XXXI
88
París,
sábado, 12 de junio de 1886
Édouard Lockroy, el ministro de Comercio e Industria, formaba parte de los obligados a estar presentes en una ceremonia que este hombre de acción aborrecía especialmente. Había dejado que su mente vagase con los recuerdos de sus campañas militares al lado de Garibaldi en Sicilia, esos mil combatientes voluntarios que habían puesto fin al reino de las Dos Sicilias.
El conservador general del museo del Louvre acababa de terminar su discurso, al que enseguida había sucedido el del embajador de España en Francia, cuyo nombre había olvidado ya. Después de Sicilia, Lockroy había combatido en Siria junto a los cristianos maronitas y luego había sido secretario de Ernest Renan, acompañándolo de Beirut a Judea, y había participado en la redacción de su obra Misión de Fenicia.
El embajador expresó el reconocimiento de la familia real, así como del gobierno español, por la restitución del fresco de la Alhambra, evitando mencionar cómo había llegado a las paredes del Louvre. Lockroy continuó navegando por sus recuerdos. Encarcelado cinco veces por Napoleón III, se había contado entre quienes habían defendido París del asedio de los prusianos. Su primer mandato de diputado había sido obtenido con gran facilidad, como si su vida azarosa lo hubiese avalado más que cualquier discurso. Desde entonces, era reelegido regularmente en el Distrito XI.
La ceremonia tocaba a su fin. El conservador había tomado la palabra para dar las gracias y honrar a Alicia Delhorme, su antigua colaboradora, quien ya había regresado a la Alhambra, sin la cual no habría podido hacerse el intercambio de obras de arte. Lockroy había calculado, por las notas del ministerio, que la duración media en el cargo había ascendido a cinco meses y dos semanas si sacaba la cuenta con sus siete antecesores. Al mando desde hacía seis meses en el gabinete de Freycinet, deseaba emprender el máximo número de reformas y proyectos útiles a su país y ya había logrado que se votara una ley sobre accidentes laborales, así como modificar la de los miembros de la Magistratura del Trabajo.
Su ministerio, que había intervenido en las negociaciones relativas a la pintura al fresco, ocupaba, además, el ala Richelieu del palacio del Louvre, por lo que su presencia en el acto era imprescindible. Pero vivía en una carrera contra reloj y su tiempo valía oro. Cuando todo el mundo se felicitaba y se estrechaba la mano, él pensó en Victor Hugo, sombra gigantesca que planeaba por encima de todos, el primer aniversario de cuyo fallecimiento acababa de celebrarse. Pensó en su mujer, nuera del gran bate, y en todas las luchas que los unían, más allá de sus sentimientos.
Su asistente se llegó hasta él: Lockroy debía anunciar los resultados del concurso público de proyectos de la Exposición Universal a los participantes y a la prensa allí congregados.
—Al fin un tema que de verdad me interesa —dijo estirándose las mangas de la chaqueta mientras abandonaban la sala.
—Con todo respeto, no va a ser divertido precisamente, señor ministro —comentó su asistente, indicándole el pasillo que debían tomar.
El concurso establecía la construcción en el Campo de Marte de «una torre de hierro de base cuadrada y ciento veinticinco metros de lado en la base y trescientos metros de altura». Esta condición había sido violentamente contestada por Bourdais y los arquitectos, que veían en ello un proyecto a la medida de Eiffel. Pero el ministro no tenía ni amistad ni trato con el ingeniero. Sin embargo, en su primer encuentro, hacía varios meses, Lockroy había terminado convenciéndose de la superioridad del proyecto de Eiffel frente a los demás.
—¿Tiene la conclusión de la comisión técnica? —preguntó el ministro alargando la mano. La leyó rápidamente con el fin de poder responder a las críticas que no dejarían de lloverle—. Su resolución no admite contestación —comentó—. Es el que ofrece la mejor factibilidad. Necesitamos un proyecto excepcional para una exposición excepcional y únicamente la torre de Eiffel responde a estos criterios.
—Pues se nos van a echar encima los arquitectos y los artistas, señor.
—¡Todo ese coro de plañideras solo tenía que haberlo hecho mejor! Que hablen, que hablen, ya callarán cuando vean el resultado. ¿Aquí?
El ministro esperó a que el ujier anunciase su presencia y entró en la sala, en la que saludó uno por uno a los principales participantes. Eiffel se encontraba presente, acompañado de Sauvestre, Koechlin y Nouguier. Bourdais y los ingenieros formaban parte de un grupo de unas diez personas, reunidas alrededor de una de las columnas del fondo de la pieza. Solo se habían desplazado allí unos pocos periodistas, pues ya todos habían anticipado el resultado y tenían listos sus artículos de antemano.
