CAPÍTULO DIEZ
JOSIE
DÍA 32
Traducido por Yann Mardy
Bum
—Querías limpiar —dice Venger—. Entonces limpia.
Claro, por supuesto, para limpiar—limpiar
apropiadamente un charco de orina del piso del
patio—querrías un balde y un trapeador. Una esponja. Agua caliente.
Un poco de Mr. Clean , tal vez, o al menos algo de lejía.
Mejor aún, empezar por barrer primero la suciedad, así no se
armaría un pastel dentro del balde.
¿Y qué tengo? Tengo una toalla sucia.
En nuestro primer día, Mario me dijo el mantra de cuatro
palabras para sobrevivir: —Mira abajo. Parece tonta.
Dijo que me mantendría con vida en las Virtudes.
Mira abajo. Parece tonta.
Froto los adoquines de piedra con la toalla.
La mayor parte de la orina cayó en las grietas, de todas
maneras. No hay forma de sacarla. Tendrá que secarse sola. Por la
mañana ya no se verá.
Pero Venger me quiere ver fregar, así que lo hago.
La piel de mis nudillos no se sale de inmediato. Empieza a
hacerlo aproximadamente media hora después. Tengo que ser más
cuidadosa; de alguna forma los cables en mi cerebro están en mal
estado. Las cosas ya no duelen de la forma en que solían
hacerlo.
¿Cómo sabes que te has lastimado la piel de los dedos? Duelen,
y cuando miras hay sangre en tu toalla.
Siento mis rodillas, sin embargo. Duelen. Se siente como si el
frío de la piedra se estableciera en mis huesos.
* * *
Escucho a nuestro grupo regresar del comedor.
Escucho a Heather gritar: —Ella aún está aquí. —Y escucho que
la hacen callar.
* * *
Venger saca un paquete de cigarrillos.
—Es difícil conseguir cigarrillos aquí. ¿Sabes cómo los
conseguí? —Me habla como si yo fuera la camarera en su guarida
habitual.
―Cada semana, enviamos a cerca de quince o veinte prisioneros.
Todos tipo O. Todas las personas que han estado expuestas durante
más de un par de horas. Un montón de jefes. Me piden los
peores.
Enciende un cigarrillo. Puedo olerlo.
Mis rodillas se entumecen. Se sienten como hechas de metal
congelado. Pero mi espalda grita.
—Se los llevan. No sé adónde. Y hacen experimentos con
ellos.
Está refrescando ahora, pero no es por eso por lo que mi
cuerpo tiembla.
―Sólo quería que lo supieras, así la próxima vez ni piensas en
faltarme el respeto, o hacer alarde de Scietto y el paquete de
mocosos, o simplemente no hacer nada, lo más insignificante que sea
fuera de lugar.
Está de pie junto a mí y puedo oler su espantoso aliento
mezclado con el humo del cigarrillo. ―Esto es lo que quiero que
tengas en mente: Puedo enviarte a un lugar aún peor que éste.
No puedo evitarlo. Me río.
―¿De verdad? ―digo las palabras.
La idea es tan absurda.
Emite un sonido y suena como risa.
Echo un vistazo por sobre mi hombro y veo que también se está
riendo.
De alguna manera creo que eso significa que puedo levantarme.
El calvario parece haber terminado.
Me apoyo sobre mis talones. Limpio mi frente.
—¿Qué estás haciendo? —me pregunta, aún riendo.
—Pensé… Pensé que habíamos terminado.
—No —dice―. Aún no. Voy a tenerte aquí afuera hasta que entre
el último grupo. Es más seguro para ti si esperamos hasta después
del bloqueo.
—Creo que… por favor —digo—. ¿Puedo irme ahora?
Se inclina hacia mí, asintiendo con la cabeza, como si le
gustara lo que está viendo, supongo. Que estoy rota.
Abre sus fauces y dice: —No. Por. Ahora.
* * *
Escucho que el grupo siguiente va a Plaza 900.
Los escucho regresar.
Mis rodillas están sangrando.
