XXVIII

77

París,

miércoles, 17 de diciembre de 1884

Cuando se subió a la plataforma abierta del ómnibus de Porte d’Auteuil, Irving había terminado su jornada en la Station Physiologique. Había trabajado con Marey y su colaborador en las mejoras de los aparatos de toma de vistas, y la perspectiva de volver a su puesto de dependiente se le hacía cada vez más cuesta arriba.

Apoyado contra la barandilla lateral, con las manos en los bolsillos, aprovechó para admirar las fachadas de los bulevares, como cada vez que usaba la red de transporte público parisino. Tenía la sensación de ser un soberano visitando su reino, cuyos súbditos se hacían a los lados, reverenciosos, para dejarlo pasar.

Irving se apeó de un salto del ómnibus, que se desplazaba al paso por el bulevar del Montparnasse, y siguió a pie hasta la estación. Juliette había guardado sus flores en los anaqueles y estaba cerrando el portillo metálico del quiosco, situado en una de las esquinas del edificio, en la prolongación de la vía 6 y justo enfrente de la estación de tranvías, en el recorrido de uno de los flujos más nutridos de viajeros de la capital; el sitio ideal para un negocio, según su amiga Zélie, que se había hecho con la tienda que antes había sido del vendedor de periódicos.

Con la espalda apoyada en la farola vecina, Irving esperó a que hubiese terminado para acercarse y darle un beso en la mejilla, rozándola apenas. Ella siempre se alegraba de verlo y le encantaban su atención y su dulzura. Pero aunque el joven Delhorme se comportaba siempre como si estuviera a punto de declararle su amor en la frase siguiente, hacía tiempo que había perdido las esperanzas de casarse con él. Aunque había tenido muchos pretendientes, Juliette nunca había mantenido una relación sentimental de manera continuada y seguía privilegiando la amistad ambigua que le ofrecía Irving. Ella no le conocía ninguna aventura ni ninguna enamorada y estaba convencida de que, siendo como era su confidente, sería la primera en enterarse. No le recriminaba su actitud, que sabía era sincera, pero a menudo se preguntaba qué representaba ella para él. La llegada de Victoria no había cambiado nada en la frecuencia de sus citas, lo cual la había tranquilizado un poco; se daba cuenta de que había sido algo más que una sustituta de su hermana.

Se compraron unas barritas aciduladas en la tienda de golosinas de la estación y se las fueron comiendo mientras subían por el bulevar de Los Inválidos. Irving hablaba sin parar de su experiencia al lado del doctor Marey. Juliette se dejó contagiar por su entusiasmo expansivo.

—Y además me ha enseñado su fusil fotográfico. Imagínate un fusil de caza de verdad, en el que hubieran puesto, en vez de cartuchos, unas placas así, pequeñitas —dijo formando un cuadrado con los dedos—. Van pasando a toda velocidad por delante del objetivo, que es el cañón del arma, y, en lugar de matar al canario, ¡has tomado diez fotos del ave en pleno vuelo! ¡Menudo privilegio trabajar para un hombre como él! Yo le he sugerido ya algunas ideas para reforzar las placas y mejorar los reveladores, y creo que me toma en serio.

—Cuánto me alegro por ti, Irving. Llegarás a ser un gran fotógrafo, siempre lo he dicho, y será por méritos propios —dijo, cogiéndolo del brazo.

El silencio los acompañó ese tramo hasta el final de la explanada de Los Inválidos. Cada cual iba proyectándose hacia un futuro en el que el otro tenía cabida. Pero, si se comparaban, no eran el mismo. Se pararon en medio del puente de la Concordia, donde se había formado una aglomeración poco habitual para admirar una embarcación amarrada en la orilla derecha del Sena. Los dos ribazos y los parapetos de los muelles estaban también abarrotados de gente, de una muchedumbre de curiosos y mirones. El navío militar, afilado y grisáceo como un lucio, no tenía buena facha. Unos cuantos marinos, reconocibles por sus uniformes azules, vagaban por el puente sin otra faena que hacer, aparentemente, que mostrarse ante la población admirativa.

—¿Qué es eso? —preguntó Juliette a Irving, que dijo no saberlo.

—El buque-torpedero número 68 —respondió su vecino de la derecha, colándose en la conversación sin que le hubieran dado vela en el entierro—. Acaba de volver de los mares de China, donde ha participado en la batalla victoriosa de Fuzhou.

—¿De qué país es? —se interesó Irving, que no había visto el pabellón.

—¿Cómo que de qué país? ¡Pero si es francés! ¡Estamos en guerra contra China, muchacho, parece que no lo sabe! ¿Qué juventud es esta?

Irving buscó apoyo en Juliette.

—Es que mi amigo viene de España, caballero, y le confesaré que yo misma sabía bien poco del tema. Aquí nadie habla de eso.

La explicación pareció convencer al gruñón.

—Las cosas que pasan tan lejos no conmueven igual al pueblo —admitió—. Con su permiso, me presento: Geoffroy de Vigny, aficionado a los barcos y antiguo oficial de la Navale. —Miró el torpedero con actitud recogida y en silencio y luego prosiguió—: Nuestras colonias no tienen nada que temer mientras la marina francesa siga siendo la mejor del mundo. ¡Que pasen un buen día, señora, caballero! —terminó con tono marcial.

Lo siguieron con la mirada mientras él se dirigía hacia el ribazo con paso renqueante, apoyándose en su bastón, antes de perderse entre la masa gris del gentío.

—Venga, sigamos —sugirió Irving, subiéndose las solapas del abrigo—. ¿No tienes frío?

Juliette negó con la cabeza, pero no pudo evitar un escalofrío cuando unas gotas de lluvia cayeron sin previo aviso sobre la capital. La temperatura había ido bajando en el transcurso del día y su chaqueta de lana resultó no ser suficiente. Se refugiaron en el portal del Palacio de la Industria, pero el aguacero, que el viento arrojaba contra la fachada, ganó en intensidad y tuvieron que batirse en retirada hacia la gran galería. No había en esos momentos ninguna exposición montada y la nave, desierta, parecía aún más inmensa.

