I
Granada, España,
lunes, 1 de junio de 1863
1
Las dos orillas del cañón se observaban a cien metros de distancia, como dos mundos paralelos. El valle encajonado, reliquia de una era en la que el agua había modelado majestuosamente el paisaje, estaba invadido de una vegetación vigorosa y verdeante que contrastaba con la tierra de la meseta, de color ocre rojizo, desnuda y pedregosa, que solo conseguían dulcificar los dameros de verdor ralo de los olivares.
«Tan cerca y, sin embargo, separadas por un valle infranqueable», pensó Gustave Bönickhausen deleitándose ante el desafío.
Bajó hasta un sendero que serpenteaba a media altura de la ribera menos escarpada, se acomodó contra una roca en un punto desde el cual podía contemplar los contornos de los dos lados de la garganta y sacó su libreta para dibujar un boceto del paraje.
Comprobó la precisión de su dibujo antes de añadirle el bosquejo de un puente y anotar las distancias aproximadas. Había identificado ese lugar exacto, a las afueras del pueblo de Baúl, como el más idóneo para cruzar el cañón. El ferrocarril no podía permitirse dejarse dominar por las cicatrices de la naturaleza.
El tablero sería de vía única y solo harían falta tres pilares para sostenerlo. Todo de hierro. «Menos quebradizo que el hierro fundido», pensó mientras añadía al diseño del puente los travesaños con forma de cruz de san Andrés. Cogió una piedra y la frotó contra una roca: la roca granítica no se desmenuzó. La configuración geológica no planteaba ninguna dificultad especial. Bönickhausen lanzó la piedra en dirección al lecho seco del arroyo. El proyectil cayó en medio de la maleza con un sonido de frufrú, provocando que un ruiseñor alzara el vuelo. El ingeniero hizo un cálculo rápido en el reverso de la hoja y estimó que costaría doscientos mil francos si conseguía utilizar el método original de montaje del tablero que había perfeccionado recientemente. Con ese precio, eliminaría a la competencia. Tenía que darse prisa para redactar la patente. Después de unos años venturosos, la crisis industrial había comenzado a afectar las carteras de pedidos de la mayoría de las empresas francesas, incluida la suya, y todas trataban de quitarse unas a otras encargos de obras en otros países.
—Ya va siendo hora de ponerse manos a la obra —proclamó.
Bönickhausen sofocó un bostezo y se desperezó al levantarse. El viaje había sido agotador. Había bajado del tren en Murcia y había esperado dos días enteros hasta dar con un cochero que aceptó llevarlo en berlina hasta Córdoba, destino de su periplo. Al principio había intentado alquilar una de las diligencias que hacían los trayectos varias veces a la semana, pagando por él solo las cinco plazas disponibles del cupé, pero todos los mayorales se habían negado. Ninguno quería jugársela por esas carreteras con un único pasajero. Los bandidos se habían marchado de las sierras de Andalucía, pero su leyenda seguía intacta. Si la diligencia iba llena, había menos riesgo de que la asaltaran los vagabundos hambrientos, que acechaban los caminos en busca de casas aisladas o de viajeros perdidos para sustraerles un puñado de pesos. Pero Bönickhausen no tenía intención de llenar de pasajeros el vehículo. Su viaje debía hacerse con discreción.
Plantado en lo alto del cañón, a unos treinta metros del ingeniero, el mayoral hurgó en sus bolsillos en busca de un Braserillo, mientras observaba a su cliente emborronando su libreta de notas. Lo encendió y dio una calada larga. Ramón había sido el único que había aceptado la oferta de Bönickhausen. Tenía que ir a Granada, junto a su madre enferma, y pensaba hacerlo a lomos de una mula cuando le llegó el rumor de la petición del francés. Le propuso llevarlo hasta Granada y allí ayudarlo a encontrar otro medio de transporte para llegarse a Córdoba. El suyo era una berlina de ciudad de dos plazas, pero la oportunidad le permitiría utilizarla fuera de Murcia y hacer el viaje acompañado, cosa que se había cuidado mucho de confesarle para conseguir el mejor precio, cien reales por los tres días de trayecto. Un buen negocio que había reavivado su bonhomía natural, ensombrecida por el estado de salud de su madre. Sin embargo, desde el inicio del viaje, su cliente lo obligó a detenerse en numerosas ocasiones y durante largos ratos, unas paradas que acabarían por alargar considerablemente el periplo. Debería haberle pedido el doble.
En el momento mismo en que se decidió a bajar hasta donde estaba para ir a comentarle el asunto, vio que el francés recogía sus cachivaches y le indicaba por señas que ya subía.
—¡Por fin! —exclamó el conductor viéndolo ascender por la garganta.
El hombre dio una última calada a su Braserillo y lo arrojó lejos de un papirotazo.
Bönickhausen lo gratificó con una sonrisa pero, en lugar de ir hacia la berlina, sacó un mapa del bolsillo y se puso a consultarlo sin prestar atención al gesto de impaciencia de su cochero, que se daba golpecitos en los calzones de cuero con las palmas de las manos. Ramón tenía permanentemente un gesto de severidad que acentuaba la proximidad de sus cejas pobladas, y el ingeniero no alcanzaba a descifrar sus sentimientos entre la mezcla de altivez y reproche que reflejaba su fisonomía. Mientras el mayoral buscaba la colilla del cigarrillo, encorvado hacia el suelo, Bönickhausen escrutó el paisaje para localizar mejor los elementos del relieve. Iban a tener que recorrer el cañón hasta su extremo, unos diez kilómetros más allá, antes de continuar el trayecto hacia el oeste. Al seguir el trazado de la futura vía férrea, había identificado la posibilidad de realizar una docena de puentes o viaductos. Para que la operación fuese un éxito completo tendría que conseguir que le encargasen al menos seis de las obras del conjunto del recorrido. El gobierno español iba a otorgar la concesión para la construcción de nuevas líneas en el sur del país, y eran muchas las compañías candidatas. La MZA, propietaria ya de la línea Madrid-Zaragoza, era la más implantada en la región, pero los hermanos Pereire, que reinaban en el norte del país, estaban tratando de extender su dominio. Y en París corría el rumor de que el grupo Fives-Lille se contaba también entre los candidatos. En cuanto se obtuviese la concesión, Bönickhausen ofrecería los servicios de su empresa al ganador, fuera el que fuese, para realizar las obras de fábrica del recorrido. Gracias al mapa de los trazados futuros, que se había agenciado a través de un antiguo compañero de la École Centrale, y gracias a su visita sobre el terreno, estaría en condiciones de calcular sus presupuestos con la máxima exactitud. Y de atenerse a ellos.
Ramón distinguió la colilla del cigarrillo por la voluta de humo que aún emanaba de ella y gruñó con satisfacción. Dio una profunda calada para reavivarlo y se lo puso en la comisura izquierda de los labios, antes de plantarse delante de su cliente, cruzado de brazos.
—¿En marcha, señor? —quiso saber. Y el Braserillo se le movió al compás de las palabras.
El ingeniero no contestó. Miraba atentamente algo a la espalda del conductor.
—¿Qué es eso? —preguntó Bönickhausen en castellano.
Señalaba con el dedo en dirección al cielo, detrás del mayoral.
—Sierra Nevada —respondió este sin darse la vuelta, con los brazos en todo momento cruzados delante del pecho.
—No, quiero decir «eso», en el cielo.
Ramón manifestó su exasperación frunciendo el ceño y miró en la dirección indicada. No vio nada: ni una sola nube ensuciaba el azul inmaculado del fondo.
—Ese punto luminoso —insistió Bönickhausen estirando el brazo.
Solo entonces percibió el cochero el centelleo minúsculo que brillaba en la atmósfera. Se encogió de hombros y dijo:
—No sé, será una estrella. ¿Nos vamos?
—¿En pleno día?
—No sé —repitió el hombre—. A veces se ve perfectamente la luna.
—¿A las cuatro de la tarde, en el mes de junio? ¿Y las estrellas de España tienen la costumbre de avanzar por el cielo?
El ingeniero tenía razón: el punto luminoso se desplazaba perceptiblemente de sudoeste a nordeste, siguiendo una trayectoria descendente.
—¡Madre de Dios! —se enfureció el español, arrojando definitivamente la colilla—. Pero ¿qué es eso?
Bönickhausen había sacado sus gemelos de viaje del bolso y los había dirigido hacia el extraño fenómeno. Los aumentos no le permitían ver otra cosa que el mismo centelleo que había visto a simple vista.
—Tal vez un cometa —sugirió sin convicción—, pero no veo ninguna cola.
Al cabo de unos minutos el fulgor perdió intensidad, el punto se oscureció y desapareció en el campo uniforme del cielo.
—Ya no lo veo —concluyó después de haber escrutado una segunda vez el cielo—. Lo comunicaremos a las autoridades de Granada. ¿Sabe usted si hay un observatorio?
—No sé —respondió Ramón, deseoso de olvidar el incidente, que él interpretaba como una señal de mal agüero enviada por el Señor.
En silencio, los dos hombres volvieron a subir a la berlina. Bönickhausen pensaba ya en el siguiente puente, situado cerca de Guadix. Ramón, por su parte, tenía en mente a su madre moribunda en su casa de Granada. Se persignó e hizo restallar nerviosamente el látigo, despertando a una de las mulas que, sorprendida, se encabritó y relinchó antes de calmarse a fuerza de tirones del bocado y de órdenes terminantes del mayoral. El vehículo cabeceó y la polvareda que se había levantado se disipó perezosamente detrás del tiro, para a continuación posarse de nuevo sobre el camino.
