CAPÍTULO NUEVE

DEAN
DIA 32
Traducido por Leenz
Astrid seguía repitiendo: ―Dios mío.
Yo me quedé con un: ―Está bien.
―¡No está bien! ―soltó―. Ella definitivamente va a buscarme. Con esa carta, tiene mi verdadero nombre, mi historia. ¡Me va a delatar!
Su rostro estaba enrojecido y su respiración agitada. Se iba a poner mal si seguía con esto, pensé, y entonces solté: ―¡Suficiente! ¡Basta! Tenemos que pensar en lo que te dijo.
La tomé de los brazos y la obligué a mirarme.
 ―Dijo que la mayoría de las mujeres se negaron al principio, pero luego cambiaron de parecer cuando supieron del dinero.
Su expresión cambió a una de duda.
 ―Y dijo que las mujeres embarazadas que estuvieron expuestas, necesitan cuidados especiales, Astrid. Creo que deberíamos decirle la verdad y escuchar lo que tiene para decir. Necesitamos pensar en la salud del bebé.
―¿Crees que no estoy preocupada por la salud del bebé? ―Ahora estaba enfurecida―. Me recuesto en las noches y siento cómo se mueve. ¡Y me preocupo sobre qué puede estar mal! Tan sólo quiero ir a un lugar seguro.
―¡Pero es seguro aquí!
Astrid apartó la mirada. Continúe. ―Es sólo... que no creo que el Ejército de los Estados Unidos se lleve a las mujeres sin su consentimiento. Sería totalmente ilegal, Astrid. Sería inmoral. Incorrecto.
Esperé a que ella dijera algo como “es ilegal que ellos mantengan a los tipos O encerrados en Missouri.” O, “¿No fue inmoral que los Estados Unidos crearán esos compuesto en primer lugar?"
En lugar de eso, me miró a los ojos y dijo: ―Quiero encontrar a Jake.

* * *
Yo echaba chispas.
Buscamos a Jake en el campamento y estaba enfurecido.
Aquí estaba yo, apoyándola completamente, intentando ayudar a que se calmara, que razonara, y ella iba hacia Jake en el primer desacuerdo.
Tal vez Jake tenía razón. Tal vez soy mandilón. Tal vez me rendía ante ella todo el tiempo. ¿Por qué otra razón me calla cuando intento razonar con ella?
El hombre en cuestión, por supuesto, no estaba por ninguna parte.
No estaba en el comedor. (Afortunadamente aún servían desayuno. Me devoré un emparedado de huevos con dos rebanadas de tocino, mientras Astrid esperaba de pie irritada, golpeando su pie con impaciencia. Ella no quiso comer nada más que un plátano. Dijo que el olor del huevo le daba asco.)
Tampoco estaba en los jardines―por lo que pudimos ver.
Y tampoco en la sala de entretenimiento.
Y de paso, tampoco encontramos a Alex y a Sahalia.

* * *
Finalmente, encontramos a la señora McKinley y a la señora Domínguez, con los niños, muy, muy lejos por el hoyo 11. Estaban construyendo una casa de juego entre los árboles que se encontraban a orillas del camino.
―¡Astrid! ¡Dean! ―gritaron todos los chicos menos Chloe―. ¿Vieron la carta? ¿No es genial?
―Sí ―les dije a todos―. Muy genial.
―¡Alex dijo que eso ayudará a encontrar a sus padres! ―chilló Caroline―. ¡No puedo esperar para conocerlos!
―¡Mira nuestro fuerte! ―dijo Max.
―¡Estamos construyendo una pared! ―dijo Ulises, señalando una construcción de palos irregular apoyada en un gran árbol de arce.
―Muy genial ―dije.
―¿Qué pasa, mamá junior? ―le preguntó Henry a Astrid.
No sé si es porque estaba embarazada, o porque si ellos tenían a su “mamá grande”, decidieron llamar a Astrid mamá junior. Generalmente ella sonríe a esto, pero hoy no.
―¿Han visto a Jake? ―les preguntó Astrid a las otras mamás.
 ―Sí ―dijo la señora McKinley―. Lo vimos en el desayuno. Dijo que iba a ir con Niko a la Base de la Fuerza Aérea.
Astrid agitó sus manos.
―¿Está todo bien? ―preguntó la señora McKinley.
Astrid apartó la mirada. Conocía esa expresión―si ella empezaba a hablar, iba a llorar.
Eso conmovió mi corazón. Un poco.
―Sólo necesito hablar con él ―dijo Astrid.
―Y yo estoy ayudando a Astrid a buscarlo. ―No puede evitarlo―. Ósea, yo cuido de Astrid y la ayudo a conseguir todo lo que quiera. Ése es mi trabajo. Hago lo que se me dice. 
Había sorpresa en la cara de la señora McKinley en cuanto oyó mi tono sarcástico.
―Ignórelo ―dijo ella―. Es un idiota celoso.
Astrid se giró y se fue hacia la casa club.
Había un servicio de transporte rumbo a la Base de la Fuerza Aérea cada hora.
La seguí.
―No necesitas venir conmigo ―me dijo.
―Lo sé ―le contesté.
―Entonces no vengas.
―Necesito hablar con Niko, de todas formas.
En parte era verdad.
Pero la verdad fui porque... porque era un idiota celoso. Estaba preocupado por lo que Jake pudiera decir o hacer cuando yo no estaba alrededor.

