XXV

70

París,

viernes, 26 de septiembre de 1884

Clément volcó sobre el dorso de la mano la pieza de un franco que acababa de lanzar al aire. «Cruz». La tercera vez de quince intentos. La escrutó meticulosamente: el peso de la plata no se había repartido de forma equitativa durante el vaciado. Prosiguió con su juego, echando un vistazo al reloj de péndulo que ocupaba un lugar preponderante, en frente de la entrada principal, en la inmensa nave del Palacio de la Industria, por la que llevaba un cuarto de hora paseándose de acá para allá. Irving se estaba retrasando, lo que no era nada propio de él. Javier también había anunciado su presencia pero sus demoras, muy puntuales dentro de su categoría, eran siempre de media hora, cosa que todo el mundo había acabado por tener en cuenta.

Se habían citado para ver juntos la exposición de la Union Centrale des Arts Décoratifs, pues su hijo quería admirar los gobelinos, los tapices de la Manufacture Royale des Gobelins. El equipo Eiffel presentaba allí su proyecto de torre por primera vez, aun cuando la Exposición Universal no había abierto el concurso público ni recibido ni siquiera un presupuesto. Pero las reticencias de Eiffel se habían esfumado de pronto a principios de aquel mes y el ingeniero había registrado una patente la semana anterior.

Al cabo de otros diez lanzamientos de moneda al aire, Clément se guardó la pieza en el bolsillo con la conclusión de que tenía noventa por cien de probabilidades de caer por el lado de la cara; y su hijo, diez por ciento de probabilidades de llegar antes del cierre de puertas. Salió y se detuvo al pie del arco de la entrada principal, donde estaban estacionados muchos coches de punto y donde diez hombres mantenían una conversación animada. Dos de ellos, envarados en sus chaquetas de confección, demasiado estrechas para su anchura de espaldas, iban y venían alrededor del cogollo principal, formado por otros hombres, estos sí, trajeados con prendas hechas a medida y con bastones con empuñadura dorada. El de más edad se encontraba en el centro del grupito, inmóvil, haciendo gala de una calma que contrastaba con la agitación de su alrededor. Con un ademán autoritario, puso fin a la efervescencia y ordenó entrar a sus huestes. Clément reconoció al presidente del Consejo de Ministros con sus características patillas colgantes, que hacían las delicias de los caricaturistas de las gacetas. Jules Ferry levantó la cabeza hacia él y lo saludó. El ingeniero le devolvió educadamente el gesto quitándose el sombrero cordobés, cuya forma, ancha y plana, atraía miradas por su exotismo en un país en el que la moda había estirado los sombreros hasta alturas desorbitadas. Clément se disponía a ir tras él cuando llamó su atención, al igual que la de los paseantes del parque, una sombra enorme en el cielo.

—¡Déjemelo a mí, señor! —dijo el policía mientras el grupo atravesaba la amplia nave central.

—No, François, olvídelo. Ya vamos con retraso.

En el momento en que el presidente del Consejo de Ministros salía del coche de punto y se quedaba contemplando, admirado, la fachada gigantesca del Palacio de la Industria, se le había acercado por la espalda un individuo que le había quitado el sombrero y se había largado corriendo en dirección a la avenida de los Campos Elíseos.

—¡Pondremos en marcha una investigación y daremos con él, créame! Me ha dado tiempo a fijarme en él.

—En cualquier caso, ese bromista nos ha demostrado que su dispositivo de protección adolecía de algunas lagunas, caballeros.

—Lo remediaremos —le aseguró el subinspector—. Le ruego que acepte mis más sinceras disculpas, señor presidente.

—No entiendo por qué lo ha hecho. ¿Qué es lo que gritaba cuando se iba?

—Muerte a las chisteras.

—¿Muerte a las chisteras?

—Sí, señor presidente. En fin, eso me pareció…

—Entonces era una reivindicación estilística, más que política. ¡Eso me tranquiliza! Entremos de una vez.

Jules Ferry, acompañado del ministro de Comercio y de varios diputados, fue recibido al inicio de la exposición por su comisario general, Antonin Proust, para realizar una visita guiada de las diferentes industrias del arte presentes. Después de ver la cerámica y la cristalería, el grupo se detuvo un buen rato en la sección dedicada a las obras de piedra y madera, donde lo interpeló uno de los visitantes.

—¡Señor presidente!

—Señor Bourdais —respondió Ferry en un tono amable que disimulaba el fastidio que le producía un encuentro que sabía no tenía nada de fortuito.

El arquitecto del Trocadero había tenido conocimiento de la presentación de la Torre Gallia y se había apresurado a ir a verla.

—¿Sabe cuándo se convocará el concurso de ideas para nuestra Exposición del cambio de siglo? —preguntó el arquitecto acercándose a Jules Ferry para buscar la respuesta como si de una confidencia se tratara.

El político se volvió hacia Antonin Proust, quien a su vez era el presidente de la comisión de estudios de la Exposición Universal.

—La verdad es que todavía no —respondió aquel, un tanto irritado con la intervención intrusiva de Bourdais—. Dependerá del presupuesto que tengan a bien votar los diputados para el acontecimiento. Y aún nos falta determinar el emplazamiento.

—Pues por mi parte tengo una propuesta de envergadura que hacerle —remarcó el arquitecto—: un proyecto excepcional para el cual la Exposición Universal será el marco perfecto. Una columna luminosa, un faro de granito de trescientos metros, en cuya cúspide irá un hogar eléctrico con el que de noche podrá iluminarse todo París.

—Estupendo, pues lo invito a presentarse al concurso público —respondió Ferry prosiguiendo con su visita e interesándose en las obras expuestas.