El ministro anunció los laureados de los diferentes premios de la exposición, así como las subvenciones concedidas, y terminó con la atribución de la torre al proyecto del equipo Eiffel, lo que desencadenó nutridos aplausos, de una parte, y, de otra, el previsible alboroto de los arquitectos presentes.
—¡Es una monstruosidad! —exclamó Bourdais, que se había adelantado hacia el ministro—. ¡Han designado como elemento principal de la exposición un andamio, un vulgar andamio!
—¡Es una vergüenza! —añadió seguidamente uno de sus acólitos—. ¡Las generaciones futuras se reirán de nosotros al ver una construcción que se parece más a una obra inacabada!
Lockroy les respondió con calma y de forma razonada, refiriéndose a las conclusiones de las comisiones.
—Pero si solo están integradas por amigos del ingeniero Eiffel —replicó Bourdais—. ¡No hemos tenido derecho a un trato justo! ¡Cometen ustedes un error histórico!
—En tal caso, lo asumo yo —le espetó el ministro—. No es momento para la polémica, caballeros, sino para la unión nacional en torno a este proyecto.
Lockroy se despidió de los presentes y se retiró a la vez que el equipo de Eiffel, mientras los arquitectos ponían por testigos a los pocos periodistas que seguían en la sala. El ministro regresó a su despacho, donde se dejó caer en su sillón, resoplando.
—El metal vence a la piedra, pero no hemos acabado con los conservacionismos. La batalla será encarnizada pero, cuando vean el resultado, convenceremos incluso a los corazones más contrarios. ¿Qué más hay hoy en el horno para mí? —preguntó a su asistente, que estaba revisando sus notas.
—Un informe de nuestro corresponsal en la embajada americana indica que el montaje de la estatua de la Libertad va por buen camino. Han terminado el armazón y tienen previsto celebrar un acto para la colocación de los primeros remaches de las planchas de cobre.
—¡Ya era hora, hace un año que la recibieron! Pero me alegro de que las donaciones hayan venido del pueblo americano, más que de sus millonarios, igual que aquí. Es una hermosa aventura y se la debemos a la tenacidad de Bartholdi. Ya verá, lo mismo pasará con nuestra torre.
De vuelta en los talleres de Levallois, Eiffel convocó al gabinete de proyectos, capataces, obreros, cocheros y jardineros, a todos sus colaboradores del lugar, para participarles la tan esperada noticia. En el patio interior se había preparado una mesa en la que se habían servido copas de vino blanco de Borgoña. Su discurso estuvo salpicado de numerosos aplausos: la casa seguiría dando trabajo a lo largo de los tres años siguientes.
—Quiero que tengan todos en mente, en todo momento, la importancia de la labor que nos toca cumplir y la nobleza de nuestra tarea —concluyó Eiffel. El eco de su voz grave resonaba en las naves—. Quiero que estos nobles sentimientos guíen cada uno de sus gestos, cada una de sus decisiones. No solo nuestros establecimientos se disponen a erigir una torre, sino que además esta será la imagen de Francia, el símbolo del progreso y del genio humano. Lo haremos de modo que siga en pie dentro de cien años, de mil años y, a semejanza de las pirámides de Egipto, que sea la admiración de las generaciones venideras.
—Algo exagerado el patrón —comentó el jefe de equipo de los remachadores, mientras estaban todos apiñados alrededor del bufet.
Obrero experimentado y líder de hombres, el coloso de los dedos impresionantes era muy tenido en cuenta por los empleados. Con Eiffel había puesto fin, unos años antes, a las tensiones entre franceses e italianos y se había convertido en su interlocutor privilegiado.
—Manos de hierro, cabeza de barro —le respondió Jean Compagnon—. Todos han de tomar conciencia de que no será una obra como las demás. Nadie se ha atrevido nunca a intentar lo que vamos a hacer.
—Precisamente, vamos a tener que hablar de nuestras condiciones de trabajo y de los salarios.
—Siempre se los ha tratado bien aquí, mejor que en otros sitios.
—Sí. Pero, como usted mismo ha dicho, será una obra diferente.
—Las de Oporto, Garabit o Pest también lo fueron. En la casa Eiffel solo hacemos cosas excepcionales. Tus hijos y tus nietos se llenarán de orgullo al saber que participaste en este proyecto. Eso no tiene precio.
—Ya hablaremos, Jean —dijo el jefe de equipo apurando su copa—. Tengo que ir a ayudar con las aeronaves.