Muchas horas se habían sucedido, como los llanos y las montañas, bajo la mirada indiferente del cochero. Los olivares habían dejado paso a los viñedos y las choperas y, después, a una vegetación más exuberante: naranjos, granados, palmeras y cactus acompañaban el lento avance de la berlina por un camino que se había vuelto sinuoso y que estaba sembrado de baches. Pararon en Guadix a comer y para alimentar a las bestias. Tomaron huevos fritos con garbanzos y les sirvieron un valdepeñas que Ramón juzgó indigno de su cliente francés, por lo que pidió un costa-de-granada que, si bien lo reconcilió con el mesonero, no hizo lo propio con su pasajero, al que el importe de la comida hizo fruncir el ceño. Los gastos que se había permitido Bönickhausen para este viaje eran limitados y, a ese ritmo, tendría que renunciar al almuerzo en el camino de vuelta. Apenas formulada esta conclusión, se la quitó de encima comprando un cuchillo con mango de asta, la especialidad de Guadix, que había prometido llevarle a su madre. El sol culminó su trayectoria ascendente y ya se disponía a bajar cuando salieron de la ciudad aletargada, acompañados por las voces que profería Ramón a sus bestias. Las dos mulas tenían por nombre Bandido y Capitán, y el mayoral era más locuaz con ellas que con su pasajero. Se pasaba el tiempo jaleándolas, amonestándolas, engatusándolas, amenazándolas, alternando los «¡Caramba!» con los «¡Carajo!» y, en los ratos muertos, silbando melodías a las que el ingeniero encontraba cierto parecido con las músicas de Bellini, pero que la interpretación de Ramón había transformado en coplillas populares de ritmo andaluz.
Bönickhausen se quedó dormido durante un rato que a él le pareció largo y durante el cual no logró zafarse de la intranquilidad sorda que lo atenazaba desde su partida: pese a que confiaba plenamente en sus capacidades y en las de sus colaboradores de los talleres de Clichy, la Compagnie Générale de Matériels de Chemins de Fer que lo había contratado se hallaba en una situación financiera cada vez más precaria. Era preciso conseguir cuanto antes encargos importantes; sin ellos no podría compensar los doscientos cincuenta mil francos de pérdidas del año anterior. Como responsable de los talleres, era su deber reconducir la situación y sanear las finanzas. Pero, salvo unos cuantos puentes cuyos contratos estaban casi cerrados, no tenía a la vista ningún negocio de envergadura.
Giró la alianza alrededor de su dedo y este gesto, maquinal aunque reciente, lo hizo sonreír: le encantaba recordar que estaba recién casado. Mecido por el bamboleo del coche, se adormeció pensando en Marguerite, a la que estaba deseando volver a ver, y en su casa de la calle del Port a la que acababan de mudarse. Un tumbo más rudo que los otros por culpa de otro bache del camino lo devolvió a la realidad. Sacó la cabeza de la berlina y descubrió que el paisaje había cambiado: habían terminado el tramo de montaña y se dirigían a una llanura inmensa y fértil, en cuyo extremo, a veinte kilómetros de distancia, se recortaban las colinas que habían dado fama a la ciudad mora, Granada.
Bönickhausen recogió todos sus objetos personales esparcidos en el asiento frontero. Ordenó las cuartillas que había emborronado, en las que las sacudidas debidas a la carretera eran tan perceptibles como las irregularidades del viento en un anemómetro. Esta idea le hizo gracia. Luego cogió el último número de L’Année scientifique et industrielle, en el que le había llamado la atención un artículo sobre la producción del acero a partir de hierro fundido. El autor había llevado a cabo una serie de ensayos siguiendo un método que se empleaba comúnmente en Inglaterra, pero aplicando un tratamiento anterior inventado por él, que denominaba «fuerzas acerantes» y que rehusaba desvelar. «Y es legítimo por su parte —pensó el ingeniero metiendo la publicación en su gran bolso de viaje—. Si el procedimiento es bueno, este tipo se hará rico en cuestión de poco tiempo. En caso contrario, no me gustaría nada estar debajo de la primera vigueta que cederá». Anotó en su libreta las señas del inventor para ir a visitarlo a su regreso a París y solo entonces se dio cuenta de que su cochero había enmudecido y que la berlina acababa de detenerse. Los recuadros de olivares se extendían hasta perderse de vista por la ventanilla, allende la carretera, ahora delimitada por una hilera de chumberas descomunales que formaban una pantalla infranqueable.
—Señor, ¿puede venir a ver? —preguntó el mayoral en español.
Desde que emprendieron el viaje, los dos hombres se habían tomado como una cuestión de honor el hablar el idioma del otro. Se había convertido en un juego entre ellos. Pero en ese instante la voz castellana del cochero resonó como una apelación a la prudencia. Antes de salir de la berlina, Bönickhausen cogió el cuchillo que había comprado en Guadix.
2
Cuando el doctor Pinilla entró en el patio, olía a rosas y a arrayán. Sonrió al oír el sonido deliciosamente relajante del chorro de agua al salpicar en el mármol de la fuentecita del centro del patio, con su mosaico de teselas blancas y azules en el solado. Se fijó en que los capiteles moriscos de las columnas de la galería interior habían sido repintados. Le gustaba mucho ir a la placeta de Nevot, en el barrio del Albaicín, a la casa de la familia Pozo, a los que conocía desde chico y en el que su padre había tenido su consulta médica antes de jubilarse en Almeiras. Aunque sus actuales moradores habían transformado del todo el lugar, seguía oliendo a dicha y a despreocupación, como en su infancia. Pinilla entregó el sombrero y la chaqueta a la criada y entró en la habitación de su paciente, que había dado a luz tres días antes. Al verlo, la mujer, incapaz de articular palabra, prorrumpió en sollozos.
—¡Vamos, vamos, señora Pozo, no quiera competir con su magnífica fuente! —bromeó él, sentándose a su lado—. Es su primer retoño y acuérdese de lo que le expliqué: después del parto, el cuerpo juega con su humor —añadió cogiéndole la mano para tomarle el pulso.
Era rápido. Se quedó mirándola mientras ella se enjugaba las lágrimas. Después de una noche sin pegar ojo, tenía la cara descompuesta.
—El chiquitín reclama comer con frecuencia, es eso, ¿verdad?
Ella movió la cabeza en señal de negación. En ese mismo momento, el recién nacido se quejó en su cuna.
—Bueno, vamos ver —dijo el médico alegremente. Rodeó la cama, levantó la tela del capazo y contuvo la sorpresa—. ¿Qué tiene este niño encantador? —soltó, perturbado ante lo que veían sus ojos.
En la cama, el llanto convulso de la madre volvió a empezar. Pinilla palpó al niño, le dio la vuelta, observó atentamente su piel. El recién nacido se despertó sin llorar y volvió a cerrar los ojos. Parecía agotado. Tenía las nalgas y los muslos manchados de heces verdosas. El médico comprendió lo que ocurría.
—¿Puede excusarme un instante? Debo lavarme las manos antes de examinarlo más detenidamente —dijo, y salió sin esperar su respuesta.
Se frotó un buen rato las manos debajo del chorro de agua, preguntándose acerca de la mejor forma de dar la mala noticia a la madre. Porque lo que en un primer momento había tomado por una simple ictericia de recién nacido resultaba ser una enfermedad de Winckel. Los tegumentos de la piel habían pasado del amarillo al negro en unos días. Las hemorragias que se habían producido y la diarrea biliosa no dejaban lugar a dudas sobre el diagnóstico. En cuestión de días el desenlace sería fatal.
Pinilla se secó las manos mirándose la cara en el espejo picado que estaba apoyado encima del lavamanos del aseo. No era capaz de controlar la inquietud que reflejaban sus facciones, que muchas veces le habían granjeado reacciones temerosas de pacientes a los que, sin embargo, anunciaba noticias tranquilizadoras. Nada podía hacer al respecto: la redondez de sus ojos, sus rasgos demacrados y las curvas de sus arrugas denotaban supuestos tormentos. Suspiró, se atusó el bigote y volvió a la alcoba de la madre.
—Estoy perdida, doctor, perdida —declaró la señora Pozo antes de que a él le diese tiempo a pronunciar una sola palabra.
—Pero ¿qué dice? Va muy bien. De quien he de hablarle es de su hijo.
—¡Que se vaya al diablo! —se enfureció ella señalando con un dedo la cuna en la que el niño dormía profundamente a pesar del gran alboroto.
—Señora…
—¿Qué? ¡Cuando vuelva mi marido, me echará junto con él sin preguntar ni media! ¡He dado a luz a un crío mulato! ¡Es negro!
—Pero…
—Y sin embargo yo no he cometido ningún desliz, ¡se lo juro ante Dios! ¡Ese niño solo puede ser de mi marido! Pero me repudiará —se lamentó, dándose palmadas en la frente con las manos abiertas.
—La creo, usted no ha hecho nada reprobable —dijo él cogiéndoselas.
—¿Eh?
La madre cesó sus aspavientos.
—Cálmese, señora Pozo, se lo voy a explicar pero va a tener que ser valiente.
—¿Es él, es mi marido el que me ha sido infiel? ¿Cree usted que es posible que me haya traicionado con una de esas mujeres de mala vida del Sacromonte? ¿O de Madrid? ¡Se pasa la vida allí!
Pinilla se contuvo de sonreír ante un comentario tan absurdo y, volviendo a ponerse serio, respondió:
—No, su pobre niño está enfermo.
—Es mulato, no es ninguna enfermedad.
