VII

24

Oporto y Barcelinhos,

miércoles, 15 de marzo de 1876

Como cada día desde hacía tres meses, desde que Gustave había partido a Francia, Victorine Roblot acechaba la aparición del cartero. El hombre no obedecía ninguna rutina, su paso se escalonaba desde el amanecer hasta el final de la mañana en función de su itinerario, de los temas de conversación que abordaba con los habitantes y del ánimo que tuviera de repartir la correspondencia. Sobre todo de su ánimo, mermado por una anemia perniciosa y tenaz que su médico había tratado con ayuda de una maceración de plantas y clavos, uno de los cuales había acabado tragando, provocando algunas hemorragias, lo que había agravado la anemia y los pocos ánimos en cuestión. Ese miércoles por la mañana, delante de la pila de cartas acumuladas encima de su mesa y ante la urgente necesidad de dinero contante y sonante y de hierro soluble, el cartero había decidido desafiar su tendencia a la procrastinación y se había vestido para hacer su ronda. Había dejado a la bella francesa para lo último, con la esperanza de que no hubiese regresado el caballero que le había hecho compañía hasta las Navidades, en cuyo caso podría intentar arrancarle alguna que otra risa, pues su tristeza era cada vez más patente. Presentía que la carta que se disponía a entregarle no iba a subirle la moral, cosa que no lo disgustaba del todo.

Al tenderle el sobre, Victorine se ruborizó y de pronto sus ojos parecieron iluminados por un sol naciente.

—Me espero aquí, por si hubiera respuesta —dijo el hombre mientras ella abría el sobre.

La cocinera, atraída por el ruido, salió de la antecocina, lanzó una mirada hostil al cartero, pues conocía muy bien sus tejemanejes con las mujeres, y se echó el paño de cocina al hombro. Vivía con la francesa y, además de cocinera, le servía de profesora de portugués, guía local, confidente y, de vez en cuando, compañera de bingo.

La mirada de Victorine pasó en un abrir y cerrar de ojos del alba al crepúsculo. Frunció la boca. Dobló la carta y la volvió a meter en el sobre con cuidado, antes de hacerla desaparecer en su bolsillo.

—No puede venir hasta dentro de dos meses —dijo en portugués volviéndose hacia su empleada, la cual le manifestó su reprobación con la cabeza—. Mucho trabajo en París.

—¿Una respuesta, tal vez? —aventuró el hombre.

Victorine lo ignoró y se lanzó a un largo monólogo en francés, que ninguno entendió, tras lo cual salió de la pieza para irse a la cocina.

—Me espero —propuso el cartero, apoyando un muslo en la mesa—, volverá con una carta.

—No, no esperes nada, ¿te crees que no me he dado cuenta de tus mañas de galán?

La cocinera le atizó con el paño como hubiese hecho para espantar una mosca. El cartero resistió el primer asalto pero se batió en retirada en los siguientes. La mujer regresó a la antecocina, donde encontró a Victorine hecha un mar de lágrimas con un cuchillo en la mano y una cebolla en la otra.

—No crea que lloro —dijo en su portugués perfectible—. Es por culpa de esto —añadió mostrándole el bulbo.

—Cebolla —tradujo la criada—. Claro que es por culpa de eso —añadió, con ánimo de calmarla—. ¿Quiere ayudarme?

Le alargó un papel de periódico y la invitó a pelar patatas. Victorine, que delante de ella jamás había aludido directamente a su situación, se aplicó a la tarea concentrándose en la fineza de las mondas. Para todos los habitantes de Barcelinhos, ella era el ama de llaves del industrial francés, cuyos negocios lo obligaban a pasar largas temporadas lejos de su domicilio portugués. Victorine echó la primera patata en la palangana de agua, sorbiendo el aire por la nariz. En los momentos de desánimo, tiraba de su provisión de recuerdos de los dos meses que habían pasado juntos a su llegada. Pero desde finales de febrero había ido recibiendo cada vez menos noticias suyas y sus provisiones de recuerdos habían ido menguando. Ella se culpaba de estar resentida con él cuando el hombre se pasaba los días y las noches a la búsqueda de contratos para su empresa, y con la cuarta patata se serenó: en mayo estaría allí, con ella, solo con ella, después de atravesar dos países para regresar a su lado. Suspiró.

Al ir a reunir las mondas de patata en el periódico, Victorine se quedó inmóvil. Las apartó con el dorso de la mano, consultó la página manchada del Comércio do Porto, dio un puñetazo en la mesa y desapareció soltando por la boca una retahíla de improperios en francés, para los que la cocinera estaba segura no había equivalente en portugués, de tan abominables como le parecieron. Tras unos segundos de estupor, esta dejó el conejo que acababa de despellejar y cogió el Comércio do Porto. Solo era legible ya la parte inferior. El artículo indicaba que el creador del futuro puente sobre el Duero, el ingeniero Eiffel, había llegado a Oporto con su familia dos días antes y se había instalado en Vila Nova de Gaia para dirigir el inicio de las obras. La cocinera oyó a Victorine bajar la escalera y sus tacones resonar en el pasillo. La puerta de la casa se cerró sonoramente.

El reparto lo había dejado exhausto. El cartero lanzó una mirada en dirección a la ventanilla desierta, empujó la puerta de la trastienda y se tragó los polvos que el boticario le había preparado, preguntándose qué ingrediente maldito por los dioses podía tener un amargor tan fuerte. Bebió un pichel entero de vino sin conseguir quitarse el regusto. Esperó a que volviese su compañero, el jefe de la estafeta, mientras se comía un pastel de nata que no era para él, pero al que consideraba tenía derecho por haberlo sustituido hasta el mediodía. «Hasta pasado el mediodía, incluso», se dijo al tiempo que seguía con la mirada el minutero, que se desplazaba ya hacia la derecha de la cifra fatídica. Al oír unos pasos, se apresuró a terminarse el dulce.

Cuando salió a la ventanilla, con la boca llena, se llevó la sorpresa de encontrarse frente a la bella francesa y tragó con toda la calma del mundo, antes de limpiarse los labios con la manga de la camisa.

—¿Puedo…? —preguntó ella alargándole un texto para el telégrafo.

—Ande, deme, que se lo voy a enviar. Normalmente estamos cerrados pero, por usted, haré una excepción.

Victorine sonrió débilmente en señal de reconocimiento, cosa que él se tomó como un estímulo.

—Ya le había dicho yo que valía más que me esperase —dijo en tono bromista, y entonces leyó el mensaje.

El breve texto estaba en francés y el cartero no entendía ni jota, lo que lo frustró.