El hombre rodeó los distintos grupos que se habían formado alrededor de la mesa, sobresaliendo una cabeza por encima de todos ellos, y cruzó la nave principal para llegarse al laboratorio apartado en el que el ingeniero Delhorme preparaba su récord. Se había llevado una decepción al no haber sido escogido por Bartholdi para dirigir el equipo de remachadores que trabajaría en el remontaje de la estatua de la Libertad, pero Eiffel se había opuesto ya que deseaba conservarlo a su lado en todos los proyectos que estaban en marcha en los talleres de Levallois. A él no le había quedado otra que aguantarse y, por eso, la concesión de la licitación de la torre lo tenía entusiasmadísimo, por mucho que se negara a manifestarlo delante del jefe de obra.
Justo cuando entraba él, Clément estaba bajando del poste de diez metros con un saco vacío en una mano, seguido de Médor, que lo había adoptado como nuevo amo y no se separaba de él ni a sol ni a sombra.
—He empezado a cargarlas —indicó al obrero.
—Pero ese era mi cometido, señor Delhorme —dijo este, pesaroso.
—No se preocupe, aún quedan suficientes para que se deslome —le aseguró Clément señalándole nueve sacos llenos de canicas de plomo.
El hombre subió agarrándose a la escala con una mano y con el saco al hombro contrario, luego vació su contenido en el depósito superior con forma de tolva y bajó dejando resbalar los dedos por los barrotes.
—Granalla —precisó Clément cuando el obrero emprendía una segunda ascensión.
—¿Y qué va a hacer con ella?
—El lastre para mi aeronave. He hecho unos primeros ensayos con canicas de madera, pero eran demasiado grandes y el proveedor no podía reducir su tamaño. Con el plomo hemos podido hacer elementos de un milímetro de diámetro —dijo, mostrándoselos en la palma de la mano—. Las mismas dimensiones que un grano de arena, pero con una densidad superior.
El depósito de granalla quedó llenó en menos de diez minutos por el remachador, que se enjugó el sudor incipiente de la cara con su pañuelo mientras aguardaba la siguiente fase de las operaciones.
—Ahora vamos a asegurarnos de no lesionar a nadie al soltar el lastre —anunció Clément colocándose al pie del poste—. A mi señal, abra la trampilla del tanque.
El obrero se puso al lado de la manivela, dudó un instante y volvió con Clément.
—Pero ¿está seguro de que no es peligroso? ¡Hay por lo menos doscientos kilos!
—Las matemáticas le dirán que no. El reparto del peso será tal que cada impacto equivaldrá a una lluvia de granizo. ¡Vamos, a por esa ducha!
Eiffel había constatado con satisfacción el efecto de su discurso en la moral de la tropa al ver la energía renovada con que daban los martillazos cuando reanudaron el trabajo. Tal vez se debiera también al efecto del borgoña, pero prefería no verlo así. La ausencia de Clément no lo había sorprendido: desde que su familia se había marchado, un año antes, el ingeniero se había dedicado en cuerpo y alma a preparar su récord, y consagraba todo su tiempo a ese fin como si le fuera en ello la vida, olvidándose muchas veces de alimentarse, durmiendo en ocasiones en el suelo mismo del laboratorio para ganar valiosos minutos, cuando todavía faltaban más de tres años para llevar a cabo el intento. Pero no debía dejarse nada al azar.
Cuando entró en el Laboratorio de Aeronáutica, Eiffel se encontró a Clément sin sentido, tendido al pie del poste, con el jefe de los remachadores y el perro de aguas a su lado. Médor se aplicaba en lamerle la cara concienzudamente.
—¡No, no entre! —gritó el obrero.
El aviso llegó una fracción de segundo tarde. Eiffel apenas había dado tres pasos cuando sintió que el suelo desaparecía bajo su pierna de apoyo como si estuviera deslizándose por un lago helado. Cayó con todo su peso de espaldas, se contuvo de soltar dos o tres tacos y se levantó con la dignidad que convenía a su función.
—Son las canicas —indicó el hombre—. No dé un paso más, ¡están por todas partes!
—Ha sido culpa mía —precisó Clément, que volvía en sí y se había sentado—. He pasado por alto este riesgo. Pero cuando caen del cielo no hay ningún peligro.
Una vez despejado el lugar, enseñó a su empleador todos los avances del proyecto y después abordó la cuestión de los puntos de anclaje.
—El escollo principal sigue siendo el sistema de generación del aire, que ocupa aún demasiado sitio. En cuanto al globo, la envoltura posee dos válvulas: una válvula de seguridad en lo alto y otra igual abajo. Las dos se controlan mediante unas cuerdas que aún están dándome quebraderos de cabeza: el globo tendrá forma de pera en el momento del despegue y del aterrizaje, y de esfera cuando esté en su máxima altitud. Y ello entraña una diferencia de altura de varios metros. Tengo que hallar el modo de disponer de suficiente cantidad de cable cuando el globo cambie de forma, pero de manera que siempre esté tirante.
