar al poeta en unas exequias nacionales, Irving se disponía a restañar una herida de la familia que llevaba más de tres años abierta.

Clément cerró su periódico, incapaz de concentrarse. Se había instalado con su hijo en la plataforma abierta del ómnibus, de la que habían huido los otros viajeros por el viento que soplaba. Le parecía que Irving vivía en una nube desde la muerte del escritor, pero estaba convencido de que no tenía nada que ver con eso. Se lo había dicho a Juliette, quien también había reparado en ello y tampoco le encontraba explicación.

—Me ha enviado unas líneas el doctor Pinilla —dijo Clément, levantándose el cuello del abrigo—. Quiere estar presente en el funeral, sin falta, para rendir un último homenaje al gran hombre.

—¿Llegará a tiempo?

—Salió ayer y debería llegar la víspera del entierro. Se alojará en casa.

—Me da pena por él —dijo Irving levantándose—, pero a la vez me alegraré de volver a verlo.

—¿A qué hora sales de trabajar?

—Como siempre —respondió él evasivamente—. No me esperes esta tarde, voy a salir.

Irving se sentía incómodo delante de su padre y este se daba cuenta. En varias ocasiones había estado a punto de contarle su secreto, pero luego cambiaba de idea. Solo era cuestión de unos días.

Se apeó del vehículo en marcha y se quedó mirándolo mientras se alejaba por la calle, antes de entrar en el edificio de Le Bon Marché. La frase de Yusúpov lo tenía preocupado: «Es probable que se lleve una sorpresa». ¿Tanto había cambiado?

Había obtenido permiso para terminar su turno a las cuatro, gracias a lo cual le daba tiempo de pasar por casa de Juliette, que estaba esperándolo.

—No me hace ninguna gracia haberle mentido a tu padre —repitió ella por enésima vez mientras él se cambiaba.

Una criada de la casa Yusúpov había entregado esa misma mañana la ropa que debía llevar.

—Creen que no eres capaz de elegir por ti mismo la ropa —comentó Juliette, molesta.

—Seguramente pensarán que no tengo medios para alquilarme un traje —respondió él, poniéndose el chaqué.

Irving agradecía que no le hubiese pedido ir con él, lo que los habría puesto a ambos en una situación incómoda. Se miró en el espejo de luna, única herencia de la madre de Juliette, y se encontró más que aceptable. Tenía que parecer uno de ellos, siempre y cuando no tuviera que conversar con nadie, aunque era poco probable que alguien fuese a dirigirle la palabra.

Un coche privado fue a recogerlo a las cinco y lo dejó en la calle Gutenberg, en el palacete particular de la familia Yusúpov, en el que las berlinas, en fila india, iban dejando sus lotes de elegancias sofisticadas y trajes de lujo. Todas las ventanas del palacio estaban iluminadas para recibir a los invitados, lo que le daba al conjunto un aire mágico que solamente apreció el joven, antes de que el edecán lo llamase de una voz. El oficial lo hizo entrar por una puerta de servicio y le entregó una lista de directrices, de pie en el pasillo al lado de la antecocina, donde se ajetreaban decenas de sirvientes y cocineros, y a continuación se lo llevó al gran salón donde no tuvo el honor de ser anunciado. La pieza, una galería inmensa, de color blanco y oro, construida siguiendo el estilo Luis XVI, estaba poblada de espejos que reflejaban la luz de las seis lámparas compuestas de cascadas de adornos de cristal. Diez mesas redondas habían sido preparadas para acomodar, cada una, ocho invitados. Irving fue conducido a la más apartada de todas, en la que no había nadie.

—¿Cuándo podré ver a mi hermana?

—Estese tranquilo, la verá más tarde. No olvide lo que le he pedido que haga.

—Permaneceré sentado mientras la gente charla y durante la cena y esperaré a que vengan a buscarme —resumió Irving dócilmente.

—¿Y?

—Y no conozco a Verónica Franco; si me preguntan, soy el fotógrafo de la velada. ¿A santo de qué toda esta mascarada? Si no soy digno de estar aquí, ¿por qué me han invitado?

