CAPÍTULO TRES

DEAN
DÍA 31
Traducido por Dulales 
Irrumpí hacia las tiendas de alojamiento.
Las hojas de los árboles que bordeaban el campo de golf se encontraban en las etapas finales de caída. Rojo, dorado y muchos marrones, del ocre al chocolate.
Era difícil permanecer enojado en presencia de ese tipo de belleza natural exuberante y presumida. Pero me las arreglé.
―¡Dean! ―llamó Alex―. ¡Espera!
Me volví y lo vi correr a toda velocidad por la pendiente hacia mí. 
―Jake estaba presionando en serio ―dijo―. Parece que se está poniendo cada vez peor entre ustedes dos.
―¡Es un idiota! ―dije―. ¡Actúa como si todavía fuera su novio! Es una locura.
―Estoy de acuerdo ―dijo Alex. Tenía que caminar a paso doble para igualar mis zancadas.
―Jake siempre actúa tan correcto. Como si la mereciera, como si yo no.
―Pero ella está realmente contigo, ¿no? ―me preguntó Alex―. ¿Astrid?
Asentí.
Confíe en Alex para ir al grano.
―Sí ―le dije―. Creo que sí. Quiero decir, soy su novio. Eso está claro. Pero... a veces siento como si me mantuviera a distancia.
―Eso es sólo su personalidad, sin embargo. Ella no es una persona realmente demostrativa ―ofreció Alex. 
―No es demostrativa en lo absoluto ―dije. Y probablemente sonaba tan miserable como me sentía.
―Jake sólo te está molestando. Tú sabes eso. Él ve que estás preocupado por Astrid y está jugando contigo.
Me encogí de hombros.
―Oí que le decía a Astrid que él y su padre se iban a ir de regreso a Texas pronto, y diciéndole que ella debería irse con ellos ―le conté a Alex. 
―Eso es duro.
Caminamos.
―Mira ―dijo Alex―. ¿Recuerdas lo que mamá siempre solía decir? ¿Acerca de cómo manifestar la realidad?
Lo miré. Su cara estaba cambiando, me pareció. Alargándose.
―Sí ―dije. 
―Bueno, piensa en lo que estás manifestando con todas estas peleas y las dudas de ti mismo.
―¿Quieres decir que si paso tiempo preocupándome por Astrid volviendo con Jake, lo hará? ―pregunté.
―Quiero decir, si pasas un montón de tiempo teniendo miedo de eso, puedes hacer que suceda.
Absorbí eso.
―Porque, ¿quién quiere estar con un tipo que tiene miedo todo el tiempo? ¿Sabes lo que quiero decir? ―continuó.
―Sí― suspiré―. Sé exactamente lo que quieres decir.
―Anímate ―dijo Alex―. Podría haber algunas sorpresas buenas dirigidas hacia ti.
Tenía una sonrisa acechando la comisura de su boca, del tipo del “gato que se comió al canario.”
―Eso sería un cambio ―dije. 

* * *
Fue bueno estar solo en la Tienda J por un tiempo. Bueno, solo en nuestro cubículo/habitación para cinco personas. La tienda enorme estaba dividida en su centro largo por un corredor. Fuera del corredor había pequeñas “habitaciones” hechas por pantallas divisorias bajas. Dos literas una a cada lado contra las pantallas, y una cama individual se colocó bajo la ventana de plástico.
Esa cama, todos habíamos decidido, era de Astrid. 
Otros adolescentes huérfanos estaban en sus habitaciones, pero tenía la nuestra para mí mismo―ésta era la definición de tiempo a solas del campo de refugiados.
Escribí en mi diario. Siempre ayudaba.
Tal vez media hora más tarde, llegó Astrid, seguida por Jake.
Parecían estar peleando. Bien. 
―Sólo quiero descansar ―le dijo a Jake. 
Astrid estaba sosteniendo su vientre redondo. Su cara estaba torcida en una mueca de dolor. 
―¿Qué sucede? ―pregunté. Me incorporé demasiado rápido y choqué mi cabeza con la litera de Alex encima de mí. Jake rodó los ojos.