—¿Y cómo va a manejar las cuerdas desde el interior de la cabina? Tiene que mantenerse todo estanco.
—De momento hemos estudiado un sistema de manivela bastante satisfactorio. Solo se ha atascado tres veces de cien. Pero cuando la temperatura exterior sea de menos treinta o menos cuarenta, el riesgo será grande. Estoy probando las mejores grasas junto con Nouguier, pues hay que encontrar una que no se congele a baja temperatura.
—Admiro el control que demuestra tener de los detalles y comparto el entusiasmo de Flammarion —concluyó Eiffel.
—Es que no me planteo no conseguirlo. Tiene aún unas canicas de plomo incrustadas en la espalda de su chaqueta —añadió, quitándoselas—. Siento mucho el incidente.
—No, no, esto me ha dado una idea para mejorar la colocación de los tableros de mis puentes. ¡No hay mal que por bien no venga!
Mientras el ingeniero se alejaba, Clément lo siguió con la mirada con la sensación desagradable de traicionar a su mecenas. Porque, sin saberlo, Eiffel estaba financiando algo más que un récord de altitud: gracias a él podría resolver el enigma de Cabeza de Rata y regresar de una vez por todas a la Alhambra.
89
La Alhambra, Granada,
domingo, 26 de septiembre de 1886
Había llegado un jueves de septiembre. El fresco, embalado en una gran tela de lino, descansaba en una caja de madera fabricada a tal efecto y había viajado acompañado por un representante del museo del Louvre que se había quedado varios días para ayudar en su colocación en una de las casas del Partal, de la que había sido robado un siglo antes. El hombre se había marchado nada más finalizar una ceremonia oficial, como estilaban los franceses, después de haber hecho que Rafael Contreras le firmase un resguardo de entrega, y viajó a Madrid para recibir como contrapartida el cuadro de un autor de fama limitada; pero el periplo histórico y geográfico de la obra, que había terminado encallado definitivamente en el Prado, la hacía ideal para el intercambio.
Alicia verificó que la cola de los mosaicos se hubiese secado perfectamente y aplicó una cera protectora con ayuda de un trapo, tras lo cual se había retirado unos pasos para admirar la obra en su conjunto.
—Al menos, mi estancia en París habrá servido para algo —pensó hablando en voz alta.
Sintiéndose mirada, se volvió y descubrió a Rafael, inmóvil en el umbral.
—No quería asustarte —se justificó él—. El fresco es realmente precioso —añadió antes de entrar.
Desde su regreso, Alicia había logrado mantenerlo a una distancia suficiente, y desde el verano el arquitecto había tratado de acercarse a ella tan solo esporádicamente. El recuerdo vergonzante de su único momento de extravío le servía de repulsivo.
—¿No vas a la procesión de la Virgen? —preguntó él, acariciando los mosaicos con la yema de los dedos.
—No participaré en nada más mientras Clément no pueda volver a casa. No me encuentro con fuerzas. ¿Y tú?
—Pues yo he mandado a toda la familia —dijo, en referencia a su mujer y sus tres hijos—, pero quería avanzar en una obra. Si nos ausentamos al mismo tiempo, daremos que hablar…
—Se diría que te gusta la idea.
—No me crees capaz de dejarlos por ti. Al menos, si el resto de la gente está al corriente…
—¿Al corriente de qué? Aun si estuviéramos los dos solteros, jamás serías mi novio. Se ha terminado, Rafael, y se ha terminado porque nunca empezó, ¿cuántas veces tendré que repetírtelo?
—Lo que vivimos es una realidad que no puedes negar. Para mí fue como una revelación, como si hasta entonces nunca hubiese sabido lo que era el amor.
—Un instante de flaqueza no hace una relación. Ay, lo dejo —dijo ella, poniéndole el trapo en la mano—. ¡Termínalo tú!
Alicia cruzó los jardines del Partal y se sentó a la sombra de una higuera, cerca del estanque de la Torre de las Damas, donde a sus trillizos les encantaba, de niños, ir a comer los frutos calentados por el sol. Se serenó, cogió un higo y lo mordió, tratando de recuperar el sabor tranquilizador del recuerdo, pero estaba reseco e insípido. Convocó otros recuerdos e hizo el recuento de las procesiones de la Virgen de las Angustias, la patrona de la ciudad, a las que había asistido con su familia: diecisiete. En esas ocasiones tomaban una cantidad incalculable de buñuelos y tortas de la Virgen, confeccionados con cabello de ángel, azúcar y chocolate, que habían ocasionado más de una digestión dolorosa.
Al disponerse a regresar, con la intención de disculparse con Rafael, percibió una silueta que salía de la torre, un hombre al que reconoció enseguida. Vestido de negro de los pies a la cabeza, subió por el camino de ronda, poniéndose unos guantes blancos, el atuendo tradicional de la procesión a la que era evidente que acudía a incorporarse. ¿Qué estaba haciendo Ruy Pinilla en uno de los edificios deshabitados de la Alhambra?
