XVII

51

Levallois-Perret,

miércoles, 7 de julio de 1880

¡Vamos! ¡Deprisa!

La exhortación de Koechlin no afectó a Nouguier. Lanzó una ojeada al reloj de péndulo del taller y siguió con lo que estaba.

—¡Que nos están esperando! —insistió el ingeniero.

Con ayuda de unas tenazas, Nouguier cortó una varilla de hierro que sobresalía de la maqueta. Se retiró un poco para contemplar el conjunto y emitió un gruñido de satisfacción.

—Ya nos podemos ir. No te apures, que Gustave tiene un montón de asuntos que tratar con el señor Bartholdi y no estarán desocupados mientras nos esperan. Bonita, ¿eh? —le preguntó señalando la maqueta.

La estructura interior de la estatua de la Libertad estaba formada por piezas de hierro caladas, sujetas entre sí por un enrejado en forma de cruz de San Andrés; tenía el aspecto de un tronco de árbol del que hubiese salido una única rama.

—Se diría uno de los pilares del puente del Duero —comentó Nouguier.

—¿Cómo vamos? —preguntó Koechlin a lo suyo, preocupado.

—No queda ningún vehículo disponible —les informó Compagnon, que acababa de entrar—. El patrón se ha ido con el coche de punto y yo necesito la carreta para llegarme a la estación a recoger los hierros de Pompey.

—¿Cogemos el tranvía? —sugirió Koechlin.

Compagnon se había acercado a un mapa de las líneas que tenían puesto en la pared.

—No hay ninguno que pase por la calle de Chazelles. En cuanto al colectivo… —empezó a decir mientras seguía con el dedo las líneas rojas que cruzaban el plano de París—. Tenéis que ir hasta el cruce de Berzélius para coger la línea H y cambiar en Legendre a la AJ y bajar luego en el parque de Monceau. Me parece a mí que iréis más rápido a pie y os llevaréis menos zarandeos.

—Llueve a ratos —apuntó Nouguier—. Cogeremos un coche de punto. Hay una parada de coches en la plaza Clichy.

Envolvieron la maqueta, de un metro de alto, y su pedestal con una tela de yute, y salieron mientras las nubes, infladas cual esponjas, desplegaban su llovizna sobre la ciudad.

El coche vacío rodaba al paso en busca de clientes potenciales. El cochero sabía que tenía prohibido recoger a nadie que no estuviera en alguna de las paradas reservadas al efecto, pero su situación era precaria. «Culpa del monopolio», rezongó en su fuero interno. Ese monopolio, instaurado por Napoleón III, que en 1855 había creado la Compagnie Impériale des Voitures de París y la había abolido en 1865, había permitido la eclosión de una empresa dominante y favorecido la desaparición de gran cantidad de participantes del sector. La Compagnie Générale des Voitures de París empleaba desde entonces a cinco mil de los diez mil cocheros en activo. «Y yo me las veo solo frente a todo un ejército», se dijo el hombre, cruzándose con un cochero de la susodicha CGV, cuyos caballos trotaban ligeros en medio de un tráfico, sin embargo, denso. Había hecho su aprendizaje y obtenido su permiso de conducir trabajando para la compañía Les Phaétons, que poco antes había sido adquirida por el monopolio y a la que le había comprado su coche de punto. Iba a tener que cambiarlo al cabo de tres o cuatro años, visto su rápido desgaste por el empedrado parisino, pero eso ya no sería posible, lo cual lo llevaría inevitablemente a la quiebra. Había decidido reaccionar y luchar con sus armas. Por eso, el hombre buscaba clientes entre Clichy y Levallois, donde sabía que podía encontrar gente entre las empresas establecidas en esa zona, que hacían negocios con todos los barrios de la capital. «Aquí es donde hay que estar —se dijo para tranquilizarse—, y no en la estación con decenas de cocheros». Las carreras, generalmente cortas, le permitían aumentar el número de rotaciones y, por tanto, de propinas. Estaba empezando a ahorrar un poco y esperaba una mejora que lo salvase. La jornada había empezado bien y esos dos hombres que vio a lo lejos, andando con paso de húsar, cargados con un bulto, no se le podían escapar.

—¡Menuda suerte haber encontrado este coche que volvía! —dijo Nouguier una vez instalados en el habitáculo.

—Salvo que está prohibido por ley —puntualizó Koechlin.

—Qué más da, dentro de diez minutos estaremos en los talleres Gaget-Gautier, ¿no era lo que querías?

—Sí que corre —respondió Koechlin viendo desfilar las fachadas por la ventanilla.

—Todos circulan a gran velocidad. ¿No te gustan los transportes públicos?

—Lo que no me gusta es no controlar la situación.

—¿Tampoco con la estatua? —preguntó Nouguier mostrándole el envoltorio de yute.