—Tal vez sería mejor enviarlo en portugués —tanteó—, para que no cometan ningún error en la recepción.

Victorine se negó en redondo. El cartero se aplicó en cada palabra y pidió confirmación al telegrafista de la estafeta de Oporto.

—Por el mismo precio —precisó—. Hale, ya está. Le llevaré la respuesta. Si es que la hay.

Ella le dio las gracias, pagó dejando una propina que él rápidamente rechazó alegando que era deber de todo empleado de correos en situaciones de urgencia, y al salir se cruzó con el jefe, sorprendido ante el celo de su anémico empleado. Una vez a solas, este le increpó y le puso el papel en las manos.

—Tú que hablas francés, ¿me lo puedes traducir?

—¡Cierra primero esa ventanilla antes de que el barrio entero venga y nos impida almorzar!

El cartero obedeció, mientras su colega sacaba las lentes y descifraba el mensaje.

—¿Pues?

—Te confieso que no lo he entendido del todo… Un cuento de un cazador y un tordo —respondió el otro devolviéndole la hoja—. Bueno —concluyó, frotándose las manos—, ¿y mi pastel de nata?

La sede portuense de la Companhia Real dos Caminhos de Ferro Portugueses se hallaba en plena efervescencia. La llegada de Eiffel había supuesto el pistoletazo de salida para las obras, lo que llenaba de alegría a Pedro Inácio Lopes. Joseph Collin, que se había quedado para coordinar los trabajos, le parecía un hombre con muy poco carisma en comparación con su cuñado. Y el industrial había anunciado la incorporación de dos figuras de primera, Émile Nouguier y Jean Compagnon, a los que había robado a la firma Gouin, una de las empresas de la competencia que no habían conseguido la concesión de las obras del puente.

Lopes estaba impaciente por conocerlos. Nouguier, ingeniero de minas, se encargaría de coordinar la ejecución del proyecto, y Compagnon, dotado de una vasta experiencia adquirida a lo largo y ancho de Europa, actuaría como director de montaje. Estaba convencido: si ellos no lograban llevar a cabo esta proeza de la tecnología, nadie en el mundo podría hacerlo. Con el gozo que le procuraba la perspectiva de trabajar codo con codo con tales expertos, salió de su despacho y se quedó mirando a Collin que departía con uno de los capataces. Su presencia ya no le parecía tan problemática. Sintiéndose espiado, Joseph se acercó al ingeniero portugués.

—Primer contratiempo, amigo mío: tenemos dos calderas averiadas en el terreno —explicó, haciendo molinillos con las manos.

—¿Dónde exactamente? —preguntó Lopes sin alterarse.

—En la margen derecha, donde los cimientos van con retraso. Voy a enviar a unos hombres para que las reparen. Trabajarán día y noche si es preciso.

—No se inquiete —dijo Lopes llevándoselo hacia su despacho y cerrando la puerta.

—Pero dentro de una semana tiene que empezar la mampostería. ¡Gustave no tolerará retrasos de ese nivel!

—Estoy seguro de que el señor Eiffel no se preocupará por ello. Esas calderas, ¿son arrendadas?

—Sí, hasta el final de las obras —respondió Joseph, ceñudo, como un estudiante en apuros delante de un examinador.

—Entonces contacte con la empresa, que se las cambie por otras.

—Pero ¿y si no pueden? ¡Les hemos arrendado tantas que no deben de tener más de reserva!

—Compruebe las condiciones del contrato. Tendrán que apañárselas, usted es su cliente más importante, ¿no?

—Sin lugar a dudas.

—Entonces no se preocupe. Escuche, usted es el jefe de obra y no pretendo interferir en su proyecto, pero si lo desea iremos juntos —se ofreció Lopes, cuya función se circunscribía a la supervisión de la planificación en nombre de su compañía.

—Se lo agradezco sinceramente, no me siento seguro con el idioma —confesó Joseph enjugándose la frente con unos toquecitos con su pañuelo.

Los interrumpió un asistente: acababa de recibirse un telegrama para Gustave Eiffel.

—Yo me ocupo —dijo Joseph cogiéndolo de manos de Lopes—. Ahora mismo me iba para Vila Nova de Gaia.

El sobre con el texto solo estaba cerrado por la punta y Joseph desplegó toda su inventiva a lo largo del trayecto para conseguir que se abriese solo, sin lograrlo. El envío le intrigaba aún más por proceder de la estafeta de Barcelinhos. Unas gotas de lluvia lo obligaron a guardarse el papel en el bolsillo de la chaqueta.

La casona que ocupaba Eiffel había sido alquilada por Joseph de acuerdo con los criterios del ingeniero. So pretexto de que Nouguier, Compagnon y Seyrig se encontrarían allí mejor para trabajar que en el colegio de huérfanos, donde no estaba nada claro que los curas responsables fuesen a dejarlos estar juntos, les había asignado a ellos algunas de las habitaciones de la casa y había aprovechado para incluirse él mismo en el reparto. La otra mitad del equipo de Levallois se había quedado en el orfanato, pero, presionado por sus quejas diarias, Joseph había mandado rehabilitar una construcción aneja a la gran casa que en breve podrían ocupar. Desde la finca, situada entre dos muelles pero a algunos metros del Duero, no se podía ver las obras, ocultas detrás de un meandro del río.

Llegado a unos metros de la entrada principal, Joseph tiró a la derecha, sacó el sobre un tanto arrugado por el trato a que lo había sometido y desgarró la punta con un tirón de la uña. El texto lo dejó tan perplejo que se arrepintió de su acto. Humedeció el borde de un lengüetazo para volver a darle aspecto de sellado, abrió la cancela del jardín y ya enfilaba por el camino de la Quinta do Coelho cuando la pequeña Valentine chocó contra sus piernas y se desternilló de risa. La niña, de seis años, era la única de sus cinco hijos que Eiffel había llevado con ellos. Joseph la aupó, escuchó atentamente su relato de lo que había hecho esa mañana sin parar un instante a coger aire y la dejó en el regazo de su madre, sentada en la veranda, organizando la lista de tareas para la criada. Desde el primer día, Marguerite se había hecho cargo de la intendencia de la casa, para inmenso alivio de Joseph, quien veía en su presencia un refuerzo logístico bienvenido.

—Gustave ha hecho bien al convencerte de que vinieras —dijo con una sonrisa.

Marguerite se aseguró de que ninguno de los colaboradores pudiera oírla y respondió:

—La última vez por poco no vuelve. Te das cuenta, echó a perder su aniversario y las Navidades. Tres meses de ausencia… Al menos ahora estoy con él. Pero ¡extraño tanto a los niños!