—Tiene la piel oscura porque su sangre ha adquirido una tonalidad sepia.
—¿Tiene la sangre negra?
—Algunas de sus células están alteradas, es lo que le da esta color.
Los músculos del rostro de la madre se distendieron una milésima de segundo y entonces comprendió que la buena noticia no era tal.
—Pero no será grave, ¿verdad? ¿Se va a curar? ¿Se va a curar? —repitió al ver que el médico tardaba en responder.
El doctor Pinilla le explicó con toda la delicadeza de la que fue capaz que la medicina lo ignoraba todo respecto de las causas de la enfermedad de Winckel, que se presentaba en el nacimiento y que rápidamente evolucionaba hacia el estado de coma y de ahí a la muerte.
—En nueve casos de cada diez. Lo siento mucho —añadió.
La señora Pozo se quedó alelada por un momento, vacía de las lágrimas que, sin embargo, la habían acompañado todo el día mientras esperaba al médico. Volvieron a aparecer, siguiendo tímidamente el contorno de las mejillas, como incrédulas, para hacerse luego más francas y acabar transformándose en sollozos incontenibles.
Pinilla la cogió por los hombros y le aseguró que la criatura no sufría. Ella pidió ver al niño y lo acunó en los brazos, envolviéndolo con su cuerpo.
—¿Lo ha mandado bautizar? —preguntó él, después de permitirle unos instantes de unión espiritual con su retoño.
—Todo a su debido tiempo. Vivirá —respondió ella, llena de pronto de una fría energía—. Ya lo verá, mi niño vivirá.
Pinilla cerró su maletín, recogió el sombrero y la chaqueta y se despidió.
—Lo deseo de todo corazón, pero igualmente avisaré para que venga el cura. ¿Cuándo regresa su marido?
—Esta noche.
—Entonces podrá pasar tiempo con el niño. ¿Ya tiene nombre?
—Jezequel.
—Roguemos todos por Jezequel.
Le pareció que el sol que lo recibió en el exterior del inmueble era el instrumento insolente de la alegría de vivir en Granada. El astro brillaba sin pudor, incluso en las desgracias. El médico ahuyentó la melancolía decidiendo que iría a la biblioteca a echar un vistazo a los últimos números de las revistas médicas para comprobar si había avances en el tratamiento de esta enfermedad.
Al salir de la placeta de Nevot, lo llamó a voces un hombre que tiraba de una mula, cuyas cestas estaban vacías, acompañado de un niño descalzo. Era Mateo, que se dedicaba al transporte de hielo en la ciudad y que vivía en el barrio de los gitanos, en la colina del Sacromonte. Mateo le explicó que habían ido a verlo a su consulta y que al final les habían dado la dirección en la que podrían encontrarlo.
—Nos ha dejado venir su mujer —precisó—. Es una urgencia, doctor —añadió el hombre para justificar su insistencia ante la mirada reprobadora del médico.
Pinilla señaló las calvas que lucía la cabeza del niño.
—Solo es sarna —anunció—. Nada malo.
—No es por él. Es Kalia, ¡está a punto de parir!
Mateo, que llevaba muchos años viudo, se había enamorado tan súbitamente de una gitanilla nada más verla bailar que había quien afirmaba que lo había hechizado. Ella, empecinada en rechazar todas las propuestas de matrimonio, y más si provenían de un payo veinte años mayor que ella y sin una perra, había en cambio aceptado su presencia en su casa como el hombre para todo, sin ningún otro derecho ni ninguna otra esperanza que los de poder vivir cerca de su amada, cuyo amante a su vez era el jefe de la comunidad, venerado y temido por todos. Así, cuando el príncipe de los gitanos la dejó encinta sin ninguna consideración por su parte, Mateo había tomado como su deber adoptar el papel del padre, lo cual había hecho que el clan al completo del Sacromonte lo aceptase definitivamente como uno más.
—¿Parir? Pero si queda un mes para que llegue a término —objetó Pinilla.
—Yo no sé nada, ha mandado al crío a buscarme. Está sangrando, la criatura no puede salir y ella nota que hay complicaciones, ya entiende usted. Si no, no me habría mandado llamar, ¡venga, le digo, venga!
«Pero ¿por qué todos los niños se empeñan en nacer esta semana? —se dijo el médico—. ¡Ni siquiera tengo mis instrumentos!».
—¡Puedo pagar! —afirmó el hombre, creyendo que el otro vacilaba—. He vendido toda la mercancía.
—Lo sé, Mateo, ese no es el problema, es que tengo que pasarme por mi gabinete…
—¡No! ¡Monte en la mula! —dijo el hombre, enojado—. ¡No hay tiempo!
Pinilla dudó de si reñir al desvergonzado, pero nunca había visto en semejante estado al plácido Mateo.
—Vamos —accedió secamente—. Pero de ninguna de las maneras me voy a subir a lomos de su mula —añadió para tener la última palabra.
Mateo ya había dado media vuelta.
Anduvieron más de quinientos metros por una calle estrecha a orillas del Darro flanqueada por casas altas, detrás de las cuales se alzaban los restos de las murallas de la ciudad de la Alhambra. El médico señaló a Mateo lo bajo que iba ya el río, señal de que el verano sería tórrido. Él respondió asintiendo varias veces con la cabeza y se paró para sentar a lomos de la bestia al niño, que los seguía a duras penas.
Las casas fueron espaciándose poco a poco hasta terminar desapareciendo. La calle ya no era más que un camino sinuoso que discurría por la vaguada de un valle angosto. Los dos hombres habían dejado de conversar y se concentraban en la marcha. Iniciaron el ascenso de la colina por una pista de tierra, en la que cada vez había menos vegetación. Llegados a la cima, descansaron para recuperar el aliento en lo alto de un promontorio con forma de terraza. A un centenar de metros de allí, la vertiente meridional del Sacromonte estaba trufada de entradas a cuevas que se extendían, irregulares, sobre cuatro niveles, conectadas entre sí por caminos hoyados en la pendiente misma o por pasarelas rudimentarias. Las viviendas estaban horadadas en la colina y contaban con un tejadillo de caña en el caso de las más acabadas. En cuanto detectaron su presencia, salieron decenas de gitanos, creyendo que se trataba de alguno de los grupitos de turistas aquejados de exotismo que con frecuencia se aventuraban a ir a las tierras de los bohemios. El lugar, que unos minutos antes parecía deshabitado, se llenó de vida.
—Hemos llegado —dijo Mateo volviéndose hacia Pinilla y sonriéndole por primera vez desde que echaron a andar—. ¡Bienvenido al hogar de los gitanos, doctor!
—¡Por aquí, deprisa! —les gritó una voz en la entrada de uno de los cuchitriles más apartados—. ¡Kalia se va a morir!
3
Bönickhausen acechó los rededores, en los que no parecía haber un alma, se guardó el cuchillo en el bolsillo y fue con el mayoral. Ramón estaba solo, plantado delante del tiro. Unos metros delante de él, un contenedor metalizado bloqueaba el camino. Tenía forma ovalada y ocupaba todo el ancho del paso, se alzaba dos metros desde el suelo y estaba envuelto en una malla, cuyo extremo se perdía más allá de la hilera de chumberas. Se quedaron mirando en silencio el objeto, que permanecía inmóvil pese a las arremetidas del levante que barría el llano. Un halo de vapor rodeaba el cascarón, como el calor que se escapa de la carcasa de una bestia abatida.
Se acercaron con prudencia al artefacto y dieron una vuelta alrededor.
—¡Madre de Dios! ¿Esto qué es? —exclamó Ramón en español.
—No lo sé, pero creo que hemos encontrado nuestra estrella —respondió Bönickhausen en francés—. Se diría una especie de aeróstato. Pero no veo ninguna barquilla.
Se fijó en que había una brecha en la pantalla vegetal y se metió rápidamente por el hueco.
—Aquí está —avisó—. Es minúscula.
Su cabeza asomó de nuevo por un saledizo que había entre dos chumberas.
—Es demasiado pequeña para que quepa un hombre, pero han metido dentro un cilindro de metal que contiene un instrumento. Creo que tenemos ante nosotros un experimento científico, un globo perdido —anunció, entusiasmado.
—¡Un chisme del diablo, sí! —gruñó Ramón—. Un cachivache diabólico caído del cielo que nos impide pasar.
Se acercó al artefacto preguntándose cómo se las ingeniarían para desbloquear la ruta aupándolo por encima de la hilera de cactus. «La malla de la funda podría servirme para agarrarlo —pensó—. Pero va a hacer falta que mi cliente me ayude a levantarlo».
Llamó al ingeniero, que no respondió.
—¿Por dónde ha pasado este? —masculló.
Se dirigió al seto y a continuación volvió sobre sus pasos; se bastaba él solo. Ramón se escupió en las palmas de las manos, se las frotó y las acercó al artefacto.
—¡No se le ocurra tocarlo! ¡Se va a quemar!
Bönickhausen había vuelto a la berlina y le hacía aspavientos.
—¿Qué? ¿Está demasiado caliente? —preguntó Ramón mirando el extraño humo que envolvía el globo.
—¡No, al contrario! ¡Demasiado frío! Aquí traigo algo para taparlo —dijo el ingeniero mostrándole el pañuelo de lana que había sacado de su baúl.
Ramón se encogió de hombros: montones de veces había recorrido Sierra Nevada y cogido nieve a manos llenas sin lastimarse. Decididamente, los ingenieros estaban más dotados para tomar apuntes que para sobrevivir en un medio hostil. Cuando Bönickhausen se puso a su lado, acercó las manos y sintió el frío que exhalaba el globo. Dudó, pero su orgullo le impedía retroceder.