—Toma mi paletó —dijo Irving quitándose su gabán largo de lana—. Yo no tengo frío, me basta con la chaqueta.

Ella se lo puso sin rechistar. La prenda le llegaba por las pantorrillas y tuvo que doblar las mangas para que pudieran asomarle las manos.

—Qué bonito es. ¡Y calentito!

—De lana y a la moda de Inglaterra. Comprado en Le Bon Marché. A mí me lo dejaron a buen precio porque tenía unas taras, pero no se notan. Eso es lo que cuenta, ¿no? —bromeó.

—Es una ropa chic —dijo ella, abriendo los brazos y girando sobre sí misma.

—Cuidado, cuando se es sofisticado no se dice «chic» —le avisó.

—¿Ah, no? ¿Y qué se dice? —preguntó ella, recogiéndose de nuevo la manga izquierda.

—¡Pssst!

—Huy, perdón, ¿estoy hablando muy alto? —dijo, preocupada, mientras el eco de sus voces se perdía en la catedral de vidrio y metal.

—No, esa es la palabra. Se dice: «pssst». Esta ropa es pssst, esta fiesta es pssst. Lo ha puesto de moda el duque de Morny y ahora lo dicen todas mis clientas. ¡Ayer mismo vendí una alfombra que era superpssst!

La risa de Juliette invadió todo el espacio.

—¡Oigan, por favor! —exclamó un guardián que apareció por el lado opuesto de la nave—. El palacio está cerrado hoy.

—Ya nos vamos —respondió Irving—. Sígueme, te voy a enseñar un sitio aún más sorprendente —le murmuró él.

Al llegar al centro de la nave, la llevó por el lado contrario al de la salida.

—Ahora, ¡corre! —le ordenó agarrándola de la mano.

Atravesaron una cochera y luego siguieron por un pasillo con forma de embudo, que daba a una galería de una longitud extraordinaria.

—La galería de las máquinas —le explicó él, jadeando—. Más de un kilómetro de largo. A nuestros pies está el Sena.

Se paró delante de una de las múltiples ventanas.

—Y el guardián, pisándonos los talones —agregó ella.

—Ha abandonado, no es cosa suya vigilar esta parte.

—Y tú ¿cómo sabes todo eso? —le preguntó, más tranquila, acercándose a la bahía acristalada.

—Javier ha organizado aquí más de una fiesta nocturna. Nada oficial, por descontado, pero la cosa es que se agenció unas llaves. Incluso organizó una carrera de caballos aquí.

Era inútil que Juliette esperase que se le acostumbrara la vista, pues los dos extremos del edificio estaban tan lejos el uno del otro que no alcanzaba a distinguirlos.

—Es increíble…

—¡De la Concordia al Puente del Alma sin mojarse! —puntualizó Irving—. La galería no se usa mucho.

—¡Mira, el torpedero! —exclamó con la emoción de una niña, al percibir a lo lejos el buque—. Vamos a verlo.

Caminaron unos diez minutos antes de llegar a su altura. El navío de guerra estaba a tan solo unos metros de ellos.

—Es más bonito de cerca —comentó ella.

—Va a zarpar en breve —observó él mientras una voluta de humo negro ascendía desde su única chimenea—. ¿Juliette?

—¿Sí?

—Si yo me fuera algún día, lejos, ¿vendrías conmigo?

—¿Como tu mujer?

—Quiero decir, si nuestra relación siguiese tal como es hoy en día, ¿estarías dispuesta a partir conmigo?

Juliette hizo esfuerzos para disimular su decepción. Se alejó unos pasos y entonces se volvió hacia él.

—Irving… lo que me pides es difícil. Tú sabes lo que siento por ti, pero tú sigues siendo un misterio para mí. Y necesito construir mi vida, ¿entiendes?

—¡Pero la nuestra podría ser trepidante!

—Depende.

—¿De qué?

—De si tus sentimientos hacia mí son sinceros. No soporto tener esta conversación en un lugar tan desangelado, pero ya que la has iniciado, llevémosla a término. —Juliette miró fijamente a Irving a los ojos—. Explícame por qué no quieres comprometerte conmigo. Necesito entender, tengo que saberlo, aunque me haga sufrir. Por favor, dime qué problema hay en mí.

—Ninguno, Juliette, absolutamente ninguno. El problema no eres tú.

—Entonces ¿quién?

Ella se había acercado y le había cogido por las muñecas. Él se soltó con delicadeza y pegó la frente y las manos contra el vidrio. Fuera, la noche había empezado a desdibujar todos los contornos. La lluvia repiqueteaba en la cúpula de hormigón como un ejército de insectos estampándose contra ella.

—El problema soy yo.

Ella apoyó la cabeza en el hombro de Irving y se abrazó a él.

—Habla, dime.

—No sé cómo expresarlo… Tengo el alma del color de la lluvia fina, Juliette, totalmente gris. Llevo años así, y no puedo hacer nada. La tristeza está siempre agazapada dentro de mí, muchas veces comedida, pero otras desatada. Y me paso la vida tratando de domarla para que no me devore.

—Pero eso nos pasa a todos bajo una fachada más o menos encantadora. La vida no es fácil, y la tristeza forma parte de nuestros sentimientos —dijo, abrazándose a él aún con más fuerza—. Lo que nos permite apagarla del todo es el amor.

—No, no lo entiendes. Hay veces en que me sobreviene de forma inesperada, sin motivo. Entonces me siento tan abatido que me cuesta un esfuerzo sobrehumano disimular. Y, cuando remite, mi alegría es tan exagerada que también trato de dominarla. Tengo que estar controlándome todo el tiempo, ¿sabes?, y eso es agotador, agotador…

En el torpedero se oyó la campana que tocaba a la cena y desaparecieron todos los marinos del puente. Había dejado de llover.

—Comprometerme me asusta y no quiero transmitirte ese miedo, no quiero contagiarte mi melancolía, porque te quiero demasiado. ¿Entiendes ahora?

