II
6
Alicia Delhorme respiró hondo, las manos apoyadas en el vientre como si lo sostuviese. Uno de los gemelos se movió bajo su palma izquierda. Había encajado el anuncio del médico sin dejar de sonreír, como siempre le había enseñado su padre: conservar la dignidad en los momentos adversos era la marca distintiva de su familia. El doctor Pinilla tomó esa sonrisa como una muestra de la inconsciencia de Alicia respecto a la gravedad de la situación, por lo que se había sentido obligado a detallarle todos los riesgos a los que se enfrentaba. Ella lo había escuchado sin interrumpirlo y había accedido a volver a verlo al cabo de un mes; después había vuelto andando a la Alhambra, había cerrado la puerta de su alcoba, echado el pestillo, se había sentado en el borde de la cama y solo allí se había permitido llorar.
Alicia tenía la intención de hablarle de ello a Clément, pero su marido llegó acompañado de ese francés de nombre impronunciable que se había instalado en su casa, y habían cenado los tres juntos, un rato agradable que Bönickhausen se pasó sirviendo el Clos de Vougeot, que les había ofrecido, mientras escuchaba a sus anfitriones contarle la historia y las leyendas del lugar. Alicia consiguió olvidar su situación. No dejó de buscar la mirada de su marido, esa mirada tan serena, que ella amaba tanto. Él le envió todo su amor desde el fondo de sus iris azul pastel. Nada malo podía pasarle.
Abrió la ventana que daba al patio para que su mirada se llenase del espectáculo balsámico de los jardines de la Alhambra con las luces ámbar del crepúsculo. El runrún de la conversación que proseguía sin ella le llegaba de la pieza contigua. Se tranquilizó pensando que pondría a Clément al corriente cuando estuvieran a solas. No había prisa, sabía que su marido se preocuparía, que le propondría partir a Madrid a ver a otros médicos, puede que incluso volver a París para el alumbramiento, pero ella no quería, no se sentía con fuerzas. Habían decidido establecerse en Granada y lo conseguiría, costara lo que costase. El doctor Pinilla le parecía un buen facultativo, capaz de ocuparse él solo de este parto complicado. Pero las cartas habían cambiado y a Alicia le daba más miedo la vida que los aguardaba que el parto en sí. El runrún había cesado, dejando los insectos nocturnos nimbar solos el espacio con sus cánticos ditónicos.
—Darro tiene prometido / casarse con el Genil…
Clément había entrado sin hacer ruido. «El Darro ha prometido casarse con el Genil»: la frase era la que él había pronunciado el día de su pedida de mano y desde entonces se había convertido en el leitmotiv de la pareja. Los dos ríos de la ciudad, el Darro turbulento y el sereno Genil, que confluían en el valle, habían inspirado numerosos poemas.
Él le tendió los brazos, en los que ella se aovilló dándole la espalda. Él desprendió la mantilla que cubría sus cabellos, dejando que le tapasen la nuca y los hombros, y finalmente hundió la cara en ellos. Ella tomó las manos de su marido, las puso sobre su vientre y cerró los ojos para disfrutar de este instante de ternura.
—Estaba intranquilo viendo que no volvías —le dijo acariciándole la mejilla con la suya—. Nuestro invitado reclama a la princesa de la Alhambra. Y yo amo tanto el perfume de tu piel que no puedo sobrevivir mucho tiempo sin ti.
—¡Zalamero! Tú me has abandonado el día entero para correr detrás de tu globo.
Clément soltó una carcajada aprobatoria, besó la nuca de Alicia y se plantó delante de su escritorio en el que reinaba un desorden que él, cada vez que se lo decían, calificaba de «orden incomprendido».
—Ocho mil quinientos metros —dijo mientras rebuscaba entre los rulos de papel vagamente alineados entre los cuadernos abiertos, los libros apilados y los instrumentos de medida destripados—. ¡Ha subido a ocho mil quinientos metros!
—Te he conocido más en forma, marido mío. Tu récord está en nueve mil.
—¡Oye, que los vientos ascendentes estaban perezosos hoy! Pero lo lograré, superaré los diez mil metros, después quince mil y después veinte mil. Llegaré a las capas más altas de la atmósfera terrestre para informar de las temperaturas y tomar muestras de aire, y su análisis confirmará lo que suponen ya mis cálculos.
—No lo dudo, pero no te olvides de bajar a tierra, con nosotros. —Sonrió y dio unas palmaditas en su abdomen redondeado—. ¿Qué buscas? —preguntó entonces, al ver la aplicación con que su marido acrecentaba el revoltijo ambiente.
—Los planos del Victoria.
—No debería haberte regalado nunca el último libro de Verne —dijo ella pasando la mano por la cubierta de piel de Cinco semanas en globo.
Cogió un cilindro de cartón que sobresalía de la mesita de madera que, antes de su llegada, había sido una estantería y se había transformado rápidamente en peana para todos los estratos de sus investigaciones.
—Entonces ¿quizá habrías llamado a tu futuro globo el Alicia II? —añadió ella con malicia.
Clément se irguió, como sacudido por el comentario de su mujer, y cogió el rulo que ella le tendía.
—Tienes razón —dijo él para abundar en la misma idea que ella—. Si es niña, la llamaremos Victoria. Así, el casco tendrá el nombre de nuestra hija.
—Pero yo no he dicho eso —se defendió Alicia, divertida.
Cogió su mantilla y la pasó alrededor del cuello de Clément para acercarlo a ella.
—Además, debo hablarte pronto de ello —le susurró ella a la oreja.
Él besó sus labios de ángel y luego cogió la mantilla.
—El señor Bönickhausen acaba de informarme de que esta noche había eclipse de luna —dijo él recogiéndole los cabellos con el tejido de encaje.
Clément notó en la leve tensión de la nuca de Alicia que había despertado su interés. Ella se dio la vuelta. Sus pupilas no eran más que dos puntos sumergidos en el mar de sus iris. Por toda respuesta, sonrió con una sonrisa más radiante que el sol que se ponía por detrás del mirador de San Nicolás.
—Le he propuesto ir a una de las torres para observarlo —continuó él.
Ella movió la cabeza, abrazó a su marido y se puso la chaqueta bordada que le ofrecía él.
—¿Crees que podrás subir los cuatro pisos?
Alicia se plantó delante del espejo que había en un rincón de la pieza.
—¿Acaso parezco una anciana o una persona incapacitada?
—Deja que lo piense… —respondió Clément cogiendo su catalejo retráctil—. Sinceramente, no —dijo después de haberla mirado detenidamente con gesto de curiosidad exagerada—. Solo de mujer muy encinta. ¿Qué querías decirme de la criatura?
—No hay prisa. Pero Victoria es un bonito nombre.
—¡Pues adjudicado! Para qué seguir buscando.
—Eso es, sí, nunca se sabe…
—Es verdad, ¡puede que sea niño! En ese caso, lo llamaremos Jules.
—Clément, no lo dirás en serio.
—Sí, por qué no. Jules es un nombre ideal para un globo que va a desentrañar todos los secretos del cielo.
Bönickhausen tocó la muralla construida con sillares protuberantes y regulares. Un viento suave traía consigo aromas de arrayán y tilo en la quietud del anochecer, mientras el cielo se había teñido de unas tonalidades púrpuras como él nunca había visto. Alzó la mirada hacia los azulejos que enmarcaban un arco de herradura de dovelas rojas.
—Un elemento típico de la arquitectura nazarí —puntualizó la señora Delhorme invitándolo a seguir el camino sembrado de piedras, pulidas por el tiempo.
La Alhambra había sido una ciudad mora, con su medina y sus palacios, levantada sobre la Sabika, la colina más alta de Granada, y rodeada de un intrincado sistema de fortificaciones. La dinastía nazarí, que la había fundado, había sido expulsada por las huestes de Isabel de Castilla el mismo año en que los españoles descubrían el Nuevo Mundo.
—Una parte de los palacios escapó a la destrucción —indicó Alicia cuando llegaron a una explanada de tamaño mediano—. Una parte nada más. La otra se encuentra sepultada bajo ese pegote construido por Carlos V.
