CAPÍTULO CUARENTA Y UNO
DEAN
DÍA 36
Traducido por Verito
Binwa está tratando de guiar a Astrid a través de las
contracciones y yo estoy perdiendo la cabeza. Astrid grita con cada
contracción y no se supone que sea de esta manera. Esto no está
yendo como debería y puedo decirlo por la cara de Binwa, que está
retorcida con preocupación y angustia.
―¡Has lo que es mejor para ella! ―grito―. ¡Dale lo que
necesita, por el amor de Dios!
Binwa me dice que me cierre la boca, está haciendo lo mejor
que puede y yo no estoy ayudando.
A veces pasamos por baches mientras volamos por las calles y
creo que voy a vomitar o a desmayarme, el dolor es tan fuerte. Pero
los gritos de Astrid me traen de regreso a este momento horrible y
aterrador. Sí, hacen eso.
Está amaneciendo afuera y estamos pasando por un pueblito en
Maryland.
―Lo estás haciendo genial, Astrid ―dice Binwa―. Esto es el
trabajo de parto. Es natural.
Pero yo sé que está mintiendo. Esto es lo que se ve cuando
alguien está muriendo. Binwa no está haciendo todo lo que puede por
Astrid.
―Tu cuerpo sabe cómo hacer esto. Tienes que relajarte.
Binwa presiona sus puños es la espalda baja de Astrid cuando
llega la contracción.
La ambulancia está bajando por un túnel.
Frenamos de golpe y de repente hay gente abriendo las
puertas.
Llegan cuatro médicos y comienzan a deslizar la camilla.
Binwa va con ellos y se cierra una de las puertas. La abro de
un empujón y los sigo. Nadie me detiene. De alguna forma, nadie me
nota siquiera.
Los sigo hacia las luces brillantes del hospital. Ingresamos
por una entrada subterránea.
Están empujando la camilla y corro para alcanzarlos.
JOSIE
DÍA 36
―¡Por favor! ―suplico―. No quiero. Por favor. No quiero.
―¡No pueden forzarla a hacerlo! ―grita Niko―. ¡Por favor, que
alguien nos ayude!
―¡James! ―llega una voz ensordecedora―. ¿Qué diablos está
pasando aquí?
Es el otro doctor, el jefe de Cutlass, Savic. Tiene un soldado
con él. Un soldado cargando una ametralladora.
―Por favor, doctor. Yo…. cambié de opinión ―le digo.
―Firmó la forma de consentimiento, doctor Savic ―escupe
Cutlass hacia el otro doctor―. Firmó tu preciada forma y ahora es
legítimo.
―No ―me dice―. No firmaste el consentimiento, ¿verdad? ¿Sandy
no te lo dijo?
Mi respuesta está en mis ojos.
Cutlass toma al doctor Savic del brazo.
―¿Le pediste a Sandy que le dijera a Josie que no firmara?
Cómo te atreves a interferir con uno de mis sujetos de
investigación...
Todo se queda quieto por un segundo y entonces las puertas
dobles al otro lado del pasillo se abren de golpe y llega un
enjambre de gente rodeando una camilla.
DEAN
DÍA 36
―¡Tienen que hacerle una cesárea AHORA! ―grita Binwa.
―Adamson quiere examinarla ―dice uno de ellos.
―¿Bueno, dónde diablos está?
Tengo que sostenerme de la camilla. Tengo que sostenerme
porque mi cabeza se está partiendo y podría caerme.
―¿Quién es el zombi? ―pregunta uno de los paramédicos―.
¡Ayudante! ¡Llévense a este chico!
―¡Llévenla al quirófano! ―grita Binwa y me tambaleo, cayendo.
Estoy de rodillas. Estiro mi mano. La camilla se aleja de mí.
Alguien toma mi brazo. Intento pararme. Tengo que
pararme.
―¡Astrid! ―grito―. ¡Estoy aquí!
JOSIE
DÍA 36
Todas las cabezas giran hacia el otro lado del pasillo.
La camilla se acerca a nosotros y entonces escucho: ―¿Astrid?
¿Astrid Heyman?
El doctor Cutlass está mirando la camilla completamente
sorprendido.
Es Astrid.
Nuestra Astrid.
―Ésta es la adolescente tipo O embarazada con múltiples
exposiciones ―dice uno de los doctores con la camilla―. La que se
nos escapó en Quilchena.
Comienzan a pasar a nuestro lado pero grito y me inclino sobre
la camilla, abrazando sus piernas.
―Astrid ―digo―. Soy yo, Josie. ¡Soy yo!
Pero ella está gimiendo y llorando. No me reconoce.
DEAN
DÍA 36
Consigo ponerme de pie y me alejo del asistente.
Un paso, dos pasos y me tropiezo con Binwa. Todos se
detuvieron.
Alzo la mirada.
Son Niko y Josie.
―Josie ―digo―. Te cortaste el pelo.
Están aquí. De alguna forma, en el hospital. ¿Qué?
―¡Dean! ―grita Niko―. ¿Cómo diablos llegaste aquí?
Quiero preguntarle lo mismo pero de repente estoy sollozando.
Todo explota fuera de mí.
―Jake nos dejó y Astrid se enfermó, y no pude encontrar ayuda
por ninguna parte...
Josie me abraza y el doctor que está con ellos nos mira
boquiabierto.
―Tengo miedo ―digo―. Creo que se va a morir.
JOSIE
DÍA 36
Tengo sangre en las manos. Es de Dean. El vendaje de su cabeza
gotea sangre a la parte de atrás de su camiseta.
El doctor Cutlass me está mirando.