—Es que debe desplazarse por todo el país en busca de contratos de obra —lo defendió Joseph—. Por cierto, ¿dónde está?

Eiffel había organizado una reunión con todos los capataces y Seyrig, que acababa de llegar de Pest. «Se diría un general antes de la batalla», pensó Joseph entrando en la pieza atestada de planos y material que hacía las veces de sala de trabajo. Los hombres le dirigieron una rápida mirada y reanudaron su conversación. Seyrig le hizo una seña con la mano, a la que Joseph respondió con un saludo, tras lo cual se enfrascó en la clasificación de las facturas pendientes.

—No me avisaste de lo de las calderas.

Joseph levantó la vista: la reunión había finalizado y Eiffel se había plantado delante de él con las manos apoyadas en el escritorio. Aunque su mirada era serena y su voz neutra, su cuñado lo impresionaba siempre por su seguridad en sí mismo y su carisma.

—Pero… me ocuparé de ello, Gustave.

—No hace falta, ya está arreglado.

—¿Cómo lo habéis hecho?

—El proveedor tiene calderas en otras construcciones menos importantes. Va a sustituir las nuestras esta noche o mañana por la mañana. Mientras tanto, no atiendas ninguna de sus facturas —concluyó Eiffel saliendo del despacho.

Regresó sobre sus pasos y se dirigió a todos los presentes:

—Tenemos veinte meses para hacerlo y no invertiremos ni un solo día más, así se nos echen encima los elementos. Veinte meses —repitió, y salió finalmente.

—Si no, son quinientos francos de penalización por cada atardecer —añadió Seyrig—. Y la obra no llegará a término.

El comentario le provocó a Joseph sudores fríos. Se dio cuenta entonces de que se le había olvidado entregar el telegrama.

Tuvo que esperar hasta bien entrada la tarde para volver a encontrarse a solas con él. Los dos hombres se hallaban en medio del socavón abierto en la colina en el que se recibirían los cimientos, una enorme excavación cuadrada practicada en el granito, que había hecho falta atacar con explosivos y luego a golpes de pico, tras lo cual habían tenido que eliminarse los cascotes. Los obreros presentes habían hecho un alto para descargar las calderas nuevas. El calabobos que traía del mar las ráfagas de viento había cesado.

—¿Sabes cuánto hormigón vamos a verter para los estribos soterrados? —le preguntó Eiffel, entusiasmado.

Joseph le hizo un gesto de no saber.

—Veinte mil toneladas. ¡Veinte mil! ¿Te haces idea? Habrá que dar esta cifra a los periodistas, les encanta ese tipo de curiosidades. Bueno, ¿qué es eso? —preguntó al ver el sobre que le alargaba su cuñado.

—Ha llegado un telegrama para ti. De Barcelinhos —añadió, acechando su reacción.

Eiffel lo abrió sin reparar en el estado del sobre y se mantuvo impasible mientras leía el texto.

—¿Por qué no me lo has dado hasta ahora? Está fechado de esta mañana y la persona que me escribe espera respuesta —declaró guardándoselo de cualquier manera en el bolsillo de su chaleco.

—Lo siento, Gustave —farfulló Joseph.

—No pasa nada. Me voy al despacho de telégrafos; ocuparos vosotros de poner en funcionamiento las calderas, que estén listas para rendir mañana por la mañana. Nos vemos luego en casa.

Se quedó mirando a Eiffel mientras este salía de la obra con paso enérgico a pesar del barro que quería apresarle las botas a cada paso. «El cazador olvidó su tordo en el tren…». El texto daba vueltas sin parar en la cabeza de Joseph como una cantilena infantil cuyo sentido se le escapaba.

«¿Y si…?». Acababa de ocurrírsele una idea. De todos era sabido que Nouguier y Compagnon eran masones. Al contratarlos, ¿no había revelado Gustave su pertenencia a esa misma fraternidad?

—Me lo hubiera dicho —murmuró Joseph—. No me oculta nada.

Pero, si era masón, el texto adquiría entonces otro significado. «Un mensaje en clave entre masones…». Era una prueba. De lo contrario, ¿cómo habría podido conseguir las calderas tan rápidamente? En cuanto al mensaje, a Joseph le olía a asunto de Estado, así que decidió no preguntarle sobre Barcelinhos. Su admiración por su cuñado, ya grande, se volvió absoluta.

Victorine se arrepentía ya de su decisión. Cuando la cocinera le había propuesto la enésima partida de bingo para aliviar la espera de una respuesta al telegrama que tardaba en llegar, ella se ofreció a enseñarle las reglas del tric trac, su juego de mesa favorito, antes de comprender, demasiado tarde, que la explicación, ya ardua en francés, era un dislate en una lengua de la que tan solo poseía un conocimiento rudimentario. Las dos mujeres estaban sentadas delante de una bandeja forrada con fieltro verde sobre el cual había pintados unos puntos blancos y negros.

—Este es el tablier, el tablero —explicó Victorine en una mezcla de francés y portugués.

—¿El tablier? —preguntó extrañada la criada—. ¿Como este mío? —inquirió tirando de las cintas de la prenda que no la abandonaba en todo el día.

—Sí, exactamente. Hay dos partes —dijo despacio, sin estar muy segura de su pronunciación.

La francesa le mostró la arista de madera que dividía la bandeja en dos mitades.

—Eso es el petit jan —indicó mostrándole la mitad de la izquierda.

—El petit jan —repitió concienzudamente la cocinera.

—A la derecha, el grand jan.

—¿Grandjean? Así se llama el cartero, ¡el galán!

Dio una palmada y emitió un arrullo melodioso que en ella hacía las veces de risa.

—Tuvo un antepasado francés, pero él no habla el idioma. Total, a la derecha el cartero —dijo, divertida.

—Llamemos a esta mitad el cartero —convino Victorine—. Y la de la izquierda será…

—La carta —soltó la cocinera, tronchándose de risa.

—¡Pues, ea, la carta será!

Cogió un puñado de fichas negras y las puso encima del tablero.

—Las damas, para usted. Para mí, las mismas pero blancas —dijo enseñándole su montón.

—Blancas.

—Blancas —repitió Victorine afirmando con la cabeza—. Hay…

Se interrumpió, buscando la traducción de la palabra sin dar con ella.

—Hay diez y mitad de diez —indicó acompañando la demostración con los dedos.

—Quince, de acuerdo. ¿Y cuál es el objetivo del juego? —se impacientó la criada, reprimiendo un bostezo.