Señaló con el dedo un edificio circular cuyo estilo renacentista se daba de tortas con la arquitectura morisca.
—Por no hablar de los desastres perpetrados a lo largo de muchos siglos. Es un milagro que aún quede alguna piedra en pie. Todo el mundo se ha aprovechado: los lugareños, los franceses y hasta los gobernadores que la han habitado. Venga, vayamos a ver a Rafael.
—El edificio que se yergue al final de esta explanada se había transformado en taller de salazón; la torre de los Siete Soles, cerca de la medina, era una taberna y el patio de la mezquita servía de cercado para las ovejas de la mujer del gobernador Savera —ponderó Clément invitándolo a seguir a su mujer, cuyo paso ágil no delataba en absoluto su estado—. Los estanques del jardín se transformaron en lavaderos públicos. ¡La Alhambra se había convertido en la Gehena de Granada!
—Pero ¿a quién pertenece este lugar? —preguntó Bönickhausen dando una vuelta entera en el sitio para abarcar toda la vista.
—A la Corona —respondió Alicia sin volverse—. Que se ha desentendido del asunto durante tres siglos y solo ahora comienza a prestarle atención por las súplicas de los viajeros distinguidos y de la familia Contreras.
—Los arquitectos que han presidido el salvamento de este magnífico navío —precisó Clément—. Rafael pertenece a la segunda generación. Es él.
El hombre al que señaló estaba sacudiéndose el polvo de la ropa, a la puerta de un tallercito, junto a un arco a medio restaurar. Al verlos, los saludó agitando en alto el brazo con ademán amigable. Contreras era desde hacía dieciséis años el restaurador-decorador de la Alhambra, que iba renovando pieza a pieza.
—Alicia, pensaba que ya no te vería hasta mañana. ¿Qué se te ha olvidado esta vez?
Ella le explicó el motivo de su presencia y le presentó a su acompañante.
—El señor Bönickhausen ha tenido el detalle de vigilarme el globo mientras aguardaba a que yo llegara —precisó Clément.
La explicación pareció satisfacer al arquitecto, quien lanzó una mirada cómplice al ingeniero. Una pareja pasó cerca de ellos y los saludó con un sonoro «¡Buenas tardes!», cuyo eco se perdió entre las murallas. La luna inundaba con su resplandor la plaza que se había vaciado de los últimos paseantes.
—¿Dónde quieren ir para observar ese eclipse? —preguntó Contreras secándose las manos con su mandil—. Aquí nadie se ha enterado de semejante acontecimiento.
—No sabemos si se verá desde Andalucía, pero será una oportunidad para admirar la bóveda celeste —resumió Clément—. Vamos a subir a la Torre de la Vela.
—Buena elección —aprobó Rafael como si se tratara de un vino—. Iré con ustedes en cuanto termine con la cocción de mis azulejos.
—¿Los de cuerda seca? ¿Los que hice este mediodía? —preguntó Alicia, con los ojos muy abiertos de repente.
—No, esos están ya puestos en el salón de Comares.
—¿Puedo verlos? ¿Puedo verlos? —exclamó.
—Pero estará oscuro —objetó el arquitecto, divertido.
—Tengo mi farol en tu taller. ¡Déjame ir a ver el resultado! ¡Por favor!
Una mirada rápida en dirección a Clément le hizo comprender que nada podría detener a su mujer. Rafael trajo de su taller un quinqué ya encendido.
—Los volveré a ver en lo alto de la torre, díganle a la luna que espere antes de esconderse —dijo ella, y dio unos pasos para irse.
Se detuvo y dio media vuelta para abrazar a Clément. Bönickhausen, sorprendido ante semejante muestra de cariño en público, se volvió y tosió levemente. Imaginó el malestar que provocaría en su casa si Marguerite se acercara a hacerle un gesto semejante, pero enseguida se tranquilizó: su mujer era el súmmum del decoro.
Alicia levantó su quinqué a modo de saludo y desapareció como una estrella fugaz en la oscuridad de la plaza. Clément cogió al francés por un hombro y lo llevó hacia la entrada de un recinto que parecía una fortaleza dentro de la fortaleza.
—La Alcazaba —dijo una vez en el interior de la plaza central, de planta triangular.
—¿Y este edificio? —preguntó Bönickhausen mostrando la sombra imponente que formaba la base del triángulo—. ¿Para qué se usaba?
—De mazmorra.
—Agradables vacaciones —bromeó—. ¿A qué se dedica hoy en día?
—Sigue siendo una cárcel. Más vale no probarla.
El comentario de Delhorme inquietó a Bönickhausen por parecer extraído de una experiencia personal, pero desde que se habían conocido Clément no había dejado de bromear con toda seriedad y de comunicar informaciones serias en tono jocoso, de tal manera que el ingeniero no sabía ya qué pensar. Se contentó con asentir y seguir al meteorólogo, que atravesaba la plaza con paso vivo con el resplandor de la luna por toda iluminación.
—¿No es arriesgado que una mujer sola se pasee así por este lugar en plena noche? —se extrañó Bönickhausen al creer haber visto moverse una sombra en la esquina de una de las murallas.
—Alicia conoce estos parajes mejor que nadie. Trabaja aquí a diario desde hace tres años. Y, créame, es capaz de defenderse, a pesar de su estado.
—Ah, ¿su mujer trabaja? —dijo Bönickhausen ocultando la perplejidad que le inspiraba la pareja—. Pero ¿qué clase de profesión…?
Se habían parado delante de la puerta de la torre. Delhorme buscó la llave que se había metido descuidadamente en el bolsillo.
—Alicia estudió historia y arte en la Universidad de Granada. Oficialmente no tiene diploma, pero obtuvo la autorización para cursar los estudios. La Alhambra es su pasión y ella ayuda a Rafael Contreras a renovarla. Ese hombre es un santo, ha conseguido salvar de la ruina este tesoro.
La llave dio un chasquido en la cerradura y el resbalón se deslizó. Después de subir los cuatro pisos de la Torre de la Vela, llegaron a la azotea barrida por el viento.
—Sobre todo ha realizado las copias de los motivos ornamentales que exporta a toda Europa. Gracias a esta idea genial, ha puesto fin al tráfico de los ladrones de azulejos. Bueno, ¿qué le parece? —preguntó mostrándole la ciudad y su miríada de luces semejante a los reflejos de las estrellas en un lago.
Bönickhausen permaneció en silencio y se acercó a una esquina del antepecho que ceñía la azotea, en el lado opuesto de una impresionante campana empotrada en un campanil de piedra. No quedaba en pie ninguna almena, la mayoría había desaparecido y las restantes yacían en el suelo, dando al conjunto un aspecto de boca desdentada. A pesar de la penumbra, la sensación de dominar todo el valle era impresionante. La Alhambra parecía volar entre el cielo y la tierra. Recordando el motivo de su presencia, el ingeniero alzó la vista hacia la luna, que no había perdido ni un ápice de su superficie. Clément sacó su catalejo y le confirmó que no había comenzado ningún eclipse.
Los dos hombres se sentaron directamente en el suelo, la espalda contra el murete, a resguardo de las rachas indolentes. Estuvieron conversando largo rato, interrumpiendo de tanto en tanto el coloquio para mirar por el catalejo en dirección al fenómeno astronómico que tardaba en producirse.
—¿Para quién trabaja, monsieur Delhorme? —preguntó el francés, cuya curiosidad iba en aumento—. ¿Quién financia sus experimentos? ¿El Observatorio de París?
Clément había sacado dos cigarrillos del bolsillo interior de su chaqueta. Ofreció uno a Bönickhausen, que rehusó cortésmente, y encendió el suyo antes de responder:
—¿Se refiere a mis lanzamientos de globos? Yo soy mi propio patrón.
—Entonces ¡dispone de una fortuna personal! —concluyó el ingeniero—. Sus instrumentos y la tela valen miles de francos.
—Tengo relación con el Observatorio, al que envío las estadísticas diarias. Pero gratuitamente —precisó—. Y no he encontrado ningún tesoro escondido, aun cuando las leyendas en torno a la Alhambra rebosan de ellos.
Delhorme hizo una pausa para aspirar el aire cargado de los olores vegetales que la tierra entregaba al cielo.
