CAPÍTULO DIECISÉIS
JOSIE
DÍA 33
Traducido por
SoyAdictaAPatch♥
Estamos en nuestro cuarto. Los niños están jugando al Rock
Chuck, un juego que inventó Freddy usando algunas rocas pequeñas y
pedacitos de grava que los niños recogieron en el patio.
Rock Chuck es un juego en el que se colocan obstáculos en el
suelo y luego hay que tirar las piedritas para hacerlos caer. Una
especie de Angry Birds casero y patético, que yo solía jugar cuando
tenía su edad.
Mario está jugando al Rock Chuck con los niños. Me preguntaron
a mí también si quería jugar, pero me negué.
Mario quiere que vaya a la clínica.
Mis estúpidos nudillos no se ven bien. Inflamados, muy rojos.
Debajo de la piel, cerca de los cortes hay una supuración
blanquecina.
―¿Me prometes que te quedarás aquí? ―le pregunto.
―Soy el siguiente ―gruñe―. Por supuesto que me quedaré. ¿A
dónde crees que voy a ir? ¿Volar a Marte?
Eso hace que los niños se rían.
Pongo los ojos en blanco. ―Sabes lo que quiero decir.
No quiero que vaya a la cerca a tratar de decirles a los
reporteros que estoy aquí. Él le había susurrado el secreto de mi
identidad a una de sus amantes corpulentas en Plaza 900. Tenemos
que esperar y ver.
Mario me manda a otra parte, así que voy a la clínica.
La clínica se encuentra en Rollins, por el lado norte del
puesto de contención para Os.
Ir allí significa una espera interminable en una línea
asquerosa.
La doctora me había dicho que fuera, claro, pero eso no
significa que puedo colarme al principio de la línea.
La clínica es una suite de tal vez cuatro
habitaciones―construida para acomodar los resfriados, las gripes, y
los excesos de bebidas de los universitarios del Mizzou alojados en
las Virtudes.
Ahora está ocupado por las víctimas de traumas desnutridas
sufriendo toda clase de lesiones horribles y enfermedades.
Según yo lo entiendo, hay un puñado de prisioneros con
entrenamiento médico―tipos O que pueden ser de ayuda. Ellos hacen
turnos con un par de buenos samaritanos, doctores y enfermeras, a
quienes les paga el estado para que cuiden de nosotros.
Entro en la fila detrás de una mujer con la cara arrugada y el
cabello rubio veteado. Su pelo es del tipo rubio frío y teñido,
pelo que toma horas en el salón de belleza.
Tiene cinco centímetros de raíces castañas, todo el desastre
luce grasoso y está atado hacia atrás con lo que parece una pieza
vieja de cuerda de trapeador.
Se voltea y me mira sobre su hombro.
Cuidadosamente estudio mis nudillos llorosos, evitando el
contacto visual.
―Estuviste afuera ―me dijo―. Lo puedo ver.
Su aliento apesta a lo loco.
Estoy segura que el mío también.
―Yo también lo estuve. ―Ella intenta sonreír―. Vivíamos en
Castle Rock. Y el día que llegaron los compuestos, mi esposo, él
sólo se esfumó en un charco de sangre. Teníamos nuestra propia
compañía. Vendíamos seguros. Todos los tipos. De salud, de auto, de
hogar, de vida, de lo que sea.
Miro al cielo.
―Pienso en todos nuestros asegurados. Deben estar
telefoneándonos a mí y a Dave día y noche. Pero, ¿qué puedo hacer?
Dave, él se esfumó. Sólo había huesos y carne y sangre, y yo sólo
enloquecí. Quiero decir, realmente lo hice.
Deseo que deje de hablarme.
Está mirando a lo lejos y es casi como si estuviera hablando
consigo misma.
Olfateo mis nudillos. Huelen, hmmm, agrio.
―Tengo un seguro de quinientos mil dólares sobre él, pero no
sé si podré cobrarlo. ¿Acta de defunción? ¿Cómo la conseguiría? Él
era un charco de sangre, como dije. Era sangre y huesos al final.
Su sangre silbaba como si estuviera prendida fuego.
Por favor que se detenga. Pongo mis dedos en mis orejas, pero
aún puedo oírla.
―No me siento bien, aún. No me siento bien de la cabeza ―dice,
como explicando por qué está en la fila―. Y tú tampoco. Ninguno de
nosotros lo hace. Y no sé si alguna vez lo haremos. Simplemente no
lo sé.