El edecán no se dignó responder. Irving se sentó y buscó a Nyssia entre el mar de invitados. Las únicas féminas de su edad eran las criadas. La condesa de Molitor, la baronesa de Merlin, la marquesa de La Roche Fontenilles, la princesa de Léon, todas esas mujeres de sociedad cuyos nombres iban voceando los lacayos de la entrada pertenecían a la generación de su madre. Irving siguió con la mirada durante un buen rato la riada incesante de invitados, a los que se acercaba un mayordomo para colocarlos de acuerdo con el protocolo. A las mesas no veía sentarse otra cosa que satenes, terciopelos, rosas y diamantes.

Las mesas estaban ya todas ocupadas e Irving seguía solo en la suya, cuando un grupo de cuatro hombres entró en el salón sin anunciarse. Pese a su ropa más bien poco protocolaria (pantalones a cuadros y botas altas, redingote entallado, corbata de seda con nudo flojo al cuello, guantes amarillos y bastón con la empuñadura cincelada), pese a su actitud insolente y despreocupada, su aparición animó a la concurrencia, a juzgar por los murmullos que suscitó. El cuarteto se fue derecho hacia Irving y tomó asiento junto a él.

—Caballeros —dijo él tímidamente.

—¿Lo han puesto aquí, amigo? —le preguntó su vecino de la izquierda—. ¿O ha ocupado esta mesa al albur?

—Me han puesto —respondió él.

—Entonces, está en la mesa de…

—¿En la mesa de…?

—En la mesa de los fashionables.

—¿Los fashionables?

—«¿Los fashionables?» —repitió el hombre imitando la voz insegura de Irving—. No sé por qué lo han puesto con nosotros, pero el príncipe sabrá…

—Está en el lugar más codiciado de la velada —siguió otro—. Vea cómo nos miran, cómo nos escuchan, cómo hablan de nosotros.

—Y lo alejados que estamos —añadió Irving.

—Ciertamente es gracioso —intervino el tercero—. Los fashionables somos la moda personificada, amigo, lo chic altanero, en resumen: ¡los últimos representantes de la auténtica elegancia high life!

—No solo eso. Porque somos además mentes privilegiadas. Lo que nos permite prescindir de la etiqueta y del protocolo. Somos libres de hacer lo que nos plazca, porque nosotros personificamos el buen gusto.

—Nadie puede contestar nuestra autoridad en la materia. Ni siquiera los tompins.

—¡Los tompins menos que nadie!

—Pero ¿quiénes son los tompins? —preguntó Irving.

—Los opulentos y los ricachones que precisamente carecen de lo esencial: el buen gusto. El dinero no lo da todo.

—Ni la cuna.

—Pero lo uno sin lo otro lo deja a uno fuera de los fashionables.

—Y lo uno más lo otro no basta. ¡No y no!

—Además, hay que ser un vividor rutilante, un señor de reputación galante, la favorita de las hetairas. El dandy parisino de hoy es el nec plus ultra del fashionable.

Los otros aprobaron sus palabras moviendo arriba y abajo la cabeza o agitando el bastón.

—Entonces ¿ustedes son todos unos… dandis de esos? Todo esto es muy pssst —dijo Irving, recordando el término que había aprendido gracias a sus clientes.

—¿Pssst? —dijo el primero, abriendo mucho los ojos en dirección a los demás—. ¿Ha dicho «pssst»?

—Sí, pssst, o sea, chic —dijo él, sintiéndose obligado a aclararlo.

—Ya sabemos lo que quiere decir, gracias. Pero hace por lo menos cincuenta años que ese término está demodé, salvo entre los burgueses —exageró el dandi.

—Los pequeñoburgueses —precisó su vecino.

—Los pequeñísimoburgueses —remató el tercero.

—Bueno, pero entonces ¿usted quién es? —dijo el primero que le había dirigido la palabra.

—Creo que soy un error en el plano de las mesas —respondió Irving, contrariado.

La salida les hizo tanta gracia que golpearon el piso con sus bastones, última moda que habían iniciado ellos para reemplazar los aplausos, demasiado triviales a sus ojos.

Un lacayo anunció al príncipe Yusúpov y a la señorita Franco. A Irving empezó a palpitarle el corazón tan fuerte que pensó que todos sus joviales vecinos de mesa lo oían tamborilear.