—¡Yo de usted no lo haría! —resonó una voz detrás de ellos.
El cochero detuvo en seco su tentativa y se dio la vuelta hacia el recién llegado.
—Hola, señor —dijo Ramón como queriendo tranquilizarlo, con las manos en jarras y actitud de tener dominada la situación.
Lo cual no era cierto. La presencia de ese casco que no había que tocar por razones misteriosas y de un extraño que aparecía a su espalda sin previo aviso, junto con esos dos muros de chumberas llenas de pinchos que hacían imposible huir de allí, lo inquietaban. Todo aquello parecía una trampa.
—Hola, amigos —respondió el hombre a lomos de su mula—. Su compañero tiene razón al avisarlo. Iba usted a quemarse.
El desconocido se apeó ágilmente y los saludó con su cubrecabezas, un curioso gorro de fieltro flexible, que a continuación usó para sacudirse el polvo de la ropa. Lo enrolló, se lo metió por el cinturón y sonrió. Era un tipo grandullón de rostro juvenil debido en parte a unas facciones finas de una simetría perfecta. Su bigote, que parecía dibujado a lápiz, se completaba con una perilla recortada con primor. Los cabellos, por el contrario, eran insólitamente largos y, echados hacia atrás sin sujetar, le tapaban por completo la nuca, mientras dos mechones rebeldes batallaban con el viento en la frente. El conjunto desprendía elegancia aventurera. Se acercó al ingeniero.
—Me llamo Delhorme, Clément Delhorme.
—Gustave Bönickhausen. De París —precisó el ingeniero.
En comparación, Bönickhausen era mediano de estatura y de complexión robusta. Sus cabellos tupidos, peinados hacia atrás someramente, dejaban al descubierto una frente lisa, y su mirada, rebosante de seguridad en sí mismo y que interrogaba permanentemente a aquellos con quienes se cruzaba, denotaba gran lucidez intelectual. La sotabarba, bien arreglada, se comía una pequeña porción de las mejillas, conectadas entre sí por el bigote a la altura de la comisura de los labios. Su fisonomía transmitía fogosidad controlada y carisma protector.
«Hete aquí un hombre que sabe lo que se hace —se dijo Ramón, admirativo—. El otro gringo, en cambio, es tan imprevisible como un caballo loco —concluyó, observando al recién llegado».
El apretón de manos entre los dos franceses fue franco y vigoroso. Ramón, que vigilaba los alrededores por temor a ver aparecer de pronto una banda de cómplices, no juzgó útil presentarse.
—¿Y usted, amigo mío? —preguntó Delhorme en un castellano intachable—. ¿Puedo saber el nombre de a quien acabo de salvar los dedos?
—Se llama Ramón Álvarez —respondió Bönickhausen en su lugar—. Menos cuarenta grados, ¿correcto? —preguntó señalando el casco, que había perdido volumen desde que llegaron—. He visto la lectura del instrumento que se halla dentro de la barquilla. Está a una temperatura de menos cuarenta grados, ¿es así?
—Exacto —respondió Delhorme rodeando el artefacto—. Aunque se haya recalentado durante la caída, sigue estando muy frío.
—¡Qué disparates dicen, eso es imposible! —intervino Ramón, que se había acercado y deseaba desenmascarar la impostura—. ¡Qué va a hacer tanto frío en el cielo! —agregó, buscando el refrendo de su pasajero.
—Yo no sé nada —confesó Bönickhausen.
—¡Si fuese así, todas las nubes se habrían transformado en hielo! —arguyó Ramón.
—No va desencaminado, señor Delhorme. ¿Cómo lo explica usted?
Clément miró al cielo.
—Es cuestión de altura —dijo él con aire angelical.
—¿Quiere decir que su globo sobrepasó la altitud de las nubes?
—¡Ya lo creo que sí! —respondió él, lanzándoles una mirada maliciosa y altiva.
—¿Varios cientos de metros? —apuntó Bönickhausen.
Delhorme le indicó con un ademán que su estimación quedaba lejos de la real. Ramón, a quien el juego no divertía, los dejó para ir a ocuparse de sus bestias, que habían empezado a comer los frutos rojos de las chumberas.
—¿Mil metros? —sugirió el ingeniero, e hizo un mohín al ver la mano de Delhorme, que reclamaba una cifra más elevada.
—A esa altura sigue habiendo unos grados por encima de cero —puntualizó este último, divertido.
—¿Dos mil?
—No.
—¿Cinco mil?
—El aparato que ha consultado es un barotermógrafo. Haga usted los honores.
Bönickhausen se precipitó a por el instrumento de registro que había quedado en la barquilla. Se había preguntado a qué correspondía el trazo de encima de las temperaturas: indicaba la presión barométrica, a partir de la cual se podía deducir la altitud del globo a lo largo de toda su trayectoria.
Delhorme aguardaba con una sonrisa en los labios.
—¡La conversión! —le gritó el ingeniero desde detrás del seto—. ¿Cuál es el factor de conversión?
—Un centímetro por kilómetro.
—¡Dios del cielo! —exclamó Bönickhausen—. ¡Ocho mil quinientos! ¡Ha subido a más de ocho kilómetros!
Ramón, que escuchaba aguzando bien el oído mientras fingía indiferencia, escrutó el cielo con gesto de incredulidad.
—Pero ¿cómo es posible? —siguió Bönickhausen volviendo a mirar al francés—. Sí que es usted un personaje extraño, señor Delhorme —añadió sin dejarle tiempo para responder.
Delhorme se había vuelto para rebuscar en el interior de la bolsa colgada en el flanco de su mula, de la que sacó un par de guantes de tela gruesa. Cogió el gorro del cinturón, lo estiró y se lo caló en la cabeza, echándoselo hacia atrás desde la frente.
—Siento las molestias causadas por mi globo extraviado. Pero, para serle sincero, me contento con que no haya caído en plena montaña. En menos de una hora les dejaré la vía despejada. Solo necesito esperar a que vuelva a subir su temperatura lo suficiente para poder doblar el tejido sin rasgarlo.
—Pero ¡qué contrariedad! —se rebeló Ramón, que había contado con llegar antes de que cerrase la casa de correos para enviar un billete a su mujer, cuya confianza en él estaba también por debajo de cero—. Señor Bönickhausen, daremos media vuelta y rodearemos el seto, hay un paso dos kilómetros más arriba.
—No lo conseguirá —le advirtió Delhorme después de echar un vistazo rápido a la berlina.
—¡Desde luego que sí! —replicó el mayoral—. Voy a desenganchar a mis bestias, les haré dar media vuelta, luego giraremos mi diligencia, reengancharé el tiro y ¡listo!
El francés se puso los guantes, se dirigió hasta la brecha abierta en el seto y, una vez allí, se volvió.
—Yo no he dicho que no pueda dar media vuelta. Pero, cuando se haya metido por ese campo, teniendo en cuenta el peso de su vehículo, la anchura de las ruedas, de aproximadamente dieciséis pulgadas, su coeficiente de fricción, digamos dos décimas, la fuerza de tracción de sus animales y las características del terreno, una arcilla roja mezclada en un diez o veinte por ciento con arena, tienen todas las de acabar atascados al pie de un olivo. Eso por no hablar del agotamiento de las mulas, que a cada latigazo iracundo de su parte reducirán la potencia en varias decenas de vatios. Dicho esto, señores, les deseo tengan ustedes buen viaje.
El diálogo había hecho mucha gracia a Bönickhausen.
—Vamos, Ramón, qué importa una hora más, Granada era nuestra etapa de esta noche.
—También yo voy allí —indicó Delhorme, que había desaparecido detrás del muro de chumberas—. Están a dos horas de ruta. Y digo bien de ruta, ¡que no de campo!
—En ese caso, ¿quiere hacer el trayecto hasta Granada con nosotros? Mi cochero y yo lo ayudaremos a recuperar su material y usted me lo contará todo en el coche. ¿Qué le parece?
Ramón abandonó la partida antes incluso de escuchar la respuesta de Delhorme. No podía luchar contra la voluntad de dos franceses cabezotas, sujetos a chifladuras tan alejadas de sus preocupaciones como la altitud del maldito globo que se alzaba ante él. Encendió un Braserillo y se acercó al casco, del que ya casi no salía vapor. Se le había ocurrido una idea para acelerar su regreso.
—Verdaderamente muy ingenioso —admitió Bönickhausen examinando el aparato que Delhorme sostenía en la mano cuando los dos hombres se hubieron puesto en cuclillas delante de la barquilla.
—Una simple cápsula de Vidi a la que he agregado un cilindro con papel enrollado alrededor. También hay un termómetro de alcohol. Ambos van atados a unos estiletes que dejan un trazo de tinta en el papel.
—Pero ¿dónde está el movimiento de relojería?
—Dentro del cilindro.
—Así, con este sistema, puede conocer la temperatura para cada altitud…
Delhorme desprendió el cilindro con cuidado de dejar dentro el rollo de papel de registro y lo depositó en un cofrecillo, en cuyo interior había un estuche de vidrio con las dimensiones exactas para guardarlo en él.
—Durante mi primera prueba, el casco alcanzó una altura de setecientos metros, pero a partir de ahí la tinta empezó a congelarse. No fue un gran logro, pero sobre todo me alegré muchísimo al haber recuperado el material intacto. Desde entonces lo he adaptado todo a estas temperaturas extremas.