—Tampoco —respondió Koechlin, relajándose—. Pero, una vez establecidos los cálculos, no quedará ninguna incógnita sin resolver sobre las tensiones. Aparecimos en el momento oportuno, Viollet-le-Duc no habría podido conseguirlo.

Inclinado hacia delante en su asiento, el cochero silboteaba al tiempo que hacía restallar el látigo por encima de la cabeza de su percherón. Los dos hombres le habían prometido una gratificación considerable si llegaban a su destino antes de las cuatro de la tarde, y él se lo había tomado como un reto difícil pese a saber positivamente que, incluso yendo a trote corto, llegaría a tiempo. El conductor divisó un embotellamiento en la esquina de la calle de Prony y la de Chazelles. Se secó la cara, mojada por la lluvia, y se dio cuenta de que se trataba de una aglomeración de curiosos delante de unos policías de uniforme. Tiró de las riendas con todas sus fuerzas. El coche se paró a la altura de la intersección.

—¿Qué pasa? Casi estamos —dijo Nouguier abriendo la portezuela.

Un guardia municipal se acercó hasta ellos para explicarles que la calle de Chanzy estaba cerrada al paso.

—Se ha cometido un homicidio, una comerciante. El sospechoso se ha refugiado en una de las viviendas. Lo tenemos, está rodeado.

—¿En qué número? —se inquietó Nouguier.

—En el cinco. Sobre todo, no avancen más y quédense aquí hasta que haya acabado todo.

La aglomeración crecía a ojos vistas. Prevenidos por el rumor, los curiosos llegaban de todas partes. Los que salían de las viviendas aledañas eran empujados de nuevo al interior o sacados sin la menor consideración para no estorbar a las fuerzas del orden.

—Pues adiós a nuestra suerte —suspiró Koechlin, que se había apeado del coche.

Varias decenas de mirones rodeaban en esos momentos el coche bloqueando la calle. Empezó a caer un chaparrón, pero aun así nadie se movió: el espectáculo prometía estar a la altura de la espera. Los dos ingenieros volvieron a subir al habitáculo para resguardarse.

—Me tienen que abonar la carrera, caballeros —voceó el cochero desde el pescante—, tengo otros clientes esperando.

—Le pagaremos el tiempo perdido, amigo —propuso Nouguier—, y esperaremos el desenlace dentro.

El hombre saltó al firme y su cabeza, tocada con una chistera, apareció en el marco de la ventana.

—Eso no va a ser posible, me tengo que ir. Me deben ustedes treinta y cinco perras chicas.

—Pero debemos proteger nuestra maqueta de la lluvia —se enojó Koechlin omitiendo precisar que estaba hecha de metal.

—Lo siento mucho, pero me tengo que marchar, mi trabajo no espera, ni siquiera por un crimen —protestó el hombre antes de volver a subirse a su asiento—. ¡Treinta y cinco perras!

—Paguémosle y vayamos a cobijarnos a una puerta cochera —sugirió Nouguier.

—Ni hablar de eso —replicó Koechlin—. Es una cuestión de principios: ¿qué más le da a él que le paguemos nosotros u otro cliente?

—Las propinas, Maurice. Todavía no estás lo bastante acostumbrado a París.

El cochero dio unos toques en el techo con el látigo para que espabilaran y lo que consiguió, sin querer, fue volver a crispar al guardia.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó dirigiéndose directamente a Koechlin.

—Nada, nada en absoluto —respondió el conductor súbitamente conciliador, cosa que no hizo sino acrecentar los recelos del agente.

—Entonces va a enseñarme usted sus papeles —dijo al conductor—. El certificado de su permiso de conducir, la tarjeta del seguro y el recibo de inicio de servicio.

—Pero si le digo que…

—No se lo estoy pidiendo, se lo estoy ordenando.

El hombre rezongó y se agachó a buscar en su cartera.

—Le está bien merecido —cuchicheó Koechlin—, solo tenía que mostrarse más amable con sus clientes.

A Nouguier no le dio tiempo de responder: de la multitud de curiosos ascendió un vocerío que fue a estrellarse contra la barrera humana formada por una decena de agentes, a los que se unió rápidamente el guardia. Un puñado de policías había entrado en el inmueble. La calle estaba inmóvil, como sacada de un daguerrotipo.

El coche se puso en marcha lentamente, al paso del percherón.

—Eh, pero ¿qué hace? —se inquietó Koechlin.

—Creo que pretende sustraerse a la fuerza pública —dijo Nouguier, sujetando la maqueta en previsión de zarandeos.

Un disparo retumbó en el número 5, seguido de otros dos. El pánico cundió entre la gente. Un segundo grupo de policías penetró en el inmueble, mientras el coche se alejaba dos calles más allá, bordeando el parque Monceau.