—Ganar puntos con las damas que se mueven —respondió Victorine, a la que irritaba su propia dificultad para traducir las reglas al portugués.

—¿Con los dados? —preguntó su interlocutora mientras los hacía rodar en una mano.

—Sí. De izquierda a derecha —indicó Victorine mostrándole el desplazamiento de las fichas.

—Ah, las damas van de la carta al cartero —dijo, divertida, la cocinera gorjeando aún más alto—. ¡Hacia el Grandjean!

Victorine echaba ya de menos el bingo y los granos de café que ponía al tuntún en las casillas sin tener que hablar ni que pensar. Cogió el pabellón, una bandera en miniatura hecha de marfil, e hizo girar el astil entre el pulgar y el índice.

—¿Pues? —preguntó la criada, que esperaba alguna otra indicación.

—¿Pues? La partida termina cuando se rescatan doce casas —respondió Victorine en francés—. Para rescatar las fichas de una casa hacen falta doce puntos, los puntos son pares y aumentan de la carta al cartero, por seguir con su analogía. Cada flecha, que yo llamo casilla, se llama de una manera: está la casilla del diablo, la del colegial —prosiguió, hablando cada vez más rápido—. No se puede poner una dama en una flecha que tenga una dama del oponente, pero se puede, qué digo, se debe cubrir las damas de un color con otras del mismo color para protegerlas; si no, son vulnerables. ¿Entiende, vulnerables? —preguntó alzando la voz—. Todo el mundo es vulnerable, sobre todo cuando se está sola, sola en una casilla y sin protección y…

Agarró la bandeja y la plegó con un chasquido ante la mirada atónita de la cocinera.

—No puedo más, no aguanto más esta espera, este lugar, este… Oh, lo siento mucho —dijo—. Lo siento, no tiene que ver con usted. —Se acercó a la buena mujer y le cogió las manos—. Lo siento mucho —repitió en portugués, arrancándole una sonrisa a su empleada a la que el chaparrón en francés había dejado petrificada en un primer momento.

—No se apure, madame, jugamos al bingo, ¿quiere?

Victorine asintió. La campanilla de la casa sonó.

—Voy a ver —dijo la cocinera ante la mirada implorante de Victorine.

Regresó con un telegrama en las manos.

Victorine rio y lloró a la vez antes de abrirlo, y luego volvió a reír al leer el texto que le anunciaba la llegada de Eiffel la semana siguiente y volvió a llorar, disculpándose nuevamente con su criada por su actitud tan desconcertante.

—El guaperas se lo quería entregar en persona, pero ya le he dicho que aquí no es como en el tric trac, que la dama no va de la carta al cartero.

25

La Alhambra, Granada,

viernes, 15 de diciembre de 1876

La anfisbena estaba agazapada, al acecho, entre dos capas de la gruesa alfombra de hojarasca. Acababa de escapar de un lince, escabulléndose por un agujero de la tierra mullida, y había aguardado un buen rato antes de salir. El bosque parecía haber recobrado su paz después del paso del mamífero, pero su olfato detectaba un olor fuerte que nunca había percibido antes. De pronto el reptil notó que lo inmovilizaba una fuerza aplastante y a continuación lo levantaban del suelo por la parte posterior de la cabeza.

—¡Mirad, una serpiente! —exclamó Jezequel sujetándola entre los dedos después de apresarla.

La exhibió delante de Irving, que se echó para atrás, y luego de Javier.

—Ni siquiera es una serpiente, es un lución —puntualizó este último después de haber intentado cazarlo sin éxito.

—No —replicó Jezequel—, los luciones son más anchos y más claros. Lo sé, mi padre me ha enseñado alguno en nuestro jardín.

Irving se había desinteresado de la conversación y seguía recogiendo leña seca.

—¿Tú qué opinas? —le preguntó Javier.

—Parece una lombriz gorda, es un reptil inofensivo, suéltalo.

—¿Vamos a enseñárselo a las chicas para darles un susto?

—No, harás gritar a Victoria otra vez.

—Papá está esperando que le llevemos la madera, ayudadme y volvamos —intervino Irving—. ¡Que hace frío!

—Doce grados a mediodía y solo cinco esta noche —confirmó Javier mientras cogía una parte de su carga.

—¿Has acompañado a mi padre a las tomas de datos?

—No, las tomo desde ayer, me lo pidió él, porque su máquina le roba todo el tiempo. ¡Oye, que vivo al lado, así te evito hacer todo ese camino a ti! —añadió al ver que el semblante de Irving se ponía serio—. ¡Vamos, estoy impaciente por verla en acción!

Salieron del bosque que cubría la ladera del Cerro del Sol y volvieron al Generalife por la huerta tapiada más grande del entorno, construida alrededor de una larga acequia, en cuya agua se reflejaba la luminosidad del cielo de diciembre. Clément y Mateo los esperaban en un pequeño mirador del flanco occidental de la acequia, que tenía unas amplias ventanas sin vidrios, en arcos de herradura, con vistas a las huertas exteriores y a la Alhambra.

La máquina era imponente. Se componía de tres secciones conectadas entre sí mediante unos tubos metálicos. Los chicos dejaron las ramas y se apartaron respetuosamente. Mateo hizo lo propio, con una mezcla de temor e incredulidad a partes iguales. Clément abrió la portezuela de un hornillo portátil, que constituía la base de la primera sección, lo llenó de leña y lo encendió. Del horno salía una caldera cilíndrica llena de agua, acoplada a una bomba de aire.

—Chicos, id a buscarme agua a la fuente del patio —les pidió, tendiéndoles una caja de zinc dividida en dos hileras de tres alveolos idénticos, y dos tinas de madera—. Mateo, estoy seguro de que estarás preguntándote cómo un artefacto que se calienta quemando madera es capaz de fabricar hielo, ¿no es así?

El nevero sonrió sin responder. Cuando Clément le había anunciado, unos días antes, que había dado con la solución para que ya no tuviera que recorrerse la montaña, Mateo no lo había creído. Lanzó una mirada a las cumbres de Sierra Nevada, cubiertas de una espesa capa blanca, y se santiguó.

Cuando regresaron los muchachos, Clément caló la caja llena en el centro de un recuadro de serpentines metálicos y tapó con lana todo el conjunto. Comprobó que el horno calentaba suficientemente el cuerpo de la caldera y lo rellenó con agua sirviéndose de las tinas.

—El vapor producido permitirá animar la bomba de aire, que a su vez hará el vacío en este recipiente metálico —explicó señalándoles con un dedo el componente principal de la sección intermedia de la máquina.

—¿Qué hay dentro? —quiso saber Javier, el primero en acercarse.