Al otro lado del seto Ramón se afanaba con gran estrépito. Bönickhausen percibía su descontento en cada uno de sus gestos, pero había decidido hacer caso omiso. El encuentro fortuito que acababa de vivir, en aquel rincón perdido entre Sierra Nevada y la llanura de la Vega, había agudizado su curiosidad por los aeróstatos. Acribilló a Delhorme a preguntas. Y este no se hizo de rogar para responderlas, mientras proseguía con el desmontaje de sus instrumentos. Cuando se quitó los guantes para desatornillar los dos estiletes de su soporte, Bönickhausen se fijó por primera vez en su alianza.
—Todavía está bastante frío —comprobó, y se echó el aliento en las manos—. Al principio, me dejaba muchas veces la piel de los dedos. Ahora ya me he acostumbrado.
—¿Y qué opina de todo esto su señora esposa?
A Clément Delhorme se le iluminó la cara como un sol.
—Pues que estoy loco por querer explorar la atmósfera y que ya hay suficientes cosas que descubrir sobre la tierra. Pero yo creo que le encanta esta locura. Mi mujer es un ser excepcional… ¡y no puedo hacerla esperar! ¿Quiere ayudarme a desatar estos cables? —preguntó señalando las cuerdas trenzadas que iban prendidas a los orificios de la barquilla.
Bönickhausen le pidió que le explicara cómo proceder, entonces se puso los guantes y enseguida dio con el gesto adecuado.
—¿Cuántas pruebas lleva hechas? —le preguntó el ingeniero desatando el primer cable.
—Esta es la undécima. Y solo he perdido mi aeróstato una vez. Una tormenta imprevisible. Los vientos cambiaron de dirección. No pude seguirlo. Sabe Dios las importantes informaciones que hubiese podido aportarme —dijo, y se puso a contar la cantidad de tornillos y de tuercas que dejaba el desmontaje de los instrumentos.
—Entonces ¿es por esta razón por lo que lo pintó de color plata, para que reflejara la luz del sol como un espejo?
—Justamente —respondió distraído Delhorme—. ¡El recuento es correcto!
Guardó las fijaciones dentro de una bolsa de fieltro fino como si se tratasen de alhajas y las dejó al lado del cilindro, tras lo cual cerró el cofrecillo.
—Salvo que no solo está pintado —puntualizó—. Además he pegado unos cuadrados de aluminio en una parte del tejido.
—¡Diantre! ¿Aluminio? ¡Pero si cuesta tan caro como el oro!
—Compré un rollo entero en la fábrica de Salindres.[1] Ahora entiende por qué no puedo permitirme perderlo.
Bönickhausen acarició el cuerpo del casco que se había vuelto flácido y solo entonces reparó en los cuadraditos de metal encolados a la tela plateada, así como en un silbido apenas perceptible que provenía de la base. El sonido salía de una trampilla de metal llena de orificios descubiertos parcialmente.
—Ingenioso su sistema de control del aire caliente. Cuando se abre más o menos la trampilla, el globo pierde altitud, ¿correcto? De este modo, evita que se quede en el aire a cien kilómetros o más.
—No anda usted lejos de la verdad: he instalado un segundo sistema de relojería que se pone en funcionamiento al cabo de dos horas y provoca la apertura de esta válvula. Pero se equivoca en un detalle: no se trata de…
Delhorme se calló de pronto, arrugó las cejas y olfateó el aire con ahínco.
—¿Qué ocurre? —preguntó Bönickhausen, inquieto.
—Su cochero nos va a traer problemas —afirmó, cogiendo raudo una cuerda—. ¡Dígale que pare inmediatamente!
—¿Que pare el qué?
Bönickhausen se asomó a mirar por encima de las chumberas y vio que Ramón acababa de encender una hoguera cerca del casco. El mayoral levantó los brazos en señal de victoria al ver al ingeniero.
—Enseguida se calentará —gritó, ufano de su ocurrencia.
El ingeniero lanzó una mirada a Delhorme, que se apresuraba a cerrar de nuevo la trampilla.
—¡Dígale que apague inmediatamente el fuego! —repitió.
—Pero ¿puede decirme qué pasa?
—El gas. No es aire caliente.
—¿Ah, no?
—No. Es hidrógeno.
—¡Aire inflamable! —exclamó Bönickhausen al darse cuenta del peligro.
Comprendió que Delhorme no había previsto ningún sistema para contener el gas una vez que la caja se abría. Cuando a voces ordenó a Ramón que apagase las llamas, al mayoral le entró el pánico y huyó a todo correr. Bönickhausen se abalanzó sobre el montón de ramas encima de las cuales comenzaba a danzar un fulgor de color ámbar.
4
Cuando el doctor Pinilla salió de la casa de la gitana, un hilillo de humo negro se elevaba a lo lejos en la planicie de la Vega y se diluía en el azul inmaculado del cielo. Se quedó admirando las vistas de toda la región que ofrecía el Sacromonte, el único atractivo del lugar. Por lo demás, la colina de los gitanos reunía todos los aspectos de la miseria humana.
Un gallo pasó cerca de él e intentó picotearle un cordón de los zapatos, que tomó por un gusano. Un perro persiguió al gallo en medio de una nube de polvo y ladridos. Dos niños, sentados medio desnudos en el umbral de una de las cuevas, rieron ante la escena y salieron corriendo a continuación a por el gallo, que terminó por subir aleteando hasta el nivel de la terraza superior.
El médico estaba satisfecho con el resultado de la operación. Se bajó las mangas, sacó los gemelos del bolsillo de los pantalones y se los puso. Por encima de él, el reloj de la abadía del Sacromonte dio cinco toques secos. El alumbramiento no había tomado más de dos horas.
Cuando había llegado, la mujer estaba tumbada sobre una lona de yute rellena de hojas secas que hacía las veces de lecho. La cueva constaba únicamente de una pieza iluminada por la luz del sol, que se filtraba por la puerta, y por una lumbrera horadada en el techo. Depositó su maletín encima del único mueble, una mesa con las patas hechas con ramas burdamente talladas, y pidió a Mateo que le llevara un barreño de agua «bien caliente», se sintió obligado a precisar. El vestido de Kalia, subido, estaba empapado de sangre, al igual que la tela de yute alrededor de sus piernas desnudas. El médico tiró de la tela del vestido para cubrir las piernas de la paciente, se sentó a su lado y, mientras iba explicándole sus movimientos, la examinó a tientas.
Había roto aguas la víspera, el trabajo de parto había comenzado, pero el feto aún no estaba encajado. Al ver la estrechez de la pelvis de su paciente, Pinilla hizo inmediatamente el diagnóstico: la cabeza de la criatura se había quedado bloqueada en el estrecho superior y no podría salir sin ayuda. El médico no había dudado un instante y había mandado a Mateo que fuera a por sus instrumentos y a por algo de cornezuelo.
Fue precisamente Mateo quien lo sacó de su ensimismamiento al llevarle el gabán. Delante de ellos la lejana columna de humo tan solo era un trazo y había pasado del negro al blanco, dejando una cicatriz grisácea en el azul límpido del cielo. El médico se adelantó a la pregunta que el hombre no se atrevía a hacer, sin duda por miedo a que les trajese mala suerte.
—Ha perdido mucha sangre, mucha. Necesita reposo y comer carne.
—Por el reposo no hay problema —empezó a decir Mateo bajando los ojos.
—Hablaré con el carnicero de la calle Panaderos. Les reservará hígado de ternera. Vaya dos veces a la semana mientras ella esté amamantando. Es primordial para ella y el crío.
—Gracias, doctor —dijo Mateo mirándose los zapatos y moviendo la cabeza—. Gracias.
—No me las dé: usted me entregará hielo durante todo el verano, así que soy yo el que sale ganando —bromeó Pinilla echándose por encima la capa—. Vaya con ella, lo necesita.
—No puedo, está él —respondió Mateo señalándole la entrada a la cueva.
«Él» era Antonio Torquado, el príncipe de los gitanos, al que Mateo parecía temer y detestar con igual intensidad.
—Pues le voy a decir dos palabritas al padre —anunció el médico.
El hombre lo sujetó del brazo.
—No, no hace falta. De todos modos, el padre soy yo. Lo han decidido ellos. Y está bien así —añadió sin relajar la presión en el brazo.
—Como quiera —dijo Pinilla recuperando su libertad—. Entonces, cuide bien de los suyos, Mateo.
El médico bajó la colina sin volverse y se cruzó con un grupito de tres turistas ingleses que, al igual que la mayoría de los visitantes, después de maravillarse ante la belleza de la Alhambra, terminaban la jornada dándose una vuelta por el Sacromonte con el fin de comprobar si las descripciones de los relatos de viajes sobre el estado de desposesión de los gitanos eran fundadas o exageradas. Esa zambullida en la miseria a cambio de un puñado de duros repartidos irritaba al médico, pero los bohemios se avenían mejor que él. Regresó a la ciudad a pasos rápidos, a lo largo de la muralla hasta Plaza Nueva y desde allí se permitió dar un rodeo por la calle Zacatín, llena de tienduchas que ofrecían toda clase de trajes, sombreros, guantes, telas y joyas. Apreciaba el aspecto tortuoso y colorido del lugar, donde la estrechez de la calleja, unida a los puestos sobrecargados, no dejaba más que un paso angosto al gentío siempre presente. Le encantaba dejarse llevar por él, y levantar la vista hacia los tejados que, sobresaliendo de las fachadas, parecían a punto de tocarse. Pinilla compró en una orfebrería un medallón con la imagen de la Virgen y el Niño. Y juzgó que la recreación de los personajes estaba verdaderamente bien lograda.