La mujer que entraba del brazo del príncipe poseía una voluminosa cabellera negra con los mechones ensortijados, recogida detrás con una diadema destellante como las estrellas del cielo de Granada, un vestido de damasco blanco orlado con puntillas doradas y una gargantilla de perlas que se combinaba a la perfección con su escote. Su tez clara contrastaba con el azabache sedoso de sus cabellos y realzaba la fineza y la simetría perfecta de sus facciones.

Todas las conversaciones cesaron y los invitados solo tuvieron ojos para ella, las mujeres se fijaban atentamente en cada detalle de su atuendo para encargar al día siguiente uno igual a su sastre, los hombres soñaban con estar en el lugar del príncipe o de su sucesor. Irving no reconoció a su hermana en esa mujer sofisticada e inaccesible, hasta el instante en que dirigió unas palabras a todos para agradecerles su presencia.

—Dios mío —murmuró Irving mientras ella detallaba el desarrollo de la velada.

—Pues sí, amigo, produce siempre ese efecto —apuntó el dandi de la derecha—. Imposible no creer en el divino creador, viéndola a ella. ¿Es su primera vez?

—No, es… —Irving se interrumpió—. Fue hace mucho tiempo ya.

—¿Hace mucho tiempo? —se extrañó el dandi, considerando la juventud de Irving—. ¿Acaso los amamantó la misma nodriza?

Él no respondió. Verónica Franco estaba mostrando un libro que sujetaba con las manos.

—En homenaje a nuestro gran poeta desaparecido, este texto al que tengo una estima especial —anunció.

Cuando Nyssia empezó a leerlo, Irving se transportó a diez años antes, a la habitación que compartían los tres hermanos, donde ella, sentada con las piernas cruzadas, declamaba los versos de sus escritores favoritos. Era la misma voz de entonces, juvenil, aterciopelada, hechizante. El auditorio aplaudió cortésmente, mientras que los cuatro fashionables golpeteaban ruidosamente con los bastones. Ella dirigió la mirada hacia ellos y sonrió al grupo. La cena podía comenzar.

—Aquí lo que faltan son odaliscas —dijo el único dandi sin bigote, esbozando un bostezo.

—Llegarán más adelante, no es el lugar.

—¿Es una flor? —preguntó Irving a su vecino de mesa.

La carcajada del grupo arrancó miradas de envidia en las mesas vecinas, mecidas por el tedio de las conversaciones.

—Inenarrable —resumió el preguntado—. ¡Eres inenarrable, amigo! Una odalisca es una gran horizontal —explicó, ayudándose con las manos.

—¿Un plato, pues?

Otra carcajada de la comunidad de los dandis.

—Me parece que Yusúpov te ha puesto en nuestro camino para alegrarnos la noche —dijo el fashionable enjugándose con elegancia las lágrimas fruto de la risa.

—Las odaliscas y las horizontales son meretrices, ¿entiendes ahora?

—Como nuestra anfitriona —abundó el dandi imberbe señalando a Nyssia.

—Solo que la Franco es la reina, la emperatriz: ella ha renovado el género.

—Una desconocida hace tres años y hoy la Montespan de la corte imperial rusa, ¡menudo recorrido!

—¡Basta! —dijo Irving, crispado—. ¿Qué pretenden decir con eso?

—¿Nosotros? Nada. ¿Qué dices?

—Mi… ¡Madame Franco no es una mujer de escasa virtud!

—Nunca hemos dicho eso, amigo mío.

—No hablamos de ramera, sino de cortesana, de las que vuelven loco al todo París y llevan un tren de vida de mujer descocada. Una cultura vasta, elegancia, refinamiento e intuición. Nosotros estamos en contra de la mujer pública.

—Además, me pregunto si la Franco no será una buscona —intervino el menos hablador de los cuatro—. Mitad mujer de vida alegre, mitad casquivana —especificó sin esperar réplica—. Me han dicho que antes vivía en un palacio en España, antes de que la lanzara al libertinaje nuestro hospodar.

—En todo caso, sabe preservar el misterio. Nadie la ha visto nunca en el palacio de Rambouillet ni en los cabarés de mala fama.

—¿Habéis visto que lleva encima las perlas de la Bernhardt? La comediante ya puede ir a vestirse a Worth, no le llega ni a la altura de los tobillos.