Juliette no respondió. Lo besó. Lo besó hasta quedarse sin aire, al tiempo que le acariciaba la cara con las manos, le metía los dedos entre los cabellos, las manos por debajo de la camisa, donde la recibió el calor acogedor de su torso.

—Quiero sentir tu piel contra mi piel, Irving.

—Aquí no. No en este momento —susurró él—. Pero solo podrá ser contigo, eso te lo juro.

Zélie le preguntaba muchas veces por qué se empeñaba en salir con ese muchacho dulce pero vacilante, cuando amar a un hombre no tenía que ser así de complicado. Pero Juliette no lo sabía.

Dejaron la galería a la luz de la luna y regresaron a la calle, al frío y a la luz amarillenta de las farolas. Irving nunca se había sentido tan aliviado… Por primera vez le había contado a otra persona su secreto sin avergonzarse ni sentirse culpable. Valoraba ese momento de serenidad y ligereza y rogó a un Dios ignoto que le sustituyera para siempre unas emociones tan cambiantes.

Estuvieron caminando media hora y se pararon ante el brasero de un castañero que se había puesto en la esquina de la casa de subastas de la calle Drouot.

—¿Quieres entrar a dar una vuelta? —le propuso él, mientras ella observaba el flujo incesante de público que entraba y salía del edificio—. Estate tranquila, no obligan a comprar nada.

—No me sentiría a gusto. No es nuestro mundo.

—No te creas. Hay catorce salas, que ofrecen objetos para todos los gustos y bolsillos. He venido alguna vez con Belay para ver aparatos fotográficos y productos químicos. En París hay tanta competencia que muchos fotógrafos se ven obligados a echar el cierre. Voy a echar un vistazo a la lista de subastas.

Juliette volvió la cabeza al entrar parar evitar la mirada del empleado, vestido a guisa de ujier. El hombre primero los ignoró y luego los llamó:

—¡Oigan, ustedes!

Irving se había parado. Juliette se arrepintió de haberle dicho que sí. No había nada que detestara más que el que le recordaran su extracción social.

—Las subastas terminan a las seis, les quedan treinta minutos.

—Gracias —dijeron los dos a dúo, y se fueron al mostrador de recepción.

—Mi paletó te sienta muy bien, pareces una mujer de mundo —comentó Irving mientras consultaba las listas.

—No te rías de mí. Me he puesto un chaquetón de hombre y no tengo nada que ver con esas mujeres —replicó ella, mientras bajaban por la escalera varias parejas vestidas de gala.

—¿Qué tienen ellas que no tengas tú?

—Lo sabes perfectamente. No las envidio pero tampoco me envidio a mí misma.

—Pues entonces, vamos, ¡subamos!

—¿Por qué? ¿Qué hay arriba?

—La sala 6, la sala de todos los sueños.

El experto abrió la caja fuerte y sacó un estuche que presentó a los invitados sentados en las dos primeras filas. Un murmullo recorrió el público, apretado de pie detrás de una gran mesa tan larga como la sala que lo separaba de los compradores y de los periodistas presentes. El día anterior Le Figaro había anunciado la subasta de unos diamantes y joyas pertenecientes a Sarah Bernhardt. La artista, estafada por un representante sin escrúpulos, había perdido una parte de su fortuna. El artículo del periódico había generado mucha expectación, más allá del público habitual de la casa de la calle Drouot, en razón de una de las subastas más espectaculares del año 1884. El experto había colocado la alhaja de diamantes en una balanza para anunciar su peso. El público volvió a reaccionar, mientras marchantes, compradores privados y periodistas de primera fila permanecían impasibles, como antes. Luego dejó la joya encima de la mesa del atril del tasador, el cual hizo un leve movimiento del mentón, arriba y abajo, para darle las gracias. A su lado, una llama consumía voraz la cera de una vela, bailando alrededor de la mecha como una abeja en torno a un fruto.

—No se ve nada desde aquí —susurró Juliette, de puntillas—. ¿Crees que estará en la sala? Es ella, ¿no?, la de la primera fila.

—Me extrañaría —replicó Irving—, esto es más aburrido que una escena de teatro. Ha debido de dar unas consignas al experto que la representa.

El público abarrotaba la sala hasta la puerta de la entrada, donde se habían quedado bloqueados los jóvenes. El tasador se aclaró la voz y bebió un sorbo de agua. Miró su mazo de marfil con su mango de ébano y limpió con un paño de gamuza la cabeza gastada del instrumento.

—Damas y caballeros, llegamos ahora al final de la subasta con lo que puede considerarse una alhaja excepcional que la Bernhardt lució con ocasión de sus memorables giras por América y Rusia o, en nuestro continente, de Londres a Copenhague. He aquí un collar de ciento cincuenta y dos perlas finas del Vologne, que pertenecieron en el pasado a las duquesas de la casa de Habsburgo-Lorena y cuyo precio de salida es de quince mil francos.

—¡Quince mil francos! —repitió Juliette, tratando de calibrar lo que significaba una suma que para ella era exorbitante—. Pero ¿quién pagaría tanto por un collar?

—Pues las dos primeras filas, señorita. ¡Y encantados con la ganga, oiga! —intervino Geoffroy de Vigny, que se les había acercado por la espalda—. Los precios van a ir subiendo mucho más. Por desgracia, llego un poco tarde —constató al ver la muralla humana que les impedía el paso—. El torpedero me ha retenido más de lo que preveía, fui a saludar al comandante.

Habían surgido, impetuosas, las primeras pujas. El collar alcanzó treinta mil francos en tres envites.

—No nos vamos a quedar aquí detrás, resulta demasiado triste. Vengan conmigo, me han caído simpáticos.

Vigny se los llevó por una puerta con el letrero de «Prohibido pasar a personas ajenas a la casa» hasta un vestíbulo lindante con la sala 6, donde había un puñado de hombres siguiendo atentamente las pujas. Uno de ellos saludó con un gesto amigable a Vigny y se llevó el dedo índice a los labios: la venta había alcanzado velocidad de crucero y el precio superaba ya los cincuenta mil francos.