—No he revelado a nadie el diseño pero se lo enviaré tan pronto como se convoque.

—No deje de hacerlo, señor Bourdais, y lo estudiaremos junto con los demás. Encantado de haberle visto —abrevió el jefe de Gobierno tendiéndole la mano.

—¿Sabe que el hierro es siete veces más oneroso que el granito? —continuó el arquitecto apoyando una mano en su hombro.

—¿Sí? Pues no, pero procuraré recordarlo.

—¿Ha visto usted el proyecto del ingeniero Eiffel? —preguntó Bourdais, insistente.

—Todavía no —mintió Ferry—, pero sé que se presenta aquí su torre.

—¿Su torre? Es un pilar. ¡Se llevará una grata sorpresa!

—El señor Eiffel ha producido ya obras de gran audacia y envergadura, tengo entendido.

—Pero él sigue haciéndolo lejos de las ciudades, lejos de París. Nosotros hablamos de arquitectura, hablamos de arte, señor presidente, no deje que los ingenieros se adueñen de la Exposición Universal con sus andamiajes llenos de travesaños. ¡Va en ello el honor de Francia! Y esa carcasa de chapa es contraria al genio francés, más apropiada para la bárbara América donde todavía no está tan desarrollado el buen gusto. ¡Mire usted el desaguisado que están a punto de hacerle a nuestra estatua!

La suscripción americana para el pedestal se encontraba en un punto muerto y la Libertad iluminando el mundo aguardaba aún en los talleres de la calle de Chazelles a que la desmontasen. Bourdais levantó los brazos al cielo a modo de conclusión y partió sin despedirse del presidente del Consejo de Ministros. La guerra entre arquitectos e ingenieros quedaba declarada, ya antes de la convocatoria pública del concurso.

Jules Ferry cruzó la sala de las vidrieras y los mosaicos, saludando a los expositores, y terminó en la caseta donde se encontraban Koechlin y Nouguier, rodeados de un numeroso grupo de curiosos que creció ante la llegada de los representantes de la República.

—He aquí esa construcción de la que llevo días oyendo hablar —comentó el jefe de Gobierno—. Adelante, cuéntenme más, señores.

Koechlin dejó que Nouguier presentase el proyecto con una desenvoltura que el joven ingeniero aún no había adquirido.

—Solamente el hierro permite alcanzar semejante altura —concluyó—. Nuestros cálculos nos han demostrado que, aunque se desatase una tempestad, la oscilación no superaría los veintidós centímetros en el mástil.

—Impresionante, en efecto. ¿Y el granito?

—¿El granito? Es físicamente imposible elevarlo a trescientos metros: una torre así se desmoronaría mucho antes, señor presidente.

—Pongamos por caso el obelisco de Washington —intervino Koechlin, forzando su carácter reservado—. Debía sobrepasar los mil pies y hoy en día termina en los ciento sesenta y nueve metros. Es lo máximo.

—Sin mencionar que ha costado más de seis millones de francos y que su construcción se prolonga desde hace siete lustros —abundó Nouguier—. La piedra tiene una limitación que el hierro no conoce.

—Debemos mostrar al mundo que Francia está a la vanguardia de la industria, y su obra es símbolo de ello. ¡Sigan así! —concluyó Jules Ferry, acompañando sus palabras con un rotundo bastonazo contra el suelo.

El político hizo una seña a sus asistentes para indicarles que la visita había finalizado.

A la salida del palacio, la comitiva de autoridades se vio sorprendida por la muchedumbre densa y ruidosa que se había congregado en los jardines.

—¿Qué ocurre? —preguntó Ferry—. Por muy popular que sea, deben de estar aquí por otra razón, supongo.

—Iré a averiguarlo, señor presidente —dijo uno de los policías, abriendo la portezuela del coche.

—No es necesario —repuso él, señalando el cielo con un dedo—. Se trata de un aeróstato.

Jules Ferry se volvió hacia su asistente más próximo, que le confirmó que desconocía por completo el motivo del vuelo y el nombre de los aerosteros.

—Son los hermanos Tissandier —apuntó el mismo inspector—. Partieron de Auteuil mediada la tarde. Lo sé por un colega al que destinaron allí para garantizar la seguridad del despegue.

—Y la del aterrizaje la garantiza san Cristóbal —bromeó el presidente del Consejo—. Yo estoy dispuesto a dar la cara por Francia, ¡pero no a subir a las alturas en una cesta trenzada! Regresemos al hogar, caballeros.

Los numerosos parisinos presentes en los jardines del palacio no prestaron la menor atención al ballet de coches de punto venidos para recoger al presidente y a su cortejo, demasiado ocupados, como Clément, en seguir las evoluciones de la aeronave. El globo había pasado por encima de sus cabezas a unos cien metros del suelo, haciendo enmudecer todas las conversaciones y desencadenando unas ovaciones respetuosas. Todos estaban convencidos de estar asistiendo a un momento único y que, en vida de ellos, se resolvería el problema de la navegación aérea.

Se veía a los dos aeronautas en su barquilla de mimbre. De vez en cuando respondían a los saludos del gentío que se había aglomerado en los jardines públicos, miles de puntitos multicolores en movimiento. La manifestación, espontánea, no estaba siendo dirigida por ninguna fuerza del orden, lo que aumentaba su naturaleza festiva y despreocupada.

