CAPÍTULO OCHO
JOSIE
DÍA 32
Traducido por Akonatec
A veces tenemos un momento de
respiro y esta tarde, en el patio, parece un día de verano de cielo
azul-indio y alguien le presta un Frisbee a Freddy.
Todos jugamos, incluso yo.
Heather está gritando. ―¡Láncenme
el Frithhhbee!
Aidan, el más joven―sólo tiene
8―es de alguna manera muy, muy bueno en esto y puede colocar el
Frisbee donde quiera.
Freddy está hiperactivo, como
siempre, pero bajo el sol, en un día inusualmente cálido, está
bien. Todo está bien.
Ahora los reclusos nos ven jugar.
No me gusta la forma en la que algunos nos miran a Lori y a mí,
pero no hay nada que pueda hacer al respecto.
Entonces Venger aparece en el
patio y puedo sentir que nos observa.
De alguna manera sé cómo
atenuarlo, para hacer que parezca que no me estoy
divirtiendo.
Y entonces mis instintos me
dicen, no, me está vigilando muy de cerca. Mejor paro.
―Estoy fuera ―les digo―. Sólo voy
a mirar.
Y me siento junto a Mario, en el
banco de cemento.
Estoy respirando fuerte. Mi
adrenalina está alta y de pronto tengo la sensación de que si
pudiera ejercitar de este modo todos los días, tal vez podría
liberarme de un poco de la rabia.
Siento un pequeño pinchazo de
esperanza en mi corazón. Tal vez podría liberarme de un poco de
la rabia.
―Te ves bien ahí ―me dice
Mario.
Ruedo mis ojos y sonrío. Por lo
general puede obtener una sonrisa de mí.
Entonces veo que Aidan se
sostiene un poco su entrepierna entre tiros. Está haciendo esa
pequeña cosa sospechosa con sus piernas que hacen los chicos cuando
tienen que ir al baño.
Empujo a Mario y apunto.
―Aidan tiene que ir.
―Aidan ―grita Mario―. Ve al
baño.
―En un minuto ―responde.
No culpo a Aidan. Es el mejor
momento que hemos tenido. ¿Quién quiere irse y entrar en el pozo
negro de un baño, para defenderse de Dios sabe qué pervertidos que
están al acecho en los cubículos?
―¿Lori está bien? ―me pregunta
Mario.
―No sé ―le digo.
―¿No te agrada?
―No es eso.
―Debe ser algo. Esa chica haría
brujería si creyera que podría llegar a gustarte. Lanzarte un
hechizo amigable.
Suspiro.
El sol se siente tan bien en mi
cara. No quiero hablar.
―¿Hmmm? ―Mario presiona.
―No quiero ser responsable de
nadie, Mario. No soy…
―¿No, qué?
―No soy segura ―contesté. Mi
estúpida voz se rompe.
―Quiero que recuerdes algo, Josie
Miller. Lo que hiciste, fue para proteger a tus amigos. Salvaste a
esos niños cuando atacaste al soldado.
―Lo maté.
―¿Qué?
―No sólo lo ataqué. Lo maté
―dije.
―Sí, bueno, lo mataste.
―Al otro tipo también. Al
papá.
―El bueno para nada de Tad
Mandry. Se merecía lo que le pasó, atrapando a un montón de niños
de esa forma en que lo hizo. Creo que cuando llegues a la granja de
Niko, vas a dejar ir toda esa basura. Seguir adelante. Sólo tenemos
que sacarte de aquí.
En mi bolsillo tengo la nota de
Niko acerca de la granja. Él se la había dado a Mario, en caso de
que de alguna manera Mario me encontrara. La nota está en un
pequeño trozo de papel milimetrado. El papel es suave y está
degastado en los pliegues y bordes. A veces sólo pongo mis dedos en
él, sólo lo toco para recordarme a mí misma que está aquí.
En la letra cuadrada de Niko,
dice:
Josie―puedes confiar en este
hombre. Reúnete conmigo en la granja de mi tío en New Hollan. Red
Hill Road. Te amo siempre. Sin importar qué.
―Niko
Sin importar lo que
hagas.
Lo que Hagas son las
palabras no escritas.
También no escrito: no importa a
quién mates.
Mantengo los ojos en mis
zapatillas. De ninguna manera voy a permitirme sentir algo, en el
patio. Venger está parado en la valla mirándonos.
―Salvaste a tus amigos. Eso es lo
que cuenta. Tienes que dejar ir el resto.
