CAPÍTULO VEINTICUATRO
JOSIE
DÍA 33
Traducido por
Kiiariitha
Intento que los niños pequeños se vayan al cuarto de la madre
delgada pero se niegan.
―Podemos pelear ―me dice Freddy, brincando en sus pies―. Somos
O, como tú.
―No son O como yo ―digo―. Espero que nunca sean O como
yo.
―Bueno, eres una de nosotros y protegemos a los nuestros
―insiste él―. Nos mantenemos unidos.
―Sí, supongo que lo hacemos ―le digo. Desordeno su
cabello.
Comenzamos a apilar muebles contra la puerta.
Primero ponemos la cama individual grande contra la puerta.
Está hecha de madera y más pesada que las literas que son sólo de
metal.
Luego ponemos la cómoda sobre ella.
Como todos los dobles, tenemos dos cómodas. Idénticas, hechas
de madera revestida chapeada con abedul. Ambas básicamente vacías,
ninguno de nosotros tiene siquiera una muda de ropa.
Hay un par de zapatos viejos de hombre cerca del fondo del
cajón de una de las cómodas. Mario está guardándolos para
intercambiarlos en caso de que las cosas se pongan feas, por comida
por ejemplo.
También hay una docena de paquetes de azúcar, y un salero que
había tomado en nuestro primer día en Plaza 900. Aquellos también
podrían ser utilizados para un intercambio.
Me siento en un borde libre de la cama. Mi peso puede añadirse
a nuestro bloqueo patético.
Sabemos que son las nueve en punto cuando escuchamos la
campana y las luces se apagan.
Lori trata de llevar a los otros niños hacia la otra
habitación y de acostarlos en la litera.
―Vamos, chicos ―regaña Lori―. ¿Qué les diría Mario que
hicieran? Les diría que se fueran a dormir y lo saben.
―Pero no estoy cansada ―protesta Heather.
―Es estúpido pensar que nos iremos a dormir ―insiste
Freddy.
Lori intenta poner una mano sobre su hombro y él esquiva su
agarre.
―Ustedes necesitan irse a la cama ―digo intentando ayudar a
Lori.
―Me quedaré despierto para pelear ―dice Freddy.
―Yo también ―dice Aidan―. Te lo debo, después de cómo te metí
en problemas con Venger.
―No me lo debes ―le digo―. Venger la tiene conmigo desde el
principio. Simplemente estaba esperando que cometiera un
desliz.
―¡Bueno, no me iré a dormir y es definitivo! ―grita.
―¡Sí! ¡No nos iremos a dormir! De ningún modo.
―Bien ―dice Lori―. Quieren quedarse despiertos, ¡Quédense
despiertos! Como si me importara.
Ella va y se queda parada cerca de la ventana, mirando hacia
el cielo nocturno teñido de fluorescente de nuestro campo de
contención.
Rascó mi cabeza.
―Chicos, ¿ustedes han oído hablar de la señora Wooly? ―les
pregunto.
Aidan me mira con recelo, como si estuviera intentando
engañarlo.
―¿Quién es la señora Wooly?
―Es un nombre tonto ―dice Freddy, aún brincando en las puntas
de sus pies.
―Les digo qué ―digo―. Si se meten en la cama...
Un coro de no y de ningún modo.
―Métanse en la cama y les contaré.
Tres pares de brazos cruzados y expresiones desafiantes.
―Miren, no es como si se fueran a dormir debido a la pelea
―les digo―. Si vienen los Hombres de la Unión, todos lo sabremos.
Pero está helado aquí. Miren a Heather, está temblando.
Y lo estaba.
El invierno estaba cerca y las temperaturas están realmente
disminuyendo cuando se pone el sol. Me hago la idea de tratar de
intercambiar aquellos zapatos de hombre por algunas mantas, si
logramos pasar la noche.
Muchas personas han comenzado a usar sus mantas estilo chal
durante el día. Los chicos se han resistido hasta ahora; pero su
orgullo sobre ello caerá cuando lo haga la temperatura.
―Métanse en la cama donde al menos estarán abrigados.
Así que lo hacen.
Aidan y Freddy suben a la litera de arriba. Heather yace en la
de abajo. Lori no tiene intención de dormir, puedo verlo, pero se
tiende con Heather, para ayudar a mantenerla abrigada.
―¿Qué clase de nombre tonto es señora Wooly? ―pregunta de
nuevo Freddy.
―Estás llevándote toda la manta ―se queja Aidan.
Meto la manta alrededor de ambos.
* * *
Cuatro pares de ojos grandes y asustados parpadean hacia mí
desde la litera.
Me siento en el suelo.
―El día del terremoto y el derrame, estaba de camino a la
escuela en el autobús de la secundaria. Estaba sentada junto a mí
mi amiga Trish y estábamos hablando sobre… recuerdo que estábamos
hablando sobre nuestra venta de pasteles para recaudar fondos para
la reforma inmigratoria. Comenzó a caer granizo, pero no eran
granizos normales. Eran granizos monstruosos, granizos enormes.