Empujada por la curiosidad, Alicia entró por el pórtico en arco, cruzó la sala cuadrada y subió por la escalera que llevaba al mirador, desde donde oyó una voz que tarareaba una canción popular.
—¿Kalia?
La gitana, que se cepillaba los cabellos mientras contemplaba las vistas del valle del Darro, se volvió y le sonrió sin que pareciera ni incomodada ni sorprendida.
—¿Kalia? —repitió Alicia, incrédula, negándose a creer que hubiese una conexión directa entre su presencia y la del hijo del doctor Pinilla en aquel lugar.
—No sabía cómo decírtelo —dijo la gitana haciéndose un moño con un ágil movimiento de muñeca—. Si estás aquí, es que lo has visto salir. ¡Ahora ya lo sabes! —Buscó con la mirada su mantilla de encaje negro, que encontró cerca del lecho de sábanas revueltas, y se tapó con ella la cabeza—. Alicia —dijo cogiéndola de los brazos—, no pongas esa cara. ¡Todo está bien y soy feliz!
—Es la sorpresa, nada más… —le confesó Alicia, dejándose caer en la cama.
—También lo fue para mí, créeme —dijo Kalia, y se sentó a su lado.
Las dos mujeres se quedaron calladas unos segundos, mirando el arco que se abría delante de la montaña de cumbres nevadas.
—Entiéndeme bien: siempre fui fiel a Mateo.
—Lo sé, querida —contestó Alicia, cogiéndola cariñosamente por los hombros.
—Pero él falleció hace año y medio, yo pasé el luto y, sobre todo, todavía puedo amar y ser amada. Ruy vino a mí y yo no tuve más que dejarme llevar. ¡Qué sensación tan deliciosa!
—¿Cuántos años tiene?
—Veinticinco, y yo dieciocho más que él. Ya sé que podría ser su madre, pero no tengo la intención de irme a vivir con él. Tan solo me permite sentirme viva.
—Eres hermosa, Kalia, la mujer más hermosa que he conocido en mi vida. No vas a estar de luto eternamente, aunque te siente bien el negro —añadió Alicia, admirando su vestido para la procesión—. ¿Y él? ¿Qué intenciones tiene?
—Quiere que nos casemos y nos vayamos a vivir a Madrid; sus padres se opondrán a semejante unión, claro. Pero estate tranquila, que acabará por cansarse de su gitana y se marchará a la capital a casarse con una burguesa. Hasta entonces, ¡yo estoy en la gloria!
—Me alegro mucho por ti.
—Pues a mí me daba un poco de miedo contártelo, sabiendo que mi Javier no se ha portado del todo bien con Victoria.
El joven, que había desembarcado en Nueva York hacía más de un año, solo había escrito tres cartas a su novia.
—Está muy ocupado con el montaje de la estatua —lo disculpó Alicia.
—Dicen los periódicos que la inauguración está prevista para dentro de un mes. Tiene tiempo, hazme caso. Pero prefiere pasarlo divirtiéndose. Y no se le da bien expresar sus sentimientos. ¡Andaluz y gitano! Tu hija es una santa; ¡yo que ella, lo habría mandado a paseo hace tiempo!
Todas las campanas de la ciudad se pusieron a tocar a vuelo sus notas de hierro.
—¡Que llego tarde! —exclamó Kalia echándose un tul negro por los hombros—. Acaban de sacar a la Virgen de la basílica. ¡Ay, que me dejaba el cirio!
Abrió un baúl en el que guardaba sus cosas y algunas prendas de hombre.
—Es nuestro escondite secreto, ya me entiendes, su familia… —farfulló ella, rebuscando dentro hasta dar con el cirio que buscaba—. Su padre debe de pensar que me encuentro muy mal, ya que su hijo sube a verme varias veces a la semana. El pobre ni siquiera puede ponerte a ti como excusa, que eres coto privado de Pinilla padre. ¿Qué? —preguntó sonriendo, ante el mohín de protesta de Alicia—. ¡No me dirás que no te habías dado cuenta de que bebe los vientos por ti!
—No, pero creía que nadie más lo había notado.
—A mí no se me escapa nada, Alicia, nada de nada —le aseguró Kalia, provocando que se ruborizara un tanto.
—Te olvidas de los zapatos —dijo ella, eludiendo la cuestión.
—¡Es verdad! —Se los quitó sacudiendo los tobillos—. Siempre he hecho descalza la procesión. Sé que Ruy solo tendrá ojos para mis piernas cuando se cruce conmigo y me gusta. ¡Tiene gracia que a nuestra edad sigamos haciéndonos ilusiones de chiquillas!