El ingenio se había alejado un tiempo, siguiendo las corrientes de aire, y luego había virado a la derecha y a la izquierda de la línea del viento, antes de volver hacia el Palacio de la Industria, provocando una segunda salva de aplausos que se elevó hasta él como un chorro sonoro. Clément se había fijado en la hélice y el timón de la parte de atrás del aeróstato, que le permitían desplazarse de otra forma y no solo en el sentido del viento. Había leído en la prensa especializada los avances de los dos aventureros, que habían desarrollado y embarcado un motor dinamo-eléctrico alimentado mediante una pila gigante para accionar la pala. El mismo Clément había añadido una hélice al diseño de su artefacto, pero el peso y el volumen de la batería imposibilitaban el embarcarlo: la propulsión, indispensable para evitar que acabase siendo una cáscara de nuez arrastrada por la corriente, sería manual.

Se frotó la nuca, dolorida de tanto echar atrás la cabeza. El globo ganó altura y se alejó en dirección sureste con la majestuosidad de las máquinas descritas por Jules Verne, de quien se rumoreaba que se encontraba entre la concurrencia. Clément esperó a que fuese tan solo un puntito negro en el cielo azul despejado de París, como una estrella negra, para regresar entonces a casa.

La presencia del globo por encima de sus cabezas parecía haber puesto de humor festivo a los parisinos. También Clément se sentía ligero, con ganas de soñar con su regreso a Granada, y se imaginó que lo hacía a bordo de una aeronave que aterrizaba en las Placetas en medio de un silencio reverencial, cerca de su palacio, adonde iría a recoger a Alicia para llevársela a dar un paseo en globo, durante el cual todos los Cabezas de Rata del mundo serían tan minúsculos que ni siquiera los verían.

Ralentizó el paso al enfilar por la calle de Prony para evitar encontrarse fortuitamente con el señor Brouardel. Su patrono trataba desesperadamente de convertirlo a las fosas de desagüe portátiles que solo los propietarios y la corporación de poceros defendían frente a los desagües colectivos, en un momento en que iba a iniciarse una encuesta pública y los periódicos habían tomado partido, ellos también.

En contra de su costumbre, Brouardel no se encontraba ni asomado a su ventana ni apostado delante del inmueble. Clément se apresuró a cruzar el portal para subir la escalera, pero, al ir a asir el picaporte, vio que la puerta se abría sola delante de sus narices. Se quedó petrificado, entre sorprendido e incrédulo: no era Irving quien le había abierto, era Alicia, de pie ante él, y su boca con la forma de las alas de un ángel le sonreía.

Javier se había pasado por la asociación de alumnos de la École Centrale, donde solo había encontrado a dos estudiantes, ocupados con una laboriosa partida de ajedrez a la que él había puesto fin birlándoles una de las reinas. Estaba buscando a sus compañeros de tercero para contarles su última hazaña. En su trabajo, Javier era el más aplicado de los ingenieros, pero se había convertido en el juerguista más chistoso de la capital. Se permitía todas las bromas imaginables y París le parecía el lugar ideal para dar rienda suelta a su improvisación. Le había declarado la guerra a la moda del sombrero de copa, que él consideraba ridícula al lado del sombrero cordobés del que no se separaba nunca y que había convertido en su seña de identidad. Durante una velada en la Laiterie du Paradoxe, después de unas cuantas rondas de cerveza y vino, había clavado una pequeña tabla en el travesaño del marco de la entrada y había escrito con un carboncillo: «¡Sombreros bajos!». La altura total del vano, recortada veinte centímetros gracias a la placa, había bastado para quitarle el sombrero de copa a todo el que pasaba por él, con las consiguientes carcajadas y exclamaciones de los presentes. El listón se había quedado allí puesto varios meses, hasta que nadie más cayó en la trampa, y aquello había contribuido a incrementar su fama de comediante. Cuando vio los sombreros de copa, meciéndose como una bandada de cuervos posados en las cabezas de los señores parados delante del Palacio de la Industria, Javier había actuado sin pensar y le había quitado el suyo al primero que pilló.

Miró la lustrosa chistera que llevaba en la mano derecha y accionó la aldaba del piso de los Delhorme. Nadie acudió a abrir. Le pareció oír ruido dentro, como un frufrú de faldones y los pasos que pretenden ser ligeros de quienes no quieren responder, cosa que le extrañó mucho tanto de Irving como de Clément. Insistió una segunda vez, dio unos golpes con los nudillos y los llamó en voz alta. Aquello solo resultó en la aparición del propietario, que regresaba de una reunión en la Commission des Odeurs de París y que trató de hablarle de su tema favorito.

Ye ne parle pa fransé —respondió Javier, exagerando su acento español—. ¿La Comission des «joder» de París? ¿«Les joder»? —exclamó, haciéndose el indignado—. ¡Hay que ver, estos franceses!

Y se encasquetó el sombrero de copa hasta las cejas, puso cara de pánfilo y se marchó del edificio.

Javier se fue a buscarlos a Le Bon Marché, donde se encontró con que una compañera estaba sustituyendo a Irving en la galería de los muebles.

—Es que se han presentado de pronto sus familiares de España —le explicó ella—. Ha pedido la tarde libre. Como es un chico tan amable, no me ha importado hacerle el favor.

—Gracias, encanto —respondió Javier, rozándole la piel con un besamanos—. ¡No se imagina la alegría que me ha dado!

—El gusto es mío. ¿Es su amigo de la infancia? Me habla mucho de usted.

—¿Y le ha hablado también de su hermana? Es mi prometida. ¡Ha llegado hoy a París y no sé dónde se han metido los dos!

La vendedora hizo un mohín que delataba su chasco, y dijo:

—Pues vinieron por los almacenes hacia las cuatro de la tarde. Irving quería comprar un sombrero. Y me dio una nota por si aparecía usted… Ah, aquí la tengo —dijo sacando el papelito de un arcón neorrococó que, no habiendo encontrado comprador después de varios años expuesto, se había convertido en el buró de los empleados.