¡Había granizos tan grandes como bolas de béisbol! Era como si
fueran disparadas por cañones. Nuestro conductor, el señor Green,
aceleró el autobús y perdió el control. Chocamos.
Puedo recordar el olor del hielo en el aire y la sangre.
―Nuestro autobús chocó en el estacionamiento de un
supermercado Greenway.
―Tenemos un Greenway en Castle Rock —dice Aidan.
Asiento.
―Allí es donde entra la señora Wooly. Verán, la señora Wooly
era la conductora del otro autobús, justo detrás de nosotros. Y
tenía niños, de la escuela primera y del jardín en él. Tenía en
realidad niños muy pequeños, tan sólo de cinco años de edad, en ese
autobús.
―La señora Wooly ama a los niños. Uno no lo pensaría, porque
puede ser muy brusca, pero haría lo que sea por proteger a sus
niños.
Heather se saca su pulgar de la boca para decir: ―Como el tío
Mario.
¿Siempre se ha chupado el pulgar? No lo había notado.
―Sí, es un poco como Mario, sólo que un poco más joven. Así
que el granizo estaba chocando contra la ventana del autobús y la
señora Wooly estaba asustada de que sus niños salieran lastimados.
Hizo algo loco.
Ni un sonido de la litera, así que sabía que los tenía.
―¡Manejó su autobús a través de la ventana principal de
Greenway!
―Pero recuerden, yo aún estaba afuera en el autobús chocado, y
estaba ladeado así que el granizo estaba cayendo a través de las
ventanas, justo encima de nosotros. Fui golpeada en la cabeza y ahí
fue donde obtuve esta cicatriz. ―Paso una mano sobre la herida
oscura, la carne aún abatida bajo mis dedos.
―La señora Wooly hizo bajar a los niños de su autobús y los
hizo esperar donde estaban a salvo, en la tienda. Para ese momento,
el motor de nuestro autobús se había incendiado. Iba a estallar y
todos íbamos a morir.
Exclamaciones de la litera. El ligero movimiento de cuerpos
excitados.
―Y luego la señora Wooly giró su autobús, hacia el
estacionamiento. Y utilizó un hacha para cortar la cerradura de la
puerta de emergencia. Luego nos ayudó a salir.
Hago una pausa, no por un efecto dramático, pero porque
recuerdo a Niko medio arrastrándome por el pasillo.
Y luego Astrid sosteniéndome en el autobús. Me sostuvo en sus
brazos como si fuera un bebé.
Creo que nunca le agradecí por su amabilidad hacia mí en el
autobús y ahora es, por supuesto, muy tarde. Demasiado tarde.
―Luego, ¿qué sucedió? ―pregunta Heather.
―¿Explotó el otro autobús?
―Lo hizo ―digo, sacudiendo mi cabeza para despejarla―. La
señora Wooly nos condujo hacia la tienda y el autobús chocado
explotó antes de que entráramos siquiera. Salvo nuestras vidas, sin
duda.
―¡Wow! ―murmura Heather.
―Estábamos abrigados y a salvo allí ―continúo―. Teníamos toda
esta comida e incluso luz y calor. Y toda la ropa que quisiéramos,
¡imagínense eso!
―Oh, hombre ―dice Lori―. Mataría por ropa interior
limpia.
―¿Y juguetes? ¿Había juguetes? ―pregunta Aidan.
―Pasillos y pasillos de juguetes ―le digo―. Y dulces.
Las preguntas se detienen y puedo ver a los cuatros,
deleitándose con la idea de un lugar seguro lleno de juegos y
dulces.
* * *
En Greenway había hecho girar fantasías acerca de la señora
Wooly rescatándonos en un autobús de broma y los niños soñaban con
regresar a sus vidas y a sus padres.
En las Virtudes conté un relato verdadero de las acciones de
la señora Wooly y los niños fantasearon con vivir en
Greenway.
Imagina eso.
* * *
Animados por mi cuento de hadas de la vida real, los niños se
quedan dormidos.
Voy y me siento en la cama contra la puerta.
Quizás media hora después, Lori viene y se sienta
conmigo.
―¿Crees que Mario vaya a estar bien? ―me pregunta.
Me encojo de hombros.
―Es fuerte ―respondo―. Pero es viejo.
―¿Qué crees que nos sucederá? ―me pregunta.
―Por favor ―digo―. No.
―¿No, qué? ¿Qué no te hable? ¿Qué no intente ser tu amiga?
Dios, ¿qué pasa contigo?
La callo. Va a despertar a los niños.
―Crees que lo tienes mucho peor que el resto de nosotros ―se
queja―. Eres toda fuerte por ti misma.