—Suelo trabajar para compañías como la suya o las de sus competidores cuando mis arcas están vacías —añadió—. Me ocupo de cálculos matemáticos.
—¿Ah, conque es ingeniero? Siento en el alma haberlo tomado por un aficionado iluminado, pero su apellido me era desconocido.
—No tiene importancia. La mano de quien comunica las mediciones debe ser humilde e íntegra, así sea la de un profesional o la de un apasionado sin diploma. Por lo que a mí respecta, la meteorología no es una ciencia que suscite en mí simple curiosidad. Las observaciones a ras de suelo son indispensables, pero la verdad se halla allí arriba.
Se puso en pie y señaló el cielo, dejando a Bönickhausen el tiempo de opinar en silencio.
—Estoy convencido de que todo se rige por las leyes físicas —continuó Delhorme— y que todo lo que vemos puede traducirse en ecuaciones matemáticas.
Se sentó sobre el murete, de espaldas al vacío, las manos apoyadas tranquilamente en el borde.
—¿Sabe cuál debería ser la velocidad del viento para que pueda hacer bascular un cuerpo de setenta kilos que le ofrezca una superficie de agarre de un metro cuadrado?
Bönickhausen se levantó a su vez, inquieto ante el cariz que tomaba la demostración. No conocía suficientemente a Delhorme para evaluar su grado de inconsciencia.
—Le confieso que no, pero preferiría que me lo dijera a buen resguardo, en el terrado.
—Ciento diez kilómetros por hora. Y si llevase la superficie a 1,8 metros cuadrados, por ejemplo subiéndome de pie, bastaría una ráfaga de cincuenta kilómetros por hora.
—¿No irá a hacerlo? —se intranquilizó Bönickhausen.
Clément soltó una risa corta, puso los pies en el borde y a continuación, despacio, se subió. Una vez de pie sobre el antepecho, abrió los brazos como si se entregara al viento.
—¡Bájese, bájese enseguida! —le ordenó Bönickhausen tras unos instantes de estupor.
—Las matemáticas son la respuesta a todas las ciencias, no hay nada que se les pueda escapar, desde la astronomía hasta la medicina, de la química a la arquitectura, de lo cotidiano a lo excepcional. Son el fundamento…
Alzó la cabeza hacia el cielo lleno de motitas blancas.
—El universo entero es una ecuación que espera a ser resuelta, monsieur Bönickhausen. ¡Y usted y yo estamos llamados a resolver ese secreto! ¿Acaso hay enigma más fascinante? Una ecuación… —repitió para sí.
—¡Baje! —insistió el ingeniero—. No somos Dios ni la ciencia puede preverlo todo.
—Un día no tan lejano hablaremos de tú a tú con ese Dios que no podrá esconderse eternamente allí arriba, ¿no es cierto? —exclamó dirigiéndose a la bóveda celeste—. ¿Qué hora es?
—Las once menos cuarto —respondió Bönickhausen sin siquiera sacar el reloj de bolsillo—. ¡Venga, baje ya!
Para gran alivio suyo, Delhorme saltó hacia el terrado.
—¿A qué viene ese temor? No había ningún riesgo, el viento no supera los cuarenta kilómetros por hora.
—Creo que hemos perdido el tiempo —dijo el ingeniero para cambiar de tema—. No vamos a ver nada esta noche.
—Voy a buscar a Alicia, tanto ella como yo tenemos la enojosa manía de retorcerle el pescuezo a la puntualidad.
—Lo acompaño.
—No, quédese —dijo poniéndole el catalejo en la mano—. Luego me lo cuenta. Espéreme y disfrute del momento. En la Alhambra nunca se pierde el tiempo.
7
Ramón se había levantado enseguida y al intentar caminar se había tambaleado. Su hermano había corrido hasta él justo a tiempo para sujetarlo y llevarlo a una silla dentro de la alcoba de su madre. Los dos se habían quedado en silencio, sentados junto al cuerpo, esperando a que el cochero se recobrara.
—Es la impresión de ver a un muerto —explicó el hermano.
—Es el cansancio del viaje —rectificó Ramón, que ya había sufrido bastantes malentendidos a lo largo de aquella jornada—. Acabo de pasar tres días con un francés que se paraba cada dos por tres en las quebradas y en las riberas. ¡Peor que un buscador de oro! Y a ella por qué la has metido ahí, en la cama —preguntó señalando a la difunta.
Se inclinó y observó el rostro terroso de la muerta.
—No recordaba que tuviera tantas arrugas. Y todos esos pelos en la barbilla, ¡puaj!
—Normal, hace más de diez años que no venías —recalcó su hermano.
—Se diría que es como las patatas del padre Rayez, todas manchadas y arrugadas.
Ambos rieron y a continuación dejaron que se hiciera el silencio. Los dos hombres estaban sentados como dos colegiales, con la espalda recta y las manos en el regazo.
—En todo caso, no la echaré de menos —declaró Ramón.
—¡Ni yo, tenlo por seguro! ¡Nos hizo la vida imposible la vejarrona esa!
Con la mirada fija en los ojos cerrados de la muerta, Ramón imaginó un instante que oía todos sus reproches, tras lo cual se tranquilizó y le contó a su hermano el disparate en que estaba pensando, cosa que los hizo reír de nuevo.
—No me has contestado —comentó Ramón, retomando su mirada seria, con el ceño fruncido—. ¿Por qué la has metido ahí, en la cama de madre? ¿Dónde está madre?
Su hermano se masajeó la boca con su mano gruesa y respondió:
—El dueño de su piso tenía a otra persona a quien realquilárselo, y la vieja tenía que desalojar de inmediato.
—Pero recién muerta…
—Nadie del edificio quería tenerla. Por eso…
—Has cometido la flaqueza de aceptar, a pesar de todo el daño que nos hizo cuando éramos chicos, la vaca esta. Fuimos sus cabezas de turco en la escuela.
—Lo sé…
—Yo en tu lugar me habría negado.
—No tuve elección, fue madre quien quiso. Como está en el hospital y su lecho estaba vacío, me pidió que me ocupara.
—Ah —dijo Ramón, comprendiendo que ese argumento zanjaba la discusión—. ¿Cómo se encuentra madre?
—Todas las mañanas dice que se va a morir ese día, pero ahí está. La otra estaba en plena forma y se ha muerto de sopetón, con la cabeza metida en el barreño de garbanzos que se disponía a desgranar. Así es la vida, unos se van, otros llegan.
Ramón hizo una mueca imaginándose el fin de su antigua maestra que, tiempo atrás, le había obligado a comerse los cabellos que él acababa de cortarle a una compañera de clase.
«Justo cambio de tornas», pensó reviviendo la sensación de fatiga que había experimentado cuando había tenido que tragarse las bolitas capilares después de haberlas masticado.
Se pasó la lengua por los labios y tragó saliva para deshacerse del desagradable recuerdo, tras lo cual miró a su hermano y dijo:
—Por cierto, ¿por qué has dicho «otros llegan»?
—Ven, te lo explicaré por el camino, tengo que poner a madre al corriente de una noticia —eludió el menor, poniéndose en pie y enfundándose su única chaqueta, de terciopelo negro, que cuidaba con delicadeza—. Se alegrará de verte… ¿Has venido en diligencia? Te vi llegar —añadió ante la vacilación de Ramón de asentir.
—Iremos a pie, mis bestias están cansadas —respondió el mayoral, que no tenía intención de volver a montarse en el carruaje.
Como para reafirmar su decisión, Ramón sopló la vela, cuya llama resistió titilando antes de acabar aplastada entre pulgar e índice.