—Que los tiene preciosos, dicho sea de paso. Los más lindos del mercado.

—Estoy de acuerdo contigo. ¿Quién vota a favor?

Los cuatro levantaron su bastón.

—¡Adjudicado! Verónica Franco gana la batalla de los pies.

—Y de las manos también. Se las he visto de cerca y no las hay como las suyas.

—Y su boca y sus labios —dijo el tercero—. Se diría dos alitas de ángel a punto de alzar el vuelo.

—Pues yo, que me he quedado a las puertas de su gineceo, no puedo sino tenerla en la más alta consideración.

Los bastones golpearon el piso en señal de aprobación.

—¡Callen, cállense ya! —exclamó Irving, furibundo—. ¡Les prohíbo hablar así de ella!

Los fashionables, estupefactos, se lo quedaron mirando tratando de comprender. ¿Era una humorada o de verdad aquel joven estaba enojado?

—Entiendo —dijo el de la derecha—: eres su amante protegido.

—Ah, eso lo explica todo —intervino el que estaba enfrente—. Romántico e ingenuo. Pues no te fíes un pelo, amigo; en tu posición vas a tener que echar mano de unos nervios de acero. Por su camino ha dejado ya algún que otro fiambre.

—Suicidio y duelo —precisó el dandi imberbe—. Personas de categoría.

—¡Bueno, ahora mismo vamos a salir y aclarar las cosas! —dijo Irving poniéndose en pie. Los otros reventaron de la risa—. Verónica Franco es mi… —empezó a decir, y entonces se quedó petrificado de repente.

—¿Misteriosa?

—¿Mística?

—¿Mimosa?

—¿Milagrosa?

—¡Se ha ido! —constató Irving, desconcertado.

La mesa de honor se había quedado desierta, mientras alrededor la cena estaba en su apogeo.

El edecán volvió a aparecer, flanqueado por un criado de librea.

Madame los espera para la velada privada —anunció al grupo.

—Bien, bien, muy bien —dijo el dandi número uno, haciendo entrechocar el puño de su bastón con el de los otros tres—. ¡Al fin comienza la fiesta!

87

París,

martes, 26 de mayo de 1885

Irving había abandonado el palacio de los Yusúpov incapaz de poner uno detrás de otro dos pensamientos seguidos. Después de lo que había visto en la fiesta privada, Irving solo tenía una idea en la cabeza: marcharse, huir lejos. Enfiló la calle principal del Parque de los Príncipes concentrándose en sus pasos y pasó por delante de la Station Physiologique, en la que se veía iluminada una de las piezas de la planta baja. «Marey aún está trabajando», pensó, antes de recordar que por su intermediación involuntaria había podido conocer al príncipe. Irving aceleró el paso con el fin de dejar tras de sí los recuerdos de esas últimas horas, pero las imágenes volvían una y otra a su mente, como una escena gigante de cronofotografía: las imágenes de Nyssia convertida en Verónica Franco. Quiso acelerar todavía más y, no pudiendo caminar más aprisa, echó a correr, a un ritmo cada vez más rápido, con el fin de salir de ese parque que no se acababa nunca. Quería encontrar de nuevo París, a su padre, su piso, y dormir hasta darse cuenta de que todo había sido solo una pesadilla. Al joven enseguida empezó a faltarle el aire y se vio obligado a parar. Se arrodilló, se apoyó en el suelo y, sin poder contenerse más, se puso a llorar. Una pareja que pasaba por allí cambió de lado para evitarlo. El sonido de sus pisadas fue silenciándose en la noche.

Irving permaneció un rato así postrado. Sonrió pensando que sin duda le habría ensuciado el redingote a Yusúpov, pero también él mismo se sentía mancillado por el príncipe, que lo había utilizado. El ruido de los cascos de un tiro lo sacó de su marasmo. Se fue a gatas hasta uno de los árboles de la calle y se escondió detrás. Su tacto era duro y frío, pero el olor intenso a musgo lo apaciguó. La berlina se paró al llegar a su lado, la portezuela se abrió y la voz de Nyssia lo llamó:

—Ven, Irving, te lo ruego. Tenemos que hablar.