El rostro de la Virgen, por el que rodaban unas lágrimas de escayola, era de una tristeza infinita. Ataviada con bordados que le cubrían el cuerpo y la cabeza, llevaba sobre el regazo un Cristo muerto. La estatua, puesta sobre un altar florido de rosas blancas, se balanceaba al ritmo del avance de los costaleros, cuarenta y cuatro varones, que se turnaban cada cincuenta metros al son de una campanilla y de los ¡Viva la Virgen de las Angustias!
Ruy, que esperaba su turno, había divisado a Kalia cuando esta ocupaba su sitio en la procesión de las mujeres. La Virgen había recorrido ya unas cuantas calles y, al tiempo que el día empezaba a declinar, la imagen inició la subida a paso lento y contoneante por la calle Reyes Católicos en dirección a la catedral, precedida de numerosas bandas de música de viento y percusión. Como Rafael no pertenecía a la parroquia, se conformaba con seguir la procesión como espectador. Se había reunido con su familia, a la que encontró en la plaza de Bib-Rambla, y lanzaba ojeadas una y otra vez hacia las sombras de las murallas de la Alhambra que se recortaban contra el cielo.
Victoria había seguido la procesión en compañía de Jezequel a la salida de la basílica de Nuestra Señora de las Angustias. Después, los dos jóvenes habían subido a la Alhambra, desde donde podían oír la música de las charangas mezcladas con los viva de la multitud, que les llegaba a oleadas hasta la azotea de la Torre de la Vela donde se habían instalado. Las luces de las velas formaban hilos luminosos que dibujaban el trazado del recorrido por las calles.
—Qué pena que no estén aquí. ¿Seguro que están bien?
Jezequel había regresado esa misma mañana de una estancia en París, en la que había presentado su invento en la Exposición Internacional de Ciencias y Artes Industriales, un procedimiento nuevo de calentamiento de calderas a base de residuos de petróleo.
—He pasado una semana con Irving y con tu padre y todo va bien, no te inquietes. Me han dado cartas para ti y para tu madre… Por cierto, también tienes una de Javier —añadió, haciéndose el despistado.
—Pero sácalas, ¡deprisa! —exclamó Victoria quitándole la chaqueta.
—No las tengo aquí —explicó él, riéndose de la reacción de su amiga.
—¿Cómo?
—Es que me daba miedo perderlas con todo ese jaleo. Las tengo en mi casa, iremos a por ellas dentro de un ratito.
Ella ya se había puesto de pie.
—¿Para qué vamos a esperar? Seguiremos el final de la procesión desde tu balcón —dijo ella, haciéndole una seña para que la acompañase.
Jezequel comprendió que no le quedaba elección y se fue pisándole los talones.
—¿Te puedo coger del brazo? —le preguntó cuando subían por el Albaicín—. Es una costumbre francesa. En París las señoritas van siempre del brazo de un hombre.
—Pero… ¿tú no tienes novia? Creía que Sara tenía tu afecto.
—¿Quién, la hija del marqués? Tiene sobre todo el de mis padres. No me molesta que me vean contigo. Al revés: si eso pudiese hacer que ella rompiera conmigo, me quitaría un peso de encima.
—¿Y por qué no lo haces tú solito, Jez? No me necesitas para eso, y, además, no me hace ninguna gracia que me uses como pretexto. Ni le gustaría a Javier.
—Pues a lo mejor porque soy demasiado cobarde para hacerle frente, tanto a ella como a sus padres —dijo él en tono de broma.
Pero a Victoria le sonó a una confesión. Ella siempre había sentido empatía con los que sufrían y sintió lástima de su amigo.
Hicieron un alto en la placeta de Nevot antes de entrar en casa de los Pozo.
—¿Sabes?, yo también vivo todavía en casa de mis padres.
—Pero no bajo su yugo —replicó él espontáneamente, y al instante se arrepintió—. Cualquier niño, y hasta cualquier adulto, soñaría con unos padres como los tuyos.
Las campanas de la catedral sonaron con fuerza.
—Ha llegado la Virgen. Subamos a la terraza —dijo ella cogiéndolo de la manga.
—Espera —le pidió él con ímpetu—. Hay otra cosa que quiero contarte. La he visto.
Victoria se quedó sin respuesta. Irving, que no podía guardar para él solo el secreto de Nyssia, se lo había contado a Victoria por carta, pidiéndole que jamás se lo contase a nadie, y menos aún a sus padres. Desde la recepción en casa del príncipe, había vuelto a ver a su hermana en su domicilio parisino en dos ocasiones, con la esperanza de hacerla cambiar de vida, antes de comprender que su empeño era inútil.