* * *
Según lo que descubrió Alex, la razón principal por la que el campamento de refugiados se hubiera establecido en un campo de golf de Quilchena era por ser un área inmensa de espacio abierto que estaba cerca del Aeropuerto Internacional del Sur de Vancouver, el cual funcionaba temporalmente como Base de las Fuerza Aérea de Estados Unidos.
Y parte de la razón por la que el Capitán McKinley hizo que nos trajeran a todos a Quilchena, fue porque así vería a su familia más seguido si estábamos aquí. Esta base improvisada era el centro de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos para apoyar a los miles de refugiados americanos alojados a lo largo de costa oeste de Canadá.
Los suministros iban y venían desde esta base, refugiados llegaban y se iban diariamente, y había oficinas del Ejército para solicitar las transferencias y otros trámites.
Todo lo que tenías que hacer para ir a la base era darles tu número de seguridad social. Querían saber dónde estaban todos en todo momento.
La seguridad era muy estricta en la base y la guardia patrullaba las orillas del campamento, así que supongo que no les preocupaba que nos escapemos.
Me pregunto qué hará Astrid cuando se acerque el transporte. ¿Usará su propio número o el que inventó en las oficinas médicas?
Estaba demasiado molesto para preguntar.
Ella puso su número de seguridad social real en la hoja que le dio el conductor.
Me miró y encogió sus hombros.
―Ellos saben todo lo demás sobre mí ―me dijo.
Estaba confiando en mí. 
Pero yo seguía demasiado molesto. ¿Qué piensa que dirá Jake que sea diferente a lo que ya le dije? No sería más amable o comprensivo sobre esto. ¿Qué es lo que quiere de él, ahora y en cualquier momento?