―Es un dolor. Abajo. Se siente como calambres. Yo sólo quiero descansar ―dijo Astrid. 
―Le dije que tenía que ir a la clínica. Es probable que tengan una píldora hecha para basura como ésta ―dijo Jake. 
―¡Y yo le dije que no voy! ―dijo Astrid―. Se están llevando a mujeres embarazadas, Jake. Sé que lo hacen.
―Astrid, sé que no debes decirle esto a una mujer embarazada, pero cariño, ¡estás actuando como una loca!
―Jake, creo Astrid sólo quiere descansar ―dije. Yo tenía mis manos afuera, tratando de hacerlos calmar. 
―¿Cómo explicas a Lisa? ―Astrid echaba humo. 
Astrid había conocido a un par de otras mujeres embarazadas en el campamento. Todas ellas se reunían y hablaban de los tobillos hinchados, estrías, no lo sé. Dos de ellas se habían ido de repente, en las últimas semanas. Ambas habían estado expuestas a los compuestos y ahora algunas de las mujeres embarazadas tenían la teoría de que el gobierno se las estaba llevando para analizarlas. 
Las teorías de conspiración eran una cosa de la que teníamos un suministro ilimitado en el campamento.
―¡Probablemente encontró a sus familiares y se fue! La gente se va todo el tiempo ―dijo Jake. 
―Lisa era mi amiga. Ella habría dicho adiós ―sostuvo Astrid―. Dean piensa lo mismo.
―Lo importante es cómo te sientes ―dije. Estaba tratando de dejar a un lado todo el problema.
―Exactamente ―Jake estuvo de acuerdo―. Sientes calambres, así que tenemos que ir a la clínica.
―No voy a ir, Jake. Sólo tengo que recostarme ―insistió Astrid. Se dejó caer sobre su cama. 
―Si se están llevando a las mujeres embarazadas que estuvieron expuestas, ¿por qué no han venido por ti todavía? ―preguntó Jake. 
―Déjalo, Jake ―dije. 
―Tal vez porque dos mil personas llegaron el mismo día en que nosotros lo hicimos ―continuó Astrid―. Tal vez perdieron mi archivo. A lo mejor está estancado en el fondo de una pila, pero no quiero llamar la atención sobre mí misma.
―Entonces, ¿no vas a ver a los médicos de aquí? ―preguntó Jake―. Como, ¿nunca? ¿Qué? ¿Dean va a recibir al bebé en el hoyo dieciocho?
Él tenía razón. Lo odiaba por estar en lo correcto. 
―El bebé no nacerá en otros tres meses ―dijo Astrid―. Estaremos en otro lugar en ese momento.
Astrid había recibido una ecografía el primer día que llegamos. El técnico de ultrasonido le había dicho que el bebé se veía muy saludable y grande para tener 4 meses y medio. Dijo que el bebé estaba tan desarrollado que pensó que Planificación Familiar se equivocó cuando le dijeron a Astrid la fecha de concepción y estaba como de 6 meses y medio de embarazo. 
Dijo que el bebé llegaría en enero. Habíamos pensado que sería en marzo.
Jake se volvió hacia mí. ―Dean, dile. Ella tiene que ir. Quiero decir, vamos. No compras estas tonterías del “ejército llevándose gente,” ¿verdad?
Astrid me miró, con la boca fija en una línea dura. 
―Bueno... ―dije―. Conocí a Lisa. Ella parecía muy agradable. Creo que es un poco raro que no le dijera adiós a Astrid. Ella seguía diciendo que tenía algo de ropa de maternidad que quería darle―
Jake rodó sus ojos, frunciendo el ceño de una manera que me dejó saber que él pensaba que yo era un dominado. 
―Y es el cuerpo de Astrid ―continué―. Yo no voy a poner presión sobre ella para hacer algo que no quiere hacer.
―Geraldine, dime, ¿tienes alguna opinión propia? ―preguntó Jake. 