—¿Ha sido mi hermano? —le preguntó ella en un susurro, sentándose en el único banco de la placeta, un banquito de mármol rojo—. ¿Te lo contó él?
—Irving hizo bien en confiármelo, la tristeza no lo dejaba vivir —explicó Jezequel, que se había quedado de pie—. Quería que yo fuese a verla, pensaba que un amigo de juventud como yo podría hacerla reflexionar.
—No fue buena idea. ¿Y qué pasó?
—La vi en el Grand Seize. Me comporté como si la casualidad me hubiese llevado allí. Ella me reconoció de inmediato.
—Seguramente comprendería enseguida quién te enviaba.
—Era todo muy extraño en ese gabinete particular, con todos esos hombres alrededor de ella como una corte, y todo ese lujo, esa libertad de costumbres. Yo estaba incomodísimo. Nos aislamos en un camarín y estuvimos hablando más de una hora. Ella me preguntó por todos vosotros. Creo que os echa realmente de menos.
—Nos echa de menos como recuerdos de la niñez. Como un libro que uno coge cuando está nostálgico y después deja de lado enseguida. Lo siento, debo de parecerte dura, pero ya no me hago ilusiones con mi hermana.
—Nyssia me hizo prometerle que iría a verla cada vez que estuviera en París. Cuando salí del reservado, esos tipos refinados y relamidos que la acompañan hicieron unos comentarios tan subidos de tono que me sonrojé. Pero, gracias a que tengo la tez tan oscura, creo que no se notó. Todos se preguntaban de dónde había salido y cómo era posible que conociese a su princesa Franco. No creo que vuelva por allí.
—¡Claro que sí, claro que volverás! Y volverás porque ella te atrae y porque, si no vas, te juzgarás injusto con ella —dijo Victoria acompañando sus soflamas con unos movimientos con el dorso de la mano—. Pero no te culpes: nadie puede resistirse a sus encantos. Nyssia ha encontrado la llave que abre el corazón de los hombres. ¡Venga, subamos!
No bien hubieron llegado al balcón, los miles de puntitos luminosos que balizaban el recorrido de la procesión desaparecieron, como llevados por un soplo repentino de viento.
—Se acabó hasta el año que viene. Sabe Dios lo que pasará de aquí a entonces. ¿Qué haces? —preguntó él al ver que Victoria tenía los ojos cerrados.
—Una promesa. Siempre que termina la procesión, le hago una promesa a la Virgen.
—¿Y se cumple?
—Pues todos los años le hago la misma —dijo ella riéndose con una risilla elegante y discreta—. Pero nunca ha estado tan cerca como esta vez.
90
Nueva York,
viernes, 5 de noviembre de 1886
De pie en lo alto de la antorcha de Lady Liberty, Javier no sabía por dónde empezar. Rellenó los dos cubos que habían puesto a su disposición, bajó las escaleras de la estatua y se instaló en una barca perteneciente al puerto de Nueva York en compañía de diez hombres, tan cargados como él. Atravesaron la bahía del Hudson hasta el dique y vaciaron sus cubos en unos calderos enormes.
—¿Queda mucho? —preguntó el responsable de la operación.
—Quedan cientos —respondió Javier con su inglés con acento gutural.
—Sí, un millar fácilmente —confirmó el obrero que estaba a su lado—. Apuesto a que todavía hacemos cinco viajes de ida y vuelta.
Javier no respondió e hizo la travesía de ida hacia la isla de Bedloe con la mirada fija en los edificios más altos de Manhattan, que se apiñaban cerca de la bahía como la proa de un navío gigantesco. Con un cubo vacío en cada mano, subió de nuevo los ciento sesenta y ocho escalones hasta la cabeza y a continuación los que lo llevaban a la antorcha, donde un empleado de la dirección de los faros no paraba de soltar su ristra de «Oh, my God!» uno detrás de otro, ante el espectáculo desolador: el suelo estaba cubierto por una alfombra de pájaros migratorios muertos que, atraídos por los potentes proyectores instalados en lo alto, habían chocado con el monumento. Formaban un montículo al pie de la llama, que el hombre pidió a Javier que se llevase cuanto antes. Él obedeció y rellenó rápidamente sus recipientes, mientras se refugiaba en el recuerdo de las golondrinas de la Torre de la Vela a las que siempre soltaban después de cada sesión de pesca.
—Había que haberlo pensando antes. ¡Es una obra de arte, no un faro! —rezongó en francés dirigiéndose al empleado, que por gestos le indicó que no lo entendía.