Una hora antes la banda había sido llevada a la última planta del cuerpo central del palacio. Cada cual se había puesto una venda negra en los ojos antes de penetrar en una pieza sumida en una penumbra dorada.

Se habían repartido en las otomanas, anchos sillones con el respaldo cóncavo en los que se hallaban ya reclinadas unas mujeres jóvenes enmascaradas.

—Nuestras pajaritas —precisó uno de los dandis—. En esta sala está lo más granado de las cortesanas del París más refinado.

Otros canapés estaban ocupados por parejas. Irving contó diez en total, todos colocados en semicírculo hacia una parte no iluminada de la pieza. Siguió al criado, que lo situó en un sillón doble tipo confidente, con forma de S, en una de las puntas del semicírculo. Estaba él solo.

Irving creyó distinguir al príncipe en la otra punta, de pie detrás de un cortinaje medio echado. Se fijó en los mosaicos de las paredes, así como en las celosías de las ventanas, y se dio cuenta de que la sala había sido preparada de tal manera que se asemejara a un camarín de la Alhambra.

A la señal convenida, dos criados retiraron las pantallas que recubrían las lámparas de aceite, iluminando un estrado en el que se vio a una mujer tumbada, inmóvil, con las piernas recogidas debajo del pecho y la cabeza oculta entre sus brazos. Una guitarra empezó a tocar una música oriental. Desde las primeras notas, la mujer enderezó lentamente el torso mientras sus manos describían delicados arabescos. Una vez sentada con las piernas cruzadas, levantó la cabeza, haciendo que el cabello le cayese hacia atrás. Estallaron los aplausos. Irving reconoció a su hermana. Nyssia llevaba un vestido de satén de color cereza con una cintura ancha de terciopelo negro. La diadema había sido sustituida por un pañuelo en el que había prendido un clavel rojo. Se levantó. Sus brazos nadaban en el aire, planeaban como las alas de las águilas en Sierra Nevada, y luego empezó a batirlos. Su cuerpo armonioso ondulaba al compás de la guitarra.

—¡Pero si es una danza del vientre! —exclamó uno de los fashionables cerca de Irving.

«No, es una zambra mora —pensó él—. El flamenco moro. La danza de Kalia».

Nyssia le había añadido un toque de innegable sensualidad. Sus piernas, aún más largas y finas que antaño, recorrían el suelo de madera como las puntas de un compás de navegación. Iba descalza y se había puesto en los tobillos sendas pulseras de oro.

—Nunca había visto nada tan diabólicamente tórrido —añadió el mismo hombre.

Nyssia, jugando con la tela del vestido, se acercó a él y le dedicó varios pasos de zambra antes de besarlo y de regresar al escenario, entre los vítores de los reunidos.

Irving, que se había erguido en su asiento, estaba furioso y deseoso de poner fin a la mascarada.

—No haga nada —le dijo el príncipe, que se había sentado al otro lado del confidente sin que se diera cuenta—. Ha venido aquí para ver a su hermana, ¿verdad? Debe quedarse hasta el final.

El ritmo de la zambra se aceleró. Nyssia parecía poseída por la música y su cuerpo se cimbreaba cada vez con más ímpetu, con unos movimientos cuya lascivia se había transmitido a las parejas improvisadas. Irving se volvió hacia el príncipe para pedirle que ordenara parar la danza, pero este se había ido.

El ritmo de la música acompañó la danza hasta su culminación. Luego cesó de pronto. Nyssia se quedó quieta como una estatua y después se sentó lentamente con las piernas cruzadas para retornar a su posición inicial, aovillada sobre sí misma.

Los aplausos fueron frenéticos. Ella saludó, se quitó el clavel y lo lanzó hacia el dandi imberbe, que presumió delante de los demás.

—Me han dicho que había una nueva incorporación —dijo Nyssia, dirigiéndose a Irving.

—¡El nuevo! ¡El nuevo! —gritaron todos los presentes.

Ella se instaló en el lugar en el que se encontraba el príncipe unos segundos antes, al lado de Irving, que se había puesto muy tieso y no osaba volver la cabeza. A su alrededor, las parejas habían empezado a besarse o a bromear entre sí, mientras aguzaban el oído o lanzaban miradas en dirección a Verónica Franco.

—¿Creen que lo reconoceré? —preguntó esta a su público.