―¿Podemos ir con ellos? ―le pregunto―. Nuestra amiga nos
necesita.
―¿Conocen a Astrid?
Algo está pasando en los ojos del doctor. Están claros.
Presentes. Siento como si, tal vez por primera vez, el hombre
estuviera realmente con nosotros.
―¡Salgan del medio! ―grita una señora de pelo gris―. ¡Tenemos
que llevar a esta chica al quirófano!
Dean está sosteniéndose de Niko ahora.
―Está bien, Dean. Ella va a estar bien ―Niko le está diciendo.
Dean apenas puede estar de pie.
―Doctor Cutlass ―casi grito―. Todos estuvimos atrapados en una
tienda en Monument, Colorado, por dos semanas. Somos como
familia.
Se están yendo ahora, por el pasillo y Dean se tambalea hacia
ellos. Le dice a Niko: ―Por favor, ven conmigo. Tengo miedo. ¡Tengo
miedo y mi cabeza no está funcionando bien!
―¡Por favor! ―le ruego a Cutlass―. ¡Ellos dos son como familia
para nosotros!
―Esa chica es Astrid Heyman. Es la novia del mejor amigo de mi
hijo ―dice el doctor Cutlass―. ¿Ustedes son de Monument?
―Brayden Cutlass ―dice Niko, recordando―. El apellido de
Brayden era Cutlass.
El doctor Cutlass agarra a Niko de ambos brazos.
―¡¿Conocías a mi hijo?!
DEAN
DÍA 36
Josie y Niko habrán llegado a los cinco minutos. Está con
ellos una enfermera asiática. Está sonriendo tan ampliamente que su
rostro es puro dientes.
Habían llevado a Astrid al quirófano.
―Dijeron que tenía que esperar ―les cuento a Niko y a Josie
mientras se sientan uno a cada lado―. Me dijeron que esperara
afuera. Astrid está teniendo al bebé.
―Lo sabemos ―dice Josie―. Ya lo dijiste.
¿Lo hice? Parecía que no podía recordar de un segundo al
siguiente.
Mis pensamientos están lodosos otra vez. Peor que antes.
Aunque sea sé eso.
―Algo malo le sucede a mi cabeza.
―Por lo que se ve, tienes una contusión ―dice la enfermera,
observando mis pupilas.
Josie levanta una de mis manos y la aprieta.
―Pensé que nunca te volvería a ver, Dean.
―Astrid está teniendo al bebé ahora ―le cuento.
―Ya sabemos, cariño. Va a estar bien.
―Todo va a salir bien ―dice Niko. Toma mi otra mano en la
suya―. Estamos juntos ahora.
―Hay que cambiar esas vendas ―dice la enfermera, mirándome a
los ojos. Se va por suministros.
―No puedo creer que me haya dejado pasar de la prueba ―le dice
Josie a Niko.
―No te va a hacer la punción lumbar. Aún quiere sangre y
saliva, y Dios sabe qué más.
―Sí, pero nada de eso me va a matar.
―¿Quién quiere tu saliva?
―El padre de Brayden.
―Él trabaja en NORAD ―digo, recordando.
―Me iba a hacer un procedimiento, pero le contamos lo de
Brayden. Sobre como estuvimos todos juntos, y de cómo intentamos
salvar a su hijo.
―¿Josie? ―digo.
―¿Sí, Dean?
―Astrid está teniendo al bebé. Y tengo miedo de que se muera.
Traté tanto de mantenerla a salvo.
―Claro que lo hiciste ―dice Josie. Me frota el hombro. Es tan
bueno estar con ella. Con ella siempre se siente como en
casa.
―Astrid está teniendo al bebé ―le cuento.
La enfermera vuelve con algo de gaza y otras cosas. Inclino la
cabeza hacia adelante y la apoyo en el regazo de Josie.
La enfermera pone algo que arde. Después envuelve mi cabeza
otra vez.
También me alcanza un vasito con dos pastillas y un vaso
grande de agua helada.
* * *
Esperamos.
* * *
Josie y Niko se siguen robando sonrisas, diciendo: ―No puedo
creer que nos dejara ir.
* * *
Sé que debería preguntarles cómo llegaron al hospital militar,
pero no quiero. Sólo me quiero sentar y estar callado, y pensar
sobre Astrid.
Nos quedamos de esa forma por mucho tiempo.
* * *
Entonces sale Binwa.
Tiene puesto un traje naranja. Al principio no la reconozco.
Pero entonces la recuerdo y al viaje en ambulancia. Recuerdo estar
tan enojado con ella, pero ahora me alegra verla.
―Dean ―dice―. Dean. Ya eres padre.
Josie se ríe fuerte. Niko me da una palmada en el
hombro.
―Están trabajando en Astrid ahora, curándola. El bebé está
bien. Prematuro, por supuesto, pero los pulmones están bien. Ambos
van a estar bien.
―¿Astrid está bien? ―pregunto―. ¿Ella está bien?
―Lo hizo perfecto, Dean. Le detuvieron las convulsiones. Le
hicieron una cesárea, tenía que hacerse. Pero se ve genial.
―¿Ella está bien?
―Está bien ―dice Binwa, alejando un poco de cabello de mis
ojos.
Se da la vuelta para volver a las puertas dobles.
―¡Espera! ―digo. Hay algo que debería preguntar.
Binwa se gira hacia nosotros. ―Astrid está bien, Dean. Y tú
también te sentirás mejor pronto.
―No, no es eso. Es el bebé. ¿Qué es? ¿Niño o niña?
―pregunto.
―Es un varoncito ―dice Binwa―. 2.041 kilogramos.