—¡Cielos! —exclamó Javier—. ¡La ha llevado a la Laiterie!

Irving le decía en la nota que acudiese a su café predilecto, cosa que Javier había evitado cuidadosamente en cada una de las visitas de Victoria por su fama de fiestero, un dato que casi la totalidad de los clientes podía corroborar, sin olvidar a Rosa y su propensión a exagerar (aun cuando en dos o tres ocasiones él le hubiese quizá plantado un beso, de lo cual no estaba del todo seguro, pues solo guardaba de aquello un muy vago recuerdo).

—¿Cómo se llama?

—Louise.

—Pues, Louise, ¡rece usted para que no sea demasiado tarde!

La señorita se sintió asaltada por el deseo culpable de que no lo consiguiera; se ruborizó y agachó la vista. Cuando volvió a alzarla, él ya no estaba.

—¿Qué impresión te causa mudarte a vivir aquí?

Victoria se sentía atrapada entre un sinfín de sentimientos encontrados. Se quedó mirando el fondo de la taza, como hacía la pitonisa del Sacromonte para leer los posos del café.

—Soy feliz, muy feliz de volver a veros a todos: a papá, a ti y a mi Javier, y espero que esta ciudad no lo haya cambiado más de la cuenta. Pero, a la vez, tengo un nudo en la garganta al pensar en la Alhambra. Es nuestra vida…

—Era, Victoria, era nuestra vida. Ahora está aquí.

La joven recorrió con la mirada los elementos que decoraban la Laiterie du Paradoxe.

—Mira —dijo Irving señalándole el fresco que ocupaba toda la pared de detrás de ellos—: el tercero por la izquierda es él.

El dibujante había pintado a Javier con su gorro de Torquado y le había puesto una boca y unos ojos demasiado grandes para su rostro, que le conferían cierto aire de depredador.

—Espero que no esté así ahora —dijo ella, entre sonriendo y estremeciéndose de espanto.

—No ha cambiado nada, te lo aseguro. Sigue siendo el mismo que tú recuerdas. Bueno, cuéntame cómo ha ido todo. ¿Quieres tomar algo? —le preguntó de pronto, al darse cuenta de que casi no había tocado su vaso de leche.

—No, nada. Salvo un granizado.

—Le puedo preguntar a Rosa. Si le explico cómo se hace, seguro que te lo prepara. ¡Rosa! —la llamó levantando la mano en dirección a la camarera.

—Que no, hombre, que era broma, déjalo —dijo ella, molesta por la familiaridad de su hermano, a la que no estaba acostumbrada.

Alejó de sí el vaso de leche y respiró hondo, enarcando las cejas y arrugando la nariz, lo que acentuó aún más el aspecto pícaro de su rostro, un gesto que hacía desde niña.

—Cuando mamá se enteró de que papá no iba a poder volver nunca más a Granada sin arriesgarse a que lo detuvieran, reaccionó con gran fuerza y coraje. Ya sabes cómo es. Y la he visto cambiar. Pasó todo muy deprisa… Empezó por dejar de ir a diario a atender sus obras de restauración. Ya no nos contaba nada de los procesos de renovación. ¡Eso ya era una señal! —dijo, e Irving asintió con la cabeza—. Luego, a finales de julio, se peleó con Rafael. Una bronca espantosa, los dos gritando, fue como una tormenta, una tormenta de esas de verano en Sierra Nevada, ¿sabes?, violentas, repentinas y que lo sumen todo en una especie de calma engañosa. Ya no se hablan. Ahora me doy cuenta de que ella estaba preparando la partida, etapa por etapa, hasta que todo fue irreversible. Pero a primeros de agosto todavía no había dicho ni pío del viaje. Oye, pues sí, tengo sed —dijo cogiendo el vaso de leche para beber un poco.

Se relamió para limpiarse, pero se dejó una sombra blanca en el labio superior.

—Al final fui yo la que cortó el hilo que nos ataba aún a Granada: renuncié a mi puesto de institutriz justo antes del inicio del curso. Así, ya nada nos retenía y mamá me propuso partir tan pronto como tuviésemos todo listo. ¡Y aquí estamos!

Irving cogió las manos de su hermana, visiblemente emocionada.

—Ya verás, te va a gustar, solo hay que acostumbrarse. Al principio las tardes te parecerán tan frías que te quedarás acurrucada al lado de la chimenea, con una toquilla sobre los hombros y un leño a mano para que no se apague el fuego. Las calles te resultarán increíblemente bulliciosas, con demasiada gente; las parejas se cogen del brazo como si les diese miedo perderse —prosiguió, animado por la risa que había provocado en Victoria—, pero nunca he visto a nadie con una guitarra en la mano y, en cambio, por las noches te parecerá que están increíblemente vacías. Aquí la moda cambia de año en año, pero uno ya no sabe si la sigue o si la precede, como pasa con los gobiernos y con los escándalos, que se suceden unos a otros. Hay barricadas y huelgas, que cambian de calle y de gremio más de una vez al año. Pero aquí es donde ocurre todo —concluyó—. Aquí es donde tiene uno la sensación de estar creando el futuro.

—Es como si estuviera oyendo a Nyssia…

Irving, pillado por sorpresa, se quedó callado.

—Es terrible saber que puede estar aquí, cerca de nosotros, a unos kilómetros, a unos metros incluso —siguió Victoria—. Siento hablarte de esto, pero es que estoy dándome cuenta poco a poco de esta realidad. Ahora entiendo el sufrimiento de papá.