Los noes fueron mayoría frente a los síes.

—¿Tan difícil es?

—¡Sí! —vociferaron los cuatro fashionables de su mesa.

—Veamos —dijo ella acariciándole el hombro, la nuca y a continuación el cabello.

Irving permanecía inmóvil y miraba al frente, buscando una escapatoria sin encontrarla.

—Mírame —le pidió Nyssia—. ¿Cómo voy a poder reconocerte si me rehúyes?

—¡Sería el primero! —lanzó uno de los participantes, haciendo reír a todos.

—En ese caso, le cambio el sitio —añadió otro.

—Mi querido Maugny, ya ha ocupado usted este lugar y lo desenmascaré enseguida, querido sibarita.

Todos se burlaron del infortunado, que fue el primero en reírse. Nyssia se acercó a Irving, que la miraba con ojos implorantes.

La intuición de Verónica Franco y su sentido de la deducción no habían tardado en hacerse legendarios y el príncipe había inventado aquel juego para poner a prueba sus límites. Todos los recién entronizados habían conocido íntimamente a Verónica Franco, amantes de una noche que habían pagado muy caro ese privilegio, donjuanes profesionales, dandis a la moda, artistas fugaces u hombres con dinero y poder. El único amante serio era el príncipe, que había optado por custodiar personalmente la vida sentimental de la mujer más cortejada de París para tenerla más controlada.

Nyssia cogió la mano de Irving.

—Dedos de trabajador —dijo ella, intrigada—, incluso veo algunas quemaduras. ¿De qué son?

—De sustancias ácidas —pudo articular él.

—Nunca he tenido relación ni con químicos ni con fotógrafos… Pero ¿quién eres?

—¡Os conocéis de hace mucho! —indicó un dandi—. ¡Hazle la prueba del beso!

—¡El beso, el beso! —corearon los demás.

—Entonces, he de someterme a la petición de la flor y nata de París, que es mi vox populi.

Nyssia se acercó a él, le puso las manos en las mejillas y lo obligó a mirarla mientras los demás gritaban, aullaban, jaleaban. Él se había esperado cualquier cosa menos encontrarse en semejante trance. Ese mundo le era totalmente desconocido y Verónica Franco le parecía una extraña. La miró a la cara directamente y entonces se soltó de ella. En el instante en que él se levantó, y ya antes de que se quitara el antifaz, ella había comprendido.

Irving arrojó la máscara al suelo. El jaleo se había interrumpido súbitamente.

—Bueno, qué, ¿quién es? —preguntó uno de los dandis, que esperaba, como todos los demás, un desenlace espectacular.

—Es mi hermano —dijo Nyssia, conservando el control sobre sus emociones—. Te lo puedo explicar todo —añadió, hacia él.

—Es inútil. Me voy de aquí. Denle las gracias al príncipe, nunca olvidaré esta velada —concluyó, retirándose.

Verónica Franco mandó callar a todos y anunció:

—Voy a solucionar este asunto de familia y luego los veré en el Grand Seize. Hay una mesa reservada.

Salió ante las miradas admirativas de los petimetres y de las meretrices, impresionadas con su dominio de sí.

—¿Tú sabías que la Franco tenía un hermano? —le preguntó uno de los fashionables a Maugny.

—No. Y me parece que el príncipe le ha tendido una trampa. Esto huele a destrono, amigo —comentó el añoso sibarita, que se había prometido dedicarle un capítulo entero en las memorias que estaba redactando.

Nyssia se esforzó en hacer entrar en calor a su hermano cuando este hubo subido a su berlina, pero él se negó a que le pusiera un dedo encima. Le ofreció una manta de piel y se quedó callada, frente a él. El vehículo estaba parado. Irving sabía que su hermana era capaz de esperar durante horas con tal de que empezase él la conversación. Trató de desafiarla, pero, al cabo de unos veinte minutos, no soportándolo más, rompió el silencio.

—Tu príncipe me ha utilizado.

—Lo siento mucho. Era a mí a quien quería herir. Se le da muy bien sacar partido de las situaciones.

—¿Por qué lo hace, si sois amantes?

—Estoy a punto de dejarlo.

Irving miró con atención a su hermana. La última imagen que tenía de ella era la de una adolescente indómita.

