CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
JOSIE
DÍA 35
Traducido por
MegarApollymi
El doctor Cutlass me viene a ver a la tarde.
Cada vez que lo veo me sorprendo por su cabello. Siempre
perfecto. Ondulado y castaño, gris en las sienes, y las suaves
ondas se mantenían en su lugar.
Trae consigo su minitablet y una carpeta de manila
gruesa.
―¡Josie Miller! ―dice, sonriendo―. He oído que fuiste a dar un
paseo.
No espera que le responda. Acerca mi mesa bandeja y toma un
fajo de papeles de la carpeta.
―He estado en contacto con el doctor Quarropas y él ha
recopilado información sobre los niños que has mencionado. Dijo que
tenía… ¿era Hannah?
Toma una pluma de plata del bolsillo y la coloca en la
bandeja. Luego baraja las primeras páginas del formulario, llegando
a una página con una bandera que señala una línea “firme
aquí”.
―No, Heather. Era Heather. Ella está en la clínica y muy bien.
Sufrió una conmoción cerebral y algunas laceraciones pero está
recuperándose muy bien. Yo estaba preguntando por la posibilidad de
trasladar a los niños a una mejor instalación, más cerca de aquí.
Él está buscando.
El doctor me sonríe, moviendo la cabeza suavemente. Apunta la
línea.
―Firma aquí.
Lo miro a los ojos.
No puede aguantar la mirada y su ceja tuvo un tic antes de que
mirara a otro lado.
―No voy a firmarlo ―digo.
―¿En serio? ―dice―. Huh, ¿Por qué?
―No creo que sea seguro.
―¿La punción lumbar? Es un procedimiento común y de rutina.
Aquí, mira, te voy a mostrar.
Golpea una dirección en su minitablet, me muestra un artículo
de Wikipedia sobre punción lumbar.
Leí, obedientemente. El artículo dice que es un procedimiento
de bajo riesgo. Pero Sandy no me advertiría en vano. No se habría
tomado todos esos problemas por nada.
Devuelvo la minitablet y me encojo de hombros.
―Sabes qué, no hemos hablado acerca de tu liberación ―dice él,
cambiando de táctica.
No muerdo.
―Guardé las mejores noticias para el final. Me han dado la
autorización para otorgarte un subsidio de veinte mil dólares por
tu participación en esta investigación.
Guau. Ahora sé lo que vale mi firma. Apuesto que podría
subirle hasta cincuenta.
―No voy a firmar esos formularios ―le digo.
―Vas a firmarlos. ¡Porque eres la llave! Tú tienes, dentro de
ti, la información que necesitamos. Diablos, Josie Miller, vas a
ser famosa. Piensa en eso. ¡Te van a estudiar en los libros de
historia!
―Yo no quiero ser famosa en la historia.
―¿Qué quieres?
Aparto la mirada del doctor Cutlass.
¿Qué quiero?
Quiero volver el tiempo atrás.
Quiero a mi mamá. O mi papá. O alguien que me conocía de antes
y que me recuerde cómo vivir.
Quiero alguna mantequilla mágica o grasa o aceite que entre en
mi cuerpo y llene cada celda, porque no me siento fuerte―cada átomo
raspándose contra los otros.
Yo quiero ser niña de nuevo.
Para no saber lo que sé.
Quiero a alguien que me abrace. Alguien que no quiera nada de
mí.
―Dime lo que quieres, Josie.
―¿Por mi vida? ―escupo.
―¡No es por tu vida! Por diez mililitros de líquido
espinal.
―¡Esa operación me va a matar!
―¿Quién dijo eso? ¿Sandy?
―¡No! ―lloro―. Ella no dijo nada. Yo sólo…
―¿Tú sólo qué? ―pregunta, el desprecio bordeando a través de
su voz.
―Sólo tengo un presentimiento.
El doctor Cutlass exhala. Está enojado.
―Escucha ―dice―. Entiendo por qué estás enojada. Si yo
estuviera en tu lugar, probablemente no querría ayudar,
tampoco.
Está llegando ahora, una manera de conectarse. Él está
tratando de ser un ser humano. Y aunque sé que es sólo una táctica,
veo pesar en sus ojos. Y dolor. Parece sincero.
―Lo que pasó en Mizzou, debe haber sido horrible. He leído los
informes. Has hablado de un chico ―dice―. ¿Nicko?
―Niko ―corrijo―. Él vino hasta Mizzou por mí. Y luego golpeo
la corriente y el doctor Quarropas me drogó antes de que siquiera
pudiera hablar con Niko. Vino desde tan lejos para nada.
A pesar de que me decía a mí misma, me gritaba que no llorara,
las lágrimas brotaron de mis ojos.
―Bueno, voy a ver qué puedo hacer. Tal vez lo podemos
localizar.
Me da una palmada en el brazo. Se levanta. Entonces se
detiene.
―Si somos capaces de encontrarlo, ¿te apuntas?
Vuelvo la cabeza hacia otro lado. Él sólo se preocupa por los
formularios de consentimiento. Me había olvidado por un instante.
Lo dejaría encontrar su palanca.
Asiento y presiono mi cara en la almohada, lo mejor que puedo.
La funda de la almohada huele a lejía y un poco quemado. Lloro en
ella durante un rato.
* * *
Después que me recompongo, presiono el botón de llamada.
Entra una enfermera latina. Alta y angular. Su boca fruncida
hacia abajo en las esquinas.
―¿Sí? ¿Necesitas algo?
―¿Dónde está Sandy? ―le pregunto.
―El trabajo de Sandy es en un piso diferente ahora. ¿Qué
necesitas?
Vuelvo la vista hacia el otro lado.
―Nada ―digo.
―¿Dónde están tus restricciones? ―pregunta.
―Sandy dijo que no las necesitaba.
―Oh, lo hizo, ¿no? Bueno, hacemos las cosas diferentes en mi
turno. ―Cruza la puerta y dice en voz alta―: Hector, restricciones,
por favor.
―Yo no las necesito. Lo prometo. No le voy a hacer daño a
nadie.
―Has sido etiquetada como “no cooperativa” en tu archivo.
Hasta que empieces a cooperar, te pones restricciones.
―¿El doctor Cutlass sabe de esto? ¿Dónde está Sandy?
―lloro.
No puedo evitarlo―me acurruco en una bola pequeña. Como
creyendo que si mantengo las manos y pies cerca de mí, ella no va a
tomarlos.
Viene a mi cama y me parece que va a hablar conmigo, pero no,
ella destapa una pequeña jeringa y saca una burbuja de aire.
Un hombre grande en bata entra con esposas de
cuero.
―¡No! ―grito―. ¡Por favor! Te lo prometo, ¡me portaré
bien!
La enfermera inyecta algo en mi gotero y caigo
rápidamente.