Me río.
Está completamente equivocada.
―¿Ni siquiera vas a responderme?
―Deberías irte a dormir.
―Sabes, si sólo me hubieras dejado hacer lo que tenía que
hacer con esos tipos, nada de esto estaría pasando.
―¿Querías tener sexo con esos tipos? ―le pregunto.
No iba a mirarme a los ojos.
Se queda allí en la ventana, con los brazos cruzados contra el
frío, el resplandor sobrenatural de los focos perfilando en azul su
piel de gallina.
―No ―dice―. Pero podría hacerlo. Para protegernos. No sería el
fin del mundo.
―Mmm, no sabes eso. Podría ser el fin del mundo para ti.
Algunas veces puedes sacrificar mucho―
―Está bien hacer cosas que no quieres, si el resultado lo
vale.
―No. Es posible sacrificarte demasiado ―repito―. Lo es.
Aún sigue sin mirarme.
―Haría lo que sea por proteger a esos niños.
―Yo maté por proteger a mis niños ―digo.
Y como una película siendo proyectada en una pared de yeso de
nuestra suite de mala muerte, veo a Robbie, con el arma apuntando a
Niko al final de un pasillo oscuro.
Veo al soldado O loco en el bosque, yendo por Max.
Oh, la alegría que sentí cuando me arranqué esa mascara e
inhalé, llenándome de ira y lujuria. Y cuán fuerte estaba cuando
golpeé su cabeza.
Y el padre del niño.
El padre quien había tendido una trampa y atrapado a mis
amigos.
Mis pequeños amores, mi devoto Niko, mi vieja-nueva familia,
atrapados en el fondo de un pozo y ese padre alumbrándolos con una
linterna, considerando si matarlos o dejarlos vivir.
Hundí mis dientes en su cuello como un vampiro, tomé un pedazo
y se desangró, mirando hacia el cielo fangoso sin estrellas.
Lo había disfrutado.
Lori viene y se detiene a mi lado, envolviendo su brazo
alrededor de mis hombros.
¿Qué señal de mi angustia había mostrado?
Quizás ella pudo ver las imágenes sucediendo en los reflejos
de mis ojos.
* * *
Vinieron alrededor de la medianoche.
Primero, el ruido de una mano sobre el mango de la
puerta.
Claro, como si hubiéramos dejado abierto por accidente.
Luego el sonido de dedos sobre el teclado.
Lori y yo nos miramos.
Esto es todo. Si tienen la combinación, estamos muertos.
Ruido, ruido, ruido. No.
No lo tienen.
―¿Hola? ―dice una voz cantarina―. ¿Hay alguien en casa?
Y risitas. Las risitas son cortadas por un codazo en el
estómago, quizás.
Toc, Toc.
―Nos gustaría ver a Josie ―repite la voz. Tiene que ser
Carlo.
Y luego Bam, intentan patear la puerta.
―Déjennos en paz ―grita Lori.
Para ese momento los niños están levantados y observando desde
la entrada del otro dormitorio.
¡Bam, Bam! Intentan con la puerta de nuevo.
La cama se sacude y las cómodas crujen.
―Hey, sólo queremos hablar contigo, Jojo ―dice Carlo, con
cadencia en su voz cantarina―. No es muy bonito lo que le hiciste a
Brett y Juani.
―¡Márchense! ―grito―. No saldré.
―Los maltrataste bastante ―dice una voz diferente.
―Dejen a esos niños en paz ―dice una voz femenina estridente.
Quizás la mamá delgada―. ¡Todos sabemos que están aquí! ¡Los
delataremos!
―Los delataremos ―se burla uno de ellos―. ¿A quién le dirán?
¿Venger? Es él quien nos dejó aquí.
―¡Sí! Y cualquiera que ayude a Josie está igual. ¡Todos deben
saberlo ahora!
Podemos escucharlos golpeando muchas de las puertas en el
pasillo.
―¡Deja a esa chica en paz! ―dice otra voz.
―Habitación tres-cero-cuatro. Anótalo, Ray ―dice Carlo lo
bastante alto para que todos ellos lo escuchen.
Luego Bam, Bam, Bam, están golpeando nuestra puerta con
algo, quizás una cadena, y el metal está doblándose, un poco, cerca
de la cerradura.
Empujo contra la cama con todas mis fuerzas.
La cama se sacude con cada latigazo de la cadena contra la
puerta, pero la cerradura aguanta.
Lori y los niños se apresuran a ayudar.
Los Hombres de la Unión no pueden entrar en la
habitación.
Dejan de intentarlo y mis oídos resuenan con el repentino
silencio.
Viene un golpe cortés en la puerta.
―Oh, Josie ―llama Carlo.
―¿Qué? ―digo.
―Está puerta está completa y verdaderamente cerrada. Así que
nos pondremos al día contigo mañana.