—Un líquido especial. Al expulsar el aire, lo transformaremos en gas. El principio es simple…

—Pero ¿por qué se convierte en gas si expulsamos el aire? —lo interrumpió Irving con su voz dulce.

—¿Y qué es el líquido? —preguntó Mateo a su vez.

—Una mezcla inventada por mí para comerse el máximo de calor posible al cambiar de estado.

—¿Se come el calor? ¿En serio? —dijo Jezequel.

—Es una forma de hablar —se corrigió Clément—, pero no anda lejos de la verdad. Se puede ver de este modo: todo cuerpo sólido necesita calorías para licuarse, al igual que todo líquido las necesita para evaporarse. Por tanto, cuando engullimos todo el calor ambiente, ¿qué producimos?

—¿Humo? —se aventuró Jezequel.

—Papá, no has contestado mi pregunta —insistió Irving.

—¡Frío! —exclamó Javier, entusiasmado por haberlo entendido—. La máquina envía frío, ¡caramba!

—Exacto, jovencito. Y nosotros vamos a canalizar ese frío gracias al serpentín lleno de agua que se sumerge dentro.

—Pero así se congelará —avanzó Javier con convicción.

—No si añadimos un poco de cloruro de sodio —puntualizó Clément—. De este modo, el agua volverá a enfriarse a temperaturas bajo cero sin dejar de permanecer en estado líquido. Y la vamos a llevar hasta la caja que Jez ha llenado de agua. Es la tercera parte del sistema, la sección en la que se hará el hielo, dentro de los alveolos cúbicos. Cada uno puede contener un bloque de diez kilos.

—¿Te das cuenta, Mateo? ¡La máquina puede fabricar sesenta kilos de hielo! ¡El equivalente a lo que puede cargar nuestra mula! —se entusiasmó Javier.

—Pero ¿cuánto tiempo se necesita para obtenerlo? —preguntó el nevero rascándose la cabeza, perplejo.

—Veinte minutos; muchas veces, menos. Depende de la temperatura del agua de la fuente.

—El Darro está frío, incluso en verano —apuntó Jezequel—. ¡Doy fe!

—Papá, no has respondido mi pregunta —repitió Irving tirando de la manga de la chaqueta de Clément.

—Son las leyes de la física, jovencito —respondió este último—. Cuando disminuye la presión del aire, los líquidos se transforman más fácilmente en gas, es así. Y este gas, una vez que vuelve a la presión de la atmósfera, se hará líquido de nuevo, más rápido cuanto más frío haga. A eso corresponde el montaje del centro: ¡mirad, ya se ven las primeras gotas!

Todos se colocaron alrededor del único elemento de vidrio, una columna recorrida por un serpentín, para ver con sus propios ojos la aparición de gotitas en las paredes, que se reunían en un charco que iba creciendo a simple vista.

—Y mi mezcla regresa por este tubo provisto de un grifo al recipiente de partida, donde de nuevo se evaporará para producir frío —dijo abriendo el grifo y dejando escapar el líquido—. Es un ciclo sin fin.

Clément se acercó a la tercera sección de la máquina, seguido por toda la tropa, y quitó la lana que envolvía la caja de zinc.

—Meted la mano en el agua.

—¡Está helada! —dijo Mateo frotándose la mano para calentársela de nuevo—. Está helada… —repitió para sí, mientras comenzaba tan solo a calcular las consecuencias de lo que tenía ante sí.

—No he entendido ni jota —confesó Irving, secundado por un movimiento afirmativo de la cabeza de Jezequel.

—¡Es genial, señor Delhorme! —exclamó Javier—. ¡Su gas genera frío igual que el fuego genera calor!

—Yo solo he combinado dos procesos existentes, y he aprovechado para perfeccionarlos.

—¡Con su mezcla secreta!

—Sí. Pero corresponde a Mateo decidir si opta por no guardarse el secreto —dijo Clément.

—¿Y eso qué cambiará? —preguntó el nevero, superado por los acontecimientos.

—Que todos los demás porteadores de hielo podrán fabricarlo igual que nosotros.

—¡Ah, no, eso sí que no!

—Entonces, lo mantenemos en secreto —declaró Clément, satisfecho.

—Nosotros también queremos saberlo —dijo Jezequel buscando el apoyo de los otros dos chicos.

—¿Seréis capaces de mantener la boca cerrada?

—¡Sí! —juraron a coro.

—Lo único que puedo decir es que contiene ingredientes volátiles —indicó Clément, divertido.

—¿Volátiles? Entonces ¿viene de los pollos? —preguntó Irving.

Sus dos amigos, que tampoco entendían, se rieron por lo bajo procurando que Clément no los viera.

—No andas desencaminado —le aseguró su padre—, pero no es eso. Algún día compartiremos el secreto con vosotros.

—Mientras tanto, ¡yo puedo seguir yendo a la escuela! —fanfarroneó Javier—. Jamás hubiera creído que me alegraría tanto.

Mateo, silencioso, se había hecho a un lado, arrimándose a la columna de una de las ventanas del mirador. Paseaba la mirada alternativamente entre la máquina y el paisaje montañoso. Parecía confundido. Acababa de comprender que el ingenio de Clément le permitiría producir sin esfuerzo en un solo día la misma cantidad de hielo que el que podía sacar en una semana de trabajos forzados en la sierra. Pese a que la noticia habría tenido que hacerlo dichoso, se sentía recorrido por sentimientos encontrados. Su vida ya no sería igual y eso le daba miedo.

Miró a Javier. El muchacho, entusiasmado, avasallaba a Clément a preguntas. Acababan de extraer el primer bloque de hielo de la caja de zinc, un hielo de un blanco inmaculado, casi tan hermoso como el hielo de las nieves perpetuas del Veleta o del Mulhacén.[6] Clément ayudó a Javier a sacar el segundo bloque de su alveolo y luego se acercó a Mateo. Había advertido el desconcierto de este.

—Pero ¿dónde está el inconveniente? ¿Cuál es el problema? —preguntó el nevero señalando el artefacto con las manos.

—¿Por qué te empeñas en que haya alguno? Esto es el progreso.

—No, usted no lo entiende, amigo mío. El hielo es un oficio duro, muy duro. No se puede remplazar por otro en el que todo se hace sin trabajo. ¡Eso no existe!

—Y no es el caso: tú tendrás que alimentar el fuego permanentemente con leña o carbón, acarrear el agua, descargar el hielo y trasladarlo hasta tus clientes habituales. Más los nuevos, porque los tendrás, créeme. Pero ya no necesitarás deslomarte en la montaña. He calculado que esta máquina, con una bomba de ocho caballos de vapor, es capaz de producir una tonelada de hielo al día. El precio de coste será de alrededor de cinco pesetas el kilo. ¿Cuál es tu precio de venta?