* * *
En la base, no nos tomó mucho tiempo encontrar a Niko y al Capitán McKinley, pero a Jake no lo vimos.
El capitán lucía molesto. Niko básicamente fue tras él como alguien que hace una inspección de equipo en un helicóptero tan grande.
―No necesitas aprobar mi plan para ayudarme ―es lo que Niko discutía mientras nos acercábamos.
―No voy a arriesgar mi trabajo para ayudar a un chico de 17 años en una persecución absurda ―escupió McKinley.
Niko tenía 16 años, pero no pensaba corregirlo.
―Hola, chicos ―dije cuando estuvimos cerca.
―¿Jake está con ustedes? ―preguntó Astrid.
―Está visitando a alguien que conoce del área de transportes ―dijo Niko―. Está detrás de este edificio.
―Ugh ―murmuró Astrid mientras se sobaba la espalda. Lucía adolorida.
―Hey ―dije―. ¿Por qué no te sientas y yo voy por él?
―No. Iré yo. Quiero hablar con él, a solas.
De acuerdo, está bien.
Exhalé tratando de lucir calmado.
Ella se dirigió al exterior.
―¿Qué ocurre? ―preguntó Niko―. ¿Están peleando otra vez?
McKinley se alejó hacia el helicóptero, tal vez feliz de haberse quitado a Niko de encima por un momento.
―Sí, supongo. ¿Hey, viste la carta?
―No, ¿cuál carta?
Les conté a Niko y al Capitán McKinley sobre la carta.
―¿Crees que me pueda ayudar a traer a Josie? ―preguntó Niko todo emocionado.
―Tal vez ―le dije.
―Apuesto que si atraemos a la prensa hacia Missouri, le mostramos que la chica “presuntamente muerta” de los 14 de Monument está en realidad adentro, podrían poner presión para liberar a Josie. ¿Qué piensa, Capitán McKinley?
―Pienso que la publicidad ayudaría a transferirla aquí. Lo cual sería seguro y legal ―dijo McKinley.
Niko alzó las manos.
El Capitán McKinley dejó lo que estaba haciendo y fue al frente del helicóptero. 
―¿Cómo está Astrid? ―preguntó―. ¿Kara dice que no se ha sentido bien?
―Ha tenido algunos calambres. Hoy fui con ella a la clínica.
―¿No quería ir?
Ahora se encontraba apoyado sobre la nariz del helicóptero.
―Ahh... ―me callé. No quería contarle al capitán de las fantasías paranoicas que tenía Astrid sobre el ejército. Podría sentirse insultado.
―Ella escuchó algo sobre mujeres que estaban siendo presionadas para hacerles análisis.
Ésa fue la manera menos directa de decirlo.
―¿Pero se siente bien?
―Tiene algunos calambres. La enfermera dijo que necesita más vitaminas y descansar. Pude ver al bebé en el ultrasonido.
―¿No es maravilloso? ―preguntó McKinley.
―¡Me voló la cabeza!
―Recuerdo cuando vi a los gemelos, muy unidos. Brazos y piernas enredados. ¡Una vez estaban chupándose los dedos! ¡Los dos al mismo tiempo!
Había un brillo en su rostro al recordar ese momento.
Astrid volvió con Jake.
Ella lucía furiosa.
―¡Dean! ―dijo Jake, muy alegremente, y al instante vi que estaba borracho―. ¡Escuché que somos famosos!
―¿Ya es mediodía? ―pregunté.
―Nunca es muy temprano para un juego de cartas amistoso ―farfulló―. Y mira, ¡gané!
Tenía un puñado de dinero.
Intentó poner un brazo alrededor de Astrid.
―No me toques ―dijo ella gruñendo.
―Whoa, whoa, cálmate ―dijo Jake.
―Astrid, creo que deberíamos regresar ―dije.
―¿Adónde? ―preguntó ella, con toda su frustración―. ¡No hay ni un lugar seguro para mí! ¡Esa enfermera probablemente me está esperando en la tienda!
―De verdad ―insistí―. Deberíamos irnos.
No quería que hablara sobre la cosa del secuestro delante de McKinley.
―Niko. ―Astrid se giró hacia él, rogando―. ¿Me llevarías contigo? ¿Me llevarías contigo para ir por Josie? ¡Podemos irnos esta noche! ¡Yo iré contigo!
Niko no sabía qué decir.
Pero el Capitán McKinley dio la vuelta al helicóptero hacia nosotros.
―¿Astrid, qué es lo que pasa? ―preguntó él.
―Hay una enfermera que sabe mi nombre, sabe que estuve expuesta y me estaba presionando para que autorice a los científicos del ejército a hacer experimentos conmigo y el bebé…
―¿Estás segura…
―¡Y NADIE quiere ayudarme! Todos creen que estoy siendo paranoica.
El capitán frotó sus manos sobre su cara. Luego las bajó.
―Los llevaré ―dijo el capitán―. A los dos, esta noche.
―¡¿Qué?! ―exclamé.
―Se supone que volaré esta tarde, pero pediré unas horas más ―dijo McKinley con una voz calmada, serena y mortalmente seria―. Regresen a Quilchena. Empaquen sus cosas y despídanse.
―Espere un minuto, espere. ¿Qué? ―dijo Jake.
―Ellos han estado trasladando mujeres. Por la noche ―nos dijo el capitán―. Los he visto hacerlo, un par de veces. Pregunté sobre ello y me dijeron que no era de mi incumbencia y que las mujeres habían firmado el consentimiento, etc, etc.
Astrid se balanceó sobre sus pies. Llegué a ella y tomé su brazo.
―¿Pero? ―preguntó ella.
―Me he preguntado, si ellas dieron su consentimiento, ¿por qué iban todas drogadas?

* * *
Acordamos con el capitán que pasaría por el hoyo 11, donde estaba el fuerte de los niños, a alrededor de las 10 de la noche.
En lo que no podíamos ponernos de acuerdo era en quienes íbamos a ir.