—Está mejor y, ahora que estáis aquí, todo volverá a la normalidad. Nyssia nos ha abandonado y hace tres años que no sabemos nada de ella, pero no vamos a vivir siempre pendientes, esperando su regreso. Siento que te parezca duro lo que te digo, y bien sabe Dios cuánto la quiero, pero hay que seguir adelante. Volverá cuando se sienta preparada.

—¿Desean tomar algo más?

Rosa había aparecido en su mesa con cierto retraso desde que la había llamado.

—Rosa, si te damos la receta ¿nos puedes hacer una bebida que lleva limón y hielo? Victoria se muere de ganas de tomarla.

—Para la hermana de nuestro pequeño Irving todo es posible —respondió la camarera, echándose al hombro derecho el trapo que llevaba siempre consigo.

Escuchó atentamente las indicaciones y prometió que les tendría listo un granizado para la próxima vez que fueran.

—Si la bebida gusta, la bautizaré con su precioso nombre de pila, señorita. Qué afortunado es Javier.

—¡Javier! —gritó una voz detrás de ellos, que hizo sobresaltarse a Victoria—. ¿Dónde se ha metido mi don Quijote?

Lavallée, que seguía siendo (y por mucho tiempo) el alumno más añoso de la École Centrale, había vuelto de las letrinas del traspatio, donde pasaba, borracho perdido, casi tanto tiempo como sentado a una mesa del salón de los alumnos de la École Centrale.

—¡Vaya, pero si tenemos aquí a Sancho! —vociferó con la dicción entorpecida—. ¿Cómo está mi Sancho Panza? —preguntó a la vez que cogía una silla para sentarse entre los dos.

—Alphonse, ahueca el ala. Ya has vuelto a coger una buen cogorza —se interpuso Rosa.

—Pero ¿tú ves cómo me tratan aquí? —dijo Lavallée poniendo a Irving como testigo—. ¡A mí, que soy el mejor cliente de este establecimiento! Menos mal que os tengo a vosotros, amigos: a ti y a don Javier —le aseguró, dándole palmadas en un hombro.

—Rosa tiene razón —replicó Irving—, deberías dejar de beber.

—Pero bueno, eso no está nada bien, Sancho. ¡Me tratas como si fuera un borrachín! Torquado es menos tacaño cuando se trata de pimplarse una botella. ¡Anda!, ¿y esta guapa Paquita quién es? —soltó como si acabara de descubrir a Victoria, que lo fulminó con la mirada.

—Es mi hermana melliza, Victoria —respondió Irving, acostumbrado a las hipérboles del gracioso.

—Bah, en las «Andalucías» todas las mozas se llaman Paquita. ¡Oye, pero si me ha atizado, la vieja esta! —exclamó cuando Rosa le propinó un azote con el trapo que le dio en la cara.

—¡Largo! ¡Ya! ¡Deja de molestar a mis amigos! —le conminó la camarera.

Lavallée agarró el trapo, que ella hacía girar en el aire a guisa de advertencia.

—¡Suelta el látigo, bruja! —gritó él antes de subirse de pie a la silla en equilibrio precario—. ¡O vendrá don Quijote a zurrarte como la última vez, con el culo al aire!

—¡Alphonse! —gritaron a dúo Rosa e Irving.

—Sí, ese soy yo: Alphonse, Alphonse I, duque de la Incuria y marqués de san Príapo, alter ego de nuestro Príncipe de los Gitanos, unido a él por los vínculos de la francachela y la ramera. Y si solo quedara uno, sería yo, lo juro ante el dios Absenta y… ¡Mi querido amigo! —exclamó al ver a Javier, inmóvil en la entrada de la sala—. ¡Ven aquí, amigo mío, íbamos a empezar a beber!

Alphonse se abalanzó sobre Torquado, que lo apartó de sí sin mirarlo siquiera. El otro se dio un trompazo y se quedó tendido, riéndose sarcástica y mecánicamente. Al ver que ya nadie le hacía caso, se levantó por sí solo, se dio cuenta de que se había desmandado y regresó a las letrinas, donde se quedó roncando hasta la mañana del día siguiente.

Javier solo tenía ojos para Victoria. Estaba aún más guapa y más andaluza que en las fiestas pasadas; había dejado de ser la niña o la muchachita de los tiempos en que vivían sin preocupaciones de ningún tipo, para convertirse en la mujer deseable de la que él se sentía orgulloso y enamorado. Había llegado demasiado tarde para explicarle su comportamiento, para justificar los excesos de las fiestas, la ausencia de cartas, el olvido en el día a día, demasiado tarde para intentar convencerla de una integridad que no había cultivado. Era culpable de no haber pensado bastante en ella a lo largo de esos tres años, responsable de no haber mantenido viva la llama, como había hecho ella con constancia y obstinación. Pero en el instante en que Victoria se arrojó en sus brazos, supo que se lo había perdonado todo.

—No te muevas, quédate pegado a mí, que no quede ni un resquicio entre tú y yo —le pidió Alicia abrazándolo aún más fuerte.

Clément estiró sobre ellos la sábana de lino y se aovilló junto a su mujer.

—Sé que me despertaré pero, Dios mío, cómo amo este sueño. Eres tan real —susurró él.

—No solo estaré aquí mañana por la mañana, sino también la otra y todas las demás, todos los días, para siempre.

—Si supieras cuánto te he echado de menos.

—Me arrepiento de haber perdido tres años lejos de ti. Yo también te he echado de menos.

—La felicidad es una ecuación de una incógnita…

—Chis… No quiero saberlo. Deja las matemáticas al margen. ¡Ven!

Rodó para tumbarse encima de él y lo besó con pasión.

—¿Y los niños? —preguntó Clément entre beso y beso.

—¿Qué pasa con ellos?

—Que si vuelven, no podremos dejarlos fuera como a Javier.