—Pero ¿qué clase de vida llevas aquí? No me gusta nada en qué te has convertido.

—No eres quién para juzgarme, Irving. No me avergüenzo de lo que soy.

—¿Una hedonista? ¿La más célebre cortesana de París? ¡Solo cito palabras de tus amigos!

—No puedes entenderlo si no vives en este universo.

—¡Por lo que he podido ver, no tengo ninguna gana! ¡Tus íntimos son peores que caricaturas de Daumier! —replicó él, apartando la manta con un gesto adusto.

El caballo, nervioso, golpeó el suelo con el casco y dio un paso hacia delante, haciendo zarandear el habitáculo antes de que el cochero lo calmase.

—Yo no te he pedido que vinieras a rescatarme —respondió ella sin levantar la voz—. ¿Te presentas en mi vida sin avisarme, me das lecciones de moral y pretendes que me arrojase en tus brazos pidiéndote perdón? Pero ¿perdón por qué, Irving?

—Papá ha estado buscándote hasta dejarse la salud desde que te marchaste. ¿Sabes que vive en París desde hace tres años? ¿Que mamá vino en septiembre del año pasado con Victoria para vivir con nosotros? ¿Que se han ido después del terremoto? Y ahora me dirás: ¿qué terremoto? Pues el que ha habido en casa. En tu casa.

—No sabía nada.

—No lo sabías porque no querías saber, porque tus nuevos amigos eran mucho más interesantes que nosotros. ¿Sabes que Mateo ha muerto?

La mirada de Nyssia se desvió hacia la ventanilla y el paisaje recubierto de noche. Se le habían empañado los ojos pero rápidamente recobró el control de sus emociones.

—Lo siento mucho. De corazón.

—¿Te das cuenta del calvario que nos has hecho pasar? ¿Por qué? ¿Por qué no les diste ninguna noticia de ti?

—¿Para decirles qué? ¿Lo que acabas de echarme en cara? Queridos padres, vuestra hija se ha convertido en una cortesana, tiene amantes que le pagan o la mantienen y organiza veladas libres con lo más selecto de París. ¿Es eso lo que querías que supieran?

—Tan solo que estabas viva, que estabas bien. En cuanto al resto, podías contarles cualquier mentira, ¡ya que tan capacitada te veo para eso!

—Un cumplido que me llega al alma, mi hermano el santito que nunca les ha mentido. Porque tú nunca les has ocultado nada, ¿verdad que no? Ya ves, la vida no es siempre totalmente íntegra —replicó, en vista de que él callaba—. Cada uno tiene sus motivos.

El edecán llamó con los nudillos a la puerta de la berlina.

—Su Alteza desearía verla, mademoiselle Franco —declaró ignorando a su acompañante.

—Dígale que estoy de camino al Grand Seize y que allí podrá verme.

El oficial no insistió, y la mirada enamorada que le dedicó antes de volver a cerrar la portezuela hizo entender a Irving que también él había sido destinatario de los favores de su hermana.

—Bueno, ¿y ahora qué hacemos? —preguntó Nyssia.

—No pienso continuar la velada en vuestro cabaret.

—Me has entendido muy bien, Irving. ¿Nos despedimos aquí como si no hubiera pasado nada, o te arriesgas a venir a verme otro día para contarme las noticias de la familia?

—Todavía no lo sé. Pero no tengo la menor intención de hablar de ti a nuestros padres. Prefiero que ellos no sepan nada.

—No sabes si me lo merezco, ¿es eso? —dijo ella con tono de broma—. Entretanto, ten esto —añadió tendiéndole un papel.

—¿Qué es?

—Mi futura dirección. El príncipe me compró el piso el año pasado. La berlina es propiedad mía también, al igual que las joyas y una renta anual. Es una de las ventajas de este mundo del que tú abominas. Nunca pasaré penurias.

Él arrugó el papelito y se lo metió sin ningún cuidado en el bolsillo.

—Seguramente no creerás lo que voy a decirte, pero pienso con frecuencia en vosotros —le confesó.

—¿Por qué ha tenido que ocurrirme a mí esto?

—¿El qué?

—De toda la familia, yo soy el único que no hizo nada para tratar de encontrarte.