—Por lo visto, están presentes los hermanos Goncourt —susurró a los recién llegados—. Actúan como representantes de un acaudalado comprador que quiere el collar a toda costa. ¡Las filas están a rebosar!

Juliette se sentó al lado de Irving y apoyó la cabeza en su hombro. Ya no tenía ganas de atender a la sucesión de pujas cada vez más elevadas; le parecía indecente, ella que nunca había ahorrado más de cien francos. Cuando los precios sobrepasaron los cien mil francos, la cabeza le daba vueltas. Irving comprendió su malestar y le propuso marchar. Vigny los miró mientras se iban y dijo bromeando:

—¡Una a la que la fortuna la pusiera mala, ese es el tipo de mujer que necesitaría yo!

Unos minutos después, el mazo de marfil golpeó en medio de los aplausos de la sala por un precio récord de ciento veinticinco mil francos.

—¿Quién se lo ha llevado? Ah, ¿esos? —preguntó Vigny a su vecino, que se había puesto en pie y metía la cabeza por el marco de la puerta para comprobarlo.

—No, los ha ganado a todos por los pelos, ¡hasta al conde de la Chesnaye! ¡Se lo ha llevado el príncipe Yusúpov!

78

París,

miércoles, 24 de diciembre de 1884

La piedra estaba fría al tacto, incluso a través de la ropa. Javier resopló, jadeó como un perro e increpó a Irving, que se había quedado abajo.

—¡Voy a hacer una nube de vaho para esconderme!

—En lugar de hacer el tonto, date prisa, anda. Que puede venir alguien.

Javier acababa de subir las dos alturas de la fuente que hacía de pedestal del monumento y que en invierno dejaban de azotar las olas. Miró la estatua del hombre sentado en su nicho y calculó que medía tres metros. Se puso en bandolera la talega de yute y se aupó al nivel del personaje.

—¡Qué vistas! —fanfarroneó.

Sin aguardar las recriminaciones de Irving, abrió la talega y sacó una chistera que plantó en la cabeza de Bossuet después de encaramarse a sus rodillas. Luego escaló hasta el nicho que ocupaba la estatua de Fénelon, al que encasquetó el bicornio del coracero. Siguió dando la vuelta al monumento y puso sus últimas adquisiciones en la cabeza de los otros dos obispos de piedra. Bajó de una en una por las pilas de la fuente, a saltos, y finalmente cayó en mala postura y soltó un «¡Joder!» que se oyó por toda la plaza.

Se fueron de la plaza de Saint-Sulpice dando grandes zancadas, volviéndose todo el rato como dos vagabundos perseguidos por la policía, hasta la calle de Les Canettes, donde recobraron el aspecto y la compostura de dos ciudadanos modélicos.

—¡Listo! ¡Lo hemos hecho! —exclamó Javier, jubiloso.

—Acuérdate de que lo prometiste —le advirtió Irving—. Esta ha sido tu última trastada.

—¡Mi última obra maestra, sí!

—Mientras tanto, tu obra maestra nos va a obligar a caminar una hora con este frío para volver a casa mientras todos duermen ya.

—No tenías por qué acompañarme, podías haberte ido a la misa del gallo con los demás.

—¡Si no estuviera yo, la de estragos que causarías!

—Eso es verdad, amigo mío, mi hermano. ¿Qué sería de mí sin ti?

Se cruzaron con grupos de peatones que venían de la Puerta de Saint Martin, donde había tenido lugar el ensayo general de Théodora. La gente hablaba mucho de la actuación de Sarah Bernhardt. Reinaba una atmósfera alegre, los parisinos habían dejado a un lado sus preocupaciones para la cena de Nochebuena.

Al llegar a la calle Chomel, Irving se detuvo a la altura de un hombre tendido en el suelo.

—¿Oiga? Señor, ¿me oye?

—Pero ¿no ves que es un mendigo durmiendo la mona? Venga, vámonos de aquí —dijo Javier, viendo las ropas harapientas.

—¡Señor! ¡Despierte, hace frío! —insistió Irving, zarandeándolo.

El hombre no reaccionó.

—Ayúdame, puede morir de frío.

—Antes o después… Deja que acabe sus días tranquilamente —repuso Javier, haciendo ademán de irse—. Me está esperando Victoria. Le di la llave de mi habitación.

Irving trató de levantar al pobre hombre cogiéndolo por los hombros. Este gruñó, dio un respingo de susto y se volvió para vomitar. Una pareja de paseantes se cambió de acera con cara de asco.

—Bueno, ahora que ha echado la papilla estará mejor —dijo Javier, tirando de su amigo por la manga—. Nos largamos.

Irving se quedó mirando al hombre, que se arrastró hasta una puerta cochera en la que se desplomó.

—Si entra una berlina, le pasará por encima —dijo, tirando a su vez del paletó de Javier—. Vamos a ponerlo en un sitio resguardado.

—Mi buen samaritano.

—¿Te acuerdas del Patio de los Leones? ¿Del vagabundo al que molieron a palos delante de nuestras narices?

—Bueno, y qué. ¡Pues claro que me acuerdo! No podíamos hacer nada, más que escondernos.

—Exacto. Y hoy sí podemos ayudarlo, podemos salvarlo.

—¡En fin, es Nochebuena! —suspiró Javier.

Llevaron al hombre al patio interior, formado por unos caserones destartalados y varias cuadras.

—En la del medio —indicó Irving—. Está vacía.

Depositaron al desgraciado sobre la paja que no estaba sucia y lo taparon con ella.

—Estará bien, pero corre el riesgo de que el despertar sea brutal —comentó Javier sacudiéndose las manos.

—El cochero no aparecerá por aquí hasta pasado mañana.

—¿Cómo lo sabes?

—Estas cuadras pertenecen a Le Bon Marché. Las entregas se retomarán el viernes. ¡Es el milagro de la Navidad!