—Se han ido para que estemos a solas. Irving se ha ofrecido a llevar a Victoria al teatro a ver El Gran Mogol.

—Eso es en la Gaîté, o sea que no volverán antes de las diez de la noche.

Por la ventana abierta les llegaban los sonidos de la calle. Había hecho un día excepcionalmente bueno y suave, Clément había registrado veintiún grados y setecientos sesenta y cinco milímetros de mercurio en la estación que había instalado en un cobertizo del solar que ocupaban los talleres Eiffel. El relincho de un caballo estuvo seguido por un cruce de palabras subido de tono entre un cochero y un viandante. Sobre la acera, con el pavimento de madera, resonaban las pisadas de la gente. Uno de los paseantes se resbaló, provocando las risas de los demás, excepto de un alma caritativa que le preguntó si se había hecho daño. El ruido desordenado de las pisadas fue apagándose poco a poco.

Se miraron en silencio a la luz macilenta de la farola instalada justo debajo de su alcoba. El color de la noche era diferente del de la Alhambra, donde la luna bañaba sus pieles con reflejos nacarados. Alicia se recostó sobre el torso de Clément. Las arrugas aparecidas alrededor de sus ojos formaban finos surquitos concéntricos. Tenía las mejillas hundidas, lo que le resaltaba aún más los pómulos, y sus cabellos, tan largos y espesos antaño, apenas si le tapaban la nuca.

—Bueno, cuéntame; parece que te conoces bien los espectáculos —comentó ella, acariciándole el muslo con una mano.

—Y sigo observando las salidas todas las semanas. Y si hay función de ópera o de algún autor que le gustase especialmente, allá que me planto. He llegado a la conclusión de que no está en París. Y tú, ¿piensas mucho en ella?

Alicia detuvo las caricias antes de contestar:

—Sí. Todos los días desde hace tres años.

—La encontraremos. Tengo una idea, ya te la contaré. La felicidad solo tiene una incógnita: la fecha de su regreso.

71

París,

miércoles, 22 de octubre de 1884

El perro se relamió de gusto. Mientras que durante las semanas posteriores a la muerte de su amo había deambulado sin rumbo por el barrio, hacía unos días que había encontrado a un generoso benefactor que le daba de comer y le dejaba tumbarse en la caseta más grande que había tenido en su vida. El hombre, acompañado de otros humanos, lo miraba a través de un ventanuco redondo. El animal dio una vuelta sobre sí mismo y se tumbó, con la cabeza entre las patas. Sabía que al cabo de un rato se abriría la puerta y podría salir a pasear por el enorme hangar, en el que reinaba un calor intenso que le encantaba, así como por el patio que olía a calle, un olor divino. Bostezó, se sintió invadido por un cansancio infinito y cerró los ojos.

—Para mí que tiene alguna enfermedad —comentó Flammarion.

—Digamos que una enfermedad posprandial —relativizó Clément—. Confíe en mi máquina, ese perro de aguas no corre ningún peligro.

—¿Está seguro? —preguntó Eiffel, intranquilo—. Los hombres se han acostumbrado a él en el taller y lo han convertido en su animal de compañía. Será mejor que no le pase nada a su Médor.

—Pero qué manía le ha dado a todo el mundo de llamar Médor a su perro en estos tiempos, ni que fuesen todos como el famoso perro del Louvre —farfulló Flammarion, desinteresándose del experimento para dedicarse a observar una muestra de material para el globo.

Eiffel había puesto a disposición un anexo de sus talleres, así como a todos a los hombres y el material necesarios para la construcción del globo. El lugar, bautizado oficiosamente como el Laboratorio de Aeronáutica, se había convertido en el orgullo de todo el equipo de la casa Eiffel y había tortas para trabajar allí un puñado de horas a la semana.

El arcón que hacía las veces de caseta para Médor era un cubo estanco de dos metros de lado, hecho con planchas de hierro soldadas y remachadas, con una escotilla en cada cara. Lo metía allí desde por la mañana para comprobar el funcionamiento de la máquina que absorbía el gas carbónico.

—Señores, hoy tenemos que validar las opciones técnicas que elegiremos para nuestra aeronave —dijo Eiffel invitándolos, a ellos y a Nouguier y a Compagnon, a observar con él los planos extendidos por la mesa—. ¿Clément?

—A diferencia de nuestro arcón de pruebas, hemos optado por una forma esférica para el habitáculo definitivo. Dos hemi-cascos de hierro de un metro de radio que mandaremos fabricar a la acería de Pompey y remacharemos aquí.

—¿El grosor? —preguntó Compagnon.

—Cuatro milímetros. Más ocho escotillas de diez centímetros de diámetro y uno de grosor. De vidrio doble.

—¿Y la portezuela?

—Serán simplemente dos tapas de alcantarilla de cincuenta centímetros, una enfrente de otra, aquí y aquí —dijo Clément señalando su emplazamiento en el plano.

—¿No sería suficiente solo con una? —preguntó Compagnon.

—Si la esfera rueda sobre sí y se para cuando la abertura está pegada al suelo, los aerosteros se quedarían atrapados —explicó Nouguier.

—Habíamos previsto repartir el peso del arcón de forma que la trampilla quedase siempre arriba, pero el más mínimo obstáculo puede frenarla en cualquier posición —abundó Clément—. Disponer de dos aberturas no incrementará el riesgo crítico.

El perro, que se había despertado y se aburría, dio dos ladridos, lo que hizo que todas las cabezas se apiñasen en el marco del ventanuco. El animal se acercó y plantó las patas en el panel metálico, trató de poner la cara más triste que pudo y luego, ante la indiferencia de los presentes, gruñó despechado y volvió a tumbarse hecho un ovillo.