—No me paguen —dijo el hombre después de haberles abierto—, pero no me denuncien. No le ha dado tiempo a ver mi número de coche, todavía tengo una probabilidad de salir de esta.

—¿Y por qué íbamos a hacerlo? —preguntó Koechlin—. ¡Podrían habernos matado!

—No soy ningún criminal, ¡solo me olvidé los papeles! Pero la policía no deja de acosarme por pequeños desacuerdos con otros cocheros, y me tienen fichado. Este coche es todo lo que poseo para ganarme la vida, ¡se lo ruego, caballeros!

—La maqueta está intacta —intervino Nouguier—. Estamos en paz, señor. De todas formas, aun sin usted, no habríamos podido entrar en esa calle.

—Puedo ayudarlos —dijo el hombre cuando los dos ingenieros se alejaban—. Les diré cómo llegar a los talleres Gaget desde la calle Guyot.

El estrépito no cesaba ni un momento durante las horas de trabajo: los martillos golpeaban el cobre, las limas afinaban las formas, las piezas acabadas eran transportadas bajo los chirridos de las poleas y el entrechocar de las cadenas. Gaget, Gautier et Cie vivía desde hacía varios años al ritmo de la construcción de la Libertad iluminando el mundo. La muerte de Viollet-le-Duc tan solo había alterado un poco el ritmo de los equipos y el anuncio de la llegada de Gustave Eiffel, empresario de lo extremo, lo había acelerado, apaciguando a Bartholdi y reafirmándolo en su elección. Además, el escultor había logrado cerrar la cuestión de la financiación después de muchos años recabando fondos, públicos y privados.

Los dos hombres estaban delante de una mano gigante de madera que los peones de albañil se aplicaban a recubrir con yeso.

—Impresionante —confesó Eiffel.

—Solo el índice mide dos metros cuarenta y cinco —concluyó Bartholdi dando unas palmaditas en el molde—. Su idea de soldarlos por detrás mediante remaches me parece muy acertada.

—Serán invisibles. Mis colaboradores han hecho pruebas: el resultado es muy estético —le aseguró Eiffel—. El envoltorio quedará superpuesto encima del armazón como una prenda en un perchero, sin tener que soportar su propio peso. Mire —dijo llevándoselo a un aparte—, la idea del señor Viollet-le-Duc de rellenar con arena la estatua hasta la cintura presentaba algún que otro riesgo relacionado con la masa total. Mi equipo rehízo los cálculos: el peligro de derrumbe era real.

Bartholdi lanzó una mirada reflexiva a la maqueta de escayola de la estatua, que servía de base para las dos ampliaciones que estaban por venir. Por primera vez, se preguntó si la altura final, cuarenta y seis metros, no estaría fuera del alcance de sus medios… y de los medios que ofrecía el progreso.

—En cualquier caso, su solución es sumamente ligera para semejante carga. ¿No es mayor el riesgo?

—Al ser mucho más flexible, resistirá mejor la tensión horizontal del viento —respondió Eiffel—. Aguantará, me comprometo a ello.

—Su seguridad es admirable, estimado Eiffel, y, a juzgar por sus obras, estoy tentado de creerle.

—No se deja nada al azar. En mi empresa, los riesgos se corren en el momento de la concepción. Una vez tomadas las decisiones, ya no volvemos atrás. Todo se somete a control más de una vez. He llamado al mejor ingeniero de cálculos que existe y que me ayudó con el puente del Duero. Koechlin y él van a trabajar con los métodos más recientes de la estadística gráfica, y le garantizo que dentro de más de cien años esta estatua seguirá en pie, resistiendo el embate de los vientos y las olas.

Un obrero martillador se había llegado hasta ellos y aguardaba a que terminasen de conversar para intervenir.

—Patrón, acaban de llegar dos señores. Dicen que trabajan para el señor Eiffel.

—Perfecto, eso significa que la calle ya no está cerrada al tránsito.

—Sí, seguimos sin poder salir, señor. Pero ellos han cruzado por los tejados de la fábrica. Allí ha sido donde los hemos recogido.

Bartholdi miró al industrial con gesto de admiración.

—Nada es imposible para la casa Eiffel —replicó este último con expresión flemática, en un intento de disimular su admiración por la profesionalidad de sus colaboradores.

Koechlin y Nouguier hicieron una aparición llamativa, el primero portando la maqueta como si se tratase del Cáliz Sagrado. La depositó encima de la mesa que le indicó el escultor.

—Así, pues, he aquí la osamenta de nuestra bella —dijo este último—. Más impresionante que en el plano del polígono de fuerzas.

Los ruidos habían ido cesando paulatinamente y todos los obreros se habían acercado para examinar la obra de carpintería que iba a soportar su obra. Rodearon a los ingenieros y Koechlin tuvo el honor de presentarles las innovaciones que ofrecía la envoltura en forma de poste.