En alguna parte los grillos se ponen a cantar. No hace
demasiado frío para ellos, supongo.
Pronto estarán muertos.
Mi mano izquierda sigue acalambrándose.
* * *
El último grupo va a cenar.
Turnos de cuarenta y cinco minutos.
Luego otros treinta minutos para tener a todos
encerrados.
Mis caderas se sienten en carne viva.
* * *
Se me caen las lágrimas y eso está bien, puedo usarlas para
limpiarme. Gota, gota, gota. Las marcas pequeñas y oscuras de las
lágrimas desaparecen bajo la curva de la toalla.
No sabía que aún podía llorar. Casi pensé que era
lluvia.
No debería haberme involucrado.
―Puedo cuidarme a mí mismo, por todos los cielos —se quejó
Mario el día después que lo salvé de que Venger le abriera la
cabeza en la valla. Se suponía que debía dejar que los guardias le
revienten la cabeza como un melón, si ése era el caso.
Se suponía que yo debía mantener la cabeza gacha hasta que
fuera liberada.
―Soy un hombre viejo ―dijo―. No le tengo miedo a morir. Pero
tú, tú eres mi proyecto. Tú eres mi última acción buena en este
mundo, y vas a salir viva de aquí.
Ja-Ja. Veo el truco.
Debo cuidarme por su propio bien.
La mancha se ha ido y sostengo la toalla, ahora destrozada,
entre mis palmas.
Le pregunto a Dios si podría ser un buen momento para terminar
con esto.
Sé que todo lo que tendría que hacer es ponerme de pie, ir
hacia Venger y él acabaría conmigo. Tiene un arma. La lleva de
forma que todos podamos ver la funda de cuero.
No es el tipo de arma antidisturbios que llevan los guardias.
Ésas son armas grandes semiautomáticas cargadas con dardos
tranquilizantes.
La de Venger es una pistola cargada con balas de verdad.
Dios, rezo. Dame una señal para saber si debería terminar con
todo esto.
No hay señal.
―Dame una señal para saber si no debería hacerlo.
―Debo haber murmurado en voz alta.
―¿Qué has dicho? ―pregunta Venger.
―He dicho, ¡Dios, por favor dame una señal para saber si no
debería terminar con esto! ―Me siento sobre los talones,
sosteniendo mi cara mojada entre mis manos. Venger se inclina y me
agarra por uno de los nudos de mi pelo. Tira para arriba y quedo
sobre mis rodillas con el cuello tenso.
―Creo que sientes mucha pena por ti misma ―dice―. Tal vez
ahora estés pensando, “Este idiota de Venger, va en serio. Lo dice
EN SERIO. Tal vez no debería PRESIONARLO más.”
Comienzo a temblar. Y el pobre diablo piensa que estoy
temblando de miedo.
No, mi sangre va en aumento y me estoy conteniendo de tratar
de matarlo.
Maltratada, sangrando, estrujada como estoy, quiero envolver
mis dos manos alrededor de su cuello y APRETAR.
―Disculpe, señor Venger ―llega una voz y el sonido de tacones
por el patio―. ¿Es esto realmente necesario?
Venger suelta mi cabello y me caigo hacia delante, sobre mis
nudillos sangrantes.
―Ha forzado a esta joven a fregar este mismo sitio desde que
fui a hacer mis rondas, hace dos horas.
―Puede parecer inofensiva para usted, doctora Neman, pero es
realmente un animal.
―Me resulta difícil de creer.
Está empeorando la situación, señora, quiero decirle. Sólo
déjenos. Casi ha terminado.
―Ya casi termina, ¿verdad, Josie? ―me pregunta Venger.
Asiento.
Cabeza gacha.
La doctora se agacha. Inclino mi cabeza, evitando su mirada
inquisitiva. ―Ven a la clínica mañana y vamos a vendar esos
nudillos ―dice.
Y suspiro mientras se aleja golpeando sus talones.
Ahora no puedo hacer que Venger me mate.
Porque esa doctora fue una señal de Dios y no puedo
ignorarla.