—Doce pesetas el kilo.

—Mantenlo. O, mejor dicho, bájalo a diez. Serás más competitivo y podrás servir a tus clientes a cualquier hora del día, cualquier día del año.

Los dos hombres se sentaron en el alféizar de una de las ventanas.

—Nunca querrán un hielo prefabricado —sentenció Mateo.

—Confía en mí, en algunas ciudades grandes los comercios y los burgueses ya están abasteciéndose de este hielo. Y este en concreto está hecho con agua del Darro, que viene de las nieves de Sierra Nevada. Todos lo querrán.

—No sé yo…

—¡Rápido, rápido, venid! —gritaron los muchachos, que acababan de depositar en el suelo uno de los bloques de hielo y se habían apartado.

En el centro del cubo, de veintidós centímetros de ancho, Clément vio un trazo negro que parecía dividirlo en dos y que en un principio tomó por un palito. Al acercarse, comprendió que se trataba de un reptil que se había incrustado.

—Pero ¿de dónde ha salido esa culebra?

—¡Jez! —gritó Javier—. ¿Qué has hecho con el lución?

—¡Os juro que yo no he hecho nada! Además, ¡ya te dije antes que no era un lución!

—¿Dónde está? —bramó Irving al reconocer la anfisbena de escamas anilladas.

Jezequel rebuscó en su bolsillo y sacó un pañuelo con las puntas dobladas hacia dentro y anudadas. Abrió el cuadrado de tela y lo mostró a los demás: estaba vacío.

—No sé qué ha pasado… Me lo había guardado para darles un susto a las niñas —confesó—. Debió de escaparse cuando fuimos a por agua —añadió avergonzado.

—Papá, hay que hacer algo —imploró Irving, cuya empatía hacia todas las criaturas de la creación, incluidos las arañas y los insectos, había llamado siempre la atención de sus allegados.

—Podemos intentarlo —propuso Clément mientras Mateo sacaba del bolsillo de sus pantalones el pequeño punzón que siempre llevaba con él.

Distinguió un martillo dentro de la caja en la que se guardaban las herramientas y sonrió por primera vez desde que habían entrado en el mirador.

—Hendir el hielo, estoy acostumbrado, es mi oficio —soltó, y empezó a atacar el cubo cerca de una arista.

En cuestión de segundos partió la mayor parte del bloque. El reptil ya solo estaba rodeado por una fina película de agua congelada.

—Ahora, esto va a ser más complicado —confesó, buscando el lugar en el que apoyar el punzón sin partir en dos al animal.

—Cambiemos de método —sugirió Clément cogiendo el monolito con los dedos.

Lo puso cerca de la caldera. En menos de dos minutos, el sarcófago se había transformado en un charco alrededor del cuerpo reptiliano. Irving lo cogió y lo secó cautelosamente con el pañuelo de Jezequel. La anfisbena se había ablandado de nuevo, pero seguía desesperadamente inanimada.

—Qué pena me da —se lamentó.

—Yo he visto en la montaña animales que se creía que habían muerto congelados volver a la vida —dijo Mateo, corroborando con un pliegue de su frente la seriedad de su afirmación.

Se apresuró a contar una historia que devolvió la sonrisa a Irving y le hizo olvidar que a lo largo de los años él mismo había ido exagerando aquella anécdota. Una noche de diciembre de 1860, estando faenando en la ladera del Veleta, cargando hielo en los serones de su mula, había visto un lince persiguiendo un pájaro, «un alcaudón —precisó—, aunque lo supe más tarde», que había logrado escapar gracias a la intervención del nevero. El ave, agotada y herida en un ala, se había acurrucado entre una maraña de ramas que sobresalían del manto de nieve. Mateo intentó acercarse, pero el animal se revolvía, piando, en cada intentona, agotándose y lesionándose cada vez más. Le echó unas migas de su pan y volvió a su quehacer. Mientras tanto, habían llegado al mismo campo otros neveros que se aplicaban a serrar el hielo a la luz de sus antorchas. Antes de partir, Mateo volvió donde el alcaudón para constatar que yacía inánime, endurecidos por el frío las alas y el tronco. Lo cogió para llevárselo a Kalia, quien enseguida habría preparado con él un guiso suculento, a pesar de lo que pequeño que era, y así se lo guardó bajo la capa, en un bolsillo grande de la camisa, antes de emprender el trayecto de cuatro horas de regreso a casa. Llegado al barranco de las Tinajas, muy cerca ya del Sacromonte, Mateo notó que el corazón le palpitaba en el pecho como si quisiera salírsele, y entonces comprendió que el alcaudón se había despertado y estaba tratando de escapar, cosa que hizo en el instante en que el nevero se levantó la prenda.

—Desde ese momento, me creáis o no, me acompaña todos los días que subo a la sierra. Es él, estoy seguro, reconozco su cabeza rojiza. Y me protege, porque volvió del reino de los muertos.

Todos escuchaban arrobados el relato. Como buen narrador, Mateo multiplicaba los detalles, actuaba con todo el cuerpo para representar a cada personaje y decía las frases con entonaciones teatrales, para darle ritmo a la historia.

—No sabía que contases tan bien las historias —admitió Javier, al que por poco se le escapa un «papá».

Mateo se abstuvo de responder. Su hijo adoptivo nunca le había pedido que le contase un cuento cuando era chico. Sus historias se las contaba a sus compañeros de fatigas, por la noche, en Sierra Nevada o volviendo por el camino de Granada.

—¡Mirad! —exclamó Jezequel señalando su pañuelo, que acababa de coger junto a la caldera.

Un trazo reluciente cruzaba la tela. El reptil había desaparecido.

26

Levallois y Oporto,

viernes, 15 de diciembre de 1876

El abrecartas desgarró el sobre con un crujido imperceptible. Eiffel sacó los documentos, recorrió rápidamente la carta y, después de arrellanarse en el sillón de su despacho, observó detenidamente la foto con ayuda de una lupa. Marguerite pasó por el pasillo y tuvo un ataque prolongado de tos. Él levantó la cara, la oyó encerrarse en el cuarto de baño y reanudó su tarea. Los detalles que veía lo llenaban de satisfacción. Volvió a empezar la tos, expectorante, interminable, agotadora. Dejó la lupa sobre la mesa, esperó unos segundos a que su mujer consiguiera recuperar el aliento y se levantó para reunirse con ella.