Había amanecido. La nieve caía suavemente sobre el enmaderado de la plaza de Malesherbes. Victoria limpió el vaho que tapaba el ventanuco minúsculo. La única ventana de la habitación de Javier daba a los tejados, de los que ascendían hilillos de humo de las chimeneas, que se diluían en el gris acero del cielo. A quinientos metros, la silueta gigantesca de la Libertad apuntaba con su antorcha por encima de los caballetes de las cubiertas de la calle de Chazelles. Victoria se quedó observándola un buen rato, rememorando la angustia que habían pasado mientras Victor Hugo subía lentamente por la escalera interior de la estatua, su alivio cuando les llegaron de abajo las aclamaciones que indicaban que el poeta había vuelto a salir y luego la idea de Javier de subir hasta la antorcha, donde habían pasado un largo rato de intimidad en la punta más alta de París.

Se sentó en la cama y lo miró dormir. Había vuelto a las tres de la madrugada, se había desvestido sin tiento y la había envuelto con unas manos que olían a cuadra, tras lo cual se quedó dormido enseguida. Victoria había soñado con algo más bonito para la primera noche que pasaba en la habitación de su novio.

Le quitó la brizna de paja que se le había quedado enganchada entre los cabellos y le hizo cosquillas con ella en la cara. Javier se rascó maquinalmente sin despertarse. Pero entonces, presa de una sucesión de estornudos, abrió los ojos. Cuando ella se inclinó para besarlo, él miró la hora en su reloj, gruñó y se levantó intentando que los tablones del piso no crujieran.

—Deprisa, no querría que la patrona nos sorprendiera juntos —dijo poniéndose los pantalones precipitadamente. Se pasó los tirantes por los hombros con un chasquido, se enfundó en el chaleco y el paletó, cogió los zapatos con la mano izquierda y tendió la derecha a Victoria—. ¿No vienes? —dijo, sorprendido al ver que ella se quedaba inmóvil.

—Para mí también ha sido una noche fantástica —repuso. No hallando rastros en su memoria de retozos amorosos, Javier arrugó las cejas—. Era broma. Espero que hayas tenido tiempo de reflexionar sobre lo que me ibas a contar.

Javier levantó la vista al cielo y plantó un beso furtivo en sus labios.

—Pues, claro, te quiero. Y ahora, ¡vámonos! —le pidió, tirándola del brazo—. Tu hermano te lo explicará todo.

Cuando Victoria y Javier llegaron, Irving estaba ayudando a Juliette en el quiosco de flores de la estación de Montparnasse, que desde que había abierto sus puertas no estaba nunca vacía. Los clientes, llegados en los trenes o bien vecinos del barrio, se acercaban a comprar un ramo de flores para la tradicional comida de una Navidad que se anunciaba tranquila. Francia había vuelto a la senda de la República y las guerras ya solo eran un recuerdo lejano, casi irreal. La burguesía se abría a una clase media naciente y la gente de la calle se codeaba sin pudor con la de los apellidos compuestos. Las invenciones sucedían a los descubrimientos, la pobreza retrocedía en las grandes ciudades y los comercios ofrecían novedades al alcance de todos. Tan solo Alsacia y el Mosela seguían impresos en la mente de todos como la espina que impediría que la fiesta fuese completa y miles de personas se habían dado cita en el hipódromo para celebrar la Navidad de los inmigrados de Alsacia-Lorena.

Irving los llevó al café situado dentro de la estación, profusamente decorado con un estilo neoclásico. Le encantaba el ambiente y solía esperar allí a Juliette. El joven sacó un cuaderno de notas y leyó:

—«Las estaciones son como fronteras entre las idas y los regresos, el recinto de todas las esperanzas y de todos los temores, tan neutras y a la vez tan íntimas…».

—¿Es la Navidad lo que te vuelve poeta, amigo? ¿O la absenta de ayer por la noche que aflora de nuevo a tu alma sin querer?

—He empezado una serie de clichés sobre las estaciones ferroviarias de París. No de la arquitectura ni de los trenes, sino de su componente más difícil: los viajeros. Siempre en movimiento. Quisiera fijar los instantes furtivos para toda la eternidad y acompañarlos con palabras de mi cosecha.

—Irving me ha enseñado las primeras fotografías —abundó Victoria mirando a Javier—. ¡Son puro arte!

—Demenÿ, el ayudante de Marey, me ha prestado sus aparatos de tomas a gran velocidad y las posibilidades que ofrecen son inmensas, infinitas incluso.

—Verdaderamente, has encontrado tu camino —concluyó Javier—. ¿Por dónde queréis empezar? —preguntó, viendo a lo lejos a Juliette, que acababa de terminar su turno.

Tomaron un tranvía que los dejó cerca del bulevar Haussmann, donde empezaba la animación delante de las hileras de puestos de madera cubiertos que ofrecían artículos de la pequeña industria parisina. A esas horas de la mañana no estaban iluminados, pero la mayoría estaban abiertos ya. Javier se impacientó, pues los hermanos Delhorme paraban en todos los puestos.

—También hemos venido a buscarle un regalo a nuestro anfitrión —repuso Irving, que estaba rebuscando en un cajón de libros antiguos.

—¡Pues ya os podéis dar prisa, que queda mucho camino por recorrer! —insistió Javier—. Quiero que las chicas los vean todos antes de que los quiten los polis o se los lleven las cornejas.

—¿A cuántos monumentos les has puesto sombrero? —preguntó Juliette, probándose unos mitones que finalmente volvió a dejar.

—Unos diez.

—Voy a comprar naranjas para la familia Eiffel —dijo Victoria delante de un puesto de fruta.

—¿Son de la Vega? —preguntó Javier.

—De «¡La bella Valencia!» —leyó ella en el cartel.

—Cuando veo el precio al que las venden, me dan ganas de aconsejarle a Jez que se compre un campo de naranjos en vez de seguir con el gas —comentó, y cogió una de lo alto de un montón—. O, mejor aún, cuando volvamos de Nueva York plantaremos naranjos, cariño —añadió con entusiasmo, lanzándola por el aire ante la mirada desconfiada del tendero.