El hospital apareció ante su vista. El edificio, que había pertenecido a la congregación de San Juan de Dios antes de que el Estado español se lo confiscara a sus ocupantes, desplegaba su arquitectura sobria y desnuda a lo largo de una gran porción de calle. Ramón hizo restallar una última vez el látigo por encima de la testa de sus mulas con el fin de anunciar que habían llegado. Las bestias hicieron un último esfuerzo y la berlina se detuvo delante de la entrada principal. Su hermano había conseguido rápidamente imponer su voluntad al explicarle que soñaba con pasar, sentado en el asiento posterior de una carroza, delante del café del heladero Hurtado, su cliente principal, que siempre lo había considerado como un pobre diablo analfabeto. Le había enseñado a Ramón cómo pensaba saludar al señor Hurtado, con un ademán amistoso, casi familiar, un tanto condescendiente, como hacían los ricos burgueses que frecuentaban su establecimiento. Lo había convencido de que esos segundos de igual a igual borrarían de su corazón los años de humillación social. Una vez ejecutado el plan, Hurtado, plantado en la puerta de su café, lo había mirado, incrédulo, había descruzado los brazos y se había secado las manos en su gran delantal blanco mientras lo veía alejarse.
—¡Creo que aún no ha vuelto en sí! —concluyó el hermano después de haber relatado la escena por cuarta vez—. Ahora ve a ver a madre, venga, yo te cuido el simón, para que estéis a solas en el reencuentro.
Ramón le dio unas palmaditas afectuosas en la mejilla. Su travesura lo había transportado a treinta años atrás, a los tiempos en que los dos chiquillos habían sido inseparables. Levantó una nube de polvo ocre al saltar del vehículo y se sacudió la ropa antes de entrar en el hospital, persignándose al pasar por delante de la talla de la Virgen que había encima de la puerta.
—Bueno, en realidad no estaréis a solas —lanzó el joven cuando su hermano mayor ya no podía oírlo.
Se acomodó en el asiento del conductor viendo a los curiosos mirarlo, sacó el cigarro que Ramón le había ofrecido y, poniéndoselo entre las muelas, se dirigió a ellos con aire altivo:
—Yo no soy el cochero, él trabaja para mí.
La sala de cuidados era una nave gigantesca que albergaba un centenar de camas en medio de una mezcla de olores a plantas aromáticas, mentol y escaras. Ramón se detuvo en el umbral para intentar encontrar a su madre en medio del mar de cabezas cubiertas con tocas blancas que se volvieron en dirección a él. El tenue fulgor de un puñado de candiles aún encendidos dispensaba una luz irregular y macilenta, que otorgaba a los enfermos un aire de espectros dignos de los cuentos de Washington Irving. Una monja fue a su encuentro.
—Sé que las visitas terminaron hace rato —empezó a decir Ramón—, pero es que acabo de llegar ahora mismo de muy lejos y vengo a ver a mi madre, la señora Álvarez.
—Venga, lo llevaré hasta ella —se ofreció la religiosa—. Lo espera impaciente desde primera hora de la tarde.
La anciana lo estrechó largamente.
—Ramón, por fin has llegado —dijo con tono lastimero.
—Tienes buen aspecto —la aduló él, sentándose a su lado.
Por toda respuesta recibió una llantina en el transcurso de la cual fue informado de que la mujer había creído morir diez veces en ese día, que había pedido que fuera un cura y que se lo habían negado so pretexto de que no había ningún motivo para que Dios la llamase a su vera y que el médico había propuesto dejarla volver a casa, cosa que ella había rehusado por la sencilla razón de que su lecho estaba ocupado por una muerta, «una de verdad», había insistido ella ante su mirada incrédula.
—Por cierto, ¿la has visto? —preguntó la mujer, revigorizada súbitamente por el hecho de que la vieja maestra había corrido una suerte menos envidiable que la suya.
—Sí, desde luego que la he visto.
—¿Cómo está?
—No se puede estar más tiesa.
—Sí, pero ¿qué le habéis puesto? El cura vino a darme la noticia y me pidió si podía prestarle un vestido para dejarla presentable, que en su casa no había ropa alguna y que estaba hecha una pena.
—No me he fijado —mintió Ramón, que se había preguntado qué hacían las prendas favoritas de su madre vistiendo el cuerpo de la muerta, un vestido con las mangas y el cuello de encaje que aún se ponía para ir a bailar fandangos los domingos por la tarde.
—Le dije a tu hermano que le pusiera un trapo viejo que ya no me valía, espero que me escuchara.
Ramón evitó responder y observó con una mirada circular las camas de alrededor, cuyos ocupantes escuchaban su conversación con interés.
—Por cierto, ¿y tu hermano? ¿Dónde está Mateo? —preguntó la señora Álvarez con un tono que denotaba más irritación que preocupación.
—Me está cuidando la berlina, en la entrada. Luego viene.
—Vete a por él —dijo incorporándose para sentarse—, pero antes te voy a contar lo que ha hecho ese inútil. Y ha sido el doctor Pinilla el que me lo contó cuando la visita. ¡Esta tarde no podrá negar nada!
El mayoral sintió que lo invadía un sentimiento de enojo, como cada vez que su madre aireaba sus asuntos de familia en público hablando de viva voz, siempre demasiado alto. Ya no se atrevía a mirar en derredor, pero notaba todas las miradas fijas en ella y en las revelaciones que él conocía ya, pues Mateo le había contado el secreto. Ramón escuchó a su madre contarle, con la voz enronquecida por unos ahogos que parecían de emoción pero que por experiencia él sabía que eran expresión de la cólera que le hinchaba el gaznate, que su hermano había sido padre de un niño que había nacido ese mismo día y que la madre formaba parte de la comunidad de bohemios, en cuya casa vivía Mateo desde hacía un año sin haberse casado. No supo determinar cuál de estos hechos era el más despreciable a ojos de su madre, pues los tres se disputaban vivamente el primer puesto y acababan sin duda empatados. Cuando terminó su letanía de reproches y le cogió las manos para apretárselas desgranándole sus cualidades, de las que su hermano parecía desprovisto, la señora Álvarez se sintió presa de un leve malestar que la obligó a tenderse sobre su montaña de almohadas, para recobrar el resuello perdido. Una vez recuperado, le hizo un gesto para que se acercara y le susurró:
—Si me habrá hecho daño, mi Mateo… Pero, qué quieres, es mi hijo. Anda, vete a buscarlo. Quiero oírlo de su boca antes de perdonarlo. ¡Una gitana! ¿Te das cuenta?
Cuando Ramón estuvo de nuevo en la acera, tomó una bocanada grande de aire; aromas dulces de azahar le llegaban procedentes de un naranjo enorme que crecía a lo largo de la verja del hospital. Creyendo haberse equivocado de salida, volvió sobre sus pasos y reconoció el pórtico presidido por la estatua de la Virgen.
—No habrá osado… —murmuró apretando los dientes al ver que en la calle no había vehículo alguno—. No se le habrá ocurrido atreverse…
Ramón abordó a un joven granadino en plena discusión con su novia para preguntarle si había visto irse su berlina. La interrupción molestó al joven profundamente y el cochero no obtuvo más que un comentario acerbo sobre su actitud inoportuna. Ramón se contuvo hundiendo las manos en los bolsillos y envió a la muchacha una mirada compasiva, a falta de corregir al desvergonzado. Ella le devolvió la ojeada con una sonrisa y el novio la agarró del brazo para llevársela más lejos.
Ramón se encogió de hombros y se volvió hacia la entrada del hospital, pero el conserje acababa de cerrar la puerta. Ya solo podía regresar a pie y cavilar sobre cuál iba a ser el castigo que infligiría a su hermano. Como dudara entre el estrangulamiento y el hierro al rojo vivo, su mente volvió a los restos mortales de su maestra, que ocupaba la alcoba como una reina. «¡Me va a tocar velar a la que me hizo odiar de por vida los cabellos femeninos y los estudios! Vaya noche tan bonita para mi regreso a Granada», pensó mientras escrutaba el escaso tráfico que circulaba por la calle del hospital.
—Se marchó hace media hora en dirección al Albaicín.
Al darse la vuelta, se encontró con la joven, que había regresado sola. Una vez pasada la sorpresa, Ramón le dio las gracias de todo corazón.
—No se enfade con él —explicó la joven—, lo interrumpió en plena declaración.
—Cuánto lo lamento. Dígale que lo siento. ¿Va a tomarlo de novio?
—No lo sé. Es un muchacho encantador, pero tal vez un tanto hosco.
Se desprendió el clavel rojo que llevaba en la sien izquierda y se lo dio.
—¡Buena suerte tenga usted! —le dijo antes de desaparecer por el jardín del hospital.