—Estoy mejor —le aseguró Marguerite, molesta al verlo, con un pañuelo delante de la boca.

Desde su regreso de Portugal, en abril, había encadenado una bronquitis con otra y no había podido acompañarlo en las siguientes estancias.

—Le agradezco que se preocupe por mí, pero estoy mejor —repitió, viendo que no se iba.

—¿Quiere que vaya a por algún remedio a la botica? —se ofreció Eiffel—. Aún no han cerrado.

Ella lo empujó suavemente hacia la puerta.

—Ahora bajaré. Sobre todo, no se preocupe.

—¿Qué haríamos sin usted, mi señora? ¿Qué sería de toda nuestra gran familia de Levallois? —bromeó Eiffel para conjurar la mala fortuna, mientras les llegaban las voces estridentes de la planta baja—. ¡La espero en el pasillo para hacer frente a nuestros monstruitos!

—No se enoje con ellos, acaban de venir directamente de la escuela. La niebla es tan densa desde esta mañana que no he querido que cogieran frío.

Marguerite se había empeñado en ir a recogerlos ella misma y a su vuelta había sufrido varios episodios de tos.

—No debería haber ido —le reprochó Eiffel tendiéndole una bata—. Para eso está el ama de llaves.

Cuando llegaron al comedor, las tres niñas y los dos varones se habían puesto a bailar alrededor del abeto recién adornado, al pie del cual alguien había puesto un regalo. Rápidamente se sentaron todos a la mesa, con una algarabía a la que el señor de la casa puso fin con autoridad. La comida se desarrolló en un silencio que la expectación por el postre envolvía en una aureola. En el momento señalado, una criada llevó la tarta de cumpleaños, un milhojas descomunal con gelatina de grosella. Las velas encendidas rodeaban un puente de nougat. Todos se pusieron a contarlas salvo Valentine, cuya aritmética no llegaba hasta los cuarenta y cuatro años de su padre.

—Fue mamá la que la encargó especialmente y la que ha ido a recogerla a la pastelería Joulet. Cerca de la Ópera —precisó Claire muy ufana.

Eiffel dirigió una mirada de reprimenda a su mujer y a continuación se interesó en la obra de arte, cuyos bordes empezaban a fundirse bajo el efecto del calor.

—Nos frustró tanto su ausencia del año pasado que este había que festejarlo como es debido —se justificó Marguerite—. Y ahora, ¡sople, sople!

Todos se callaron. Eiffel formuló en su fuero interno un deseo y, acto seguido, sopló las velas con tanta fuerza que las apagó al primer intento, e hizo que el tablero acabara deslizándose por la pasta de hojaldre.

—El viento ha sido siempre el peor enemigo de los puentes —bromeó mientras trataba de volver a colocar la pieza sobre los pilares.

Como no lo consiguiera, se lo metió en la boca para ronzarlo, se chupó los dedos y cogió el cuchillo para cortar el pastel.

Cada uno recibió una porción de tamaño proporcional a su edad y a Albert le concedieron el derecho a comérselo sentado en las rodillas de su padre. A una seña de la madre, las tres hijas le hicieron entrega de su regalo. Él fingió una gran sorpresa al ver el par de guantes para los que el sastre le había tomado las medidas el mes anterior.

Una vez acostados los niños, el industrial recobró el aire preocupado que había dejado de lado para la velada festiva.

—¿Sabe que Le Petit Journal va a sacar sus pulseritas de la buena suerte para el nuevo año? —dijo Marguerite, que no se atrevía a preguntarle por el progreso de las obras—. Estarán disponibles a partir de mañana en su sede.

—¿Quería volver a cogerlas para los niños?

—Les gustaron mucho el año pasado.

—Entonces, cójame una a mí también.

—¿Tiene motivos para estar preocupado en cuanto a sus obras? —tanteó ella.

—No, las últimas noticias son buenas. Nouguier y Compagnon están haciendo maravillas en Oporto. Mire.

Eiffel sacó del bolsillo de su chaleco la fotografía recibida ese mismo día, en la que se veían dos pilares metálicos que salían de una plataforma de hormigón y se erigían a mucha altura por encima de la orilla del Duero.

—Hasta han empezado ya con el tablero derecho —precisó, indicándole la inmensa viga de hierro fijada en lo alto de la colina, que se extendía hasta el primer pilar del ribazo.

Explicó los detalles a Marguerite, sorprendida pero encantada de verse objeto de unas confidencias de las que habitualmente era excluida.

—Entonces ¿qué es lo que lo preocupa, marido mío? —se atrevió, envalentonada, a peguntarle.

Eiffel vaciló un instante antes de responder.

—He pedido a mi padre que reúna todos los documentos con el fin de presentar una instancia al Consejo de Estado. Ya no quiero que nuestras partidas de nacimiento indiquen «Bönickhausen, llamado Eiffel». Hay demasiada gente mala predispuesta a recordarnos ese patronímico y a acusarnos de prusianos o de vaya a saber qué. Podría comprometer el éxito actual de nuestra empresa.

—Entiendo —dijo Marguerite—. ¿Quiere echar una al tric trac y así se distrae un poco? Le encantaba ese juego cuando estuvimos en Oporto.

Eiffel declinó la proposición, se puso de pie y le dio un beso en la frente.

—Tengo mucho que hacer. Tenemos seis obras empezadas solo en Portugal. El deber me reclama.

A pesar de lo intempestivo de la hora, se acercó a los talleres, en los que se hacían turnos de continuo. El calor ambiente y el ruido metálico de los martillazos lo tranquilizaron. Dejó la chaqueta en la oficina de los ingenieros y bajó al taller a supervisar la producción de los montantes que se usarían en la construcción de la parte superior del arco de Oporto. Seyrig había calculado las cotas de los planos a la décima de milímetro y las piezas metálicas se estaban manufacturando con una precisión extraordinaria. Este pensamiento le procuró una moderada euforia. Y la imagen de Clément subido al antepecho de la torre para demostrarle la seguridad de la infalibilidad de las matemáticas le arrancó una sonrisa. Se prometió escribirle próximamente para interesarse por el progreso de sus investigaciones. El trabajo le permitía también no dejarse invadir por los recuerdos de Barcelinhos. Se sentía culpable por haber dejado a Victorine sola allí, del mismo modo que se sentía culpable cuando volvía a encontrarse con ella. No tenía previsto regresar antes de la primavera. El jefe de equipo se acercó a comentarle un asunto relacionado con uno de los planos del puente. Se remangó y se fue detrás del hombre.