Él vivía en la ciudad baja, en la calle Párraga, no lejos del paseo de la Alameda, que ya no frecuentaba desde hacía años, harto de que sus pacientes o los familiares de estos le parasen para preguntarle acerca de sus problemas de salud como si de un gabinete al aire libre se tratara. Pinilla entró por la puerta de servicio para evitar el patio en el que se encontraba su mujer echando partidas de naipes con su hermana, como cada día a la misma hora. Deseaba escribir sin tardanza el informe de su operación, del que se sentía orgulloso y que transmitiría a sus colegas del hospital San Juan de Dios para que lo expusieran en clase a los estudiantes. A fin de cuentas, si la gente lo escogía siempre para los alumbramientos difíciles, ¿tal vez se debía a que era el mejor? Ahuyentó la idea pidiendo perdón a Dios por su vanidad pasajera, besó el medallón y lo dejó sobre el velador del vestíbulo.
Mientras recorría la galería cubierta oyó a su mujer y otra voz femenina que no reconoció, cuando le llegó del patio un aroma a chocolate mezclado con olor a cigarrillo. El médico se escabulló a su despacho procurando no hacer ruido al cerrar la puerta, se sentó a su secreter y sacó su caja de plumines, entre los que escogió una plumilla Blanzy Poure. Prefería las plumas francesas a las españolas o las inglesas, más por las ensoñaciones que le inspiraban que por la calidad de su acero. Ese era su placer, tanto que él mismo se preguntaba si su afición a redactar informes no se debía simplemente a su pasión por la caligrafía. Había elegido un plumín con una «N» grabada rodeada por una corona de laurel, los símbolos de Napoleón, al que admiraba discretamente, aun cuando el emperador francés hubiese abandonado España cincuenta años antes y ya no fuese un motivo de discordia en Granada. Abrió el tintero y aspiró el aroma relajante de los pigmentos impregnados de lino y de cera. El negro líquido actuaba en él como una droga que lo ponía de buen humor. Amaba también el olor de la tinta de su diario, aunque más vegetal y menos potente de cuerpo, y se sabía capaz de diferenciarlas con los ojos cerrados. Después de aspirar por última vez el aroma del tintero, comenzó la redacción de su intervención.
En el día de hoy he practicado, con éxito, una sinfisiotomía en una paciente de veintiún años, en el octavo mes de preñez, pero con una pelvis tan estrecha, de tan solo dos pulgadas y cuarto en el diámetro antero-posterior, que el niño no podía pasar.
El médico apreciaba particularmente cómo se deslizaba la Blanzy Poure, que encauzaba siempre la tinta en cantidad homogénea y regular. Era igual de puntilloso respecto de la calidad del papel.
Hay momentos en que el pudor debe dejar paso a la necesidad y he pedido a mi paciente que se subiera la ropa para poder administrar los cuidados en las mejores condiciones. No siendo partidario del empleo del cloroformo, que complica el parto y obliga al uso de fórceps, he practicado la incisión de la sincondrosis interpubiana…
Se detuvo para ornar su descripción con las palabras más exactas, hizo un buen número de tachones y cambió algunos términos hasta que estuvo satisfecho con el resultado.
… en el transcurso de la cual se oyó un chasquido bastante fuerte y se produjo una separación de dos pulgadas entre los dos púbicos. Se administró una dosis de centeno atacado de cornezuelo y la mujer dio a luz una hora después a un niño vivo, tras lo cual apliqué hilas en la herida y realicé un vendaje de cuerpo con sota-muslos. La paciente deberá guardar cama de uno a dos meses.
Concluyó ponderando los méritos de la operación comparada con la cesárea, con el propósito de cerrarles el pico a los últimos detractores de la sinfisiotomía, al tiempo que se preguntaba qué clase de pluma utilizaba Victor Hugo para escribir sus novelas.
—Granada pinta sus casas de los más ricos colores —recitó en voz alta.
Pinilla era un admirador incondicional del gran hombre y le apasionaba declamar sus declaraciones de amor a la ciudad de Granada. Se regocijó al pensar que esa misma noche se reencontraría con los personajes de Nuestra Señora de París, que estaba leyendo por segunda vez. «Mateo sería un buen Gringoire —pensó, divertido—. Estoy seguro de que Victor Hugo tiene Blanzy Poure —pensó a continuación dando uno de esos saltos mentales que ejecutaba como nadie—. Puede que hasta tenga un modelo con su nombre. ¡Indagaré, claro que sí!».
Su mujer entró sin llamar y ambos se sobresaltaron al ver al otro.
—Pero ¿qué hace aquí, querido? —preguntó ella llevándose la mano al corazón con ademán histriónico.
—¿Por qué no ha llamado?
La señora Pinilla abrió su abanico y lo accionó con muñeca experta.
—¡Oí ruido pero no pensé que hubiese vuelto!
—¿Y a quién, si no, quería encontrar? Este es mi despacho, querida mía —replicó él después de haberse tomado el tiempo de depositar delicadamente el portaplumas en su estuche.
—¡Se esconde para no ver a mi hermana, como de costumbre! —arguyó ella, convencida.
—Yo no me escondía, tengo una tarea urgente que terminar —dijo él agitando ostensiblemente la hoja para secarla.
El gesto estaba pensado para poner punto final a la conversación, pero su mujer insistió:
—Vamos, confiese, si no habría venido a saludarme.
—No… Tal vez —concedió él para terminar con ello.
—¡Lo confiesa, magnífico!
Se apoyó en el marco de la puerta y añadió:
—Sepa que no estaba con mi hermana, sino con una de sus pacientes. Paciente a quien le había dado cita y de la que se había olvidado.
—¿Quién, si se puede saber?
—La señora Delhorme, la francesa guapa.
—¡Dios mío, es verdad! —exclamó él llevándose las manos a la cabeza—. Para ser su primera cita, se va a llevar una opinión bien pobre de mí. Pero qué se le va a hacer —se resignó, recobrando su flema—. Sin mí, la gitana estaría muerta. ¿Ha pedido otra cita?
—No.
—Entonces es que su estado no lo necesitaba —concluyó él levantándose para cerrar la puerta con la esperanza de que se marchara.
La señora Pinilla no se movió. Le hacía gracia contrariar a su marido, empecinado en quedarse a solas. Este decidió jugarse el comodín sin esperar a otra ocasión:
—Por cierto, me pasé por el joyero de Zacatín y le he traído un medallón que la espera en el vestíbulo.
Ella se lo agradeció fríamente, herida ante lo burdo del artificio, y cerró la puerta después de salir. Él se avergonzó de su subterfugio. Pero ¿qué podía hacer él, si estaba deseoso de quedarse a solas? Ella tenía que ser la primera en entenderlo, después de tres lustros de matrimonio. Volvió a su secreter y gruñó: la tinta se había secado en la pluma, iba a tener que limpiarla. Su mujer reapareció sin previo aviso.
—Gracias por el regalo. Rezaré a Dios por su generosidad —le lanzó en un tono que él no supo interpretar—. Por cierto, la señora Delhorme no ha pedido otra cita porque aún espera. En el patio.
«El apelativo no era nada desatinado: ¡qué mujer tan guapa, a pesar de su estado!», pensó Pinilla sonriendo a Alicia Delhorme después de deshacerse en excusas. La invitó a pasar a su gabinete, que desde los primeros calores se había trasladado a sus cuarteles de verano a ras de la calle. Su rostro era de una belleza que hubiera dado envidia a Esmeralda y a su creador. Un dechado de equilibrio y dulzura. Su boca con forma de alas de ángel realzaba su carácter bondadoso que él sabía no era fingido. Sus pómulos salientes acentuaban la leve depresión de sus mejillas, mientras que su nariz, semejante a la de un niño, evocaba las ninfas de un cuadro de Poussin. Sus ojos de color esmeralda paseaban una mirada franca y limpia que nunca se detenía mucho rato en un punto, una mirada que el médico comparaba con las olas argénteas del Genil, cuyas aguas provenían de las nieves perpetuas de Sierra Nevada. Pero lo que más llamaba la atención de los granadinos desde la llegada de la pareja, tres años antes, era su cabellera impresionante, negra y ensortijada, que le llegaba muy por debajo de los hombros y que se hubiese dicho heredada de una antepasada morisca. Le habían contado que tenía sangre andaluza por parte de padre, y eso, además de sus cabellos y de su nombre de pila español, había facilitado su integración y la de su marido.
En el paseo de la Alameda los rumores corrían como la pólvora y algunos habían querido ver en ella una pariente lejana de Eugenia de Montijo. Todos coincidían en decir que no era del todo extranjera, pese a que de sus verdaderos orígenes nadie sabía nada. Sobre todo teniendo en cuenta que el gobernador de la Alhambra le había encomendado el cuidado de los palacios reales, sucediendo en ello a Antonia Molina, la tía Antonia de los granadinos, quien había velado celosamente su tesoro durante decenios, y eso había terminado de convencerlos de la importancia de la bella francesa. La hermana de la señora Pinilla creía saber que tenía estudios y que era especialista en la civilización árabe, pero ninguno de los profesores de la universidad interrogados había podido ni confirmar ni invalidar la extraña información. Lo cierto era que la pareja vivía en uno de los palacios abandonados de Granada, que su marido pasaba el tiempo inflando globos para lanzarlos al cielo y correr después tras ellos y que ella pasaba el suyo en la Alhambra, ayudando al arquitecto Contreras a reparar siglos de daños y pillajes.
Pinilla se volvió de espaldas a ella mientras la dama se desvestía, se puso a rebuscar en un cajón sus instrumentos médicos y esperó a que ella estuviese tumbada para darse la vuelta.