Ramón cruzó la calle en la dirección indicada. Acababa de comprender las intenciones de Mateo y apretó el paso.
8
Clément rodeó el palacio de Carlos V y se fue derecho a la torre de Comares. Cruzó el patio de los Arrayanes en cuyo centro el estanque jugaba a hacer de espejo con las estrellas, y se topó con la puerta cerrada del Salón de los Embajadores. Llamó de viva voz y con los nudillos, pero fue inútil. Alicia no estaba allí y ya nadie vivía en las plantas superiores desde que su mujer había puesto orden en el lugar.
Al salir del edificio chocó con un cuerpo tendido, recostado en el último peldaño de la escalera exterior del Cuarto Dorado. La masa oscura cobró vida de inmediato. Una cabeza hirsuta y bermeja asomó de la manta que la cubría por entero. El hombre, uno de los numerosos vagabundos que salpicaban las calles de la ciudad, había tenido la buena fortuna de eludir la ronda y echado cuenta de pasar la noche tan ricamente en algún rincón de la Alhambra. No había visto entrar ni salir a nadie, cosa que juró por todos los santos que recordaba, pero su memoria pareció tan poco firme como su equilibrio, que él trataba de mantener mal que bien. Acabó por volver a tumbarse, después de prometer a Clément que lo avisaría si venía a chocar con él una mujer, cosa que en su fuero interno esperaba que sucediera pero que no le había pasado desde hacía lustros. El hombre volvió a ponerse la capa, al tiempo que soltaba un «buenas noches» acompañado de un regüeldo y pareció quedarse dormido de nuevo antes de que Clément hubiese llegado a la esquina del pasadizo. El francés se reencontró con Contreras, que venía de apagar su horno y se apresuraba a subir con ellos a la azotea de la Torre de la Vela. Alicia no había aparecido por el taller.
—¿Puede abrirme el Salón de los Embajadores? Quisiera asegurarme —insistió Clément.
La petición tenía el tono de una orden y la preocupación alcanzó a Rafael. Se hizo con un farolillo y un manojo de llaves que tintineaban haciendo mucho ruido.
El vagabundo ya no estaba en el pórtico del Cuarto Dorado y Clément aceleró el paso, mientras el arquitecto paseaba su quinqué por delante de la entrada a todas las piezas que daban al patio de los Arrayanes. La agitación pareció contagiarse a los peces del estanque, a su paso.
—La llave —se impacientó Clément delante de la puerta a la torre de Comares.
Rafael descorrió el cerrojo del enorme portalón de listones azules, uno de cuyos batientes abrieron entre los dos, no sin dificultad. No pudo evitar admirar el alicatado que había ido colocando a lo largo de la semana y alzó la vista hacia el techo, la más bella obra de carpintería que le había sido dado contemplar, mientras Delhorme rebuscaba meticulosamente por todos los recovecos de la sala sin prestar la menor atención al lugar.
—No ha venido —afirmó Clément después de ponerse delante del pequeño andamio de su taller.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
—Su perfume. No hay rastro de su perfume. No ha entrado aquí, no me cabe duda. ¿Tienen más reformas en curso?
—Por doquier, pero no avanzan desde hace días… A decir verdad, sí, los Baños: el mes que viene tenemos que rehacer la yesería. He comenzado a preparar los soportes, pero Alicia no ha participado en eso.
Rafael hablaba en voz baja como si estuviera revelando un secreto. El eco de sus susurros se perdió en la inmensidad de los muros ornamentados con arabescos de estuco, con un techo tan alto como el de una catedral.
Clément le quitó el farolillo de las manos y salió.
—Pero ella no tiene la llave —dijo Rafael agitando su manojo de llaves—, estamos perdiendo el tiempo.
—No se olvide de cerrar —voceó el francés, que se iba ya por el patio de los Arrayanes—. ¡A mi mujer no le va a hacer ninguna gracia encontrarse un vagabundo por aquí mañana por la mañana!
La primera puerta del pasillo de la izquierda daba directamente al vestíbulo de los Baños, y a Clément no le extrañó nada encontrársela abierta. Además, por ella se subía también a los antiguos aposentos ocupados por los allegados del último gobernador, y a veces los guardias, soldados inválidos para quienes la vigilancia de los palacios de la Alhambra era una novedad, olvidaban echar el cerrojo. Sin duda el vagabundo se había instalado allí y debía de haberlo desalojado Alicia, quien consideraba el lugar como un tesoro que había que proteger y podía mostrarse arisca con quienes no lo respetaban. Al menos esa era la versión que se perfiló en su mente. El bribón estaba demasiado achispado para ser peligroso, pero ¿dónde se había metido Alicia? ¿Por qué no había vuelto a aparecer?
Clément la llamó, aguardó una respuesta que no llegó y bajó por una escalera muy empinada. Atravesó la sala de reposo de los Baños y penetró en el hamam sonriendo: había identificado el perfume de su mujer.
—¿Alicia?
—¿Hola? —dijo Contreras, a su espalda.
Un gemido quejumbroso les respondió en una pieza vecina. Atravesaron la primera sala, con techo en forma de cúpula. Alicia se encontraba en la segunda, más reducida, tumbada dentro de una bañera alicatada, con la cabeza hacia atrás y las manos crispadas, asidas a los bordes. Su mirada se cruzó con la de Clément y expresó un sentimiento de alivio seguido inmediatamente por otro de dolor. Apretaba con tal fuerza la mandíbula que no podía articular palabra, tan solo gemidos, los mismos que los habían llevado hasta ella. Él se sentó a su lado y le acarició los cabellos. Al cabo de un largo momento, Alicia consiguió decir:
—Creo que… creo que estoy a punto de dar a luz, marido mío.
Clément se levantó como movido por un resorte, dio tres pasos y volvió a acercarse a ella:
—Voy a buscar a Manuel —anunció.
Manuel Molina, que ejercía de médico de la guarnición de la Alhambra desde hacía más de veinte años, vivía en uno de los edificios de la Alcazaba.
—No estoy segura de que tenga mucha práctica en partos —pudo ella decir en tono de broma—. Mejor ve a buscar al doctor Pinilla, él…
La interrumpió el dolor de una contracción violenta, pero más breve que las precedentes.
—Está al corriente de mi caso —agregó.
—Yo me encargo —intervino Rafael Contreras—, quédese con su esposa.
Les dejó el quinqué y salió a oscuras. Clément se estremeció. La sala, completamente forrada de azulejos, carecía de ventanas y sus únicas aberturas al exterior eran unos tragaluces diminutos en forma de estrella horadados en la bóveda.
—Bueno, pues aquí estamos —dijo dando una vuelta alrededor de la bañera—. Ha llegado el gran momento. ¿Tienes frío? No debí dejarte sola esta noche. En cuanto te sientas mejor, te llevaré a nuestra habitación. Y encenderemos el fuego. Y te llevaré toallas calientes. Pero ¿cómo se te ha ocurrido venir aquí? Es por el vagabundo, ¿verdad? ¿Lo has visto? Y pensar que aún no he fabricado la camita para nuestro hijo… Nos las arreglaremos por esta noche, ¿de acuerdo?
Alicia hizo cesar la verborrea agarrándole tan fuerte de la mano que las uñas se clavaron en su palma. Él se calló y se contentó con acariciarle la frente, que unas arrugas de dolor estriaban cada tanto. El tiempo discurría lentamente. Un pedazo de luna de una extraña tonalidad cobriza era visible a través de una de las estrellas del techo. «Bönickhausen… —pensó—. Si han pasado los guardias, se halla encerrado en la Torre de la Vela. Irá a buscarlo Rafael. Pero qué hace ese. ¡Hace ya una hora que se fue!».
Se desabotonó la chaqueta, hizo una bola con ella y se la puso a Alicia debajo de la nuca, pues el contacto contra la arista del alicatado le estaba haciendo daño. Ella le dio las gracias con la mirada y le acarició la mejilla para tranquilizarlo.
—Pero qué estarán haciendo —murmuró de nuevo.
Un grito respondió su pregunta, seguido de un reniego y a continuación una andanada de palabrotas. Poco después apareció Rafael seguido del doctor Pinilla, que se agarraba el codo y con el pómulo izquierdo enrojecido.