Miro mis pies para no ver la
compasión en los ojos de Mario.
A veces me hace querer romper
cosas.
Venger se pierde alrededor de
Excelencia y decido que puedo jugar de nuevo.
* * *
El periodo del patio está a punto
de terminar y el sol empieza a caer cuando de pronto Aidan le
suplica a Freddy que vaya con él al baño. Y Freddy, por supuesto,
se niega y Aidan empieza a correr al edificio y se hace
encima.
Deja de correr, horrorizado. Sus
pantalones se vuelven marrón oscuro y hay un charco bajo sus pies
en la cubierta de baldosas de cemento.
―¡Scietto! ―la voz de Venger
retumba por todo el patio―. ¡Mira lo que hizo tu chico!
Y Mario ya está parado, cruzando
hacia Aidan tan rápido como puede cojeando. Lo que no es rápido. Es
viejo.
Yo llego primero. ―Está bien ―le
digo a Aidan.
Venger está sobre nosotros.
―¿Qué edad tienes, chico? ―se
burla.
Aidan lloriquea ―Ocho ―a través
de sus lágrimas.
―Ocho años y ensuciándote como un
niño pequeño, ¿no te da vergüenza?
Ahora mi pulso golpea en mi
cuello.
―Está bien ―dice Mario,
acercándose, tomando respiraciones cortas y entrecortadas―. Pequeño
accidente. Lo solucionáremos.
Mario pone una mano en mi hombro
para estabilizarse.
―¿El chico puede entrar y
limpiarse?
―El periodo del patio casi
termina ―presiona Venger―. Puede esperar aquí con todos los demás.
Le enseñará una lección.
Un pequeño sollozo/suspiro se
atora en la garganta de Aidan. Su rostro está retorcido en
miseria.
Venger es un imbécil sádico y
desearía, desearía, desearía poder enseñarle a él una
lección.
―Pero este desastre no puede
permanecer en mi patio ―dije Venger.
―Lo limpiaré ―dice Mario.
―Maldita sea que lo harás ―gruñe
Venger―. Eres su padrino.
―No hay problema ―dice Mario―.
¿Puedo enviar a la chica por un trapo?
―Lo recomiendo ―dice Venger―.
Mejor que este charco se haya ido para la campana de la cena o
están todos fuera.
Ninguno de los niños puede
soportar perder una comida. Todos estamos flacos como un
palo.
La cena es en unos diez minutos
por lo que corro.
* * *
Mis pies se resbalan sobre el
linóleo en mis estúpidos zapatos de casa. No es la primera vez que
maldigo estas cosas.
Casi choco contra un hombre gordo
en un overol manchado que está mirando lánguidamente por la ventana
escarchada.
―¡Cuidado! ―grita.
Patino lejos, sin molestarme en
una disculpa.
* * *
Cuando vuelvo al patio, con una
de nuestras dos toallas, faltan unos tres minutos para la
campana.
Mario y los chicos están parados
ahí. Aidan tiembla y llora. Ahora Heather llora también.
Me pongo de rodillas y empiezo a
limpiar el charco.
Entonces, bam, hay un pie
que me empuja.
―¡Dije que SCIETTO debía limpiar!
―dice Venger.
―¡Ella lo siente, lo siente!
―escupe Mario.
Por su bien, hablo. ―Lo siento
―digo.
La campana de la cena
suena.
―Sí, lo sientes ―escupe Venger―.
En vista de que estás tan ansiosa por limpiar, supongo que puedes
quedarte aquí y limpiarlo bien.
Venger empuja a Aidan y a Heather
hacia la Plaza 900.
―Digo, señor Venger —balbucea
Mario―, he querido disculparme por ese desastre en la valla hace
unos días…
―Continúa ―dice Venger―. Scietto,
toma a tus mocosos y aliméntalos.
―Josie también quería
disculparse, ¿cierto?
Mario me está diciendo que
ruegue.
Él sabe que Venger ha estado
esperando hacerme pagar de alguna forma mi desafío en la
puerta.
No voy a rogar.
Dejo caer mis manos y rodillas y
empiezo a limpiar.
―No, ella es demasiado orgullosa
para disculparse ―dice Venger―. Está bien, Scietto. Me encargaré de
tu chica. Ahora, vamos, vayan por su cena.
Mario no responde nada y me
alegro de ello.
Él saca a los chicos de allí,
antes de que Venger cambie de opinión.