—¡Por todos los santos! —exclamó al descubrir el vientre de su paciente.
No había necesitado su ojo clínico para darse cuenta de las redondeces que el vestido, aun siendo holgado, no disimulaba ya, pero el abdomen tenía un volumen como no había visto nunca antes, enorme e hinchado.
—Es un embarazo excepcional —confesó él palpándolo—. Querida señora, tiene un vientre equivalente a los de mis dos últimas parturientas juntas. ¿Cuántas semanas de gestación?
—Veintisiete semanas cumplidas —respondió ella, acechando su reacción.
—Solo siete meses… Sabe lo que puede significar, imagino.
—Sí, me he preparado y por eso es por lo que vengo a verlo. A juzgar por el jaleo que hay aquí dentro, ¡no pueden ser sino dos! —dijo ella entornando los ojos y acariciándose el vientre como si fuera la cabeza de un gato.
La situación no parecía impresionar a la señora Delhorme, cosa que lo tranquilizó de cara al día del alumbramiento. El doctor Pinilla acababa de comprarle a Constantin Paul, un colega francés, un estetoscopio nuevo de su invención que iba a permitirle discernir mejor los latidos del corazón de los fetos.
—Y comprobar su buen estado de salud. Será la primera en beneficiarse de él —añadió, sacándolo de su estuche.
—He aquí un progreso médico que agradaría a Clément —comentó ella.
—¿Clément? —preguntó el médico con falsa ingenuidad.
—Mi marido y amante esposo, el padre de estos gemelos que pronto le impedirán correr en pos de sus globos para jugar con los de ellos.
Él sacudió la cabeza al imaginar la escena, mientras cogía el tubo de caucho galvanizado que formaba el cuerpo del estetoscopio. Atornilló en uno de los extremos una bocina de marfil con forma de pabellón de trompeta e introdujo por el otro extremo, bífido, dos tubos blandos, del diámetro de su conducto auditivo, cuyos extremos se metió cada uno en una oreja. La señora Delhorme soltó una risita.
—Debo de parecer un animal exótico —admitió él sin darse cuenta de que elevaba la voz—. Pero este instrumento podrá prestar grandes servicios, créame.
Desde el momento en que apoyó el pabellón abocinado en el vientre de su paciente, comprendió lo que pasaba. Recorrió varias zonas del abdomen para mayor seguridad, pero lo que percibía claramente no dejaba lugar a dudas sobre su diagnóstico. El día seguía trayéndole sorpresas surrealistas.
—Querida señora, tengo una noticia que darle en relación con sus gemelos. Desgraciadamente, no creo que podamos considerarla buena.
5
Ramón seguía que echaba las muelas: cuando su cliente había reaparecido detrás del seto de chumberas, le gritó que se apartara corriendo del fuego. Bönickhausen había confundido apartar con apagar, estaba seguro, y al obedecer se veía en esos momentos sospechoso de cobardía. Ramón estaba convencido de haber sido víctima de una injusticia que debía repararse, sobre todo teniendo en cuenta que nadie había resultado herido. El ingeniero se había precipitado a apagar el fuego con ayuda de su prenda de abrigo, después los dos franceses habían vaciado el hidrógeno del globo y finalmente habían plegado la tela. Habían mantenido a Ramón a distancia y le habían prohibido fumar. «Ellos son los cobardes, se han puesto como locos por nada», se dijo, seguro de sí.
Se envaró e hizo restallar el látigo por encima de Bandido y Capitán, que las estaban pasando moradas con el exceso de carga. El casco y la barquilla habían quedado sujetos al techo del habitáculo, mientras que la mula del invitado trotaba detrás, atada con una cuerda larga. Habían intentado enganchar al animal, pero este se había resistido tanto y tan bien que el cochero había desistido por temor a que sus propias bestias siguieran su ejemplo. No solo el señor Delhorme y sus bártulos añadían peso a la berlina, que no había sido concebida para semejante cargamento, sino que además su bestia se lo tomaba con la misma parsimonia que los pasajeros.
En el momento de partir, los tres hombres habían oído a lo lejos una detonación seguida de la aparición de una columna de humo que se había elevado como un trazo hacia el cielo. Se miraron, presas de una inquietud retrospectiva, y a continuación Clément Delhorme bromeó jurando que él no tenía nada que ver. A pesar de la prohibición de fumar que los franceses habían mantenido para todo el trayecto, Ramón prendió un Braserillo que lo serenó un tanto. La ruta, sinuosa hasta la llegada al llano de la Vega, se había vuelto más ancha y recta y la fina nube provocada por el siniestro se alineaba por encima de ella como una mira de agrimensor.
El humo provenía del pueblo de Cogollos de la Vega, a quince kilómetros de Granada. Ramón detuvo la berlina en la placita en cuyo extremo una casa terminaba de consumirse, ante una aglomeración de gente en la que debía de estar la mayor parte de los habitantes del lugar. El tejado se había derrumbado parcialmente y las vigas calcinadas sobresalían de los paramentos que quedaban en pie. Ramón aprovechó la cisterna que había servido para apagar el incendio para hidratar a sus mulas, olvidando adrede la del francés. Los dos ocupantes se habían apeado para preguntar si había heridos y ofrecer su ayuda. El establecimiento que se había quemado era un almacén destinado a los obreros de la cantera cercana. Nadie se hallaba presente en el momento de la explosión. El propietario, un hombre gordo con la barba mal cortada, las manos en jarras apoyadas en su cinturón de color violeta, el sombrero colgando a la espalda, les pidió que avisasen a las autoridades de Granada para que viniera la Guardia a indagar acerca de lo que él consideraba había sido un acto de venganza.
—No encontrarán nada —comentó Delhorme una vez que la berlina volvió a ponerse en camino.
—¿Y eso por qué? —preguntó Bönickhausen mientras buscaba su cuaderno de notas en el bolso de viaje que siempre iba con él.
—Las paredes estaban recubiertas de salitre. También había por todo el suelo.
—¿Y qué deduce usted? ¡Ah, aquí está! —exclamó el ingeniero exhibiendo victorioso el objeto, después de haber vaciado el contenido del bolso en el asiento.
—Que fabrican ellos mismos sus explosivos sin autorización y que son negligentes. Aquí todos tienen un cigarrillo en la boca —concluyó imitando el lanzamiento de una colilla—. Y ¡bum! Yo siempre hago mis lanzamientos de globo desde un lugar aislado; si no, hace tiempo que no estaría aquí para conversar con usted.
El ingeniero recorrió con la vista las notas que había intentado tomar en el transcurso de su conversación durante el trayecto. Tenía mil y una preguntas que hacerle. Delhorme había cogido de entre los enseres desembalados L’Année scientifique et industrielle y se había puesto a hojearlo.
—¿Ha visto la obra de Mathieu de la Drôme? —preguntó Bönickhausen al ver que echaba un vistazo a un artículo sobre el tema.
—¿De la prédiction du temps? Sí.
—¿Y qué opinión le merece?
El ingeniero sostenía el cuaderno y la estilográfica como si fuera un reportero listo para recoger una confidencia, cosa que hizo gracia a Delhorme, y así se lo comentó.
—Pues creo que se equivoca —respondió—. Sus previsiones no se basan más que en las estadísticas de los años precedentes.
—¿Y qué? ¿No es un buen método?
Un traqueteo más fuerte que los otros zarandeó el habitáculo y a sus ocupantes. Bönickhausen ordenó a Ramón que ralentizara la marcha, lo que el mayoral hizo de forma exagerada.
—¡Tampoco tanto! —gritó el ingeniero en español a través de la portezuela—. ¿Quiere ver a su madre esta noche o el año que viene? Qué pedazo de burro, es peor que sus mulas —dijo a Delhorme en voz baja.
—Respondiendo a su pregunta, sus resultados globales serán buenos estadísticamente, pero habrá muchos errores individuales, cosa deplorable en el caso de la predicción del tiempo…
—Catastrófica incluso, si pensamos en la navegación.
—Estoy convencido de que ciertos factores, como la presión barométrica, influyen en los fenómenos meteorológicos. Observe cómo se desplazan los vientos por toda Europa y hasta por el conjunto del globo. Todo eso no es fruto del azar que podríamos relacionar con las estadísticas como en un simple juego de dados. Yo he estudiado los mapas de curvas barométricas presentados por el Observatorio de París estos últimos años y los he comparado con mis propios resultados.
—¿Y…?
—Y observo la existencia de enormes masas de aire en rotación alrededor de una depresión central. Masas de aire que se desplazan.
—¿Una depresión? ¿Los vientos forman torbellinos alrededor de una depresión?
—Sí, pero con interacciones a escala planetaria. Imagine que una formación de ese tipo situada en el norte de Irlanda pueda incidir en el tiempo del sur de España —afirmó Delhorme observando la reacción del ingeniero—. ¡Pero deberé lanzar aún muchos globos para afinar mi propia teoría! Parece ser que Mathieu de la Drôme publicará un almanaque a finales de año, ¿será verdad? —añadió para zanjar la cuestión.
—Sí, y en Francia está siendo objeto de debate —reconoció Bönickhausen después de haber dudado de si debía ahondar en sus preguntas—. El director del Observatorio se niega a transmitirle los datos de los que dispone para sus cálculos estadísticos. Pero Mathieu tiene en Henri Plon un editor muy influyente y, al parecer, el ministro ha dado la orden a Le Verrier de que le entregue una copia de todos sus datos meteorológicos de los últimos años. La batalla hace furor entre la ciencia popular y la académica y se invita a todo el mundo a pronunciarse al respecto.