—El cartucho de potasio funciona bien —confirmó Eiffel mirando su reloj—. Sin él, Médor tendría que haber notado los efectos del gas carbónico hace ya una hora.

—¡Una cosa menos! —exclamó Flammarion, entusiasmado.

—En absoluto —objetó Clément—. De momento este artefacto ocupa la mitad del espacio disponible del habitáculo. Todavía tengo que reducirlo de tamaño sin detrimento de la cantidad de oxígeno producida.

—¿Y cuánto es eso? —quiso saber Compagnon.

—Dos litros al minuto. Si comprimimos el oxígeno en tres bombonas, podremos disponer de muchas horas con un aire sano.

—Confío en que lo conseguirá —le aseguró Flammarion—. De ello depende el éxito del proyecto.

—Y la salud de Médor —añadió Eiffel.

El perro aprovechó para rascar la puerta. Cuando le abrieron, salió pitando sin encomendarse a nadie.

—Ya volverá —dijo Eiffel, tranquilo—. Nuestro Barbet siempre vuelve.

—¿Hemos decidido de qué estará hecho el globo? —preguntó Flammarion, ilusionado como un crío.

—De caucho revestido de algodón de fibras largas. Ha superado todas nuestras pruebas de resistencia de peso y desgarro —indicó Clément—. La pega es que el fabricante pide nueve meses de plazo.

—¡Es que tres mil metros cuadrados no es una superficie que acostumbren fabricar! —exclamó Nouguier mientras consultaba su cuaderno—. Además, les hemos pedido que le pongan un panel de desgarro por si en el momento del aterrizaje tuvieran que verse arrastrados.

—El primer prototipo debería estar listo a finales del año que viene, o a principios de 1886 en el peor de los casos. A partir de entonces nos quedarán tres años para hacer pruebas.

—¿Tres años? ¿Por qué? —preguntó Flammarion, que lanzó una mirada preocupada a Eiffel.

—Hace poco me encontré con el nuevo ministro de Comercio.

—¿Rouvier?

—El mismo. Me pidió discreción y me citó en el ayuntamiento. Deseaba saber si nuestro proyecto era viable: su idea es que el récord sea una de las principales atracciones de la próxima Exposición Universal. Idealmente hacia la clausura, para que el interés vaya en aumento.

—Idealmente cuando nos lo permitan nuestras predicciones meteorológicas —terció Clément.

—¡Qué noticia tan formidable! ¡Menuda publicidad! ¡El mundo entero tendrá la mirada puesta en nosotros! —exclamó Flammarion, que fue y volvió del arcón para estar seguro de que nada pudiera echar a perder la proeza—. ¡Señores, vamos a pulverizar ese récord y la atmósfera nos revelará sus secretos!

—Entretanto, nos comunicaremos con regularidad con la prensa —propuso Eiffel—. Voy a activar mi red de contactos con los reporteros. Vamos a aglutinar a toda Francia en torno a los preparativos y al vuelo. Si aceptan nuestro proyecto de torre metálica, ¡monopolizaremos la atención de las masas!

—¿Han pensado en un nombre para el globo? —preguntó, pragmático, Nouguier.

—Tengo que pedirles una cosa —intervino Clément—. Una petición muy especial.

—Todo saldrá bien.

Claire intentó tranquilizar a su prometido, que andaba de un lado para otro delante de la chimenea del salón y cuya angustia había ido poco a poco en aumento. La joven se plantó delante de él para obligarlo a parar.

—Adolphe, te digo que todo saldrá bien. Mi padre te quiere mucho y si ha dado su consentimiento para que nos veamos, créeme, es previsible un resultado.

—¿Previsible? ¿Para ti solo soy una hipótesis? —dijo Adolphe Salles agarrándola por los brazos, presa de la preocupación.

—Pues claro que no, tontorrón. Te quiero, estoy segura de mi elección y… —Claire se interrumpió y levantó la cara—. Además, ¡aquí está!

—¿Ya?

—¿Quieres tomarte tiempo para preparar tu discurso? ¿Quieres que lo entretenga?

—¡No! Es que no he oído el coche entrar por el patio.

—Porque vuelve a pie. Pasear le ayuda a poner en orden las ideas para la velada, como le gusta decir a él. ¿Estás listo? —susurró ella mientras él se quedaba, encorvado, delante del hogar—. Podemos dejarlo para otro día.

—Sí… ¡no! —dijo él poniéndose recto—. Vamos a ver cómo se presenta la cosa.

—¡Claire! —tronó la voz de Eiffel desde el recibidor.

—¡En el salón! —respondió ella, antes de posar furtivamente la boca en los labios fríos de su enamorado.

—Tengo que contarte una cosa que me ha trastornado… —empezó a decir el ingeniero apareciendo en el salón.

—¡Mi querido papá! —exclamó ella cuando su padre la abrazó afectuosamente—. Me alegro de que hayas vuelto temprano. Los dos nos alegramos —precisó.

—¿Te acuerdas de…? ¿Los dos?

Claire señaló con un dedo hacia su espalda.

—¡Adolphe, está aquí! —dijo. El joven se había refugiado en un rincón de la pieza.

Eiffel pensó que debía de ser pariente de los camaleones, petrificado como estaba con su traje del mismo color que el beis de la tapicería. Solo los párpados daban muestras de una actividad desaforada.

—Los dejo, si desea hablar con su hija —acabó diciendo a trancas y barrancas, avanzando ya hacia la puerta.

—No, quédese, Alphonse. ¿Cena con nosotros hoy?