Una vez terminado su cometido, el hombre del dique le anunció que había contado 13.450 cadáveres de decenas de especies diferentes, que un periodista del New York World había ido a entrevistarlo y que se publicaría un artículo al día siguiente. Javier le entregó los cubos tapizados de plumas ensangrentadas y se fue a dar un paseo largo por los muelles antes de sentarse a la mesa de una taberna del puerto. Allí se tomó dos cervezas, a cuyo gusto se había habituado hasta el punto de olvidar el ámbar dulce de las de la Laiterie du Paradoxe.
La inauguración había tenido lugar ocho días antes, un 28 de octubre lluvioso y brumoso. Con todo, el espectáculo había sido grandioso. Gracias a los vínculos que había establecido con algunos compatriotas, Javier había podido integrar la delegación francesa que había formado parte del desfile, que había llevado por escolta a los guardias de La Fayette y unas bandas de música ruidosamente alegres, y detrás de la cual iban miríadas de asociaciones y representaciones, entre ellas la Unión Alsacia-Lorena, venida especialmente en honor de August Bartholdi.
En el instante en que se quitó la lona que tapaba el monumento, para desvelar la Libertad iluminando el mundo, la flotilla de cientos de barcos iluminados con bengalas, llenos de banderas francesas y americanas, había accionado sus sirenas, desgarrando la bruma que cubría la silueta de la estatua, fantasmal, chorreando agua, y provocando el aplauso y los vítores de un millón de personas que, después de haberlo ignorado durante mucho tiempo, había hecho suyo el regalo de Francia.
Pero el recuerdo que más había marcado a Javier había sido la sonrisa magnética de una mujer de una belleza luminosa con la que se había cruzado al desembarcar en la isla de Bedloe. Se habían mirado largamente hasta que los separó la multitud de delegaciones que convergían en el pedestal de Lady Liberty. Después de la fiesta, él la había buscado durante mucho rato y luego se había mortificado por su actitud respecto a Victoria. Con ella era feliz, ¿qué necesidad tenía de prender un nuevo fuego para calentar su corazón, si ya no le faltaba ese calor?
La semana había pasado a toda velocidad con los preparativos del viaje, mientras la duda se insinuaba en su fuero interno. Esa misma mañana Bartholdi había ido a buscarlo a su hotel, avisado por la dirección de faros, para que participara en la retirada de las aves muertas y verificara que la escabechina no había dañado la estructura de la mano. La delegación al completo partiría al día siguiente. Javier había previsto pasar por París para recoger su baúl con sus efectos personales y organizar una última fiesta de despedida antes de regresar a Granada. Jezequel había cumplido su palabra y le había propuesto ocuparse de su proyecto de calentamiento de calderas mediante residuos de petróleo, que se anunciaba próspero, sobre todo en el ámbito de la marina. Su novia lo esperaba, se casarían el verano siguiente o, más probablemente, a principios del otoño, cuando las noches estrelladas de octubre proporcionasen suficiente frescor a los invitados de la boda, y residirían en la Alhambra, en uno de los pisos que daban al Patio de la Lindaraja. Era incapaz de proyectarse más allá de eso, lo que achacaba a su ascendencia gitana. Kalia tenía la misma propensión a limitar su futuro al presente.
Pensó en Mateo con tristeza. Aquel al que él llamaba «padre» se había puesto siempre en lo peor y vivido modestamente para que ni a Kalia ni a él les faltasen nunca nada hasta el fin de sus vidas. Le esperaba una herencia importante en un banco de Granada, una suma de dinero que lo asustaba, al igual que lo asustaba la idea de que a su regreso estuviera al alcance de su mano y de todos sus deseos. Nueva York le ofrecía la ventaja de protegerlo de eso. Y aún le quedaban muchas semanas para sentirse libre de todo, otro sentimiento irreprimible que él atribuía a su sangre bohemia.
Javier pidió una tercera cerveza, apenas bebió un par de sorbos, pagó y salió.
—¡Há-vi-aer!
Se había acostumbrado rápidamente a la nueva pronunciación de su nombre de pila, pero aún jugaba muchas veces la baza de la incomprensión, pues le hacía gracia y le permitía quitarse de encima a los pesados. Esperó a que lo llamaran por segunda vez para darse la vuelta hacia el representante de la American Electric Company que lo había llamado, y que llegaba ya hasta él sin resuello.
—He estado buscándolo por todas partes. Lo necesitamos —dijo antes de doblarse hacia delante con las manos apoyadas en las rodillas para recobrar el aliento.
El sistema que habían puesto en funcionamiento en la antorcha, compuesto por dos hileras de ojos de buey cuyos orificios se habían practicado directamente en el cobre, que proyectaban la luz de diez potentes lámparas, se había estropeado varias veces desde la inauguración y había estado en el origen de la catástrofe aviaria.
—Quieren cambiar todo el sistema, pero necesitamos a un ingeniero que conozca bien la estructura. ¿Qué le parecería encargarse del trabajo?