Volvió a dejarla en su sitio, lo que descompuso el equilibrio precario de la pirámide de cítricos, y se alejó en dirección a una confitería mientras Victoria pagaba su compra y se disculpaba por las extravagancias de su prometido. Irving, que había ido en pos de él, compró unos caramelos Théodora, creados para las fiestas en honor a la pieza epónima, que la pandilla compartió mientras se alejaban de los puestos de Navidad. Hicieron una primera parada delante de un abeto de unos quince metros de alto, decorado con velas rojas y verdes, plantado en el centro de la plaza de la Capilla Expiatoria. A la salida, Juliette dejó que se adelantaran unos pasos para ocultar su melancolía. Sus tres amigos estaban rebosantes de proyectos y de vidas posibles, mientras que su futuro se limitaba al mercado de flores de Les Halles donde, cada mañana desde las cuatro, cinco días de cada seis durante toda la temporada, iba a comprar rosas, violetas o miosotis a los horticultores para llenar su quiosco, relevada cada tarde por su amiga Zélie, con la esperanza secreta de que Irving se interesase finalmente en ella de otro modo que como una tercera hermana o una prima a la que tutelar.

Irving, que precisamente se había dado cuenta de que se quedaba rezagada, fue a buscarla y la cogió del brazo como si fuesen una pareja en toda regla. La búsqueda del tesoro podía empezar. Empezó en el Puente del Almá, donde Javier le había encasquetado un clac a la estatua del zuavo, demasiado pequeño para su cabeza, lo que hizo troncharse de risa a Juliette. Un puñado de paseantes se asomaba por el pretil del puente para ver mejor la estatua. Uno trató de coger la chistera plegable con ayuda de su bastón, pero se le escapó de la mano y acabó en las aguas lodosas del Sena en medio de las risas generales. Javier estaba en la gloria.

El circuito duró cerca de dos horas, constó de siete paradas, en cada una de las cuales se había formado una pequeña aglomeración y en las que los curiosos comentaban la aparición de sombreros de copa en las cabezas de bronce o de piedra, y que terminó en la fuente de Saint-Sulpice, donde los cuatro obispos ensombrerados habían atraído el máximo número de paseantes.

—He enviado una carta a los periódicos para comunicarles quién ha sido el autor —indicó Javier, hinchando el pecho como un torero después de una estocada.

—¿Y eso por qué? ¿Por qué lo has hecho? —se enfadó Victoria.

—Tranquila, he firmado como «El príncipe de los gitanos».

—Tendrías que haber puesto: «El rey de los matamoros» —repuso ella.

—Mañana, cuando os enseñe el periódico con mis hazañas en él, cambiaréis de parecer —dijo él, tozudo.

—Sobre todo cambiaré de parecer respecto de casarme contigo —dijo Victoria, en un tono que él no supo decir hasta qué punto era serio o no—. Venga, vámonos.

El balanceo del ómnibus meció su silencio hasta la calle de Prony. Irving se había sentado en la plataforma abierta con Juliette y se les había puesto a los dos la cara roja del frío cortante.

—Vengan rápido, acérquense al hogar —les propuso Eiffel, que había ido a abrirles personalmente la puerta.

El calor fuerte y seco recordó a Irving el horno del taller de la Alhambra.

—Tengo la sensación de ser un pan dorándose —comentó Juliette con una sonrisa radiante después de dos copitas de Clos de Vougeot que habían hecho desaparecer sus aprehensiones.

La comida fue la más copiosa y larga que habían tenido jamás los Delhorme: Victoria contó doce platos, de ellos tres de carne y uno de pescado. Todos comieron y bebieron más de lo razonable, y a las cinco y media de la tarde Eiffel tocó por última vez la campanilla para la cocinera.

Mientras los padres ocupaban el salón y acaparaban la conversación hablando de cuestiones técnicas relacionadas con sus futuros récords, los más pequeños de la familia Eiffel fueron invitados a volver a sus cuartos para estrenar el tric trac que les había regalado Victoria. Claire acompañó a sus amigos granadinos a dar un paseo en dirección a los talleres Gaget et Gautier.

—Me ha dado la impresión de que el regalo que elegí no ha sido del agrado de su padre —le dijo Victoria, que había reparado en el cambio que se había producido en la mirada del industrial.

—No ha sido culpa suya —la tranquilizó Claire—. Es solo que ese juego no le gusta. ¡Pero mis hermanos se han puesto como locos!

Irving y Javier se habían parado delante de las puertas cerradas de los talleres, en los que había comenzado el desmontaje de la estatua.

—Qué rápido ha pasado todo —comentó Javier, asombrado, levantando la cara hacia el monumento rodeado de su andamiaje—. ¡Y pensar que cuando empecé, la figura solo tenía el pedestal! Y hete aquí que todo termina a la vez.

—Y ahora tú ya no eres estudiante —remató Irving—. ¡Se acabaron la buena vida, la Laiterie du Paradoxe y el príncipe Torquado!

—Tienes razón. Pero no sé yo si lo voy a echar mucho de menos.

La cara de incredulidad de Irving le dio que pensar.

—¿Tú crees? Podremos seguir bebiendo absenta…

—Ya no sabrá igual.

—… y jugar a las cartas…

—¿Cada cual en su casa?

—… e inventar estribillos…

—¿Quién se los aprenderá de memoria?

—… y arreglar el mundo…

—¡Pero tú te habrás convertido en el mundo y ya no querrás cambiarlo!

—Pues entonces, sí, voy a echar de menos nuestras veladas —reconoció Javier—. Pero a Victoria ni una palabra.

Mientras esperaban a que las chicas fueran con ellos, guardaron silencio. El sol desgarraba sin miramientos el tapiz de nubes, proyectando la imagen alargada de la Libertad iluminando el mundo por el adoquinado de la calle Alfred-de-Vigny.

—¡Deprisa, todos a la antorcha! —exclamó Javier.