Émile Nouguier se arrimó al hornillo de una de las casetas para entrar en calor y se quedó mirando por la puerta abierta el agua que caía del cielo gris. Llevaba tres días lloviendo y la obra no avanzaba. Jean Compagnon, sentado a la mesa plantada delante de la única ventana, con vistas al Duero, daba los últimos retoques al programa de trabajo de la jornada. La calma de los dos hombres contrastaba con la agitación de los obreros, a los que la espera sacaba de sus casillas.

—Falta recibir una última entrega de viguetas metálicas que hay que ir a recoger a la estación y descargarlas después en el almacén tres —informó Compagnon—. Voy a enviar inmediatamente a los muchachos, antes de que el camino de acceso se vuelva impracticable por culpa del barro.

Nouguier asintió en silencio. Compagnon preguntó en portugués a los diez hombres presentes, que se ofrecieron todos voluntarios. Eligió a seis y envió a los otros cuatro a estabilizar el camino con ayuda de unas planchas.

—He pasado por el observatorio —indicó Nouguier—, la presión barométrica seguía baja.

—Todavía no vamos con retraso —subrayó Compagnon.

De natural tranquilo, el hombre poseía una fisonomía que transmitía seguridad, la cabeza redonda, cabellos y barba muy recortados, y una voz estentórea que se oía de lejos en todo el solar de la obra. Para Nouguier era un gusto trabajar con él, así como con el resto del equipo. Con menos de cuarenta años, el director de montaje contaba con una experiencia inigualable en la construcción de puentes en Europa.

—No vamos con retraso porque hemos programado todas las tareas de interior, pero a partir de mañana habrá que pasar al montaje de la grúa sobre el tablero —objetó Nouguier.

—Lo sé, pero no haré que los hombres se suban ahí arriba en estas condiciones. Demasiado peligroso.

—Los viejos del lugar dicen que parará antes de que se haga de noche. Al parecer, los vientos han virado y soplan hacia el mar.

—Si lo dicen los viejos…

El golpeteo de la lluvia contra el tejado de la casucha se atenuó, así como las ráfagas de viento. Un olor a humus y moho ascendió al mismo tiempo que una bruma subía desde la tierra.

—Habrá que hacer algo con eso —dijo Nouguier—, aborrezco este olor, no es bueno para la moral de los hombres. Salgamos —propuso.

—Ya me encargo yo, Émile —dijo Compagnon poniéndose la gabardina.

Una llovizna intermitente los recibió en el exterior. Caminaron a lo largo de la ribera hasta llegar al primer estribo enterrado, el punto en el que diez meses antes descansaba la panza ahíta de la colina y donde en esos momentos había una cantera abierta, directamente debajo del colegio de los huérfanos. Habían vertido la masa de hormigón en el ribazo hasta llegar a ras del agua. El pilar metálico que ascendía de ella tocaba el tablero, a sesenta metros de altura. La misma operación se había ejecutado en la otra orilla. Ambas secciones se habían montado a la par, con los obreros divididos en dos grupos, el de la margen derecha y el de la margen izquierda, y las dos agrupaciones trataban de aventajar a la contraria en la calidad de su trabajo.

—Los cambiaremos de lado para el montaje del arco —sugirió Compagnon—. Cada grupo debe poder apoyarse en el trabajo del otro.

Nouguier asintió mientras desplegaba una regla de madera, y la pegó a la base del estribo enterrado hasta el nivel del agua.

—¿Qué están haciendo? —preguntó Joseph Collin, que no los había oído acercarse.

—Émile está comprobando el nivel del río —respondió el director de montaje después de saludarlo, mientras el ingeniero, por su parte, arrodillado en el filo del estribo, se concentraba para alinear bien la regla de madera.

—Ha subido —comentó, lacónico.

—¿Cuánto? —preguntó Collin, preocupado.

—Diez centímetros.

Compagnon soltó una carcajada: donde se ubicaban los pilares, el ribazo tenía casi diez metros contando desde el nivel de las aguas bajas.

—¡Aún nos queda mucho margen! —exclamó alegremente mientras Nouguier replegaba su regla—. Pero no hay que confiarse, que estamos cerca de la desembocadura y las crecidas son tremendas.

—He preguntado a los viejos del lugar, dicen que escampará antes de mañana —avanzó Joseph.

—Ya lo ves —dijo Nouguier dirigiéndose a Compagnon—. Son más fiables que un barómetro de Fortin, créeme.

—¿Ha visto mucho mundo? —preguntó Collin.

—Pues bastante, en efecto —admitió el director de montaje—. He conocido Rusia, España, Italia, Hungría y ya no sé cuántos países más.

—Francia también, hombre —completó Nouguier.

—Francia también. Evidentemente.

—Rusia… tuvo que ser espantoso, con esos inviernos… —comentó Collin estremeciéndose.

—Para los que trabajamos encima del agua, no es el período más terrible. No, lo peor es la época del deshielo.

Se calló y dejó que Collin relanzara la conversación:

—¿Porque las nieves se derriten?

—¡Ya lo creo que sí! El Volga en el mes de mayo, ahí sí que hay que agarrarse bien: el nivel sube varios metros y el caudal se multiplica por cinco. ¿Se lo imaginan?

De pronto las aguas cenagosas y agitadas del Duero le parecieron a Joseph más amables. Compagnon los dejó que volvieran solos a la caseta de la obra y fue al encuentro de los obreros, que regresaban de la estación arrastrando una carreta con ayuda de una yunta de bueyes de la raza de Minho. Las bestias, con una musculatura poderosa y sus típicas astas gigantescas con la punta negra, tiraban de su precioso cargamento sin esfuerzo aparente. El vaho que exhalaban sus cuerpos formaba un halo que confería a la escena un aire irreal.

Los dos hombres entraron en calor y pusieron a secar los abrigos colgándolos por encima del hornillo. Nouguier volvió a enfrascarse en sus cálculos y Collin redactó el informe de la jornada que enviaría a Eiffel junto con los correspondientes a toda la semana. Compagnon apareció una hora después, con una olla de caldo verde caliente en las manos, que depositó encima del hornillo.

—Pedí a los muchachos que la mantuvieran siempre llena y encima del fuego —dijo mientras removía y olía el caldo de berza y chorizo—. ¿Qué mejor que el olor a sopa para ahuyentar el moho y subir los ánimos?

Repartió el caldo verde en los cuencos de madera. Los tres hombres comieron en silencio, cada cual sumido en sus pensamientos y en el efecto benefactor del líquido caliente y voluptuoso.

Los sacó de sus ensoñaciones un tamborileo: se había puesto a llover otra vez.