—¿Cuánto será el peso? —preguntó un escayolista.

—Ciento veinte toneladas —respondió Koechlin, levantando murmullos de admiración—. Más ochenta toneladas de cobre que tendrán que montar ustedes, caballeros.

—¿Cuántas piezas? —quiso saber un remachador.

—Trescientas. A ustedes les tocará ponerlas.

—¿Alguna pregunta más antes de volver al trabajo? —intervino Bartholdi.

—Sí —dijo un calderero—: ¿saben si los polis han detenido al asesino de la madre de los Garin?

52

La Alhambra, Granada,

miércoles, 7 de julio de 1880

Clément apoyó la mejilla en el tubo de vidrio que salía de la máquina.

—¡Otro fracaso! —constató antes incluso de mirar el termómetro, que le confirmó que la temperatura era de doce grados cuando él esperaba ver tres o cuatro.

El gas elegido, que había extraído de alquitrán de hulla, no serviría. Sopló sobre la bujía que calentaba una solución amoniacal, al otro lado del circuito, cogió su libreta y tachó el pentano de la larga lista de experimentos infructuosos. Le quedaba un último alcano con el que hacer la prueba.

Aunque es cierto que los refrigeradores ya no eran novedad, aún no se les había encontrado un uso doméstico. «Si Mateo fuese el primero, no volvería a pasar necesidad el resto de su vida, ni tampoco Javier —se dijo mientras paseaba la mirada por el circuito corto de tubos—. Tiene que haber una solución, la ecuación solo contiene dos incógnitas».

—¡Papá, estamos listos! —La voz de Irving lo sacó de sus ensoñaciones técnicas—. ¿Ya está, lo has conseguido? —preguntó el muchacho apoyando a su vez la mano en los tubos.

—No. Voy a tener que dar con un gas que libere más frío. Si no, siempre podremos usarlo para enfriar las piezas —dijo, y cerró con una mano la libreta.

—¿Como en el teatro de Madrid?

—Ahí usan bloques de hielo y ventilan el frío, no es ninguna innovación.

—Sí, pero funciona de maravilla: el año pasado tuvimos frío durante la representación de Amar por arte mayor. Bueno, qué, ¿vamos?

Irving no esperó la respuesta de su padre y se lo llevó al Mexuar, haciendo de pez piloto, a unos metros por delante de él. Alicia y los demás jóvenes los esperaban, así como Mateo y Kalia, a la sombra del seto del Patio de Machuca.

—He recibido el programa del examen por mediación de Gustave Eiffel —empezó a explicar Clément cogiendo el sobre que le tendía Alicia. Sacó dos cuartillas impresas que comentó sin detenerse a leerlas—: Tendréis seis pruebas escritas. Trigonometría, física y química, dibujo de geometría descriptiva, diseño y, la más importante, geometría analítica.

—¿Cómo se puede encontrar belleza en las ecuaciones? —susurró Nyssia a Javier.

—Basta con penetrar el misterio —respondió él—. Como con las chicas.

—La primera tanda es a primeros de agosto —los avisó Clément—. Si seguís de acuerdo, nos queda un año para estudiar.

Javier asintió vigorosamente.

—Pero ¿cómo lo vamos a hacer? ¿Vas a ser tú nuestro profesor? —preguntó Irving, a quien llamaron la atención dos fotógrafos que se encontraban desplegando su material en la terraza que quedaba justo por debajo del Mexuar.

—Mateo se ha ofrecido a pagar a varios profesores de la facultad para que os preparen lo mejor posible en cada materia. Y yo me encargaré de las matemáticas.

El antiguo nevero aprobó sus palabras soltando una frase incomprensible.

—Entonces ¿mi hijo se va a hacer ingeniero? —le preguntó Kalia, dividida entre el orgullo que le producía su futura situación y la pena de perderlo de nuevo.

Él no oyó la pregunta. Estaba también interesado en las maniobras de los dos sujetos. El más veterano de los dos estaba a pie firme, recto como el campanil de la Torre de la Vela, con las dos manos apoyadas en la curva de su bastón, ataviado con una marlota blanca con las vueltas azules y tocado con un fez rojo. Este le daba indicaciones al otro, que llevaba una camisa blanca salpicada de cercos de polvo y sudor y que iba desplazando con pequeños toques sucesivos la cámara oscura colocada encima de su trípode.

—Si estudian a fondo este año, sí, nuestros hijos tienen todas las de ingresar en la École Centrale —respondió Clément—. Para ellos es una ecuación de una sola incógnita: las ganas. Si de verdad tienen ganas, nada los detendrá.

—Pero ¿qué hacen? —preguntó Irving sin mirar a su padre.

—Pues montones de aplicaciones industriales para las minas, la metalurgia, la química. Tendrás tres años para decidirte.