—Y usted ¿qué opina, monsieur Bönickhausen?
—La ciencia necesita de nuestros aficionados ilustrados. Algunos dedican a ello la vida hasta la ascesis, otros llegan incluso a perderla. Tenemos mucho que aprender de hombres como usted —concluyó Bönickhausen justo antes de caer en la cuenta de que no sabía nada acerca de su interlocutor.
Delhorme esbozó una mueca divertida y miró a través del vidrio sin decir nada. Después de los olivares habían empezado a aparecer casas dispersas.
—Veo que también está casado —comentó señalando el anillo del dedo de Bönickhausen—. ¿Cómo conoció a su esposa?
—Es una larga historia —respondió este, haciendo girar la alianza alrededor del anular.
«Y no tiene nada de romántica», pensó a continuación.
Después de haber probado suerte con jóvenes poseedoras de dotes elevadas y de haber experimentado numerosos fracasos que dejaron en estado lastimoso tanto su susceptibilidad como su paciencia, el ingeniero había revisado a la baja sus pretensiones y sus esperanzas. Dado que sus negocios y sus viajes incesantes no le dejaban ya tiempo para ocuparse de su futura vida marital, había delegado en sus padres la elección de su prometida y se había casado con la nieta de su casero de Dijon.
—No le ocultaré que no fue hasta después del casamiento cuando surgió el amor entre nosotros y que, debo admitir, formamos una pareja muy bien avenida —concluyó—. Hace ya casi un año que contrajimos matrimonio.
A Bönickhausen le pareció que Delhorme lo había escuchado distraídamente, pues miraba con atención las primeras viviendas de Granada.
—Yo a Alicia la conozco desde hace diez años —dijo volviéndose hacia él—. Tenía yo veintiocho años. Ella es mucho más que una esposa, es mi ecuación perfecta.
—¿Su ecuación perfecta?
—Sí, aquella de la que he despejado todas las incógnitas. ¿Usted no?
—Marguerite es un ser de carne y hueso, es mi mujer y en ningún caso una utopía matemática —replicó, azorado por la pregunta.
El ingeniero decidió zanjar el tema recogiendo sus cosas, guardándolas sin orden ni concierto en su bolso. Al hacerlo, arrugó la carta que había escrito la víspera a su mujer. Se la quedó mirando con cara de desconsuelo, la hizo una bola y se la metió en el bolsillo.
Las viviendas, granjas rodeadas de campos, se habían apiñado alrededor de la carretera, cuyos arcenes se habían llenado de adelfas. Ramón franqueó la puerta de Fajalauza sin aminorar la velocidad. El casco, embalado sobre el techo de la berlina, rascó la bóveda de la angosta muralla produciendo un chirrido.
—Su cochero es un rencoroso —recalcó Delhorme sin abandonar su calma—. Pero un rencoroso que tiene ojo.
La actitud del hombre, una mezcla de seguridad y desapego, impresionaba a Bönickhausen por el carisma involuntario que le procuraba.
El carruaje había desembocado en una calle en suave pendiente, rodeada de casas adosadas con los muros claros, enjalbegados, que reflejaban tan vivamente la oblicua luz del sol como unos espejos. Una vegetación abundante desbordaba los recintos, como paralizada en plena fuga.
—Los arrabales del norte —comentó Delhorme con ademán sobrio.
Miró fijamente a Bönickhausen antes de preguntarle por el hotel en el que había reservado habitación. No había previsto nada.
—Si tiene una buena dirección que pueda recomendarme, no lo dude —añadió el ingeniero.
—Dado que trabaja usted para una compañía relacionada con los ferrocarriles, yo le aconsejaría evitar sobre todo el hotel Washington Irving y el hotel Los Siete Suelos.
—Pero ¿quién le ha dicho que ese sea el caso? —se asombró Bönickhausen—. Yo no le he hablado de mi profesión.
—Su cuaderno —repuso Delhorme con una sonrisa, señalando el que sostenía en una mano—. ¡Todos ustedes tienen el mismo! Apostaría que dentro hay dibujos de puentes y viaductos.
—¡Vaya! Y yo que pretendía ser discreto…
—No se decepcione. Todas las grandes compañías surcan el país para las futuras líneas. En este mismo momento hay gente de Fives-Lille y del grupo Pereire alojada en esos dos hoteles.
—¿Qué me aconseja?
—Que acepte mi hospitalidad.
Bönickhausen, encantado con la proposición, que le iba a permitir pasar una velada interesante, aceptó entusiasmado.
El ingeniero aprovechó la parada de la berlina para bajar a dar órdenes al mayoral. Antes de volver a subirse, aspiró el aire cargado de fragancias florales y contempló la placita empedrada en medio de la cual se habían detenido. Divisó entre dos casas, sobre la colina de enfrente, la silueta maciza de la Alhambra, flanqueada por sus numerosas torres engalanadas por una tonalidad ambarina bajo el sol oblicuo. Inmóvil pero tan presente… Bönickhausen se dio cuenta de que no sabía nada de ella, pese a que el monumento se había convertido en destino romántico de viajeros acaudalados y de artistas. Detrás de él, la campana de la iglesia de Nuestro Salvador dio las ocho. Ante la cercanía de la noche, la ciudad parecía lista para animarse. Burgueses vestidos a la francesa se cruzaban con grupos de jóvenes vestidos a la moda andaluza, chaleco bordado y cinturón de color sobre un pantalón con las polainas abiertas, guitarra o bastón en mano, preparados para hechizar la noche con su alegría natural.
—Este país es tan extraño y variado que cada día añade un nuevo velo a su misterio —declaró Bönickhausen una vez sentado.
—Solo el tiempo permite acercarse a él —dijo Delhorme dando unos toques en el habitáculo para hacer arrancar el vehículo—. Pero nunca adueñarse de él.
La berlina se puso en movimiento lentamente al paso de las mulas, mientras Ramón, revigorizado por la proximidad de la meta, se había puesto a declamar a grito pelado un romance de Bretón de los Herreros y saludaba a los transeúntes quitándose un sombrero imaginario.
El carruaje subió por la calle de los Gomeles, franqueó una imponente puerta renacentista coronada con tres granadas de piedra y penetró en un callejón rodeado por un gran muro vegetal, cuyas cimas formaban una bóveda por encima de sus cabezas. Los árboles se inclinaban para dejar sitio a una muralla imponente que marcaba la frontera con la ciudadela de la Alhambra.
Una vez dentro del recinto, el cochero paró la berlina al fondo de una amplia explanada de tierra, alrededor de la cual estaban representados todos los estratos arquitectónicos de la historia árabe y cristiana del lugar. Delhorme señaló el primer piso de la construcción más próxima, un caserón que cerraba un jardín cuadrado, en la entrada a los Palacios Nazaríes.
—El patio de Machuca —comentó, desatando la cincha que sujetaba la tela del globo—. Nosotros ocupamos una parte del piso. Es pequeño y ruinoso, pero estamos en el corazón de la Alhambra.
Los hombres descargaron en silencio todos los bártulos. Bönickhausen pagó lo debido a Ramón y añadió veinte reales por el suplemento de la carga. El cochero se despidió con la mano brevemente y sin efusividad. Aún tenía que llegar a la ciudad baja para reunirse con su madre. Su vivienda se hallaba en la calle de Capuchinos, justo delante de la entrada de la plaza de toros donde había pasado la mayor parte de su mocedad con su hermano. Ambos soñaban con convertirse en toreros o picadores, en chulos si no quedaba más remedio, cuando se colaban en la plaza y se quedaban mirando, fascinados, los trajes de luces y de fuego de los combatientes que danzaban con los toros. Su único triunfo había sido que los contrataran para limpiar el sitio una vez finalizada la lidia, después de lo cual habían abandonado uno tras otro sus ideales, sus esperanzas y sus deseos de una vida mejor. Ramón había podido casarse con una murciana con una dote suficiente para comprar una berlina y hacerse mayoral, mientras que su hermano se había hecho nevero, uno de los oficios menos gratificantes de Granada, y extraía bloques de hielo en las cumbres de Sierra Nevada para venderlos en la ciudad. Su madre, por orgullo y en memoria del padre de los muchachos, un oficial muerto durante la primera guerra carlista afirmaba a quien quisiera escucharla que sus hijos eran dos empresarios a punto de lograr el éxito, cosa que ya no se tragaba nadie de su mísero entorno.
Ramón evitó mirar la fachada con balcones moriscos de la plaza de toros y penetró en el edificio vetusto de su niñez. No usó la matraca, cuyo sonido sabía que sobresaltaba invariablemente a su madre, pese al tapón de fieltro que él le había añadido para amortiguar el ruido. Se fijó en que alguien lo había desencolado, y entró anunciándose. El olor que lo recibió no era el olor habitual del abrillantador para madera que su madre utilizaba todas las semanas para sacar lustre a las sillas que restauraba antes de venderlas en el bazar de la Alcaicería. Era un olor más acre y más de botica. No era la primera vez que lo olía: lo reconoció de cuando se había acercado al ataúd de su abuelo muerto. Un escalofrío helado le recorrió el cuerpo, un hilillo de miedo incontrolado que le puso el vello de punta y le desbocó el corazón. Por la puerta entornada de la alcoba vio un cuerpo tendido, sin vida, vestido de negro, las manos juntas con un rosario en los dedos. Vio a su hermano salir y llamarlo, pero su voz era lejana y cavernosa. Vio que el suelo se acercaba. Entonces le zumbaron los oídos y ya no vio nada más.