—Hemos encontrado a su vagabundo —anunció Rafael.
—Me he caído encima de él —apostilló el médico. Y se remangó para comprobar que solo tenía un rasguño.
Depositó el bolso de fuelle en el suelo y lo abrió, tras lo cual se volvió hacia Rafael Contreras. El arquitecto comprendió su petición implícita y se retiró. Pinilla dirigió la misma mirada interrogante a Delhorme.
—Quiero que mi marido se quede —anunció Alicia, con la respiración dificultada por las contracciones.
—Muy bien, entonces ya estamos todos —exclamó Pinilla—. Su amigo ha tenido la fortuna de encontrarme en mi domicilio.
El médico había dejado que su mujer se fuera sola a casa de su hermana so pretexto de una avalancha de trabajo, con el fin de poder continuar su lectura de Nuestra Señora de París. Rafael lo había arrancado de la novela en el pasaje en que Esmeralda era detenida por el asesinato de Febo, cosa que lo había molestado profundamente. Después de hacer parte del camino refunfuñando, Pinilla había recobrado la concentración en la cuesta de los Gomeles y se había puesto a sopesar riesgos y a evaluar los medios para prevenirse de ellos.
—No pensé que volvería a verla tan pronto, querida señora —dijo mientras armaba el estetoscopio—. Señor Delhorme, está al corriente de los desafíos que entraña el parto de su mujer…
—No… —lo interrumpió ella.
—La criatura se ha adelantado dos meses, ¿es eso? —tanteó Clément sin dejar de mirar a Alicia.
Ella asintió con la cabeza, luego negó, incapaz de pronunciar una sola palabra, el rostro desfigurado por el dolor.
—¿Sí y no?
—Es verdad que el alumbramiento estaba previsto para agosto —confirmó Pinilla—. Pero el problema es otro. Su mujer, entonces, no le ha explicado…
—Todavía no —respondió él sin esperar la confirmación de Alicia—. ¿Tiene el crío un problema de salud?
—No, están bien —respondió el médico.
—Están… ¿Son gemelos? ¿Se trata de eso?
Clément interrogó a su mujer con los ojos.
—¿Vamos a tener dos hijos?
Ella negó de nuevo con la cabeza. Luego respiró hondo después de una contracción larga, extendió la mano y replegó lentamente el pulgar y el meñique contra la palma.
—¿Tres? ¿Tres gemelos?
Los dedos de Alicia se aflojaron como pidiendo disculpas. Él la besó en la frente y le acarició los cabellos.
—Pero eso es maravilloso, amor mío, es…
Se levantó, cogió del brazo al médico y lo llevó aparte.
—¿Es peligroso? —susurró, dándole la espalda a su mujer.
—De eso quería hablarle —respondió Pinilla con voz serena—. Van a nacer tres criaturas prematuramente y no serán tan fuertes como deberían. Por otra parte, su mujer no podrá amamantarlos a los tres. Comprenderá que en esta situación cabe esperar que…
El médico no tuvo tiempo de terminar su frase. Delhorme se lo había llevado a la pieza contigua.
—¿Cuál es el riesgo más grande, doctor?
Pinilla hizo gesto de reflexionar, tras lo cual le compendió hasta qué punto el alumbramiento de tres hijos debilitaría a su mujer, que corría el riesgo de no tener fuerzas suficientes para expulsar al último.
—La señora Delhorme me parece una mujer extraordinaria y valiente, pero lo que verdaderamente me preocupa es la supervivencia de los recién nacidos. No conozco ningún caso en que tres hijos nacidos en el mismo parto hayan sobrevivido. Además, yo nunca he asistido en ningún parto de trillizos.
—¿Qué podemos hacer para incrementar nuestras probabilidades? ¿Qué he de hacer yo?
En ese preciso instante, Alicia tuvo la impresión de recibir un puñetazo en el vientre y chilló hasta quedarse sin aire en los pulmones.
La luna había vuelto a aparecer. El espectáculo había sido magnífico, el más hermoso que Bönickhausen había visto en su vida. El astro había producido, al inicio del eclipse, reflejos azulados y después había reaparecido con la forma de una esfera perfecta de color rojo ladrillo.
—Medianoche y tres minutos —dijo mirando maquinalmente su reloj como para anotar el final de un experimento.
Cerró el catalejo y se acercó al antepecho en cuyo ángulo emprendía el campanil su letanía de tañidos. Se hallaba en el lugar preciso en el que Delhorme había estado de pie y constató lo lisa y resbaladiza que era allí la piedra, gastada por el tiempo. El ingeniero meneó la cabeza con un ademán cargado de reproches. Se asomó hacia el vacío y distinguió una forma oscura pegada a la torre, a unos dos metros hacia abajo desde la terraza.
—¡Tampoco está tan loco nuestro hombre! —exclamó, divertido.
Un andamio constituido por planchas ceñía un tramo de muro alrededor de una ventana, cuyo arco de mosaicos estaba siendo restaurado.
—¡Señor ingeniero! —lo llamó Contreras desde la entrada a la terraza.
Bönickhausen fue hacia él sin apresurarse y se dio cuenta de que el hombre estaba cubierto de sudor. Rafael le resumió la situación y lo invitó a ir a su morada, que se encontraba en otro edificio distinto del de la vivienda de los Delhorme.
—La cámara de Carlos V, un privilegio —indicó el arquitecto mientras cruzaban la explanada en dirección a los palacios.
—O sea ¿que voy a dormir en la cama de un rey? —preguntó Bönickhausen, y se comprometió en silencio a relatar la anécdota en su siguiente carta a sus padres.
Rafael lo detuvo cogiéndolo del brazo.
—De un emperador. A decir verdad, él en persona nunca durmió allí, pero el escritor Washington Irving sí —le contó como un secreto, y reanudó la marcha.
El nombre del novelista, del que Bönickhausen no había oído hablar, no causaría el mismo efecto en sus padres, pero se prometió mencionarlo de todos modos. Le gustaba aderezar su correspondencia familiar con anécdotas que no fuesen únicamente la de las futuras obras que preveía construir y su correspondiente coste.
Después de atravesar una sucesión de piezas, Contreras se detuvo en una sala cuadrada de estilo italiano con un artesonado muy deteriorado, donde una cama reciente había sido instalada en un rincón. Carecía de dosel y velos, de cortinas, colgaduras o atavíos ostensibles dignos del fasto de una familia real; tan solo se veía una chimenea decorada con un escudo de armas de piedra.
—Las obras de remozamiento no han comenzado aún en esta parte —se disculpó el arquitecto—, pero tendrá vistas al jardín de la Lindaraja. El borboteo de la fuente lo mecerá durante la noche —añadió, abriendo de par en par la ventana que daba al patio.
Las ramas entrecruzadas de un limonero y de un naranjo alcanzaban la altura a la que se encontraban ellos y presentaban sus flores como una ofrenda que podían tocar con las manos. Llegó hasta allí el grito desgarrador de la señora Delhorme. Los dos hombres se miraron sin decir nada. El grito terminó en un largo quejido y después el murmullo del agua deslizándose por el mármol de la fuente recobró sus derechos.
Una vez solo, Bönickhausen se sentó en la cama y observó el techo recubierto de una multitud de casetones de madera de cedro, que enmarcaban motivos de frutas y flores. Las pinturas murales habían quedado casi totalmente borradas por el tiempo y recubiertas de firmas y palabras de visitantes poco escrupulosos, que se puso a leer. No tenía sueño pero, aunque lo hubiese tenido, los alaridos de dolor de Alicia le habrían impedido dormirse. Pensó en su mujer, también encinta, y en el día del parto. No sabía cómo se comportaría en tal situación él mismo, pero era mayor su impaciencia que su angustia.
Oyó todo, como si el alumbramiento estuviera teniendo lugar en la pieza adyacente, y se dio cuenta de que los sonidos se propagaban por el conducto de la chimenea. Intentó escribir, pero no logró concentrarse; luego trató de dormir, en vano. Abrió entonces su cuaderno, escogió un lápiz con mina de grafito blando y dibujó la pieza en su conjunto. A pesar de que la palmatoria apenas si alumbraba algo, se lo tomó en serio y dibujó bocetos de los diferentes casetones del artesonado, además de la chimenea ornamentada con los emblemas imperiales. Habían transcurrido dos horas cuando oyó unos pasos en el corredor de acceso. Clément entró.