―¡Sólo porque soy sensible a los sentimientos de Astrid no me hace una mujer, Jake! 
―Váyanse, ustedes dos ―gruñó Astrid―. A veces, ¡pienso que estaría mejor sin ustedes dos!
―Bien. Hasta luego ―dijo Jake. Se alejó. 
Astrid se puso de costado, colocando una almohada debajo de su vientre para mantenerlo arriba.
Al ver el dolor en mi cara, su mirada de acero se suavizó. Un poco. 
―En realidad no quise decir eso ―se disculpó―. Yo sólo... necesito una siesta.
―Está bien ―le dije. Me di la vuelta para irme. 
―Hey ―dijo ella―. Número uno: Por favor, no te vayas enojado, y número dos: ¿Quieres traerme un sándwich para la cena?
Sonreí. Ella me devolvió la sonrisa.
―Está bien y puedes apostarlo ―dije. Me agaché y le di un beso en la parte superior de su cabeza. 

* * *
Había encontrado a Alex y a Niko elaborando estrategias frente a la casa club. Me uní, pensando que cuanto más apoyo le pudiera dar a Niko para utilizar la vía diplomática, mejor. 
En Quilchena, había toda una oficina llena de letreros bilingües y trabajadores sociales canadienses afables que se pasaban el día haciendo llamadas y tomando llamadas, y luchando para ayudar a los refugiados a contactar con familia fuera del campamento. 
Oí una broma aquí, P: “¿Cómo consigues sacar a 100 canadienses de una piscina?” R: “¿Podrían todos por favor salir de la piscina?” 
Gracioso, porque es verdad. Nunca había visto a uno de ellos perder su temperamento.
Pero Niko le dio a la mujer con la que terminamos hablando una carrera por su dinero. Era una dama pálida llamada Helene con el pelo corto que estaba gris en las sienes. 
―Pensé que Josie estaba muerta ―Niko le dijo a Helene―. Ella era O, y estaba en el bosque y yo esperaba que nuestro amigo, Mario, de alguna manera fuera capaz de llevarla a su refugio, pero no lo esperaba realmente.
Niko dejó el periódico sobre la mesa de Helene y señaló a la fotografía de Josie. ―Y mira, ahí está ella. Está viva y está atrapada en uno de esos campos de concentración.
―Oh, ahora, espera allí ―dijo Helene―. ¿Campo de concentración? Eso no es justo.
―Reunieron a todos los tipo O que habían estado expuestos a los compuestos y los pusieron en un campamento. ¡Los están tratando como criminales! Tenemos a tipos O aquí en Quilchena que han sido expuestos y ustedes no están segregándolos, encerrándolos.
―Bueno, eso es cierto.
Era cierto, pero también era cierto que se habían visto obligados a llevarse a algunos O. Personas que enfurecían a la menor ofensa, que no podían dejar de inducir peleas, que no podían manejar las multitudes, las filas, la espera. 
―Mira a mi amigo Dean, aquí. Él es O y se vio expuesto. Él está bien.
Esto me puso un poco nervioso. No era que tuviera miedo de que ellos supieran sobre mi pasado, exactamente, pero yo no quería ser señalado, tampoco. 
Helene me dio una débil sonrisa y una leve inclinación de cabeza. 
Pensó por un momento. 
―Ciertamente no es la política aquí en Canadá contener a la gente de esa manera, pero escucha, voy a llevar tu caso a la junta de revisión y personalmente voy a hacer un caso para la transferencia de tu amiga ―le dijo a Niko. 
―¡Hey! ¡Eso es genial! ―dije. Palmeé el hombro de Niko. 
―Sólo tenemos que llenar algunos formularios, y también tendremos que conseguir una petición de vacante ―nos dijo Helene―. Hay un poco de lista de espera para nuevas solicitudes.
―¿Cuánto tiempo? ―preguntó Niko. 
―Probablemente una o dos semanas ―dijo Helene. 
―¿Y después de eso?
―¿Después de eso?