Los cinco jóvenes corrieron por la sombra de la estatua y se apelotonaron para caber dentro, riendo y cuchicheando hasta que el ómnibus de la línea D los obligó a dispersarse. Lo dejaron pasar de largo, saludando con un entusiasta «¡Feliz Navidad!», al que los pasajeros respondieron con la mano.

—¡Todos a la corona! —dijo Javier, iniciando el juego.

Los demás se dieron la mano formando una V en el punto indicado. A pesar del frío, ninguno tenía ganas de volver. París era su patio de recreo. La silueta de la estatua se difuminó y desapareció del suelo.

79

Granada,

jueves, 25 de diciembre de 1884

Para Mateo, la Navidad había sido siempre una fecha como otra cualquiera. Desde el fallecimiento de su madre, ya ni siquiera iba a la misa del gallo. Los últimos años, al igual que Kalia, había pasado la Nochebuena y las fiestas con la familia Delhorme, en la Alhambra. Esa tarde estaban los dos solos y, desde que se había despertado por la mañana, había sentido una punzada de nostalgia de la que no había logrado desprenderse en todo el día.

Se preguntó qué estarían haciendo todos en París a esta hora de la sobremesa, sobre todo Javier, que había prometido que regresaría y luego había cambiado de opinión, ocupado como estaba con sus quehaceres. No volvería antes de su partida a las Américas.

Mateo cogió un pincel y lo mojó en jabón arsenical de Bécoeur para aplicarlo en las plumas del halcón peregrino. Se había quedado con el ave que habían encontrado muerta seis meses antes y la había disecado para regalársela a Kalia por Navidad. Mateo la tenía escondida desde hacía meses en un pabellón del Generalife y allí acudía con regularidad, a aplicar el producto que hacía parecer vivo al animal y evitaba que se pudriese. Lo había puesto con las alas abiertas y la cabeza inclinada hacia abajo, en la pose propia del depredador que mira fijamente su presa, y lo había sujetado por las garras a un aro de madera. Lo admiró de nuevo, orgulloso del resultado de su trabajo, convencido de que a Kalia le iba a encantar. Limpió el pincel y se dio cuenta de que Jezequel debía de llevar una hora esperándolo en la Torre de la Vela.

—¡Nada de nada! —le contó el joven, dejando en el suelo la caña de pescar—. No sé qué les pasa hoy a todas, que vuelan tan alto como los gansos. Mañana vuelvo a intentarlo.

—Te acompañaré. Y esta vez seré puntual —dijo Mateo sacando una botella de vino de su zurrón—. Seguro que llenamos una jaula de golondrinas.

El juego consistía en cazar pájaros el día de Navidad, una ocurrencia de Javier, para liberarlos el 1 de enero, una iniciativa de Victoria. Jezequel le había propuesto a Mateo perpetuar lo que se había convertido en una tradición familiar desde 1879. Kalia era la encargada de abrir la jaula siete días más tarde.

Había hecho un día agradable y soleado y el crepúsculo hacía brillar con reflejos índigo las cumbres de Sierra Nevada.

—Catorce grados —anunció Mateo alargándole un vaso a Jezequel.

—¡Demontre! Pues sí que es fortísimo este vino tuyo —comentó él, haciendo girar el líquido púrpura.

—¡No me refería al vino, bobo! ¡Hablaba de la temperatura del aire!

El antiguo nevero había retomado la actividad meteorológica de Clément y anotaba escrupulosamente los datos tres veces al día, antes de enviarlos por telegrama al Observatorio de París. Se rio de la equivocación de Jezequel y le dijo que apurara su vaso para volver a llenárselo.

—El mío tiene una graduación de ocho grados, lo suficiente para darme fuerzas —explicó Mateo, encajando el corcho con un golpe seco del puño—. ¿Cómo están tus padres, niño?

El padre de Jezequel había sufrido un ataque de apoplejía a primeros de año y se había quedado parcialmente paralizado de la pierna y el brazo derechos. Seguía dirigiendo personalmente la fábrica de gas, pero había delegado en su hijo la gestión cotidiana.

—Pues solo se deja caer por la fábrica de tanto en tanto. Además, ya no sale mucho.

—¿Ha recobrado el habla?

—Para gran disgusto de mi madre, sí.

A Jezequel, que nunca se había sentido muy unido a sus padres, el accidente cerebral de su padre no lo había afectado. De vez en cuando se lo recriminaba, pero la actitud fría y distante de su progenitor parecía querer darle la razón.

Siguió con la mirada el reagrupamiento de un puñado de golondrinas con una bandada numerosa. Otros grupos, de igual tamaño, eran visibles en el cielo formando arabescos de líneas ondulantes.

—Vuelan demasiado alto —se lamentó después de haber amagado un ademán para ir a coger la caña con una mano—. Pero, Señor, ¡qué belleza! —Las diferentes nubes de pájaros se reunieron formando una ola gigantesca de varios miles de individuos, con los contornos cambiando sin cesar, que evolucionó por encima de la ciudad. Los últimos fulgores del día teñían de bermellón el horizonte, delante del cual la nube inmensa se movía como una sombra chinesca—. Qué pena que no estén aquí para contemplar este espectáculo. ¡No saben lo que se pierden en París! —La ola proteiforme se alejó hasta no ser más que una mancha en el cielo—. Espero que no vayan a migrar.

—Eso parece: ya se van al sur —apuntó Mateo.

—¡No, ellas no! ¡Nuestras golondrinas andaluzas, no! ¿Qué meteremos entonces en la jaula?

—Los caracoles de Kalia. O los peces de escamas de oro del estanque los Arrayanes.

La anécdota hizo gracia a Kalia cuando Mateo se la contó. La gitana predijo un invierno crudo, que ella había presentido ya por el grosor de la concha de sus gasterópodos y de la piel de las cebollas.

—¿Y si nos vamos a París el mes que viene? —le propuso él de pronto—. Puestos a pasar frío, mejor estar cerca de nuestros seres queridos.