—¿Ya? ¿Es usted padre? —preguntó Bönickhausen abriendo los brazos, preparado para darle un abrazo.
El grito de Alicia respondió en lugar de su marido, que arrugó las cejas.
—Necesito su ayuda —dijo—, se lo explicaré por el camino.
Emprendieron una ruta que el ingeniero no conocía, por un pasillo estrecho y después por una escalera de caracol, para llegar finalmente a las termas. La señora Delhorme, tumbada dentro de una bañera alargada de forma cuadrada, tenía el cuerpo oculto en parte por el médico, que le apretaba el vientre con una fuerza asombrosa. Apartó la mirada, no solo por desagrado sino también por pudor, y siguió a Clément a la última cámara de los Baños.
—El antiguo horno —le informó.
—¿Qué necesita de mí?
Clément le contó de la existencia de los tres mellizos y los riesgos relacionados con su prematuridad.
—En primer lugar, necesitarán un ambiente caldeado y húmedo. Luego tendremos que encontrar una nodriza para paliar la falta de leche.
Bönickhausen admiró la calma y la determinación del Delhorme.
—El doctor me ha advertido que el parto podría durar varias horas —añadió—. Y Alicia no está en condiciones de trasladarse a otro lugar. Por lo tanto vamos a hacer lo que podamos aprovechando los medios de que disponemos. Hay un hipocausto debajo del embaldosado y un sistema de conducción del vapor. Los vamos a poner en funcionamiento.
—Puede contar conmigo —dijo el ingeniero, desabrochándose la chaqueta.
—Junto a usted se encuentra el horno —indicó Clément mostrando un gran nicho con los muros renegridos—. Hay una reserva de leña en nuestros aposentos y otra en la guarnición. Los canales del hipocausto calentarán enseguida el suelo. En cuanto al vapor, hay una pila pequeña en la sala de al lado, conectada con las calderas.
—No debería ser demasiado complicado —dijo Bönickhausen remangándose.
—Salvo por un detalle: ya no hay calderas, las vendieron hace cien años. Cuento con usted, ingeniero Bönickhausen.
9
Ramón avanzaba por el camino que subía serpenteando desde el desfiladero encajonado que separaba el Albaicín de la colina de la Alhambra. El paraje no contaba con alumbrado y a menudo sus pies chocaban con raíces o guijarros. La luna casi había desaparecido y se había transformado en un círculo del color de la sangre seca.
—Esto no me gusta —refunfuñó sin atreverse a volver a mirarla.
Pasó por delante de una gran cruz de piedra, plantada en el borde del talud, y aprovechó para santiguarse. Un hombre dormía en el suelo, arrebujado contra el pretil que ofrecía una protección simbólica del barranco que bajaba en picado hasta el Darro. De día, los habitantes del lugar lo usaban como banco para hacer un alto en el camino. De noche, el poyo proporcionaba resguardo a los desdichados vagabundos. Más allá, en el lado de la colina, un aloe inmenso recortaba su silueta esquelética contra el cielo. Ramón conocía bien las leyendas que se contaban de una Alhambra rondada por los espectros de los guerreros moros. Maldijo a su hermano por haberlo obligado a subir de noche al Sacromonte, el lugar que más miedo les daba de niños, la guarida de los gitanos, la colina maldita, pero estaba convencido de que Mateo había ido allí para llevarse a su bohemia a dar un paseo en berlina. «¡Ese es capaz de cualquier cosa, el muy estúpido! En plena noche, con las bestias agotadas y una luna que desaparece». Le pareció distinguir las primeras luces del poblado. Ramón aceleró el paso en el momento en que la luna recobraba una tonalidad ámbar.
La colina de los gitanos parecía animada por una actividad tan intensa como si fuera pleno día. Los habitantes se habían reunido en torno a varias fogatas que ardían como solecillos en las pendientes escalonadas. La hoguera principal ardía en la terraza más elevada, a cincuenta metros por debajo de la abadía del Sacromonte, delante de la entrada de la mayor de las cuevas, la única que disponía del privilegio de un tejadillo y una banca de madera. Un puñado de personas acompañaba con palmas las evoluciones de una joven bailaora flamenca, de movimientos fluidos pero sin gracia, ataviada con un vestido de muselina de colores chillones. El guitarrista, sentado en una silla, rasgaba las cuerdas con eficaz economía. Las llamas envolvían unos listones grandes de madera colocados formando pirámide y lamían el cielo con sus puntas febriles. Ramón llegó hasta el grupo cruzando por las pasarelas y subiendo por las escalas que comunicaban las terrazas, acumulando en cada etapa una nueva nube de chiquillos curiosos y pedigüeños que veían por primera vez a un forastero penetrando en la colonia después del anochecer.
Cuando Ramón llegó ante el anafe, el guitarrista dejó de tocar en mitad de un cante chico y la bailarina se dejó caer en el suelo como una muñeca de trapo. El hombre se quedó sentado, mirándolo, esperando a que el desconocido tomase la palabra, sin hacer nada para facilitarle las cosas al sujeto que acababa de interrumpirles la velada. Solo los niños seguían interpelándolo y tirándole de la ropa, hasta que una señal del guitarrista los hizo salir corriendo y desaparecer en la penumbra. Uno de los listones del fuego, a medio calcinar, se partió por la mitad, provocando que todos los demás se vinieran abajo con un chorro de chispas. Ramón se quedó observándolos un instante, reparó en el fragmento de fieltro rojo atado a una de las maderas y se llevó las manos a la cabeza gritando:
—¡Mi berlina! Mi berlina… ¿Qué han hecho con ella?
Su reacción desató las risas de la concurrencia, cosa que a él lo enfureció aún más. Trató de sacar las planchas de madera del fuego, pero lo único que consiguió fue quemarse la mano. Soltó por su boca un muestrario de todos los improperios en boga en Guadix y pisoteó el suelo.
—¿Qué problema tienes, payo? —rugió una voz a su espalda.
Todos se callaron de golpe y bajaron la vista, incluido el músico, que sin embargo parecía tener autoridad sobre los demás. El gitano que estaba plantado delante del umbral de su vivienda, flanqueado por cuatro hombres todos más fornidos que él, llevaba un sombrero con forma de embudo, con un borde ancho alrededor y terminado en un pompón de tela. Su rostro joven, más bien benévolo sin llegar a ser amigable, quedaba parcialmente comido por una collera de espesa barba. Vestía una chaqueta multicolor bordada y punteada de lentejuelas y los pantalones remetidos por unas botas altas con flecos. Ramón reconoció al jefe del clan, Antonio Torquado, por la descripción que le había hecho su madre cuando le refirió la situación de Mateo.
Al no obtener respuesta, el príncipe de los gitanos prosiguió:
—¿Qué te pasa a ti con tu carroza? ¿Vienes a acusarnos en plena noche de habértela quemado? ¿Estás loco, borracho o completamente inconsciente, hombre?
Su voz, pese a ser calmada y reposada, llegó hasta las otras cuatro fogatas, cuyos participantes detuvieron sus actividades. Unos fueron hacia ellos. Torquado avanzó en dirección a Ramón, que empezó a lamentar haber ido.
—Pero no son ustedes los que la han robado, sino Mateo, mi hermano —balbució, tratando de ganarse la aprobación de todas las miradas dirigidas a él.
El mayoral explicó la razón de su presencia y su sorpresa al haber reconocido el tejido entre la leña.
—Es igual al de mi vehículo: todo el techo está tapizado, por eso he creído que mi hermano había sufrido un accidente, el camino es tan peligroso, y he pensado que estas planchas venían de mi berlina, ¿comprende? Pero creo que me he equivocado, voy a dejarlos —concluyó tratando de romper el corro que lo rodeaba.
Nadie se movió. Torquado, que bebía vino en un vaso de barro cocido, le tendió el recipiente. Ramón no se atrevió a rechazarlo y, después de darle un trago, se lo devolvió.