—No, digo ellos. ¿Qué hacen? —repitió señalando con el dedo a los dos extraños.

Cuando el desconocido del fez vio que los estaba observando todo el grupo, les dedicó un saludo amistoso.

—Habrá que decirles que salgan del cuadro —dijo el otro, con la cabeza metida debajo del faldón de tela negra.

—No, al contrario, me interesa que salga el elemento humano en mis fotografías. Se acabaron los tiempos de los monumentos desangelados y fríos. ¡Las obras de arte necesitan de la vida! Sigue con la puesta a punto, necesitamos el patio y la fachada en la misma vista. Con los autóctonos.

El hombre bajó por el camino con paso doliente y se les acercó, campechano.

—¡Hola! ¿Cómo estás? —dijo en castellano.

—¿Es usted francés? —respondió Alicia reconociendo el acento del visitante.

—¿Compatriotas en Granada? ¡Esto sí que no me lo esperaba! —exclamó—. Parece totalmente andaluza. Y usted, madame —dijo en dirección a Kalia, provocando la risa en los niños.

—Somos los moradores de la Alhambra —resumió Clément—. Las familias Delhorme y Álvarez.

—Le Gray. Gustave Le Gray.

—¿Le Gray, el fotógrafo? —dijo asombrado Clément, despertando el interés de Irving.

—No sabía que mi nombre fuera tan famoso —apuntó el hombre.

—Usted fue el retratista del emperador y su familia —explicó Clément, para poner al tanto a los demás.

—Huy, qué lejos me parece ahora todo eso. Y no es precisamente de lo que más orgulloso estoy —dijo Le Gray quitándose el fez con una mano para atusarse los cabellos con la otra.

—Tampoco parece usted muy francés —se fijó Alicia, señalando la marlota.

—Es que vivo en El Cairo desde hace veinte años —respondió él, volviendo a ponerse el sombrero.

—¿Y qué buena aventura lo trae por aquí, señor Le Gray?

—La Misión Heliográfica. He venido para ponerle el punto final.

—Acepte nuestra hospitalidad y así nos contará en qué consiste esa Misión.

Le Gray se volvió hacia su ayudante, quien, interpretándolo como una señal, introdujo el negativo en la cámara oscura.

—Me parece que vamos a tener que quedarnos quietos un instante —dijo Le Gray—. ¿Quieren colocarse alrededor de mí?

Las dos familias rodearon al francés. Mateo se quitó el sombrero y Kalia se recogió atrás los cabellos con ayuda de la pañoleta.

—Qué lástima que no esté Jez —se lamentó Victoria.

—¡Atentos! —voceó el fotógrafo destapando el obturador. Contó hasta diez y volvió a cubrirlo—. ¡Gracias! —exclamó al tiempo que sacaba la placa.

—¿Es un caliotipo?

La pregunta de Irving sorprendió más a sus padres que a Le Gray, el cual, encantado con el interés del joven, se entregó a una explicación de índole técnica.

—Colodión húmedo. Un procedimiento que he inventado yo mismo. Solo presenta un inconveniente, como puedes observar —dijo señalando a su ayudante que se marchaba pitando en dirección al hotel Washington Irving—. El negativo debe usarse y revelarse muy rápidamente, si no se vuelve insensible. Pero, a cambio, proporciona a las imágenes una fineza incomparable. Esa será para ustedes. Vamos a fotografiar todos los edificios.

—¿Puedo acompañarlos? ¡Les haré de guía! —se ofreció el muchacho, entusiasmado.

—Irving se conoce la Alhambra mejor que nadie —añadió Alicia ante la mirada interrogante de Le Gray—. Nació aquí.

—Impresionante. Pues te nombro mi segundo ayudante, joven. Sígueme.

Todos los vieron subir a la terraza. Irving cogió el aparato con su trípode, Le Gray se puso en bandolera el cabás de mimbre en el que llevaba los negativos y los dos juntos desaparecieron detrás del palacio de Carlos V.

—¿Vosotros conocíais su interés por la fotografía? —preguntó Clément.

La negativa fue general.

—¿Y dónde se ha metido Nyssia? —inquirió Alicia, preocupada.

—Se marchó justo antes de la foto —respondió Javier—. No quería salir.

—¿Me acompañas al club de flamenco? —le propuso Victoria.

—Ya no hay que hacer más entregas de hielo hasta mañana —mintió Mateo—. ¡Ve con ella!

—¡Aprovechad que aún estáis de vacaciones! —les aconsejó Clément al ver las dudas del joven—. De aquí a un mes ya no tendrás ni tiempo de echarte la siesta.

Dirigió una mirada perdida hacia Alicia. Las ecuaciones habían topado con sus límites: ninguno de sus hijos estaba haciéndose mayor como él había imaginado.