—Yo… —balbució el joven, buscando la ayuda de Claire, que le hizo un gran «sí» con la cabeza—. Está bien, si no es molestia. Señor —añadió—. Así podremos hablar. De todo, quiero decir, vaya, ponernos al día y hablar de… del futuro —terminó, después de carraspear sonoramente.

—Sí, qué buena idea —intervino Claire—, hablar de los proyectos del futuro.

—Claire siempre disfruta mucho cuando le cuento los avances que van produciéndose en las diferentes obras iniciadas —dijo Eiffel a Adolphe como quien cuenta una confidencia—. ¿Es el Figaro de hoy? —preguntó entonces, señalando el periódico doblado encima de la mesa—. Me parece que hablan de la torre. —Mientras recorría el diario, su frente fue arrugándose cada vez más a medida que pasaba las páginas—. Pues no lo encuentro. Y sin embargo Nouguier no se ha equivocado, incluso ha precisado que el periodista había escrito mal su nombre. Vamos a ver…

—Ahí está, señor —intervino Salles, señalando la página seis con el dedo—. Justo al lado de los anuncios por palabras.

Dio un paso atrás bajo la mirada cargada de reproches de Eiffel.

—Está muy bien que os publiquen un artículo cuando ni siquiera se ha convocado el concurso —terció Claire.

—Y la página de los anuncios se lee muchísimo —agregó Adolphe.

—¡Léelo, papá! —exclamó ella, y los dos jóvenes se pusieron cada uno a un lado del ingeniero.

—«Entre los proyectos a los que da lugar el anuncio de la próxima Exposición Universal de 1889, uno de los más extraordinarios es, sin lugar a dudas, el de una torre de hierro de trescientos metros de altura…».

—De los más extraordinarios —murmuró Adolphe.

—«… que el señor Eiffel, el constructor conocido por las más osadas obras metálicas modernas, y en especial del viaducto de Garabit, se dispone a levantar».

—Las más osadas obras —añadió el joven.

—«Esta torre de trescientos metros, que se ubicará en el recinto de la Exposición, será el doble de alta que los monumentos más altos del mundo».

—¡El doble de alta! —recalcó esta vez Claire.

—Pero vamos a ver, decidme, vosotros dos, ¿no iréis a repetir como loros todo lo que diga? ¿Qué os pasa hoy?

—Perdona, papá. Venga, sigue.

Eiffel los miró atentamente, primero a uno, luego a la otra, y reanudó la lectura:

—«Servirá como observatorio meteorológico y astronómico, como puesto de observación estratégico y puesto de comunicación por telégrafo óptico. Tendrá, asimismo, un uso de alumbrado eléctrico a gran altura, para indicar la hora a mucha distancia, para la verificación o la búsqueda de las principales leyes de la física experimental…». ¡Bien, bien, bien! —se congratuló, doblando el diario.

Eiffel había mandado una carta al periódico, acompañada de una fotografía de su dibujo de la torre. La curiosidad que había suscitado reafirmó su convicción. Le tendió el periódico a Adolphe.

—Tome, hay dos partituras en la última página que le interesarán, puesto que es músico.

Al joven se le subieron los colores cuando descubrió el título de la primicia: «Marcha nupcial».

—¿Qué me querías contar al llegar a casa? —preguntó Claire, que presentía que no era el mejor momento para declaraciones solemnes.

—Sentémonos delante del fuego —propuso Eiffel tomando asiento en el sillón tapizado con relleno grueso, dejándoles a ellos el sofá de madera dorada—. ¿Te acuerdas de la hija de Clément Delhorme con la que fuimos a aquella fiesta en Oporto?

—¿Nyssia? Sí, claro, era encantadora. Todo el mundo se volvía a su paso durante el baile en la corte —le explicó a Adolphe.

—Pues ha pasado una cosa muy triste: resulta que se escapó de casa y no saben nada de ella desde hace tres años.

—Vaya, qué pena —dijo Claire, sintiéndose culpable de no experimentar la menor empatía hacia Nyssia. Esa noche solo tenía ganas de pensar en ella, en la petición de Adolphe y en que nada diera al traste con su felicidad—. Espero de corazón que vuelva pronto —añadió.

—Clément nunca me contó nada. Qué raro, en tres años se ha guardado para sí semejante herida. ¿Ni Irving ni Javier te dijeron nunca nada?

Uno de los troncos en llamas se partió y basculó contra el tiro, proyectando una rociada de chispas alrededor de la chimenea.

—Clément la ha buscado por todas partes y ya no tiene esperanzas de encontrarla —dijo el ingeniero, reuniendo las brasas en el centro del hogar—. Nos ha pedido que le pongamos el nombre de su hija a nuestra aeronave. —Se limpió con el dorso de la mano las cenizas que le habían saltado al chaleco y se reacomodó antes de proseguir—: El acontecimiento tendrá repercusión nacional y hasta mundial. Si Nyssia lee en algún periódico que el globo lleva su nombre, sabrá que él la ha perdonado y contactará con su padre. Es el razonamiento de Clément y yo deseo de todo corazón que tenga razón. Es una situación terrible —añadió con semblante serio—. No sé qué sería de mí si algún día tú me abandonaras, hija mía.

Adolphe evitó cruzar la mirada con los ojos llenos de lágrimas de Claire.

—Nadie te va a abandonar, papá querido, nadie, te lo juro —dijo ella, rodeando su cuello con el brazo—. Mi futuro marido vivirá con nosotros, ¿sí?

Adolphe asintió con gesto de impotencia. Eiffel apoyó la mano en los cabellos de su hija y lanzó una media sonrisa divertida en dirección al joven.

—Por cierto, esta mañana hablé con el padre Didon. Quería saber cuándo se va a decidir a pedirme la mano de mi hija. ¡Quiere ser él quien los bendiga!