CAPÍTULO TREINTA Y CINCO
DEAN
DÍA 35
Traducido por
MegarApollymi
Llevé a Astrid hasta el coche. Ella hizo una mueca a la luz
del sol cuando la llevé fuera.
―¡Adiós! ―dijo Rinée.
―Vamos a regresar ―le dije a ella y a J.J, quien permanecía
boquiabierto en la entrada, mientras Lea me ayudaba a poner a
Astrid en el asiento del pasajero.
―¡Adiós, Ean! ―repitió Rinée. Francamente, ella parecía feliz
de que nos fuéramos.
* * *
Conduje. Astrid estaba gimiendo. El movimiento del coche le
molestaba. Cada bache que golpeábamos la hacía llorar en voz
alta.
―Por favor ―dije, tendiéndole la botella de agua a gotitas que
Lea había puesto en el portavasos―. Toma un sorbo. Por favor.
Me hizo caso.
Su mano temblaba violentamente, yendo por la botella.
Nos llevé a la carretera, me dirigí hacia el norte.
―¿Te sientes algo mejor? ―le pregunté.
Tenía la cabeza colgando hacia abajo, apoyaba los codos en el
tablero.
Vomitó de nuevo, mirándome con miedo en sus ojos. Una mancha
de bilis verde en la barbilla.
―Está bien ―le dije―. Va a estar bien.
Se apoyó en la ventana y aceleré hasta ochenta. Si un policía
me detenía, bien. Tal vez nos daría una escolta.
―Ya casi, casi estamos ―le dije. Aunque no tenía idea de cuán
lejos estaba Joplin o el tiempo que nos llevaría llegar
allí.
―Es sólo una gripe ―dije―. Van a hacer que te sientas
mejor.
―Mi cabeza ―lloró―. Duele mucho.
Entonces comenzó a temblar.
Su cabeza se volteó hacia atrás y comenzó a convulsionar,
agitando los brazos.
Maldije y me desvié.
―¡Astrid! ¡Astrid! ―grité.
Tiré hacia el arcén y los autos pasaron haciendo ruido con sus
bocinas.
Traté de abrazarla. ¿Se suponía que debía poner mi mano en su
boca para que no mordiera su lengua?
No podía recordar y luego ella quedó sin fuerzas.
―¿Astrid? ¡Astrid! ―la llamé.
Estaba inconsciente.
Dejé escapar un sollozo desde mi pecho.
¿Qué hacer?
Salí. Traté de para un auto.
―¡AYUDA! ―grité. ―¡Que alguien me ayude!
Ninguno de ellos se detuvo. ¡Nadie iba parar!
Vi un camión del Ejército que se aproximaba.
Era uno, detrás había otros.
Volví al coche, me puse el cinturón y pisé el
acelerador.
El primer camión acababa de pasar cuando elevé la
velocidad.
Había ocho o diez camiones grandes verde olivo en el convoy y
un camión con plataforma que llevaba dos de la misma clase de jeeps
que habíamos visto en el avión de carga de Roufa en
Texas.
Les toqué la bocina, tratando de hacer que pararan, pero
aceleraron pasándome. En un instante, estaban por delante y me
quedaba atrás. Ellos me estaban abandonando, literalmente, en el
polvo.
El último camión estaba lleno de soldados, y como yo toqué y
agité mi mano por la ventana, un soldado que fumaba un cigarrillo
asomó la cabeza y me miró.
―¡Por favor paren! ―grité, aunque por supuesto él no podía
oír―. ¡Necesito ayuda! ¡Necesito ayuda!
El soldado tomó el cigarrillo y me lo arrojó. Luego se echó a
reír y volvió su cabeza dentro de la lona.
Mi pie pisó el acelerador, como si perteneciera a otra
persona. Empujé el pequeño Mazda a todo lo que daba, 80—85—90, y lo
coloqué junto al último camión.
Vi al soldado en el asiento del pasajero mirarme,
desconcertado, y luego llevé el Mazda más y más cerca del
camión.
Lo empujaría fuera de la carretera, a la mediana. Conseguiría
su maldita ayuda. Iba a conseguirla.
El camión se detuvo en la mediana y oí el chirrido de metales
pesados cuando frenaba hasta detenerse.
Salí detrás de él, casi embistiendo por detrás.
Santo Todopoderoso, ¿qué había hecho?
Mi puerta se abrió de golpe y un soldado musculoso me arrastró
por mi camisa y me golpeó contra el auto.
―¿Qué demonios crees que estás haciendo? ¿Quieres que te
dispare?
―Mi novia y yo somos buscados por el laboratorio de
Investigación Médica del Ejército de Estados Unidos para pruebas
médicas ―dije―. Estamos entregándonos.