Me está mirando a los ojos y sé que no me dejará tranquila
hasta que le responda.
Bajo mi brazo, evitando el contacto.
―Sí ―susurro―. Todos estamos rotos.
―Lo sé. ―Asiente―. Es la verdad.
* * *
Avanzamos un poco en la fila larga.
Mi estómago está empezando a gruñir.
Y luego Aidan viene hacia mí llorando.
Y sé que Mario ha ido hacia la cerca.
* * *
Corro con Aidan en mis talones.
―Estaba intentando obtener su atención sobre la cosa del
artículo ―dice Aidan mientras corremos.
Es como el otro día, una aglomeración de prisioneros en la
cerca, todos gritando a los cuatro o cinco reporteros del otro lado
de la segunda puerta, quienes les gritan preguntas y lo graban
todo.
Veo que Venger y algunos otros ya están allí con las armas
tranquilizantes.
―¿Dónde están los otros? ¡¡Trae a los demás!! ―le grito a
Aidan.
Al principio no lo veo a Mario y luego veo que se ha caído y
está siendo aplastado contra el piso.
―¡Mario! ―grito y me sumerjo en el embrollo de cuerpos,
algunos cayendo, ahora por los dardos, otros empujando y luchando,
aún gritándole a los reporteros.
―¡Nos están matando aquí! ―grita un hombre.
―¡Nos matan de hambre!
Tengo una mano en Mario. Está inconsciente y trato de ponerme
sobre él para protegerlo de ser aplastado por otros cuerpos. Uno a
uno la gente va cayendo floja a medida que los dardos los
tocan.
Me surge la ira. Un cerco eléctrico de adrenalina se enciende
en mí, listo para llevarme a la lucha. Quiero herir a la gente,
empujarlos y hacerlos pagar por haber herido a mi Mario, pero me
grito en mi cabeza.
PROTEJELO―aguanta tu posición y mantenlo seguro.
Luego hay sólo un par de nosotros todavía conscientes y veo
llegar a algunos soldados y alejar a los reporteros de la cerca del
otro lado.
Estoy agazapada sobre Mario ahora.
―Mario, Mario, ¿me escuchas? ―le pregunto.
Su cabeza se cae hacia atrás sobre sus hombros cuando
levanto su torso. Sus piernas están trabadas debajo del cuerpo de
una mujer gorda. Tiene sangre en la cabeza, pero no es
necesariamente suya.
No me puedo dar cuenta si está herido o sólo es un
dardo.
Me pongo de rodillas y lo saco de debajo de la maraña de
cuerpos. Con mis manos debajo de sus brazos lo arrastro sobre los
otros.
―Mario, Mario, ¡soy yo! ―grito sobre el caos.
Veo que su brazo está colgando mal. La mano moviéndose hacia
el costado de un modo en que las manos no pueden cuando los huesos
estás intactos.
Lo empujo tan delicadamente como puedo, mientras trastabillo
con los cuerpos en el suelo. Piso sobre piernas, brazos y pelo.
Sólo algunos moretones más para ellos cuando despierten.
Empujo a Mario sobre los otros prisioneros caídos y lo acuesto
en el suelo. El brazo está mal. Claramente mal.
Los guardias se retiran y ahora están sacando cuerpos de la
pila y acostándolos en filas.
Lori y los otros niños se acercan a Mario, besándolo y
llorando.
―¡Despierta! ¡Despierta! ―grita Heather.
―¡Atrás! ¡No lo toquen! ―grito―. ¡Su brazo está roto!
―¿Qué hacemos? ―gime Lori―. ¡Dios mío! ¡Mario!
Y en ese momento me doy cuenta que no respira fácilmente.
Parece estar jadeando.
Me inclino y acerco mi oído a su boca.
―¡Cállense, chicos! ―grito.
Debe tener un pulmón perforado o algo así.
―Debemos llevarlo a la clínica. Ahora ―les digo. ―Lori,
ayúdame. Voy a levantar su cuerpo, tú quédate a su lado,
sosteniendo su brazo. Trata de no dejarlo colgando o que se rote en
un mal sentido.
―¿Qué quieres decir con que se “rote en un mal sentido”?
―¡No lo dejes rotarse en ningún sentido! Ahora a la cuenta de
tres.
Lo levantamos.
* * *
Los cuerpos inconscientes son pesados. Pero no tanto como los
muertos.