«La Misión Heliográfica…». Las palabras del francés resonaban en la cabeza de Irving como la gran aventura con la que llevaba años soñando. Acompañó a Le Gray y a su asistente por todos y cada uno de los palacios, cargando con el material, atento a sus pláticas en torno a las ventajas y desventajas del nitrato de celulosa y de la albúmina, acerca de las técnicas de la fotografía de marinas y la técnica del cielo añadido, sobre el futuro del arte fotográfico, e interviniendo solo cuando lo invitaban a hablar, con el fin de guiarlos por el laberinto de la Alhambra. Le Gray no contaba más que con una lista de los sitios garabateada a mano, que iba sacando después de cada foto, mientras su colaborador corría al hotel para revelar la placa.

—Es un francés de El Cairo, un joven apasionado como tú. Me ayuda desde hace dos años —explicó el fotógrafo mientras aguardaban, antes de dirigirse al siguiente emplazamiento—. Luego nos toca ir a… —dijo desdoblando la hoja arrugada— a los jardines del Partal. ¿Qué tienen de interesante, que merezca inmortalizarse?

—¡La Torre de las Damas! —se entusiasmó Irving—. Mi madre terminó la restauración de la fachada el año pasado, es soberbia.

—No lo dudo, no lo dudo —respondió Le Gray pensando en Alicia.

—A esta hora el sol nos dará de espaldas e iluminará la torre. Habrá que ponerse al principio del estanque, para que se refleje en él.

—¡Qué buena sugerencia! Tienes ojo de artista, muchacho. He hecho bien trayéndote.

Le Gray se enjugó la frente y observó en silencio una construcción en ruinas que tenía la techumbre medio derrumbada.

—¿En qué piensa, señor? —preguntó Irving, listo para contarle la historia de cada tapia del lugar.

—En Palermo. Me recorrí la ciudad después de que fuera bombardeada por el ejército siciliano. Había barrios enteros que estaban como esa casucha.

—¿Conoció al gran Garibaldi?

—Sí. E incluso lo fotografié. Estuve en el bando de los revolucionarios, con Alexandre Dumas.

Los ojos de Irving se habían quedado inmóviles, abiertos como platos. La admiración lo dejó mudo.

—Hacía calor, un día caluroso y seco como este —contó Le Gray—. Era el 19 de julio de 1860. Había desembarcado en Sicilia con Dumas, que era amigo de Garibaldi. El general le había pedido que llevara a un fotógrafo para que tomase clichés de Palermo. Esas imágenes contaban más de la guerra que cualquier crónica. Lo que los hombres habían levantado durante siglos se había venido abajo en unas pocas horas. Unos días después, me mandó llamar para los retratos. De unos príncipes prisioneros, István Türr y luego el mismísimo general Garibaldi en persona. Tenía una poblada barba roja y unos ojos pequeños y penetrantes, combativos y magnánimos a un tiempo. Le pedí que cogiera el sable, ¿acaso se ha visto alguna vez a un general desarmado? Alrededor del cuello llevaba una larga cadena dorada, enganchada a un reloj que guardaba dentro de un bolsillo. Lo coloqué de cara al sol, afortunadamente velado ese día, delante de un muro contra el que pudo apoyarse ligeramente, lo cual le dio esa postura que algunos han calificado de romántica. Al día siguiente Dumas y yo le llevamos el cliché. Era un papel con impregnación de albúmina y un negativo sobre vidrio con colodión, ya que te interesa nuestro arte. Una precisión y un grano perfectos. Alexandre añadió unas palabras y partimos ese mismo día rumbo a Malta.

—Dumas y Garibaldi… Entonces ¿esa era su Misión Heliográfica?

Le Gray soltó una carcajada.

—No, muchacho. La Misión comenzó nueve años antes, en París. ¡Ah, ya está aquí nuestro heraldo cargado con la obra de Dios! —exclamó al ver a lo lejos a su colaborador, que volvía hacia ellos con un marco debajo del brazo—. ¡Vayamos a ver la belleza de las damas de la torre!

53

La Alhambra, Granada,

jueves, 8 de julio de 1880

Irving se había pasado la noche entera soñando con ello. Había acompañado a Dumas en sus aventuras por Oriente, se había alistado en las filas de Garibaldi y había seguido a Le Gray hasta El Cairo, donde el fotógrafo le había revelado todos los secretos de la heliografía. Cada vez que se despertaba, se apresuraba a conciliar de nuevo el sueño para no perder el hilo de sus andanzas y, cuando los primeros arabescos de sol vinieron a dibujarse en la pared, él ya se había vestido sin hacer el menor ruido, había cortado un pedazo de pan que había untado de pasta de aceitunas machacadas, se lo había comido de camino al hotel y, sentado en lo alto de la muralla de delante del Washington Irving, había aguardado más de una hora a que saliese Le Gray.