―¿Cuánto tiempo tardaría la transferencia? ―preguntó Niko. Estaba muy tranquilo entonces, muy tranquilo.
―Otra semana a diez días para procesar la transferencia.
―Gracias ―dijo Niko. Su voz era fría, casi robótica.
―Oh, bien ―dijo ella―. Me preocupaba que no fuera lo suficientemente rápido para ustedes. ¿Pero lo es?
Niko hizo un tenue asentimiento. ―Si ése es el camino más rápido...
―¡Lo es, a excepción de tú y yo conduciendo hasta allí y sacándola nosotros mismos! ―bromeó. 
Alex y yo intercambiamos una mirada. 
―Deja que te traiga las formas ―dijo Helene y ella se apresuró fuera de la habitación. 
Niko nos miró. 
―Capitán McKinley ―dijo. 

* * *
Como sucedió, el servicio de transporte a la base de la Fuerza Aérea había terminado por el día. 
―Consúltalo con la almohada, Niko ―le aconsejó Alex mientras caminábamos hacia el comedor―. Eso es lo que siempre me dices. Es necesario hacer un plan cuidadoso. No apresurándose.
―Ella está viva, Alex. Todo este tiempo pensé que estaba muerta. Quiero verla. Quiero decirle―
Niko se ahogó, y luego corrigió su curso, volviendo al tema: ―Éste es mi plan. Voy a ir a ver al Capitán McKinley y no voy a dejar su lado hasta que me diga que me va a volar fuera de aquí. Cuando llegue a los Estados Unidos, voy a hacer autostop.
El hacer autostop en realidad era la única parte buena del plan. No era tan peligroso como lo que solía ser. Con la escasez de gas, en realidad era contra la ley conducir tu coche con menos de tres personas en él.
No es que nosotros supiéramos, ya que sólo nos permitían salir del campamento en el autobús, pero por lo que había leído en los periódicos, se estaba haciendo para algunos paseos raros en coche por Estados Unidos. 
―Voy a necesitar una máscara de aire ―dijo Niko, pensando―. ¿Ustedes saben de alguien que tenga una para un trueque?
―¿Por qué? ¿Por las corrientes? ―preguntó Alex, conmocionado―. Niko, ¿crees que son reales?
Ésta era la mayor fuente de chismes y rumores en el campamento.
En el último discurso semanal por radio desde cualquiera que sea el lugar seguro no revelado en el que el gobierno de los Estados Unidos de América estuviera operando, el presidente Booker nos había asegurado que hasta donde él sabía, las corrientes eran sólo rumores. Dijo que el ejército le había asegurado que se completó la limpieza de los compuestos y que la zona de las Cuatro Esquinas estaba a salvo. (Quemada y bombardeada en un gigante desierto negro, pero segura.) Él prometió que si alguna vez llegaba a descubrir que había habido algún tipo de encubrimiento, iba a tomar medidas rápidas. 
Pero luego se volvió a hablar de los esfuerzos para albergar, alimentar y vestir a las siete millones de víctimas desplazadas por el megatsunami arriba y abajo de la costa este, y me dio la sensación de que sólo quería que las Cuatro Esquinas desaparecieran. 
―No me puedo permitir apuestas ―Niko le dijo a Alex―. No sé qué ruta voy a tomar. Podría estar cerca de la zona.
―No necesitas acercarte a ninguna parte de las Cuatro Esquinas ―interrumpí―. Te quedas al norte, muy al norte, y luego hacia abajo hasta Missouri. Pusieron los campamentos en las ciudades del medio oeste para mantenerlos lejos de las Cuatro Esquinas. No hay razón para que― 
―Si las corrientes son reales, y si me encuentro con ellas, soy hombre muerto ―dijo Niko―. Por lo tanto, voy a encontrar una máscara. Es parte del cuidadoso plan que estoy haciendo.
Niko le lanzó a Alex una mirada mordaz y se alejó.
―No es el mismo ―dijo Alex―. No solía ser así. ¿Sarcástico?
Me encogí de hombros. ―Muchos de nosotros son diferentes ahora.