—Ya los dejo, de verdad —repitió—. Tengo que encontrar a mi hermano.
—Entonces, según usted, habría destrozado su carroza, que nosotros habríamos despedazado para calentarnos. ¿Y las mulas? ¿Nos las habríamos comido, por casualidad?
Todos los presentes rompieron a reír. El príncipe agarró firmemente a Ramón por la nuca y se lo llevó hacia la terraza inferior.
—¿No le interesa saber si su hermano está bien después de su accidente?
Bajaron la colina hasta el ribazo del Darro, acompañados de los cuatro gitanos que sostenían cada uno una antorcha, seguidos a una distancia respetable por parte de los colonos. Ramón identificó rápidamente la forma oscura entre la hierba a una decena de metros del arroyo y apretó el paso hasta su berlina, cuyo pértigo reposaba en el suelo. El príncipe cogió una de las antorchas para alumbrar el vehículo, que estaba intacto. Ramón lo rodeó unas cuantas veces, manipuló las portezuelas, a continuación verificó las suspensiones de cuero y resopló sonoramente, aliviado.
—Pero ¿qué ha pasado?
Mateo no se lo había pensado dos veces. «Cuide bien de los suyos…». La frase del doctor Pinilla lo había removido por dentro. Había comprendido que el vehículo de su hermano le ofrecía una oportunidad única: le permitiría abandonar el Sacromonte, Granada y la miseria junto a Kalia y el niño. Al ver a los dos tortolitos diciéndose cosas dulces en voz baja en una esquina de la calle del hospital, se había decidido. Ya tendría tiempo de devolverle el coche a Ramón cuando su familia estuviera a salvo, lejos de Torquado y su banda. «Mi familia», había dicho para sí, orgulloso al pensarlo, antes de hacer restallar el látigo por encima de Bandido y Capitán. Había salido del camino donde arrancaba la primera pendiente que subía hacia la colina de los gitanos y se había dirigido al fondo de la garganta orientándose gracias a los pálidos reflejos plateados del Darro, había atado el carruaje a un viejo olivo y había trepado por el flanco meridional de la colina con el fin de evitar a los grupos de bohemios, que se reunían alrededor de los hornillos, y de llegar en medio de la oscuridad a la cueva apartada de Kalia.
Había entrado como un gran señor llegado para liberar a su princesa, le había expuesto su plan y por toda respuesta había recibido una piedra en punta, arrojada sin miramientos, seguida de una argumentación florida en la que le explicaba que una bohemia jamás abandonaría su clan por un payo pobre y repulsivo, lo cual a Mateo le había parecido exagerado tanto en lo uno como en lo otro. El niño se había despertado y se había puesto a berrear tan fuerte como un cantaor en una zambra, obligando a Kalia a concederle un paseo en carroza, solo una vueltica, con el fin de calmar al crío y de imaginarse como una princesa durante una escapada por Granada. Mateo había llevado en brazos a la madre, incapaz de caminar, quien a su vez llevaba en brazos a su retoño, incapaz de callarse. Los había instalado a los dos dentro del habitáculo, había subido al puesto de cochero y, en el momento de partir, había reparado en el extraño color que empezaba a adoptar la luna, cosa que, más que asustarlo, lo había asombrado. Con un golpe de muñeca a las riendas, había azuzado a las bestias para que echasen a andar, pero ellas se habían negado. Después de varias tentativas infructuosas, se había resignado a utilizar el látigo, lo cual había tenido por efecto encabritar a las dos mulas, atascar la berlina en una rodada, hacer gritar de dolor a Kalia y provocar que acudiesen todos los gitanos de la colina.
A pesar de las protestas de Kalia, Torquado se había mostrado intratable. Los hechos iban contra ella y, ya que había querido huir del Sacromonte, él la desterraba, junto con Mateo y el niño. Magnánimo ante los muslos vendados de la joven madre, el príncipe les había dejado una de las dos mulas, quedándose con la otra y con la berlina.
—¡Pero es mía! —se atragantó Ramón al conocer la noticia—. ¡Y la bestia también!
—Está usted en un territorio en el que nosotros tenemos plena autoridad —le aseguró Torquado.
—¡Me quejaré al capitán, al gobernador! —dijo el mayoral, envalentonado, antes de retroceder al ver que el gitano se le acercaba.
El príncipe lo miró fijamente sin replicar y, acto seguido, le tendió la antorcha. La conversación había terminado.
—Dígame al menos adónde se han ido —suplicó Ramón con poca convicción.
Torquado ya le había dado la espalda. El cochero lanzó una mirada última a su vehículo y, luego, a los dos hombres que se habían quedado a ambos lados del coche, mientras todos los demás no eran ya más que una culebra luminosa que remontaba la pendiente en dirección a las terrazas.
Bajó del monte y entró en Granada hasta Plaza Nueva, donde las calles estaban más animadas que de costumbre. La luna había recobrado su color y su brillo, pero la noticia del eclipse se había difundido y había hecho salir a los curiosos. Después de inspeccionar la plaza con presteza, Ramón salió de ella y se fue directamente a casa de su madre. Llamó con los nudillos a la puerta de la vivienda, pero nadie abrió. Solo salió el vecino de rellano, alertado por el ruido.
—La que está ahí dentro no parece que le vaya a abrir —comentó el hombre—. Está muerta.
—Ya lo sé —rezongó Ramón, cuya energía y paciencia iban en declive—. ¿No ha venido Mateo esta tarde?
La respuesta negativa no lo sorprendió. Apoyó las manos en la nuca. No había comido nada desde Guadix y reflexionar le parecía un ejercicio que no estaba al alcance de sus fuerzas, cuanto más que con su hermano era imposible prever nada.
—¿Quiere pasar a descansar un poco? —le ofreció el vecino—. Lo he reconocido, señor Álvarez. Mi mujer ha hecho salmorejo —añadió para convencerlo—. Así me cuenta su vida de hombre de negocios en Murcia.
Las cejas del mayoral adoptaron una posición horizontal, al mismo tiempo que se le iluminaba la mirada. Entró haciendo mil venias a su salvador, se dejó caer en la silla que le ofrecieron sin siquiera quitarse la chaqueta, mientras la esposa, convocada, se iba corriendo a la cocina. Ramón salivó al ver la miga de pan empapada en la mezcla de aceite, vinagre y tomate, recubierta de una apetitosa loncha de jamón crudo, cuyo color le recordó los claveles prendidos en la melena de la bailaora gitana. Ahuyentó tal pensamiento y se zampó tres salmorejos seguidos hasta rebañar el plato, sin dejar en ningún momento de interpretar el papel del empresario de transportes que no era en realidad (o no aún), respondiendo a las preguntas de su anfitrión y dándole las gracias a su madre en su fuero interno por haber exagerado su posición. Le vino al recuerdo la suerte que había corrido su berlina, y eso lo entristeció y le dio un aire intranquilo que el vecino tomó por preocupación acerca de la salud de su madre. El hombre le ofreció una bebida alcohólica muy anisada, Ramón le ofreció a su vez un cigarro y los dos se sentaron en un sofá tapizado con un tejido brillante, delante de una ventana abierta a la noche, por la que les llegaban serenatas y cantos de las calles vecinas. Dejó que el vecino le contase la vida del inmueble piso por piso, y a continuación la de la maestra finada, cosa que le hubiera sobrado. Se sentía mejor, relajado por el alcohol y la facundia de su anfitrión, y ya no tenía fuerzas ni para moverse. Iría a descansar antes de retomar la búsqueda. Ramón percibió en la esquina de la ventana el borde amarillo claro de la luna, recuperada de su eclipse.
—Se hubiera dicho una fruta pocha —dijo pensando en el astro, interrumpiendo al vecino en medio de su perorata—. Hace un instante tenía toda la facha de una fruta en descomposición —repitió ante la mirada incrédula del hombre.
Este pareció intentar reordenar sus ideas y manifestó su perplejidad cruzando y descruzando las piernas antes de responder:
—Lo siento terriblemente. Sin embargo, hicimos todo lo posible para que tuviera un embalsamamiento de calidad.