—Hoy vamos a inmortalizar el Generalife —anunció el francés con alegría contagiosa—. ¡Te seguimos a ti, nuestro guía!

Irving no olvidó ninguno de los elementos que estimaba indispensables para la visita del lugar, escogiendo los mejores puntos panorámicos de las huertas, de la avenida con los cipreses, de los estanques del Carmen y del Patio de la Acequia, parándose en todas las reformas realizadas, desde los dinteles más pequeños cubiertos de mosaicos hasta salas enteras decoradas con frescos que Alicia había limpiado centímetro a centímetro, provocando la admiración de los dos hombres, que pudieron tomar doce clichés antes de que el calor los obligase a buscar cobijo a la sombra, dentro.

—Si seguimos a este paso, voy a acercarme a mi récord —anunció Le Gray, apartando su plato después de terminarse su segundo trozo de tortilla—. Treinta clichés en una sola jornada. Estaba en Chenonceau con Mestral, mi ayudante por aquel entonces —dijo dirigiéndose a su colaborador, que puso cara de admiración y luego se metió en la boca una cucharada de sopa de guisantes.

El joven no dejaba de lanzar miradas a Nyssia, que lo ignoraba con aire altanero. El juego había divertido inicialmente a los adultos, pero luego dejaron de prestar atención.

—Papá también ha batido récords —afirmó Victoria.

—¿Y en qué ámbito se ha distinguido usted, señor Delhorme?

La conversación derivó hacia los globos perdidos, alimentada por el fervor tanto de Alicia como de los chicos, sin que Clément tuviera que abrir la boca.

—¿Puedo retirarme? —preguntó Nyssia, que había permanecido en silencio.

Se levantó sin esperar la respuesta, seguida por la mirada desencajada del cairota, a quien la presión del decoro a duras penas reprimía su deseo de ir tras ella.

—¿Y no se ha planteado tomar vistas desde el aire? —preguntó Le Gray, indiferente a las emociones de su ayudante.

—Pues he trabajado en un mecanismo de liberación automática que habría permitido fotografiar a una altitud precisa, pero hace tres años dejé todos esos experimentos.

Alicia relató el accidente del último vuelo, ciñéndose a la versión oficial.

—No lo echo de menos —concluyó Clément para cambiar de tema—. Ya no.

—Señor Le Gray, ¿puede hablarnos de la Misión Heliográfica? —le pidió Irving, que se retorcía de impaciencia en su silla.

—¿Me permiten abandonar la mesa? —lo interrumpió su ayudante—. He de preparar los colodiones para esta tarde. Y ya me sé la historia.

—Desde luego, vete, vete —respondió Le Gray distraídamente.

—Los calotipos —le lanzó Irving.

—¿Cómo dice? —preguntó sorprendido el cairota.

—Que iba a preparar los calotipos, no los colodiones. No se hacen con antelación —explicó Irving en un tono seguro.

—Ah, sí, eso. Discúlpenme. Estaba todo muy rico.

El joven rodeó el edificio y se plantó en el Patio del Mexuar delante de la ventana del balcón del primer piso, que había deducido sería la de la habitación de Nyssia. La llamó discretamente, dividido entre la curiosidad y el temor a llamar la atención del resto de la familia. Todas sus intentonas chocaron contra los muros del patio cerrado. Desesperado, vio dos guijarros y los lanzó contra el marco de madera del balcón. No pasó nada. Encogiéndose de hombros, se metió las manos en los bolsillos mientras farfullaba conclusiones apresuradas y poco gratas sobre los andaluces.

—¿Así es como piden una cita los chicos a las chicas en su país? ¿Tirándoles piedras?

Nyssia salió de la penumbra que reinaba en la Cámara Dorada. Él no había visto nunca una belleza tan irrebatible, como si todas las gracias femeninas se hubiesen concentrado en un solo rostro y en un solo cuerpo. Incluso superaba los atractivos de las cortesanas que había fotografiado con su mentor y sobre las que había fantaseado mucho tiempo después de que quedasen reveladas sobre la placa. Nyssia no hacía nada para ser hermosa, no tenía que hacer nada, era una encarnación universal del Grial del amor. Cuando la vio la primera vez, el joven supo que la amaría el resto de su vida y de todas sus vidas subsiguientes, que sería capaz de dejarlo todo sin que se lo pidiera siquiera, capaz de matar, capaz de morir, capaz de renunciar. Era más fuerte que él. Hubiera preferido no ser nada, pero serlo con ella, antes que poseer un reino o una fortuna, pues todo lo demás era tan arena que se deslizaba entre sus dedos en comparación con esa mujer inalcanzable. Y, por encima de todo, había comprendido que un simple mortal no podía desposar a una diosa y que no tenía ni la más remota probabilidad de ser su elegido.