La pregunta surgía cada vez con mayor frecuencia entre los dos y las objeciones caían poco a poco como árboles viejos cargados del peso de sus frutos. La falta de respuesta de Kalia le indicó que acababa de pasar al siguiente escalón de la conversación.

—Me gustaría tanto ver a Javier —le confirmó ella—. Pero es que nunca he salido de Granada… ¿Cuánto dura el viaje?

La pregunta, cuya respuesta se sabía de memoria, era el último obstáculo importante.

—Si desde la última vez que calculé las dos ciudades no se han acercado, sigue habiendo mil setecientos kilómetros de distancia, o sea, quince días en berlina en el mejor de los casos —empezó a explicar él—. Pero se puede coger el tren de Guadix a Bilbao y luego el barco hasta Burdeos y un último trayecto en tren, lo que nos llevaría directamente a París en cinco días. ¡Cinco!

—Mateo… —Kalia se negaba a usar los medios de transporte que la espeluznaban a más no poder—. Todas las semanas se produce un accidente —adujo.

—Y en coche de punto también —rechistó él—. Además, en invierno no es cosa fácil atravesar nuestras montañas.

—Cualquiera diría que eres representante de una compañía de ferrocarriles.

—Hazme caso, por una vez.

—Es que nunca he salido de aquí. El viaje más largo que he hecho en mi vida ha sido del Sacromonte a la Alhambra.

—Y valió la pena, ¿eh?

Kalia asintió, callada.

—¿Te acuerdas de que ese día te prometí que te llevaría a dar la vuelta al mundo?

—De lo que me acuerdo es de que estabas muerto de miedo y que habrías llegado hasta el fin del mundo con tal de huir de Torquado.

Mateo se había apoyado en la ventana para ver cómo crecía el halo negro de la noche por encima de la colina de los gitanos.

—Es cierto, tienes razón, quería huir —admitió él—. Pero contigo, con vosotros dos.

—¿Cuánto tiempo nos quedaríamos? —preguntó ella en voz baja, cogiéndolo de la cintura.

—Dos o tres meses, hasta que parta para Nueva York.

—Está bien, acepto —le susurró al oído antes de mordisquearle la oreja y apartarse canturreando para sí.

Kalia y Mateo tenían en común un carácter a veces impredecible y, sin embargo, una fiabilidad sin falla en cuanto tomaban una decisión. Si bien la maduración era lenta, en cambio jamás volvían a cuestionar sus resoluciones. Él sabía hasta qué punto podía contar con su palabra y con su apoyo. Mateo dio una palmada con las manos en señal de victoria.

—Pero que eso no te impida ayudarme —le dijo a voces ella desde la cocina—. Que aún no estamos en el hotel. Tengo aquí una liebre que quisiera quitarse el abrigo.

—Mañana bajaré a ponerles un telegrama. Pero, mientras tanto, ¡esto hay que celebrarlo! ¡Tengo una sorpresa para ti! —exclamó, saliendo.

Mateo no quería esperar al día de los regalos para darle el halcón. Iba a dárselo inmediatamente.

«Al diablo con las tradiciones», pensó mientras avanzaba a toda velocidad por el camino de los cipreses, donde la luna, apenas rebajada por el canto, jugaba a farola celeste. Aspiró el aire cargado de los perfumes de las flores de la noche mientras cruzaba los diferentes jardines y subía a continuación por la calle que orillaba el muro de glicinias. Llegó al mirador de la esquina, punto culminante del Generalife y el lugar en el que había escondido su pájaro disecado. Aprovechó para anotar los valores relativos a la temperatura y se dio cuenta de que el estilete del barómetro había rayado el papel justo antes de bloquearse. El Fortin-Secrétan contaba ya tres décadas de edad y no había sido revisado desde la marcha de Clément. Podrían aprovechar su estancia en Francia para comprar uno nuevo.

Mateo salió de la edificación con mucho cuidado para no dañar las alas de la rapaz, de más de un metro de envergadura. Dio unos pasos y se paró en el camino del primero de los huertos para admirar los reflejos de la luna en las plumas del halcón.

Un ruido de pisadas poco habitual llamó su atención. Percibió unas sombras desplazándose por la linde del bosque y distinguió un rebaño entero compuesto por unos diez cérvidos, adultos y jóvenes, que avanzaban rápidamente en dirección a él. Mateo se preguntó qué depredador podría ahuyentar a un grupo así de numeroso, hasta el punto de hacerlo abandonar su refugio. El trueno retumbó de repente, un redoble extraño que no acababa nunca y que le recordó el sonido de una avalancha que vivió estando en Sierra Nevada. Miró hacia la cima de la montaña que se recortaba por delante del fondo oscuro de la noche, antes de darse cuenta de que el retumbo parecía provenir de todas partes a la vez.

Mateo se pegó al muro de glicinias para que no lo pisotearan los animales que, presas del pánico, pasaron rozándolo antes de subir por la calle pavimentada en dirección al mirador. Detrás llegaron más animales, que salían de todo el bosque, mamíferos grandes y pequeños que huían en todas direcciones por los huertos. Las cimas de los árboles ondularon como ejecutando una loca zambra, sin que soplara ningún viento, como sacudidos por un gigante invisible. Las piernas de Mateo se pusieron de pronto a temblar, y a continuación todo su cuerpo. Se sintió paralizado por las sacudidas que venían del suelo y lo atravesaban, acompañadas de un ruido atronador. Dejó el pájaro disecado y dio unos pasos, antes de que lo tirase al suelo una fuerza violenta que le cortó la respiración. Notaba que algo lo aplastaba, le dolía la espalda. Sonaron multitud de campanas, desordenadas, en los barrios de la ciudad o en los pueblos cercanos. De las casas de los alrededores le llegaron gritos de gente. A lo lejos resonó una explosión. Quiso llamar a Kalia pero no le salía ningún sonido de la boca, llena de un sabor metálico. Tenía todo el cuerpo atenazado. Las sacudidas continuaron, siempre acompañadas del estruendo ensordecedor. Cuando todo cesó, bruscamente, el grito de todos los demonios del infierno siguió preñando el silencio.