Ella llevaba en las manos un libro cuyo título no pudo ver. Nyssia se detuvo al otro lado de la gran pila central, en el centro de la cual gorgoteaba una fuente cristalina.

—Quería volver a verla —dijo él simplemente.

—¿Tiene guitarra?

—No, ni la menor noción musical tampoco. ¿Por qué?

—En estas tierras es costumbre que los muchachos den la serenata a sus novias debajo de su ventana, no que le arrojen chinas.

—Le pido disculpas —barbulló él sin hallar qué otra cosa decir.

—No importa, no es mi novio. Pero sí que podemos hablar —dijo invitándolo a sentarse directamente en el suelo, contra la arista de la fachada—. A cambio, quiero pedirle un favor.

Se lo dijo al oído. Hasta ahí llegó toda su intimidad, pero el joven cairota recordaría toda su vida el roce de su vestido, su aliento acariciándole la oreja, el perfume de su piel y su voz de timbre embaucador. Hasta ahí llegó toda su intimidad, pero valió infinitamente más que la disparatada petición de Nyssia. En ese instante hubiera podido pedirle que fuera a recogerle una flor de loto azul, que él habría partido a todo correr a buscarle una en las orillas mismas del Nilo.

Nyssia se sentó a su lado con las piernas cruzadas.

—Ahora hábleme de El Cairo, hábleme de Egipto, hágame viajar.

Después de comer, todos se habían instalado en los sillones de mimbre blanco dispuestos en círculo en el jardín de la Lindaraja, donde los árboles altos dispensaban una sombra muy agradable. El fotógrafo, a instancias de Irving, aceptó finalmente descorrer el velo de la Misión Heliográfica.

—Éramos cinco. Cinco artistas jóvenes en este arte novicio que era la fotografía: Hyppolite Bayard, Henri Le Secq, Édouard Baldus, Auguste Mestral y yo.

Le Gray dejó transcurrir un instante de silencio durante el cual sus siluetas desfilaron ante sus ojos.

—Habíamos sido elegidos por la Comisión de Monumentos Históricos, con qué criterios es algo que jamás he sabido, para dejar constancia fotográfica de los más excelsos edificios históricos de Francia. ¡El primer inventario visual de nuestro patrimonio, imagínense el fervor que sentimos en el momento en que nos separamos para recorrer la cuadrilla de las carreteras del país! A Mestral y a mí nos tocaron todas las comarcas del Loira hasta el Mediterráneo. Durante el verano de 1851 él y yo tomamos más de seiscientos clichés. Al término de la Misión, habíamos entregado todo el material a la Comisión, al igual que los otros tres. En total habíamos recorrido todas y cada una de las regiones; estábamos orgullosos de nuestro trabajo. Yo experimenté con una técnica nueva usando papel encerado seco y cloruro de oro. ¡Y es que no hay nada mejor para devolver a la vida los detalles aletargados de una catedral o de un castillo, créeme, Irving!

Le Gray hizo un alto para humedecerse la boca con un trago de agua fresca.

—Por desgracia, nunca se han publicado las imágenes —prosiguió—. Y, sin embargo, habíamos sacado pruebas a partir de nuestros negativos. Nunca hemos sabido por qué. Esos miles de negativos eran un tesoro y desconozco por completo dónde están hoy en día. Es el gran misterio de esta primera Misión Heliográfica. Hubo quien dijo que jamás existió, como si hubiese sido una fantasía nuestra —concluyó con rictus amargo—. En fin, decidí volver a empezar y ponerle su punto final. Solo que esta vez no iba a contentarme con Francia. Contacté con Bayard, Le Secq, Baldus y Mestral y los cuatro aceptaron fotografiar los edificios más importantes de toda Europa, que publicaremos porque todo el mundo tiene derecho a ver lo que realmente construyeron nuestros ancestros, y no solo sus representaciones artísticas, por muy fieles que sean. Yo me encargo de inventariar los monumentos de los países del Mediterráneo, y esta es la razón de mi presencia aquí.

La conversación discurrió sin agotarse, hasta mediada la tarde. El ayudante de Le Gray volvió a aparecer, acompañado de Nyssia, en el momento en que el sol, cansado de flagelar las pieles, se transformaba en caricia. El equipo realizó una sesión más de fotos, acompañado por Alicia, que les abrió los talleres de los frescos que estaba restaurando. Clément se retiró al Generalife, a su mirador, donde tomó unos datos atmosféricos, antes de verificar los últimos cálculos de tensiones que debía enviar a Eiffel para la estructura de la estatua de la Libertad. Acababa de detectar un problema grave: las aguas del mar, cargadas de sal, y las aguas de lluvia, cargadas de nitratos, podían convertir la estatua, hecha de láminas de cobre y armazones de hierro, en una inmensa pila eléctrica de cuarenta metros de altura con una potencia desconocida.